𝐂𝐀𝐏 𝟏-Weltschmerz
A veces creemos que todo será eterno, que el mundo hará una pausa para esperarnos. Pero el tiempo no se detiene y, si no sigues su ritmo, te deja atrás. La vida no distingue entre santos y pecadores; simplemente arranca pedazos hasta dejarte vacío. No importa cuán bueno hayas sido: para los demás, un solo error basta para borrar todo lo anterior.
Mi error fue nacer así.
Gritaba desesperado, con la garganta ardiéndome, mientras peleaba contra los guardias que intentaban arrancarme de los brazos de mi hermano. Mis manos se aferraban a él como si mi vida dependiera de ello, mientras él me apretaba con fuerza contra su pecho, como si al soltarme fuera a perderme para siempre.
—¡¡No me toquen!! —vociferé entre lágrimas, en medio del caos. Pero no sirvió de nada. Tres hombres se abalanzaron sobre mí, me arrastraron al suelo y me sujetaron con brutalidad. Forcejeé con todas mis fuerzas, mi cuerpo temblaba por la rabia y el miedo, esos hombres eran de la guardia civil, y ni siquiera sabia por que de repente estaba bajo arresto. Un estallido de calor brotó de mi pecho al gritar y, de pronto, la ropa de uno de ellos se encendió en llamas, la gente grito en pánico mientras presenciaban la escena, gritando cosas como “llévense al monstruo” o “¡que no se acerque a nadie!”. Rápidamente apagaron el fuego.
Todo fue confusión. Me cubrieron la boca con un trapo, intente resistirme moviendo mi cabeza de un lado a otro pero la sostuvieron para que no pudiera moverme. El aire se volvió espeso, venenoso. Tosí. Mis músculos comenzaron a ceder, mi cuerpo se volvió pesado como piedra… y ligero. Los gritos se alejaban, como si me arrastraran al fondo del agua.
Mi cuerpo se sintió débil, y poco a poco mis ojos se cerraron, antes de dar espacio a la oscuridad.
Antes de perder la conciencia, escuché los gritos desgarradores de mi hermano. rogaba que no me llevaran, ofrecía que lo llevaran a el. Su voz era lo último que quería olvidar. Pero lo que realmente me quebró fue ver, entre la niebla de mi visión, a mi madre… de pie, inmóvil, con una sonrisa en los labios. Esa sonrisa que siempre aparecía cuando decidía mantenerme lejos. Ella nunca me había amado, pero ¿hasta esto llegaba su odio hacia mi?.
Desperté después de unas horas en una celda oscura, jadeando y sudando con los sentidos al mil. Miré a mi alrededor: no había nadie, solo barrotes y dos guardias al lado de la celda fría y oscura.
Mordí mi labio inferior, aún sin saber qué pasaba. ¿Por qué me habían llevado? ¿Por qué mi madre no hizo nada? ¿De verdad quería deshacerse de mí? ¿O era el rey? ¿Había cometido algún delito?
La imagen de mi hermano atravesó mi mente. Habíamos intentado con todas nuestras fuerzas que no nos separaran, su mirada tan confusa como la mía mientras mamá sonreía. Un nudo se formó en mi garganta y las lagrimas se escaparon de mis ojos, cayendo sobre mis manos mientras recapitulaba toda mi vida buscando algo, cualquier cosa que explicara esto, cualquier cosa que me devolviera a mi hermano.
Pero no había nada. Talvez tengo poderes, pero nunca le cause problemas a los demás por eso. No he hecho daño a nadie, nunca he lastimado a propósito. No merecía estar aquí. No quería estar aquí.
Esto es injusto.
De pronto, escuché el chirrido oxidado de la reja abriéndose. Mi cuerpo se tensó instintivamente. Alcé la mirada y me apresuré a secar las lágrimas. Una figura se acercaba, firme, con paso seguro. Cuando finalmente se detuvo frente a mí, lo reconocí al instante: cabello largo atado en una coleta alta, ojos rojos como brasas encendidas que parecían atravesarte el alma, y una piel tan pálida como la nieve.
Era el rey Altherion.
Bajé la cabeza de inmediato en un gesto de respeto hacia la realeza. pero escuché su risa. Era oscura, grave… como si naciera de las sombras mismas del infierno
—Así que tú eres el arma —dijo con una elegancia fría, aterradora. Yo no respondí, seguía con la mirada clavada en el suelo—. Puedes mirarme a los ojos.
—Tú eres Kael Byrne, el niño-arma —dijo. No era una pregunta. Lo dijo como si hablara de una propiedad, de algo que ya le pertenecía. Su risa fue profunda, burlona, me provocaba nauseas y a la vez ansiedad. asentí.
