Prólogo
En los días que precedieron al pacto...
En esta ciudad oscura nunca sucedía nada, y ese “nada” pesaba más que cualquier calamidad. Todo permanecía igual, detenido en una rutina de miseria: calles sucias, pobreza que calaba en los huesos, tristeza arrastrada como un lamento colectivo. En invierno, la nieve caía pesada, sofocada por una niebla espesa que aparecía al amanecer y no se desvanecía jamás. Era como si la bruma misma respirara con la multitud, alimentándose de su desaliento.
La humedad subía desde los pantanos y las ciénagas, se colaba entre las raíces retorcidas del bosque y se arremolinaba en las aguas negras del río Blackwater. Mi madre lo llamaba de otro modo: la cloaca de los cuervos, y con esa sola frase parecía que el agua se llenaba de alas oscuras.
Me levanté y abrí las ventanas de madera vieja, ennegrecida y podrida, iguales a las de todas las casas miserables de aquel barrio. Servían de poco contra el frío cruel que gobernaba aquellas madrugadas, un frío que me devolvía a las leyendas de cuna que mi madre murmuraba cuando la leña se extinguía. Historias paganas del Señor del Invierno, ese espectro que visitaba a los niños desobedientes para marcarlos con la escarcha. Y aunque aquellos recuerdos me erizaban la piel, también me ayudaban a enfrentarme a la mañana.
Sonreí, con amargura.
Malditas madrugadas... las odiaba con todo mi ser. Quizás porque rara vez veía el sol; quizás porque mis días se consumían en un trabajo interminable hasta que la noche volvía a tragarlo todo. Y así, en un ciclo inquebrantable, los días se repetían como un cántico fúnebre, murmurado en las casas de la Fe Eterna.
Me vestí con prisa. La camisa de lino blanco había perdido hace mucho su pureza: ahora era amarillenta, fatigada por los inviernos, y tan fina que apenas podía llamarse abrigo. Luego me enfundé los pantalones marrones, y por último, me até las botas, esas viejas compañeras que habían sido reparadas tantas veces que parecían sostenerse más por voluntad que por cuero. No había dinero para lujos, ni siquiera para la simple dignidad de un par nuevo en el taller del zapatero de la esquina. Todas las monedas que entraban en casa se desvanecían en una sola dirección: los estudios de Tristan.
Mis padres soñaban con que aquel sacrificio los llevara un día a un jardín de soluciones, a la promesa de la medicina, como si el conocimiento pudiera arrancarnos de la miseria y devolvernos la luz. Mientras tanto, nosotros vivíamos con lo justo, con la misma rutina en el plato: pan duro, un poco de sopa caliente, y sobre todo, agua. Mucha agua, tanta que no servía de alimento, solo de consuelo, llenando con su engañosa frialdad el hueco voraz que dejaba el hambre en las noches.
Desvié la mirada hacia su cama. Como siempre, estaba perfectamente hecha, sin una sola arruga en aquel colchón de paja que parecía resistir el tiempo con la misma disciplina que él imponía a su vida. A un lado, en la mesita de noche, descansaba su vieja silla de madera coja, y sobre ella sus libros: encuadernaciones desgarradas por tantas noches de estudio, pero alineadas con la exactitud de los engranajes en un reloj de bolsillo.
Nunca comprendí cómo, a pesar de la universidad y de las horas que robaba para ayudar en la panadería, lograba levantarse antes que yo, ordenar su espacio, y por supuesto, preparar el desayuno para todos. Una sombra de amargura recorrió mi alma al contemplarlo. Esa vida debería haber sido mía. Yo era el pequeño, pero no era como él. Él era el prodigio, el futuro médico que cargaría con los sueños de mis padres. Y yo... yo seguiría siendo el panadero, condenado a la harina y al fuego, mientras en su mirada brillaba un porvenir que jamás me perteneció.
Salí de la habitación apartando la cortina raída que la separaba del comedor. El olor a huevos y pan tostado me golpeó de lleno, colándose por mi nariz hasta hundirse en mis pulmones como un recuerdo cálido en medio de un invierno sin fin.
—Buenos días, Arthur —saludó mi hermano con la misma sonrisa matutina de siempre.
Lo observé con detenimiento. Aquella mañana sus ojeras eran más profundas, teñidas de un morado intenso que, al contrastar con la palidez de su piel, formaban un extraño juego de luces y sombras, como si su rostro perteneciera a un retrato marchito.
