Prólogo
Áherdax es una ciudad fría, edificada sobre la supremacía del conocimiento y la razón, donde el uso de la ciencia dejó de ser una herramienta para convertirse en ley, y el sentir, en un error.
Sin embargo, esta historia no comienza ahí, sino a las afueras en un bosque enorme.
Un mundo que se expandió con un manto verde y denso, repleto de colinas y valles sacudidos en un ritmo sinuoso.
Los ríos, como telas de araña, serpenteaban el paisaje creando laberintos de agua que parecían no tener principio ni final.
El aire húmedo estaba habitado por el ronquido de los búhos; un sonido constante que envolvía la tranquilidad como un premio.
En el corazón del bosque había un gran valle que se abría como un anfiteatro natural, rodeado por colinas elevadas al cielo en forma de gigantes dormidos. En el centro, un lago de aguas cristalinas reflejaba el cielo nocturno, creando un espejo con las formas de las estrellas y la luna, que poco a poco eran cubiertas por las nubes grises de la lluvia.
A lo lejos, entre las sombras de los caminos inexplorados, se podía ver una figura solitaria caminando por el bosque...
Un viajero —o más bien una viajera— que parecía estar buscando algo en el silencio, y es aquí donde esta historia comienza. Con esa visitante. Esa aventurera con el corazón cargado de recuerdos, pero que no estaba dispuesta a olvidar lo que alguna vez amó.
Neila caminaba entre los árboles húmedos con las manos hundidas en los bolsillos. Los dedos, que sobresalían de sus guantes, se congelaban en esa noche fría.
El silencio era tan profundo que hacía que pudiese escuchar los propios latidos de su corazón, aunque juraba que algo más respiraba entre la niebla. Tal vez era un ave, un roedor... o, en el peor de los casos, el rastro de su madre siguiéndola.
Ella quería estar sola, acompañada por la luna o de algún gato errante, pero lejos del bullicio que generaba la moderna ciudad.
Su corazón era una bomba de emociones: dolor, nostalgia, tristeza; colmada por los traumas de su niñez. Todas nacidas del abandono de su padre, a quien había olvidado hace tiempo.
...
Al cabo de un rato, cuando creyó estar lo suficientemente lejos de Áherdax sus piernas no pudieron caminar más, por lo que se tumbó sobre la corteza con musgo de un árbol. Las primeras gotas de lluvia humedecieron su cabello.
Se refugió en una guarida entre los matorrales, hecha con ramas y hojas sueltas, preparándose para dormir envuelta en una manta sucia. Pero antes de lograr dormirse, un sonido del exterior la puso en alerta. No fue un rayo ni el viento soplando las hojas, fue el sonido pesado de alguien —o algo— pisando muy cerca.
El cuerpo de Neila se tensó. Sin embargo, el sonido se apagó tan rápido como llegó.
Pasadas las horas, la lluvia ligera comenzó a incrementar y el ruido cercano volvió a escucharse, por lo que salió de su guarida a vigilar. Pero, esta vez era más lejano, como si la presencia se hubiera alejado de ella.
En medio de la concentración, sus nervios captaron un aullido —allá entre las montañas— provocando un ligero temor que recorrió su piel. ¿La razón? Su fobia a los lobos desde que era pequeña. De cualquier modo, no importaba. Su ánimo no distinguía el miedo del dolor. Tampoco las pesadillas de los sueños.
Mientras tanto, el aire denso y asfixiante se aferró a su garganta, acompañado por un hedor a musgo en descomposición que prometía más que sólo lluvia. Garantizaba que su historia no iba a ser sencilla. Aunque todavía no sabía que era sólo el principio de un epitafio oscuro.
Descansó un momento, sentada sobre una piedra alta. Se abrazó a sí misma contemplando las nubes grises que movían el aire, y miró a la lluvia caer. Aunque el viento era frío, no necesitaba calentarse. Se abrazaba únicamente porque necesitaba darse un abrazo. Una muestra de afecto.
Cuando pasaron los minutos las nubes se comenzaron a abrir. Los aullidos volvieron a repetirse otra vez y con cada uno, un recuerdo borroso atacó su mente. Sus ojos miraron agotados al vacío y en ocasiones a la luna. Quiso pensar en un par de motivos para volver a casa, pero le faltó el segundo, por lo que bajó de la piedra, cabizbaja.
El suelo se había convertido en fango y el aire soplaba el olor a tierra mojada. Sacó unas galletas de su mochila y comió un par. Después se concentró en el sonido que producía el paso del río, hasta que el aullido distante del Lobo volvió a atormentarla...