—Supongo que no sabes nada aún… Tu madre te vendió. La guerra está por comenzar, y tú… tú eres un arma innata. Vamos a entrenarte para pelear. —Resumió. Su voz era seca, como si hablara de algo cotidiano.
Respiré hondo y, temblando, levanté la vista. Él sonrió con una tranquilidad perturbadora.
— Te necesitamos en el castillo. Considera esto un servicio al reino… una oportunidad para hacer algo grande. Es por el bien de todos.
Lo miré a los ojos sin saber qué pensar. ¿Cuánto le habían ofrecido para darme sin dudar? Tragué saliva y abrí la boca para hablar. Mi voz salió temblorosa, un nudo apretaba mi garganta como si me estuviera ahogando y tuve que tragar saliva para soportarlo.
¿Por el bien de todos?, ¿de las personas que siempre me presionaron y me hicieron sentir inservible?, me arrebataron lo único que tenia…¿por que tendría que ayudarlos?.
—¿Podré volver a ver a mi hermano? —pregunté en un susurro, con el corazón en la mano y la poca estabilidad emocional que me quedaba colgando de un hilo.
Él negó con la cabeza. Su sonrisa no flaqueó ni por un segundo. Era conocido por ser sádico, sin alma. Después de todo, no se puede esperar mucho de alguien que mató a su propio hermano por avaricia.
—Es por un bien mayor. Así que… despídete de tu hermano, porque jamás volverás a verlo —sonrió y se dio la vuelta para marcharse.
Algo dentro de mí se rompió, de forma definitiva. Jamás lo volvería a ver. Mis manos apretaron con fuerza las sábanas de la cama donde estaba sentado, y un sollozo se escapó de mis labios, involuntario y desgarrador.
Antes de salir de la habitación, habló una vez más:
—Mañana es tu primer entrenamiento. En la mañana, los guardias te llevarán a la cancha.
Al otro día desperté en esa cama por las ruidosas campanas de la iglesia. Estire mis brazos antes de levantarme y mirarme en el pequeño espejo del calabozo: tenía los ojos rojos, hinchados ya de tanto llorar. La cabeza me daba vueltas y me dolía como si me la estuvieran partiendo, había pasado toda la noche en vela sin poder conciliar el sueño. Me lavé el rostro en el lavabo frente al espejo y bostecé. Me veía demacrado, y mi alma estaba hecha pedazos.
Todo esto era una completa mierda. Me habían traído aquí por culpa de la guerra, me arrebataron a mi hermano y me obligaron a venir a la fuerza. Sentía rabia, ¿y cómo no tenerla? Me quitaron lo único que tenía. Cerré los puños e intenté recomponerme, pero me fue imposible, el nudo en mi garganta se negaba a desaparecer y las lagrimas no tardaron en volver corriendo por mi rostro libremente, Mis sollozos llenaron el calabozo frio. Cubrí mi rostro con las manos. Quería salir de aquí... pero era imposible. Todo había acabado para mí, y, de cierto modo, ya no tenía sentido seguir viviendo así.
Mi única razón para vivir era mi hermano, ya no tenia nada más.
Una vez que entras al castillo, no sales nunca más. Eso lo tenía muy claro. Ellos me querían por mi poder, un poder que ni siquiera sabía controlar. Ni siquiera quería controlarlo. Si no hubiera nacido así... todo sería mucho más simple, mas fácil.
Me sequé las lágrimas justo cuando uno de los guardias habló:
—Debemos ir a la cancha de entrenamiento. Alístate —exclamó, mientras arrojaba ropa dentro del calabozo como si fuera basura.
Observé las prendas en el suelo y las recogí. Tragué saliva y me vestí rápidamente. Para mi sorpresa, era ropa decente: una camisa blanca y pantalones negros, ambos limpios. Nunca había usado ropa tan limpia, pero ya no importaba, no tenia sentido.
Me lavé la cara otra vez y me cepillé como pude. Después de unos minutos, los guardias entraron a mi celda y me tomaron de los brazos bruscamente incluso si no me resistí, para esposarme las manos por detrás.
Se apuraron a sacarme de la celda y caminamos por los pasillos del palacio en completo silencio. En el calabozo todo era oscuro, casi sin vida, en las paredes se podía percibir la humedad lo cual lo hacía mucho mas frío de lo que ya era y las sabanas no ayudaban mucho, era miserable, la única luz que había entraba por un hueco en la pared de la celda. Pero al salir de este todo cambio notablemente, la luz dio en mi cara e hizo que mis ojos se entrecerraran de molestia. Los pasillos se sentían cálidos y a la vez fríos, todo era elegante y limpio, totalmente contrario al calabozo.
