RELOCALIZADO
Lamento Boliviano
En el último período presidencial del Dr. Víctor Paz Estenssoro, empezó su discurso con la lapidaria frase “Bolivia se nos muere”. Y que deberíamos aceptar las nuevas medidas económicas recomendadas por el FMI y el BM. Y después de una traílla de excusas se exigió al pueblo aceptar medidas frías y tajantes que pronto afectaron a miles de trabajadores.
Bajo el maldito y crudo concepto de la RELOCALIZACIÓN, surgido del infame DS 21060, se vaciaron socavones y se rompieron familias. Se despidió a miles, entre ellos al nervio más combativo de la lucha obrera: los hombres del casco y la lámpara, los trabajadores del sector minero.
Esta es la sencilla, pero demoledora historia de uno de ellos; de un solo hombre cuyas manos curtidas llevan la marca de un destino colectivo.
Su relato podría ser el de cualquiera que hubiese visto esos días amargos, envueltos en polvo y tristeza, de la historia desgraciada del hermoso pueblo conocido como La Capital del Estaño Boliviano: el desolado HUANUNI.
Luciano Copajira, finalmente, pudo contratar un camión de mudanza. Vio cómo sus escasas pertenencias –la mesa coja, los colchones enrollados y atados con cuerdas ásperas– desaparecían bajo la lona, rumbo a su nueva residencia en la cálida y arbolada Cochabamba.
Años atrás, gracias a la tenacidad de varios amigos y al asesoramiento de un compañero de la radio del pueblo, habían levantado los cimientos de una cooperativa de vivienda.
Los pagos eran cuotas mensuales descontadas por planilla, un sistema de confianza obrera que era el pan de cada día cuando se trabajaba para la COMIBOL. Por ello, el pago de aquella vivienda no le había dejado un agujero en el bolsillo entonces.
Recordó que, tiempo atrás, había estado a punto de traspasarla o venderla. Pero la visión certera de su esposa lo detuvo. Hoy, mientras veía cómo la polvareda de Huanuni quedaba atrás, y las circunstancias le obligaban a marcharse, sintió un nudo en la garganta y, a la vez, una profunda gratitud.
Tenía un lugar donde llegar.
Tras décadas respirando polvo y oscuridad en el interior de la mina, los beneficios sociales cobrados por Copajira sumaban una cantidad muy importante, un capital envuelto en tristeza que le permitía al menos respirar.
Con ese dinero, delineó planes: un pequeño negocio particular para mantener a su familia: su esposa, Margarita Castro; su hija mayor y niña de sus ojos, Catalina, que recién superaba los diez años, y sus dos varones menores: Jorge y Rubén, de cuatro y dos años.
Pero a menudo, la conciencia le remordía como un fuego lento. Luciano Copajira había participado como dirigente en las negociaciones de la Relocalización, y sabía que debió luchar más. Se sentía como carne de burdel, una puta barata por haber aceptado la comisión ilegal, la coima, para poner su firma en aquella negociación nefasta. El sabor amargo de la traición era constante. Se arrepintió profundamente de ser un estómago agradecido al gobierno, pues siempre supo que:
“La traición en la lucha de clases, es una mancha oscura y pegajosa en el corazón, imposible de quitarla.”
Eran días en que el pueblo minero, que había regalado su estaño y su esfuerzo al país, se encontraba sacudido por el silencioso desbande de sus habitantes más arraigados. Las calles, antes vibrantes con el traqueteo de los camiones de mineral, ahora veían sombras cargando bultos; algunos marchaban con un destino asumido, la mayoría a la aventura. Las despedidas de amigos y compañeros de toda la vida, con abrazos mudos y promesas rotas, se sentían como una liturgia bíblica del Éxodo, sin Tierra Prometida a la vista.
Describir aquello sería tarea de un poeta, y no lo soy; atreverse a tanto sería como hacerles bailar sin música: un acto de fe vacío.
El centro minero se había levantado por el estaño arrancado de la montaña Phosokoni. Ahora, la montaña permanecía en una quietud atronadora.
