El primer ascenso
El día que empecé a trabajar en Ascend Corp no desperté con emoción.
Desperté con una calma rara, de esas que no son paz sino concentración. Como si mi cuerpo supiera que no era un día cualquiera y hubiera decidido no desperdiciar energía en nervios.
Me quedé unos segundos mirando el techo de mi departamento, contando mentalmente lo que tenía cerca.
—A una cuadra vivía Sara—
—A ocho minutos estaba el café.—
—A quince, el edificio.—
—A treinta, la vida de Mark, con su música, su ruido y su mundo que no tenía nada que ver con el mío… aunque a veces pareciera que sí.—
Me levanté despacio. Siempre he sido un poco torpe, así que aprendí desde hace años que las prisas y yo no nos llevamos bien. Preparé café, me vestí con cuidado y revisé dos veces que llevara todo. No por inseguridad. Por control.
Sara me escribió antes de que yo pudiera hacerlo.
—¿Ya estás despierta o te llamo para asegurarme de que no te caíste? —dijo su voz por nota de audio, burlona como siempre.
Sonreí.
Sara y yo nos conocimos hace tres años, en el café al que sigo yendo casi todos los días. Yo iba con un libro bajo el brazo, ella con unos lentes enormes y prisa. Tropecé —como siempre— y me golpeé la rodilla contra una mesa. Ella fue la primera en acercarse. No para reírse. Para ayudarme.
Desde entonces, no se fue.
Sara es todo lo que yo no intento ser. Alta, de cabello ondulado hasta la media espalda, güera, ojos verdes imposibles de ignorar. Hermosa de una manera evidente. Sabe que lo es. Le gusta que lo sepan. Sale con muchos chicos, le importa la apariencia, el dinero, la comodidad. Trabaja porque sus papás la obligan, no porque lo necesite.
Pero conmigo es distinta.
Cariñosa. Protectora. Presente.
—Ya voy —le respondí—. Y no, no me he caído… todavía.
Me encontré con ella afuera del edificio, impecable como siempre, ropa deportiva porque venía de pilates.
—Mírate —dijo, evaluándome de arriba abajo—. Toda formal. Toda seria. Ascend Corp no sabe lo que le espera.
—No exageres —le dije, aunque sentí el nudo en el estómago.
—Exagerar es mi talento —sonrió—. Pero tú… tú sí perteneces ahí.
Eso fue lo último que me dijo antes de abrazarme fuerte.
El café quedaba de camino, así que entré sola. El lugar estaba casi igual que siempre: mesas de madera, plantas cerca de las ventanas, el parque justo enfrente, un olor caracteristo a café. Pedí lo de siempre. Me senté donde me había caído aquel día. No por nostalgia. Por costumbre.
Fue ahí donde vi a Mark.
—Si no te veo antes de tu gran día, me ofendo —dijo, apoyándose en la barra.
Mark había trabajado en una tienda de conveniencia cerca de mi departamento durante años. Así lo conocimos Sara y yo. Siempre amable, siempre con una broma lista. Ahora ya no estaba trabajndo ahí, pero seguía apareciendo como si el lugar también fuera suyo.
Atlético, alto, siempre olia muy bien, músculos marcados por horas de ejercicio, cabello medio largo y revoltoso hasta las orejas. Pantalones negros, playera, chaleco tipo sudadera. Rebelde, pero de los buenos.
—No exageres —le dije—. Solo es un trabajo.
—No —respondió—. Es tu primer día después de la entrevista. Es distinto.
Siempre veía más de lo que decía.
—¿Nerviosa? —preguntó.
—No —mentí—. Concentrada.
Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz.
—Si alguien te trata mal, me dices.
—Mark…
—Lo digo en serio.
Me despedí de él con un abrazo rápido. Sabía que no debía quedarme más. No quería llegar tarde. No quería dar una impresión equivocada. No quería fallar antes de empezar.
Ascend Corp se levantaba frente a mí como una promesa pulida. Vidrio, acero, líneas limpias. Un edificio que no gritaba poder, lo asumía. Estaba a quince minutos de mi departamento, pero sentí que cruzaba una frontera invisible al entrar.
El lobby era amplio y brillante. Pisos que reflejaban las luces, un aroma neutro, casi clínico. Me acerqué al mostrador con mi carpeta contra el pecho.
La recepcionista levantó la vista sin prisa.
Su gafete decía: SANDY.
Tenía el cabello rojo perfectamente arreglado, camisa blanca impecable —demasiado escotada para un lobby tan sobrio—, lentes de aumento con armazón negro y un maquillaje marcado que no intentaba disimular nada. No supe decir cuántos años tenía; podía tener veintisiete o veintinueve. Su expresión era exacta: cero paciencia.
—¿Sí? —dijo, sin sonrisa.
—Buenos días. Soy Leila… empiezo hoy.
Sus ojos bajaron al monitor, luego a mí, luego otra vez a la pantalla. Tecló algo con uñas largas y precisas.
—¿Departamento? —preguntó, seca.
—Coordinación de proyectos —respondí.
Suspiró, como si la respuesta confirmara algo que ya sabía.
—Identificación.
Se la entregué. La sostuvo un segundo más de lo necesario.
—Primera semana —comentó, sin mirarme—. Procura no perder tu gafete. Aquí no nos gusta repetir procesos.
—Lo tendré en cuenta.
Levantó la vista por fin. Me recorrió con una rapidez que no fue curiosidad, fue medición.
—Elevador C. Piso asignado en tu correo. No te saltes el registro de seguridad.
—Gracias.
—Ajá.
Tomé el gafete cuando me lo devolvió y di un paso atrás. Antes de irme, la escuché murmurar algo que no alcancé a entender. Por un momento sentia que se vurlaba de mi. No me giré. No valía la pena. Aprendí hace tiempo que algunas personas necesitan ejercer poder incluso en los espacios más pequeños.
Caminé hacia los elevadores con la espalda recta.
No estaba ahí para caerle bien a todos.
Estaba ahí para subir.
Cuando las puertas se cerraron, me permití soltar el aire. Pensé en Sara, en Mark, en el café, en el parque. En el corazón roto que me había enseñado a ser cuidadosa.
No venía a repetir errores.
No venía a enamorarme.
Venía a trabajar.