—Hola... —murmuré, dejándome caer en la silla y tomando con desgana un trozo de pan. Todavía estaba caliente, y en mis dedos temblaba la fragilidad de ese calor.
—¿Un poco de café? —preguntó, balanceando con suavidad la jarra de madera después de servirse un vaso rebosante para sí mismo.
Me encogí de hombros. El simple gesto hizo que un dolor se extendiera por mis músculos, todavía fatigados por la descarga del día anterior. Él no dijo nada; me sirvió también a mí, y aún de pie, con un trozo de pan apretado entre los dientes, comenzó a recoger lo poco que había ensuciado.
—¡Tristan!
La voz grave de mi madre recorrió la casa como un eco inevitable. Ella se acercó con premura, posando una mano sobre la melena negra de mi hermano, lisa como las mismas aguas del río.
—Tienes el pelo empapado, hijo... —dijo, intentando pasar la mano por su cabeza, aunque la diferencia de altura entre ambos convertía el gesto en un intento torpe y casi infantil.
Tristan era alto, delgado hasta parecer un esqueleto erguido, un cuerpo alargado que parecía desafiar a la propia fragilidad.
—Estoy bien, mamá. Debo ir a la universidad.
Dejó la taza en el fregadero y tomó su mochila de cuero negra, igual a su atuendo —ese que llevaba casi siempre, tan sobrio y oscuro como él mismo—. Caminó apresurado hasta la puerta.
—Hoy saldré antes de clases; iré directo a la panadería a ayudaros.
Y sin más, cruzó el umbral. La puerta se cerró tras él con un golpe breve, dejando entrar una ráfaga helada que serpenteó por la casa antes de desvanecerse en la penumbra.
***
El negocio familiar... lo que alguna vez fue la conocida panadería de los Holloway, había terminado convertido en un horno humilde, perdido entre los callejones del barrio bajo, algo que mi familia no acababa de asumir. Los ricos lo llamaban con desdén la madriguera de los cuervos, y quizás tenían razón, porque así estaba compuesta la ciudad: en territorios miserables que el populacho distinguía según su rango de ruina. Estaba la clase cuatro, la cuatro y medio, y finalmente la repudiada clase cinco. Nosotros pertenecíamos a esa mitad, ese cuatro y medio del que no estás seguro por cual decantarte.
La panadería sobrevivía en medio de una muchedumbre contradictoria: mercaderes que se creían nobles y nos miraban por encima del hombro, eruditos cuyas familias aún podían costear estudios y que no se dignaban a cruzar palabra con nosotros, luego, los maestros gremiales, o lo que intentaban llegar a parecer.
Aunque claro, también nosotros despreciábamos a alguien. Siempre lo había: el último escalón de hipocresía y jerarquía que dividía la ciudad no eran personas, sino monedas. Los dragos. El verdadero símbolo de la miseria: su ausencia marcaba a los últimos como una cicatriz invisible situándolos en la fila de la clase cinco.
Arriba, en contraste, estaba la otra mitad de la ciudad: La Atalaya. Un lugar libre de la niebla repugnante que aquí enfermaba los pulmones. Allí, las casas se alzaban orgullosas alrededor del castillo, construidas con piedras nuevas, talladas y pulidas con una perfección insultante. Los ventanales de cristal reflejaban la luz como si se burlaran de nuestra penumbra. Incluso las calles eran distintas: sus farolas jamás dejaban de arder, cuidadas con aceite fresco. Allí habitaba las clases uno, dos, tres, y por encima del todo la corona.
Recuerdo las pocas veces que subíamos hasta allá, para escuchar al sumo proclamador en la gran catedral de la Fe. El acceso no estaba prohibido, pero cada paso en aquellas calles nos recordaba lo insignificantes y leprosos que éramos, sombras deslizándose en un mundo que jamás nos pertenecería.
—¿Arthur? —mi madre apoyó ambas manos en la cadera.
Desvié la mirada hacia ella. Yo estaba inclinado, con las rodillas semi flexionadas, a punto de atrapar un saco de harina que parecía más pesado que mi propio ánimo.
—Te he llamado cuatro veces...
Resoplé, arrastrando el saco hasta la esquina, donde reposaban los demás como tumbas de polvo.
—¿Qué pasa, Elinor? —pregunté. Quería que supiera que la ausencia de la palabra mamá era mi modo de anunciar que aquel día había despertado con el pie izquierdo.
—Se ha puesto a nevar, y ya hemos gastado todo el pan.