El eco de las sirenas, que antes marcaba las horas de entrada y salida de la mina, había muerto. Y en las alturas del Phosokoni, ya no estallaba el trueno familiar de las voladuras, el que hacía temblar los vidrios del pueblo, solo el viento frío barría el silencio.
Después de un tiempo, logró establecerse en el valle. El aire suave de Cochabamba era un contraste punzante con el frío del socavón. Barajó trabajos, intentó negocios, pero un día se encontró con un compañero... “¡Maldito aquel día!“, se diría siempre. Tuvo la certeza de que aquello no era casualidad, sino un castigo en vida del Tío de las Minas, el Amo y Señor de las profundidades. Él lo había abandonado, y el Tío, a quien tantas veces rogó favores, ahora le cobraba la traición, tal como castiga a todos los desertores. Esa fue su percepción, la grieta que se abriría en su destino.
El compañero lo abordó con la seguridad de un predicador, vendiéndole la idea de que el trabajo y el negocio particular eran “caminos de burros”. Lo mejor, le aseguró, era el depósito fácil: una financiera que pagaba hasta un seis por ciento de interés mensual y por adelantado. ¡Una renta de rey!
La recomendación se centró en la famosa FINSA. Luciano sintió un alivio inmediato, una corriente cálida y engañosa. Consultó a su esposa y decidieron depositarlo todo: el monto del arreglo y esa coima nefasta que le quemaba las palmas como las treinta monedas de Judas sobre un mantel de terciopelo.
El interés le llegó. Podía vivir a cuerpo de rey sin levantar un dedo, y lo hizo. Empezó a despilfarrar en bagatelas que no necesitaba, usando el dinero como un bálsamo superficial para su culpa. Se convirtió en el padrino constante: en bodas, en los diachacos, en los humaruthukus, en los bautizos, los nueve días, y en un sinfín de excusas donde su bolsillo era el único invitado de honor. Sus supuestos amigos, atraídos por el brillo de sus billetes, lo nombraron presidente de un club de residentes; él, ciego por la vanidad, encargaba los uniformes más vistosos para su equipo.
Era el más solicitado, un sol artificial, admirado por su desprendimiento económico. “¡Ay, ¡qué buenito es Don Luciano!“, murmuraba la gente, sin ver la mancha en su corazón.
Por naturaleza, el hombre es un pozo de codicia, y Copajira, inflado por el dinero fácil, no fue la excepción. La ambición les creció como una maleza a él y a su esposa. Decidieron vender la casa, la última ancla física de su seguridad, para poner todo el capital en la financiera y engordar el interés mensual. Soñaban con una “súper casa” de alquiler, sin la carga visible de impuestos o los tediosos arreglos de propiedad.
El exceso de fiesta y los halagos comprados le habían inflado la cabeza como un globo. Al calor de la borrachera, se volvía un déspota cuyo látigo eran las palabras, humillando a quienes no vestían o no poseían su mismo brillo falso. Pero la gente tragaba la ofensa, porque su ego era la puerta abierta para conseguir favores: bastaba tocarle la fibra con una adulación y la billetera se abría.
La alegría del tonto, dicen, dura poco. Y, en este caso, la ecuación era simple: semejantes intereses reventarían a cualquier financiera seria. Ni siquiera las autoridades, por muy mediocres y ciegamente permisivas que fuesen, podían seguir mirando de reojo un asunto tan insostenible.
Y así ocurrió: la famosa financiera, junto a otras que habían brotado como hongos en la temporada de lluvias, cerró. La intervención del gobierno fue el hachazo que decapitó la gallina de los huevos de oro. De un día para otro, los ahorros y dineros se esfumaron, secuestrados y robados. Mucha, pero mucha gente quedó en la calle, con las manos vacías, especialmente los relocalizados, quienes más se habían malacostumbrado a la dulce adicción del dinero fácil.
Sobre esta estafa mayúscula, que marcó a una generación, no hay más que añadir; ya corrió suficiente tinta. Mi único objetivo es volver a enfocar la luz cruda sobre la historia de Luciano Copajira.
