Prólogo
Dicen que el mar no olvida los pactos rotos.
En las profundidades donde la luz se quiebra y las canciones nacen del silencio, vivía una sirena que soñaba con la superficie. No era como las demás. Mientras su pueblo respetaba el equilibrio del océano, ella miraba hacia arriba, hacia ese mundo imposible donde el sol calentaba la piel y las voces no se perdían entre corrientes.
Cuando salvó a un príncipe del abrazo mortal del mar, creyó que el destino la había elegido.
No comprendió que el mar solo estaba observando.
Amar fue su primer error.
Para permanecer a su lado, acudió a una bruja que se ocultaba en lo más profundo de una cueva marina. Aquella mujer de sonrisa torcida le ofreció piernas y una oportunidad de amor a cambio de un precio que parecía soportable: su voz. Pero el verdadero pacto estaba oculto bajo las palabras. Si no lograba el beso de amor verdadero antes de que el tiempo se agotara, su vida pasaría a pertenecer a la bruja.
La sirena aceptó.
Caminó entre humanos sin voz, con cada paso marcado por el dolor y la esperanza. Pero mientras ella luchaba por ser vista, la bruja ya se había adelantado. Disfrazada con una belleza prestada, tomó el lugar que debía ser suyo. El príncipe no eligió; fue hechizado. Creyó amar a quien lo dominaba, sin saber que aquello no era amor, sino control.
El tiempo se agotó.
Y el pacto reclamó su precio.
La bruja vino a buscarla.
Pero no fue la sirena quien cayó.
El rey de aquel océano se interpuso entre su hija y la oscuridad. Consciente de lo que implicaba, ofreció su propia vida a cambio de la libertad de ella. Tomó sobre sí el castigo que no le correspondía, rompiendo el pacto y devolviendo a su hija al océano como una criatura libre.
Libre… pero rota.
La sirena regresó al mar con sus aletas restituidas, sin voz, sin príncipe y sin padre. La superficie quedó atrás, cerrada para siempre. Y aunque la bruja no la reclamó, la traición ya había dejado una herida imposible de cerrar.
El castigo llegó después.
El Consejo[1] dictaminó que su deseo había puesto en peligro ambos mundos. Que su amor había provocado la caída de un rey. Y así, como penitencia, fue nombrada Reina.
No como honor.
Como condena.
Durante cinco años gobernó en silencio. Las mareas obedecían, las criaturas se inclinaban, y el océano prosperaba bajo su mandato… mientras ella aprendía a reinar sin voz, sin padre y sin consuelo. En la superficie, el mundo seguía avanzando. El príncipe reinaba junto a la mujer que nunca fue lo que aparentaba.
Hasta que el mar volvió a susurrar.
Una verdad enterrada bajo mentiras y magia antigua. Un rumor que quebró la quietud del castigo y encendió algo que creía muerto.
Su padre no había desaparecido del todo.
Y lo que se había perdido… aún podía recuperarse.
Para hacerlo, tendría que regresar al lugar donde todo comenzó. Enfrentar a la bruja, el engaño y a la verdad que la superficie le había robado. Volver a cruzar la frontera entre aquellos mundos que la marcaron para siempre.
Porque algunos cuentos no terminan con un beso.
Algunos empiezan cuando una reina decide reclamar aquello por lo que su padre dio la vida.
[1] Reunión de todas las Familias Reales que únicamente se congregan cuando ocurre una calamidad, desgracia o muere el rey de un Océano.