El Suspiro en el Papel
La habitación olía a cera derretida y a recuerdos acumulados. El anciano apenas podía sostener la pluma; sus dedos eran nudos de piel y hueso que temblaban sobre la última página de un cuaderno desgastado. Su cuerpo estaba agotado, cargando el peso de una ausencia que lo había acompañado durante décadas.
Con un hilo de voz, leyó lo que acababa de escribir:
— “Hubiera deseado ser feliz con...”
La frase quedó ahí, a medias. La pluma se le resbaló de la mano y rodó por el suelo. Se levantó con dificultad, se arrastró hasta su cama y, al cerrar los ojos, el cansancio lo venció. Pero no era un sueño común; su mente empezó a viajar hacia atrás, rompiendo las cadenas del tiempo.
De pronto, el frío de la vejez desapareció.
Roslan abrió los ojos. Ya no estaba en esa cama solitaria. Estaba de pie en una calle oscura, sintiendo la fuerza de sus veinte años. No tenía nada; sus bolsillos estaban vacíos y el hambre le apretaba el estómago. En esos días, Roslan sentía que no era nadie, que el mundo lo aplastaba y que no tenía un motivo para seguir.
Pero entonces, vio una luz en la penumbra.
Ella lo estaba esperando a la salida de su casa, apoyada en una pared vieja. Al verlo llegar con la cara llena de tristeza y los hombros caídos por el fracaso de otro día sin trabajo, ella no lo juzgó. Simplemente caminó hacia él y le tomó la mano, riendo bajito, haciendo que esas calles oscuras se vieran hermosas de repente.
Roslan la miró y sintió que el corazón se le detenía. Su mirada era tan tierna... sus ojos parecían estrellas que iluminaban sus noches más negras.
— A veces me pregunto si de verdad voy a lograr tener una vida buena —susurró Roslan, bajando la cabeza por la vergüenza de su pobreza.
Ella le apretó la mano con fuerza y lo obligó a mirarla.
— Claro que lo vas a lograr, Roslan —le dijo con una seguridad que le devolvió el alma al cuerpo—. Yo confío en ti. Me tienes a mí, yo te amo... y no sabes cuánto. No importa cuántas veces caigas, nos levantaremos juntos.
En ese momento, Roslan dejó de sentirse un “nadie”. Ella le daba motivos para vivir sin tristeza. Bajo la luz de esas “estrellas” que ella tenía por ojos, él tomó la decisión que cambiaría su destino: se iría lejos para ganar el dinero que ella merecía, jurando que volvería para cumplir esa vida buena que ella tanto le prometía.