De pronto, Luciano se encontró hundido en una desesperación absoluta, abatido. No podía creer la verdad que le golpeaba el rostro: ¿perdería todo? ¿Qué sería de su familia? Esta vez no se rendiría fácilmente. Con los demás damnificados, empezó a reclamar a gritos. Asistió a reuniones cargadas de rabia, donde se mascaba la frustración y las promesas vacías.
El dinero en casa se evaporaba a ojos vista. La situación empeoraba día tras día, como una herida que se infecta. De nada servían las marchas bajo el sol inclemente o las reuniones estériles. Mientras Luciano y Margarita se consumían en la calle, el cuidado del hogar, ahora pesado y tenso, recayó en Catalina, la hija mayor.
Con los alquileres vencidos, la humillación se hizo oficial. Empezaron a vender los muebles ostentosos y electrodomésticos de lujo que tanto presumió. La mala suerte era fatal: los compradores, con la calma de los buitres, sabían de su urgencia y se aprovechaban. Por los objetos que en su día tenían el brillo de la riqueza, Luciano no recuperaba ni la quinta parte del valor original.
Las visitas de la dueña eran casi diarias, un rostro adusto tras la puerta, exigiendo el pago o la desocupación inmediata. Sin un sitio al que ir, Luciano tuvo que tragar su orgullo. Recurrieron a unos ahijados.
Estos, recordando el vestido de novia más bonito y costoso que les había regalado el padrino en tiempos de opulencia, aceptaron gustosos. El pago sería simbólico: solo la luz y el agua que se consumiese en el pequeño cuarto desocupado. Y así, dejando atrás el esplendor vacío de la “súper casa”, la familia se apretó en la humilde habitación situada al fondo de un polvoriento patio.
Pese a todas las reuniones, el único resultado palpable de los damnificados fue el de seguir perdiendo dinero en cuotas invisibles que se esfumaban. Margarita se desesperaba y se afligía más con cada día, y el desgaste se leía en su rostro, menoscabando su salud.
En el pequeño y asfixiante cuarto del ahijado, las cosas también se habían deteriorado. La relación se había marchitado hasta el hueso, hasta que un buen día, la ahijada, con un gesto cortante, les pidió que desocuparan la habitación. Que necesitaba que pagaran alquiler porque ella también tenía necesidades, que también era una de las víctimas de aquel desfalco nacional.
Margarita, con la voz quebrada, reclamó a la ahijada que tuviera piedad, que recordara que era su madrina, y el costoso regalo de su boda. La ahijada, ni corta ni perezosa, salió y regresó con el vestido de novia, antes blanco, ahora arrugado, y se lo restregó en la cara con una rabia seca: “De este miserable trapo que ya no sirve de nada me sacas a cada vez que puedes. ¡Ahí lo tienes! Desocupa mi casa de inmediato, señora. ¡Esta es mi casa!“.
Margarita no podía creer el nivel del escarnio al que se habia llegado, el aire se le había vuelto arena en los pulmones. Su niña, Catalina, se pegó a su falda, un bloque de impotencia, llorando en silencio junto a sus hermanos. Ya en la noche, la pena acumulada, que hacía tiempo le taladraba el corazón, no aguantó más. Un infarto de miocardio la dejó seca, el cuerpo inerte sobre el piso de la habitación.
Los tres niños no sabían qué hacer, solo esperar a que su padre regresara de la calle. En aquella habitación que ahora olía a desgracia, a miedo y a sudor frío, se acurrucaron junto al cadáver helado de su madre.
Lloraron en silencio, sus lágrimas cayendo sobre la tela del vestido, sin recibir ayuda. La espera se hundió en una eternidad negra.
Luciano, a quien la borrachera ya le había grabado surcos en el rostro, llegó casi al filo de la medianoche, tambaleándose en un estado lamentable.
Nunca en la peor de sus pesadillas hubiese imaginado la visión que lo esperaba. El hedor a alcohol chocó con el aire viciado de la habitación. No supo qué hacer. Solicitó ayuda a los amigos, que en el pasado eran una multitud aduladora, y que ahora se contaban con los dedos de una mano.
