promete que volveras a buscarme.
Antes de entender por qué algunas personas se sienten como hogar, ya había algo en Minho que me resultaba imposible de perder.
—Si existe la reencarnación… búscame.
No estaba seguro de por qué lo dije.
La idea simplemente apareció en mi cabeza mientras dibujaba líneas torpes en la arena con la punta del zapato.
Minho giró hacia mí desde el columpio.
—¿Reencarnación?
—Volver a vivir… supongo.
Me encogí de hombros, un poco avergonzado.
Luego añadí, casi en un murmullo:
—Aunque no me recuerdes… creo que igual sabría que eres tú.
Minho me miró en silencio durante unos segundos.
Y entonces sonrió.
No una sonrisa grande ni ruidosa —
una de esas que se sienten tranquilas.
Como si lo que acababa de decir no fuera extraño.
Como si, de alguna forma, ya lo hubiera decidido también.
El columpio a su lado se movía suavemente con el viento.
Vacío.
Esperándome.
—Ven —dijo—. Ese es tu lugar.
Caminé hasta sentarme, con las manos frías rodeando las cadenas metálicas.
Cuando empezamos a balancearnos, algo dentro de mí se acomodó sin esfuerzo.
Como si ese ritmo hubiera estado aguardándonos desde siempre.
No lo sabía entonces, pero hay encuentros que no comienzan el día en que ocurren…
solo continúan.
Minho se impulsó más alto y soltó una risa que hizo girar a medio parque.
Lo miré subir y bajar contra el cielo pálido de invierno.
Y tuve una certeza tan simple que ni siquiera intenté explicarla:
si alguna vez lo perdía…
lo buscaría en todas mis vidas sin pensarlo.
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No recuerdo cuándo conocí a Minho.
Solo sé que él ya estaba ahí antes de que empezara a hablar. Cumpleaños, navidades… todo se sentía diferente cuando él estaba cerca. Siempre especial. Siempre… inexplicablemente mi hogar.
Él me mostró lo que significaba ser hogar para alguien más, incluso cuando yo no entendía esa palabra.
Siempre creí que era patético aferrarse a alguien… hasta que me aferré a ti.
Pero… ese día lo cambió todo…
Ese día estaba con Minho, contándole sobre un sueño extraño que había tenido.
De repente, me dice:
—Hay un chico que me gusta y quiero… besar… pero no se calla nunca —dijo con una evidente frustración.
Yo lo miré, desconcertado, y solo pude murmurar:
—¡Me desconcertaste…!
Y seguí hablando como si nada.
Él me observaba tranquilo, con esa paciencia que siempre tenía conmigo.
Lo que yo no sabía era que, mientras me concentraba en contar mi sueño, él ya se había declarado… y yo ni me había dado cuenta.
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Un día en el parque, ambos teníamos dieciséis.
Estábamos mirando los columpios nevados después de un día difícil, y él me dijo:
—Tranquilo… todo estará bien. Estoy aquí.
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—Años después—
Era mi cumpleaños número veinticuatro.
El sol entraba por la ventana, pero no podía sentir nada.
Esperaba a Minho… pero él nunca llegó.
Más tarde, la noticia llegó como un golpe silencioso: un accidente.
Un choque. Él no… no alcanzó a estar aquí.
Me senté entre los regalos sin abrir, con las manos temblorosas.
El parque, los columpios, nuestra risa compartida… todo parecía tan lejano ahora.
Quería llamarlo, gritar su nombre, pero el teléfono permanecía mudo.
Y por primera vez, comprendí que algunos encuentros, por más destinados que estén, pueden romperse en un instante.
Los días siguientes los pasé en el hospital, esperando a que Minho despertara, pero nunca lo hizo.
Cuando sus padres lo desconectaron, lloré mares.
Ahí comprendí que su cuerpo aún funcionaba… solo gracias a máquinas.
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En el funeral, mientras las lágrimas me nublaban la vista, recordé toda nuestra infancia.
Los columpios nevados, nuestras risas, los secretos que solo compartíamos nosotros… todo regresó en un torrente que me dejó sin aliento.
Antes de que todo esto ocurriera, ya les había dicho a mis padres que no quería ser conectado a máquinas.
No quería que nada me mantuviera vivo si él no estaba.
Ahora, viendo su cuerpo inerte, sentí como si el mundo entero se derrumbara a mi alrededor.
El aire se volvió pesado.
Las voces se alejaron.
Incluso el tiempo pareció detenerse.
Comprendí entonces que algunas pérdidas son tan grandes que el corazón no sabe dónde guardarlas.
Mis piernas cedieron.
Alguien gritó mi nombre, pero el sonido llegó amortiguado, como si viniera desde muy lejos.
Intenté respirar, intenté mantenerme en pie… pero mi cuerpo ya no respondía.
Todo se volvió oscuro.
Lo último que logré murmurar fue apenas un hilo de voz:
—Nos encontraremos de nuevo… siempre.
Y así terminó nuestro primer capítulo —
no como una despedida,
sino como una promesa que el tiempo aún no estaba listo para romper.