Amor Urbano
Esa maldita casa era mi prisión. No podía hacer nada sin que mi familia lo autorizara. Escogían mis amistades, mis salidas, mis estudios, mi carrera, mis hobbies, con quién hablaba y hasta lo que veía en el televisor.
Desde pequeños nos aterrizaron a mis hermanos y a mí con historias sacadas de cuentos de terror. Todo era jodidamente controlado por todos y siempre nos mantuvieron sometidos. Nunca tuve amigas, al menos no buenas amigas. Solo un amigo.
Estaba sola contra el mundo. Mis padres nunca me hablaron del amor ni de nada en la vida. Mi papá era tan vulgar que no me atrevía a decirle nada; más bien, me aterraba. Ni siquiera podía pensar en enamorarme y perder el poco control que tenía sobre mí para dárselo a alguien más, para vivir y respirar a través de otra persona, la sola idea me parecía inconcebible.
Es por eso que le pedí a mi amigo que me enseñara a besar y con él también decidí perder la virginidad. Enamorarme no era una opción. Solo deseaba con fervor cumplir la mayoría de edad, celebrarlo en una discoteca, intimar con cualquier tipo en el baño, no verlo jamás y ya. Cero sentimientos, amor ni mucho menos. Eso era lo que deseaba.
Quería cometer una locura una vez en la vida; lo deseaba con todas mis fuerzas, pero, llegado el día, no pude salir de casa y aquel deseo no se materializó.
Me sentí derrotada, pero ¿cómo podría ir a una discoteca si no tenía trabajo y mi familia no me daría dinero para escapar, salir a beber y perder el sentido? Así que me tocó esperar hasta entrar a la universidad. Solo allí sería completamente libre.
...
Cuando llegué a la universidad, miles de ideas chocaban en mi cabeza. Podría hacer tantas cosas, ir a la discoteca, beber hasta el amanecer, salir a donde me diera la real gana. La sensación de libertad no me cabía en el cuerpo.
Antes de salir de casa, me dijeron que comenzaba una nueva etapa de mi vida y todos sus sueños estaban puestos en mí. Querían que me graduara, que fuera independiente de cualquier hombre, que me forjara una vida y, por supuesto, me recordaron el orden en el que querían que hiciera las cosas.
Debía:
1. Terminar la carrera que ellos me habían escogido.
2. Encontrar un trabajo estable.
3. Comprar mi propio carro.
4. Obtener mi propia casa.
5. Hacer algún postgrado.
6. Y por último, casarme y tener familia.
Como si no hubiera sido suficiente con pretender mutilar mi espíritu, haber machacado mis sueños y anhelos. De paso me estaban exigiendo casarme y tener familia cuando toda la vida me enseñaron que el amor era una mierda y la familia prácticamente un estorbo.
¡Estaban locos!
Si iba a estudiar lo que me estaban obligando, el resto lo haría a mi manera. En eso no sería capaz de ceder.
...
Mi primer día en la universidad estaba totalmente nerviosa. Nunca había estado rodeada de tanta gente, sobre todo tan diversa y tan extraña. Había chicos con aspecto de drogadictos, otros con aspecto de maleantes y sé que no se debe juzgar a la gente, pero era inevitable.
Un chico de los más normales me saludó al llegar a la sede de ingeniería y me quedé un tanto perturbada, solo pensaba en que aquel chico solo quería llevarme a la cama.
Maldije a mi familia por hacerme tan vulnerable ante la gente. Me sentía como un pequeño gatito callejero asustado. La comparación era horrible, pero aquel chico me miraba de forma extraña y estaba aterrada.
Con el paso del tiempo él se convirtió en mi mejor amigo. Me introdujo a su grupo de amistades y pude soltarme un poco. Miguel me hizo entender que no todas las personas se acercarían a mí para hacerme daño. Habría algunas que sí, pero debía poder distinguirlas.
Al finalizar el primer semestre me sentí derrotada, había aprobado cuatro materias de seis. La ingeniería era un asco. Era buena en matemáticas, pero no lo suficiente para estudiar ingeniería y allí comenzó mi calvario.
Por obvias razones no podía decir eso en casa, así que lo oculté lo más que pude. Me habían amenazado con sacarme de la universidad si no aprobaba o lograba graduarme.
Me repitieron muchas veces que si no me graduaba, me quedaría en casa de por vida como personal de limpieza hasta que me encontraran un buen esposo para que me mantuviera y se hiciera cargo de mí.
Aquello me atormentaba en las noches. Casarme con alguien que no me gustara, por lo menos, no lo podía digerir. Imaginar que sería hasta obligada a acostarme por las noches con un hombre por el que no sentía nada me hacía sentir violada de solo pensarlo.