Tras enfrentamientos amargos con sus supuestos ahijados, y el entierro de su esposa (una ceremonia tan fría y escasa como el invierno), el único techo que pudo ofrecer a sus hijos fue el cuarto de cuidador de un terreno baldío cerca de Villa Pagador.
A sus doce años, Catalina cargó sobre sus hombros, frágiles y pequeños, el peso de sus dos hermanos. Su padre salía a buscar trabajo, y justo cuando la oportunidad parecía asomar como una luz, encontraba un motivo para seguir bebiendo hasta que la razón se le escapaba como humo.
En esos momentos de borrachera, el recuerdo de Margarita le mordía el alma. Se batía en el famoso lamento boliviano, un rugido de autocompasión. Muchas veces, su silueta borracha era lo único que traía a casa, sin un centavo ni un mendrugo para los niños.
La niña, sacando una fuerza extraña de su desesperación, lo ayudaba a recostarse. El padre tenía la manía de hablar a un rincón vacío, como si Margarita estuviese allí, reclamándole por haberla dejado. Catalina, a su corta edad, no sabía si creer que el alma de su madre flotaba en el aire frío, pero sentía una presencia, un roce espectral. Solo sollozaba, pidiendo en sus plegarias que aquel tormento con olor a tierra húmeda y licor rancio terminase.
La situación de Catalina se había vuelto de plomo. Su padre llevaba días desaparecido, sin dar noticias de su paradero. El hambre había dejado de ser una molestia para convertirse en un dolor agudo, insoportable para ella y sus hermanos pequeños. La niña tomó una decisión desesperada: salir a buscar comida. El miedo le encogió el estómago, y le resultó doloroso dejar solos a los pequeños. Les juró, mirando sus caritas pálidas, que no salieran del cuarto, que volvería pronto con algo para comer.
No conocía las calles, pues su vida siempre había estado circunscrita a la sombra de sus padres. Lo único que se le ocurrió fue preguntar por un mercado. Por suerte, el Mercado Campesino no estaba lejos.
Como no tenía dinero, se acercó a la zona de desechos. Disimuladamente y con un rubor que le subía hasta las orejas por la vergüenza, empezó a hurgar entre la basura y los restos que dejaban los mayoristas con sus productos del trópico cochabambino. Sus dedos, antes limpios, ahora removían cáscaras y hojas podridas. Llegó a casa y alimentó a sus hermanos con las frutas y verduras magulladas. Esta dolorosa labor se repitió muchas veces.
Un día, su padre regresó. Estaba irreconocible. La borrachera continua y la pena le habían tallado surcos profundos en el rostro, oscureciendo su mirada hasta convertirlo en un muerto viviente. El alcohol y la desdicha son escultores terribles de la fisonomía humana.
Recuerdo aquella historia, casi un mito, sobre la gran pintura de la Última Cena, conocida en Italia como CENÁCULO, el mural de cinco por nueve metros en el Refectorio de Santa María delle Grazie, en Milán.
(Dicen que Da Vinci tardó años en pintarla, sobre todo en encontrar los rostros que dieran vida a los apóstoles, incluso el mismo está reflejado en uno de ellos. Para Jesús, halló a un joven estudiante de arte, cuya faz era el espejo de la bondad y la pasión de Cristo. Pasó mucho, mucho tiempo, y los religiosos dieron un ultimátum. Solo faltaba Judas. Da Vinci necesitaba un modelo que gritara traición, rencor, abatimiento, una mirada perdida y odiosa.
Una noche, paseando por los antros sombríos de Milán, encontró a un hombre, borracho, tirado como una piltrafa junto a la basura. Al acercarse para darle limosna, miró su rostro y se dijo: “Este es el rostro que busco”. Le prometió una jugosa paga para que posara. Con esfuerzo, lo puso de pie y se lo llevó. En el estudio, el borracho, sentado en una banqueta, fue abriendo los ojos. Su mirada, antes vidriosa, se fijó en el mural. “Yo conozco este lugar”, murmuró. “Cuando era un estudiante de arte, en pleno éxito, me pidieron que posara para este mismo cuadro.” Da Vinci, ahora sí, lo reconoció: era el primer rostro que hacía años había pintado.)
