❤️🔥 Prólogo 🖤
Dicen que el orden y el caos no pueden ocupar el mismo espacio, pero ella era experta en desafiar las leyes de la física.
Dominique era una criatura de bibliotecas silenciosas, de tableros de ajedrez y del aroma a papel viejo. Su vida tenía el color de las hojas de otoño en el campus: cálida, vibrante y meticulosamente organizada. Para el mundo, ella era la encarnación de la disciplina, una joven que prefería la compañía de un buen libro o el análisis de una jugada maestra antes que el ruido vacío de la ciudad. Sin embargo, detrás de esa mirada serena y su cabello de fuego, latía una curiosidad peligrosa por lo prohibido.
En el extremo opuesto del espectro estaba él.
Altari no conocía el silencio. Su realidad se escribía con tinta negra sobre la piel, humo de cigarrillo en callejones estrechos y el rugir de motores en la madrugada. Era el "chico malo" que los libros de Elena advertían evitar: tatuajes que narraban historias de peleas que no buscó, pero que siempre terminaba, y una mirada que parecía haber visto demasiado para su edad. Él era la mancha de sangre en una camisa blanca impecable; el recordatorio constante de que el mundo real no se rige por reglas, sino por instinto.
Sus mundos colisionaron una noche de octubre, en ese umbral donde la luz de las farolas deja de alcanzar las sombras.
No fue un encuentro romántico. Fue una combustión. Ella buscaba algo que la hiciera sentir viva más allá de las páginas; él buscaba un refugio donde el ruido de su propia cabeza finalmente se apagara. En la penumbra de una habitación iluminada apenas por una vela, las etiquetas desaparecieron. Los libros se cerraron y las armaduras de cuero cayeron al suelo.
Bajo las sábanas blancas, el contraste era casi violento: la piel pálida de ella contra el mapa de tinta de él. Allí, entre susurros y manos que exploraban territorios desconocidos, descubrieron que el orden de Dominique necesitaba un poco del desastre de Altari, y que la oscuridad del chico solo podía encontrar descanso en la calidez de Dominique.
Pero el otoño siempre precede al invierno, y algunas llamas queman tanto que terminan por consumir incluso a quienes las alimentan.