Debía aprobar el semestre a como diera lugar.
Hablé con Miguel y le pedí desesperadamente que me recomendara a alguien que me explicara las fórmulas matemáticas que no me terminaban de entrar en la cabeza, si no, la poca libertad que había logrado durante esos seis meses se esfumaría y volvería a mi infinita prisión. A mi jaula de oro.
Hasta una muerte inminente sería más liberadora, pero ni siquiera eso lo podía hacer. Eran capaces hasta de hacerme un lavado estomacal y sacarme del mismísimo infierno.
Aquellas asesorías que me dio Miguel dieron frutos. Mi amigo era todo un erudito. Gracias a él logré avanzar sin problemas hasta el sexto semestre. Y para celebrarlo, Miguel me invitó a una discoteca. ¡Por fin mi sueño se haría realidad!
No lo quise hacer antes porque estaba aterrada y nerviosa, ir sola me generaba muchísimo estrés. Las palabras de mi familia me acechaban por las noches e imaginaba los peores escenarios.
Me veía teniendo sexo en estado de ebriedad con un tipo en el baño de la disco y el hombre era tremendamente enfermo mental. Ya me veía en las noticias y en primera plana del diario local.
JOVEN ES ENCONTRADA MUERTA A LA ORILLA DEL MAR, y debajo del título una foto borrosa de mi cuerpo cortado en pedacitos.
¡Ay Dios mío!... ¡Pero qué fatalista es mi imaginación! Me reprendí a mí misma.
¡No me voy a acostar con ningún tipo cualquiera en una discoteca! ¡Por supuesto que no! Refuté mentalmente. Además, no era imperativo intimar con nadie, ya que no era virgen.
Al llegar la noche, me preparé para salir con Miguel. Cuando estuve lista ,se lo hice saber a mi amigo y él pasó por mí en un taxi. Al entrar en él, pude ver que estaba rodeado de mujeres.
Mi amigo era todo un rompecorazones.
Escuché que el taxista tenía de fondo la canción favorita de Migue y él la coreaba con sus acompañantes.
Lo nuestro es un amor urbano, urbano...
Tú y yo pecamos, tú y yo pecamos...
Amor urbano... Oh... Oh...
No puedo ocultar lo que siento, este sentimiento
Yo me estoy muriendo y yo sé que también estás muriendo
y no vale sociedad, ni clase, ni propiedad
Lo único que vale es que te sepa amar
yo... yo... yo...
Le encantaba esa canción.
Me hacían reír los intentos de movimientos sensuales que hacía en el asiento y sus compañeras lo manoseaban por todos lados.
Gracias a Dios que el taxista se detuvo frente a la discoteca para no continuar viendo aquella perturbadora escena. Llegamos hasta la entrada y la gente forcejeaba para ingresar. Nos colamos entre la gente y me quedé helada cuando me pidieron mi identificación en la entrada.
¿Tanto se me notaba en la cara lo virgen hasta en la discoteca? Me sentí indignada.
Rebusqué en mi bolso hasta que la encontré y se la mostré al portero. Luego de verificarla, me la devolvió.
—Disculpa, corazón, pero debía verificar. —comentó y se disculpó al notar mi desagrado, me entregó de vuelta mi identificación y le regalé una falsa sonrisa. —Adelante.
Me abrí paso hasta la barra, necesitaba alcohol.
Un chico hermoso me sonreía en espera de mi pedido y la verdad no tenía idea de qué pedir.
—Barra libre, princesa. Pida lo que quiera. —Agregó al ver mi gesto contrariado y sonreí ante su arrebatadora sonrisa.
—¿Algo que me recomiendes? —inquirí divertida.
—Claro que sí.
Se alejó para preparar mi bebida y demostrar sus habilidades bartenderísticas y a mi lado se posó un chico gigante, del porte de Thor de los Vengadores. Giré mi mirada al contrario para evitar que me viera sonrojada. ¡Era bellísimo!
Lo atendió una chica de la barra y pidió una ronda de bebidas, lo que me hizo entender que no llegó solo.
Obviamente, semejante monumento no podría andar solo por la vida. Si Miguel, que no era un monumento, estaba acompañado de 3 mujerones, él no se iba a quedar atrás.
Lo vi marcharse con su ronda de bebidas sin percatarse de mi presencia y si hoy hubiera decidido perder la razón bajo los efectos del alcohol, definitivamente sería con un chico como él.
Al menos en mi cabeza lo haré mío, pensé.
Continuará...