Copajira, es decir, la sombra de aquel hombre, volvió a casa con una simple bolsa de panes. Al ver las verduras y frutas, algo que él no había comprado, la borrachera se trocó en una furia ciega. Increpó a la niña, la voz rota por el licor, preguntando de dónde había salido “eso”. Catalina explicó su labor en los desechos, pero él, en su conciencia ya desecha, se imaginó otras cosas: se atrevió a insinuar que robaba o que había conocido a algún hombre para conseguirlas. Con el dedo temblándole de rabia, le prohibió salir de la casa, y la amenaza se le clavó en la mirada: si lo volvía a hacer, la echaría a la calle.
Después de aquel día aterrador, la vida se instaló en una monotonía miserable. Luciano volvía a casa casi a diario, siempre borracho, a veces con alguna magra provisión, y la mayoría de las veces con las manos vacías. Los niños pasaban días enteros sin probar bocado. La costumbre de su padre de hablarle al aire frío de la habitación, interpelando a su difunta esposa, mantenía a Catalina clavada en una inquietud silenciosa.
Cierto día, sola con sus hermanos como ya era habitual, encontró una botella de aguardiente escondida bajo un tablón flojo. Una idea retorcida se instaló en su mente agotada: si su padre, al beber, lograba ver y hablar con el espíritu de su madre, tal vez ella, al emborracharse, también podría hacerlo. Necesitaba respuestas, un cierre a las oraciones que se perdían en el techo de paja.
No lo dudó. Empezó a tomar de sorbo en sorbo, con la concentración de quien busca una llave, esperando que en alguno de ellos se materializara el rostro de su madre. Cuando acabó la botella del maldito líquido, solo encontró un dolor de cabeza que le reventó en las sienes y una creciente inconciencia. Sus hermanos pequeños, al verla arrastrarse en el suelo, empezaron a llorar asustados.
“Cuando no hay explicación lógica, es cuando actúa la mano del Diablo”, decía mi abuela. Y ese día, el destino se torció violentamente, como una rara intervención. Como pocas veces, Luciano volvió a casa temprano y, milagro de milagros, sobrio. Les dio la buena noticia, con la voz clara por primera vez en meses: había encontrado un buen trabajo y, prometió, ya no bebería más.
Luciano nunca se hubiese imaginado el cuadro de devastación que contempló: su hija, ebria, luchando contra el vómito. Como un rayo, se lanzó a buscar la botella, encontrándola tirada, vacía. No se supo si la rabia amarga era por ver a su hija en ese estado, o porque ella le había arrebatado hasta la última gota de su maldito brebaje.
La agarró con brutalidad de los cabellos. El dolor la hizo gritar. —¿Qué pasó? ¿Por qué lo hiciste? ¡So, imilla! —No, Papá, no me pegues, no lo hagas. —Pero, ¿por qué te tomaste mi bebida? ¡Borracha a tu edad! Ya sabía yo tus artimañas. —No, Papito, —suplicó ella, con la voz pastosa por el alcohol—, solo he tomado por la misma razón que sé que lo haces. —¿Cómo...? ¿Tú sabes mis razones? ¿Mis motivos? —Sí, Papito. Porque sé que ves a mi mamá y te escucho hablarle cuando estás borracho. Y como tú, yo también quería verla y hablar con ella, Papito. Por eso lo hice.
Luciano se quedó pálido, el rostro rígido por el impacto. El reproche no vino de la niña, sino del espejo de su propia miseria. El golpe de la verdad, la maldita estupidez que le había corroído el tuétano, lo hizo reaccionar de la peor forma posible. —¡FUERA! ¡Fuera de mi casa! No voy a criar borrachas. —Pero, Papito, ¿Dónde voy a ir? —Ya que has aprendido a emborracharte, sabrás también otras cosas.