No tardamos en llegar a una cancha grande al aire libre. El aire húmedo me pegaba en el rostro. La cancha era grandísima, del largo de unas nueve casas, y pude ver a unos soldados comiendo sentados en las gradas que había a un lado de esta. ¿Entrenaría con ellos? Ni siquiera tenía ganas de hacerlo, y esos hombres eran tres veces más grandes y fuertes que yo. A su lado yo parecería mucho mas débil de lo que ya era.
Un señor se acercó a mí, alto y musculoso, con el cabello corto y ojos marrones tan oscuros que podría jurar que no tenía alma detrás de ellos, su piel era morena y su cabello oscuro, todo en el reflejaba respeto y miedo. Él agachó la cabeza en un gesto de saludo y yo hice igual.
—Mi nombre es Sasha —se presentó. Su voz era oscura, grave—¿Tú eres Kael? Seré tu nuevo entrenador.
Yo asentí. Sasha… el nombre del guerrero que acabó con todo un pueblo teniendo tan solo diez soldados. ¿Era él? ¿Me entrenaría una leyenda?.
—Bien, veamos qué tienes —murmuró pude ver una sonrisa sádica en su rostro mientras entraba a la cancha. Yo solo lo seguí en silencio, estaba tan tenso que tuve que hacer los hombros para atrás varias veces para relajarme un poco.
—Tienes que esquivarme —ordenó. Yo mordí mi labio inferior y asentí. Mis músculos estaban tensos, pero tuve que obligarme a responder.
Finalmente, se movió, mas rápido que la misma luz, tanto que no pude esquivarlo. Su puño golpeó mi abdomen y, de un solo golpe, escupí sangre, mis ojos se abrieron de sorpresa mientras Tapaba mi boca con mi mano. Perdí el equilibrio y caí al suelo, sentado, cerré los ojos ese puño había dolido como si un camión me hubiera atropellado. Él suspiró y se recompuso, murmurando algo que no logre escuchar, tal vez un “patético”.
—Serás mucho trabajo. Levántate —ordenó. Yo obedecí, levantándome mientras masajeaba mi abdomen. Ardía tanto que pude jurar que algo dentro de mi se había roto.
—Cinco vueltas a la cancha. Ahora.
Mi cuerpo se estremeció. ¿Cinco vueltas? Y esto tan solo era el calentamiento. Definitivamente, iba a morir antes de que la guerra siquiera comenzara.
Lo mire como si hubiera dicho una locura, pero este cruzó los brazos sobre su pecho demostrándome que hablaba muy enserió.
Solté un bufido y comencé con la primera vuelta. La cancha era tan grande que juré que moriría desmayado después de la segunda vuelta. Y el dolor en mi abdomen no ayudaba mucho.
De verdad esperaba que le diera cinco vueltas a una cancha siendo solo un niño?. Iba apenas por la segunda y ya sentía que se me escaparía el corazón del pecho, mis oídos palpitaban por cada paso que daba.
Nunca en mi vida había corrido tanto, y el parecía verme como un soldado más, como si ellos no hubieran entrenado mas de cinco o nueve años para la guerra.
Si esto era entrenar, preferiría morir en una orca por negarme a ayudar al pueblo.
Mis piernas comenzaron a temblar en la tercera vuelta, mientras Sasha me gritaba que no me saltara los bordes. Cerré los ojos, rezando a los dioses que me dieran todas sus fuerzas para terminar con esto. Ni siquiera me había hecho estirar.
—No puedo —dije finalmente, parando y apoyando mis manos en las rodillas mientras intentaba recuperar el aire. Pude escucharlo reír.
—Sí puedes. No pares o te golpearé.
Mi cuerpo se estremeció ante la amenaza, no quería otro golpe. Trague saliva y tome todo el aire que pude, llenando mis pulmones. Me dolía la garganta ardía como si me estuvieran ahorcando. Volví a correr, esta vez más fuerte, obligando a mis piernas a continuar, incluso si cada paso se sentía como una tortura para todo mi cuerpo.
Finalmente, di la quinta vuelta y mis piernas cedieron. Caí de rodillas al suelo, sudando y jadeando para recuperar todo el aire que había perdido. Estaba arruinado.
—Eso pasa porque no respiras bien cuando corres —explicó con frialdad y una sonrisa. Hasta parecía disfrutar de mi sufrimiento.
¿Por qué no me lo había dicho antes?
Tragué saliva y fruncí levemente el ceño mientras intentaba recomponerme.
De verdad me compadecía de todos los soldados que ya habían pasado por esto.