La tomó de nuevo por los cabellos y, haciendo caso omiso al llanto ahogado de los retoños, la arrastró por el suelo de tierra y piedra, echándola a la calle. ¡Qué remotos aquellos días en que ella era la niña de sus ojos, la princesa cuya piel canela no debía ser tocada ni por las moscas, ni sus lindos ojos pardos claros, quemados por el sol¡- ¡Dios mío, qué dolor! El abismo se había tragado a la inocencia.
Con la cabeza palpitándole de dolor y sin una sola lágrima más que derramar, Catalina solo pudo volver al único lugar que conocía: el Mercado Campesino. Esa noche, se acurrucó entre las hojas de plátano de un puesto de frutas. Se abrigó con sacos vacíos de yute, y su techo fueron las estrellas, cuyo brillo parecía haberse apagado de pura pena ante tanta crueldad infantil.
Pasó muchos días vigilando la puerta de su casa. Su único deseo era ver a su padre arrepentido, buscándola, porque al fin y al cabo era su padre. Pero esto nunca sucedió. Vio que sus hermanos eran nuevamente abandonados y su padre de nuevo llegaba borracho. Entonces, optó por la estrategia de la sombra: reunir todo alimento que pudiese, dejarlo en la puerta, golpear y escapar.
Ya les había enseñado, con señas rápidas, que les haría llegar muchas cosas así, pero que no debían avisar a su papá, que era ella quien dejaba esos paquetes furtivos en el umbral.
El Mercado Campesino era un hervidero de color y gritos, con el olor dulce y fuerte de la fruta tropical. Muchas personas la conocían por el rostro, en el bullicio ensordecedor, pero ninguna supo preguntarle sobre su situación. Lo único que palpaba era la indiferencia que se mezclaba con el polvo del suelo. Aun así, entre el ir y venir de la gente, le pedían hacer los trabajos ingratos que otros se negaban, y ella se esforzaba para ganarse algo de comida, no tanto para ella, sino para sus hermanos.
La gente, sin saber nada, la juzgaba. Las voces, ásperas y rápidas, caían como sentencias de las bocas sucias de gente de mala fe: —“Debe ser cleferita.” —“No, debe ser alguna mañudita, hay que cuidarse nomás.” —“Dicen que duerme donde sea.” —“Pobrecita, en fin, por algo será que la han votado de su casa.” Ella tenía que soportar ese castigo de los murmullos, ella que apenas cumpliría doce años, pero que, delgada y mal vestida, aparentaba mucho menos por el trajín de la vida.
En su cotidiano sobrevivir, conoció a otros niños abandonados y con la misma mirada perdida. Ellos fueron sus maestros: primero, le mostraron el centro de la ciudad, el Mercado Central, donde las oportunidades eran más grandes para conseguir algo para ella y sus hermanos; después, a meter la mano para robar pequeñas bagatelas; y por último, a inhalar clefa, ese pegamento químico que adormecía el hambre y el miedo.
Se había integrado a las pequeñas pandillas de niños y jóvenes cleferos que vagaban por el lugar. Allí encontró protección y, tal vez, un cariño áspero y urgente, el único que había podido recuperar. Su nuevo territorio eran las inmediaciones del ferviente Mercado Calatayud, la Avenida San Martín y la mítica feria central de La Cancha, un laberinto de gente y objetos.
Había aprendido a sobrevivir de mil maneras, casi todas lindando con el borde duro de la delincuencia juvenil. Pero, incluso en las peores situaciones, no dejaba de ayudar a sus hermanos. Su prioridad era la carga oculta que llevaba en su conciencia: les hacía llegar ropa, a veces incluso dinero, y siempre se aseguraba de que lo recibieran. A esas alturas, su padre se había borrado de sus vidas. Se había entregado por completo al alcohol, que lo consumía en todas sus formas y presentaciones, arrastrándolo a las consecuencias oscuras y finales que acompañan a la bebida.
A pesar del veneno de la clefa y la vida en la calle, en su pequeña cabecita persistía una idea luminosa: sacar a sus hermanos adelante. Soñaba con alquilar un cuarto, mandarlos a la escuela y ser ella el sostén. Pero un día fue a la casa después de mucho tiempo. Esperaba la rutina; en cambio, su corazón se destrozó al tropezar con el vacío, un silencio sin ecos. El cuartito estaba limpio, deshabitado.
No supo qué hacer. El pánico le secó la garganta. Preguntó por todo el barrio, pero su aspecto (delgada, sucia y errante) hacía que la gente evitase su mirada. Finalmente, la mujer de una tienda cercana, con voz baja, le contó: unas señoras de Argentina, las tías, al enterarse del abandono, habían venido a rescatar a los niños.
—¿No dijeron nada sobre la hermana mayor? —se apresuró a preguntar, la voz apenas un hilo. —No, solo me preguntaron en qué cementerio el padre había enterrado a la niña. Les dije que no sabía. —Gracias, señora. Que Dios la guarde. —Pero tú no eras… —La tendera no terminó la frase; Catalina ya se había disuelto en la esquina.
En ese instante, supo la verdad. Para su padre, y tal vez para sus hermanos, ella había muerto. Estaba borrada. No supo si el llanto o el alivio eran la respuesta. Era lo mejor para ellos, pensó. Pero para ella, el último propósito se había ido. El vivir ya no tenía ningún asidero, ni sentido.
En su maltrecho corazón, había abrigado la humilde y casi absurda esperanza de volver a ser “normal”. Por eso, la clefa —ese alucinógeno con olor a químico y a desesperación— nunca la consumía en demasía, a diferencia de sus amigos. Era su pequeña resistencia.
Vagaba todos los días como una condenada a la deriva. El bullicio de la gente, las luces, los anuncios: todo lo que ocurría a su alrededor era un muro sordo para ella. Eran días de júbilo por la Navidad, un tiempo supuestamente reservado para el amor, la felicidad y la esperanza del común de la gente.
La Cancha, el famoso laberinto de casetas que parece un mercado persa, se encontraba en un llenazo abrumador. La gente se empujaba para hacer las últimas compras de la Nochebuena. Catalina aún no podía digerir la idea. Estaba, ahora sí, sola en el mundo, un punto minúsculo sin ninguna esperanza de vida. Observaba con añoranza punzante las escenas de los padres comprando juguetes, la estampa de la felicidad familiar.
En su maltrecha mente se colaban las imágenes de antiguas Navidades, días felices. No eran felices por la abundancia de cosas, sino por el calor del amor familiar, un calor que se compartía incluso con las cosas más humildes y sencillas.
Ahora, el hambre se había apagado por días. Dentro del bolsillo de su buzo deportivo azul, ya un harapo, guardaba su primer tesoro: la muñeca Barbie, el último regalo que le había hecho su padre.
Lo custodiaba como el mayor tesoro del mundo, porque en el fondo, ella era aún una niña, con ese instinto maternal tenaz y fuerte que tienen las mujeres de su pueblo.
Con el cuerpo desnutrido y la fatiga mordiéndole los huesos, ya no le quedaban fuerzas. La lluvia de la tarde fue corta, pero la caída de agua en Cochabamba, violenta y repentina, la dejó casi completamente mojada. Se arrastró hasta su refugio de las últimas noches: las jardineras húmedas de la Avenida Aroma, cerca de la Plaza San Sebastián.
La noche, después de la purga de la lluvia, parecía mágica. El cielo estaba límpido. Ella se encontraba mirando hacia arriba, con la mirada fija, buscando una estrella fugaz. Recordó a su madre en Huanuni, donde el cielo nocturno, frío y vasto, parece el más estrellado del mundo. En las noches de luna llena en el altiplano, la luna se ve tan clara, que parece que se pudieran alcanzar a ver los cráteres esculpidos en su superficie, o incluso las huellas minúsculas que dejaron los astronautas hace ya tantos años.
Recordó que su madre le había contado: que cuando una estrella baja, es un ángel que viene a buscar a un alma buena para llevarla a la presencia de Dios, o que viene a traer una buena nueva, como el anuncio del Nacimiento de Jesús.
Abrigada por cartones, con el piso de uno de ellos ya empapado, creyó ver una estrella brillante y fugaz. Pensó en la promesa de su madre. Instintivamente, se acurrucó dentro de la covacha precaria, tapándose con todos los harapos que tenía a mano. Le vino a la mente el consejo de sus compañeros: si quería dejar de sentir el frío, el hambre y abandonar, por un instante, sus preocupaciones, debía aspirar con mucha más fuerza la clefa. Y así lo hizo. Aspiró hondo el químico volátil.
En un cuerpo que llevaba días sin alimento y que estaba entumecido por la humedad de la noche, los efectos de aquel mejunje diabólico fueron inmediatos y violentos. El cartón que tenía delante se deshizo en su mente, convirtiéndose en una pared con una gran ventana abierta y cálida. Por ella vio una hermosa sala, con un gran árbol de Navidad que echaba destellos, y paquetes de regalos con los nombres de sus hermanos, el suyo, de papá y de mamá. Sintió un calor dulce que emanaba de una chimenea encendida. Creyó escuchar las voces de la cocina, que empezaban a desvanecerse...
Entonces, aspiró con mucha más fuerza el frasco infernal. La pantalla mágica volvió a encenderse. Vio a su padre, sobrio, dando los últimos toques a la cena, y a sus hermanos riendo, correteando alrededor de la mesa. Creyó sentir el olor de la comida y los pasteles que su madre había preparado, tan apetitosos.
No se daba cuenta de cuántas veces más había aspirado el frasco, solo quería aferrarse al sueño. Hasta que, de pronto, sintió la presencia. Vio a su madre, más hermosa que nunca, con un brillo que superaba al árbol. Corrió hacia ella, gritando de felicidad: —¡Mami, Mami! ¿Por qué me has abandonado? —No, hija. No, mi hermosa Catalina. No digas nada, solo abrázame y bésame. —Mami, por favor, no me dejes más… —No, hija. Nunca más. He venido por ti y siempre estaremos juntas.
Por fin sintió el calor maternal que le había sido negado. Y se fue, junto a su madre, con la certeza final de que jamás volvería a abandonarla. El cuento de Andersen, el de la vendedora de fósforos, se había repetido trágicamente en la Avenida Aroma.
A la mañana siguiente, el día de Navidad. Mientras algunos niños despertaban desesperando el papel de los regalos, y otra gente se felicitaba simplemente por haber sobrevivido otro día más, en la jardinera central de la Avenida Aroma, casi en la esquina con Junín, la policía recogía el cuerpo inerte, un peso muerto, de una niña abandonada.
Estaba vestida con el buzo deportivo azul, ya deshecho, las zapatillas hechas tiras, y sin más abrigo que unos viejos cartones, aún húmedos. La imagen era extraña, casi perturbadora: su rostro, en la muerte, era angelical y sonriente, y aún tenía entre sus manos, fuertemente agarrada, la muñeca Barbie. Uno podría jurar que la Barbie, también, sonreía.
Una hipotermia fatal y otras complicaciones que su cuerpo, ya solo hueso, no pudo soportar. Catalina había muerto. Su final fue el pago más duro a aquella sentencia que se había pronunciado: “Bolivia se nos muere”. Pero la completaron, hiriéndole de muerte, con la maldita Relocalización del 21060, un decreto que aún se pregunta a cuántas Catalinas más se habrá llevado consigo.
El frío no mató solo a Catalina: mató la indiferencia de un sistema que promete protección y no cumple. Mató la impotencia de miles de padres que no pueden sostener a sus hijos. Mató la esperanza de un país que mira hacia otro lado mientras su gente más vulnerable se hunde.
Catalina murió, sí. Pero su silencio grita más fuerte que cualquier discurso: “Bolivia se nos muere”. Y no solo se nos muere: la estamos matando, una Navidad tras otra, en cada esquina, en cada jardín, en cada calle donde los niños son solo un recuerdo que nadie quiere mirar.
FIN