Me acerqué a la ventana. Afuera, los copos descendían con una parsimonia casi cruel, como si cada uno quisiera dejarse contemplar en su belleza helada. Eran hipnóticos, dulces como el recuerdo de un chocolate caliente en taza. Yo intentaba retener su sabor en la memoria: mi madre solía comprar cada año, en Navidad, una barrita que dividía en cuatro onzas exactas y hervía en leche de cabra. Un lujo efímero, un vestigio de alegría entre tanta penuria.
—¡Arthur! —su voz me desgarró de nuevo, más grave esta vez.
—Te he oído —respondí, golpeando con desgano el polvo de harina en mis pantalones.
Ella chasqueó la lengua, irritada.
—Traeré más leña para el horno —dije, como si hubiera leído sus pensamientos.
—Muy bien. Yo voy a ir cerrando la tienda.
No me giré para observarla. Crucé la puerta ágil, como un cuervo escapando de la jaula. Pasaba los días entre hogazas y hornadas interminables mientras ella atendía, así que esas breves salidas eran mi única grieta de aire, un respiro de libertad que apenas rozaba mis pulmones.
El viento me recibió con brutalidad, golpeando mi cabello rubio como látigos de hielo. Se filtró a través de la tela de lino, perforó la piel y se aposentó en mis huesos como un huésped indeseado. La noche había caído, y las tiendas del barrio bajaban sus cerraduras, dejando las calles desiertas, apenas sostenidas por el parpadeo moribundo de las viejas farolas. Crucé dos manzanas hasta el establo cercano a nuestra casa, donde aún sobrevivían nuestras gallinas: seis criaturas flacas, las últimas de lo que un día fue un corral abundante.
Me froté las manos, desesperado por devolver calor a los dedos que se habían teñido de rosa por el frío. La caseta de mi padre se alzaba junto al establo, con la leña perfectamente apilada, ordenada con tal precisión que parecía una extensión de las manías de Tristan. Él y mi padre... dos gotas de agua, en físico y carácter. Yo, en cambio, sólo era el reflejo de mi madre: rubio, de ojos azules como el mar en invierno. Nada más. Tan ajeno a ellos que a veces sospechaba que no me pertenecían, que quizá me habían encontrado en el río y me habían criado como peón gratuito para sostener la gloria ajena de mi hermano, el prodigio de veinte años.
—Hoy tampoco ha venido —murmuré, recordando sus promesas de la mañana—. Maldito vago...
Cargué la leña y emprendí el regreso a la panadería, sin prisa, dejando que cada paso arrastrara mi cansancio.
—Arthur.
Alcé la vista.
—Fredd —sonreí débilmente.
Era el farolero de la ciudad. Su silueta se deslizaba entre sombras, encendiendo las farolas de Raven’s Hold con un ritual tan repetido que parecía un conjuro.
—Hoy he encendido antes las farolas; hasta el amanecer no me toca apagarlas. ¿Quieres que vayamos a tomar una cerveza en La Manzana Envenenada?
Apreté los labios. El cansancio me ahogaba, aunque una parte de mí habría corrido sin dudarlo. Pero una cerveza costaba dos dragos de bronce, y yo ni siquiera poseía uno.
—Quizás en otro momento... —me encogí de hombros—. Hace demasiado frío.
Freddy frunció el ceño. No era solo el farolero, era mi mejor amigo, mi vecino, mi hermano de infancia.
—Estás raro... ¿Te sientes bien?
Exhalé un soplido y me obligué a esbozar mi mejor sonrisa.
—Sólo estoy cansado —reanudé el paso, lento.
Él tardó unos segundos en contestar.
—Si te lo piensas, estaré en la taberna.
Su voz se fue apagando tras de mí.
—Nos vemos, Fredd —me despedí sin mirar atrás.
No sé si me oyó. Lo cierto es que no me importaba. Porque tenía razón: algo me sucedía. Llevaba días con una pesadez instalada sobre mis hombros, distinta a los dolores del oficio. No era el cansancio físico, no era el frío de las madrugadas. Era otra cosa. Una sombra que ya conocía, que a veces me visitaba y que, con el tiempo y el trabajo, solía disiparse. Pero esa vez era distinta. Esa vez era más honda. Estaba harto. Demasiado cansado de la rutina, de la panadería, de mi familia... harto, sobre todo, de ser visto como lo que todos murmuraban: un fracasado panadero de diecisiete años.
***
Fui el último en acabar la cena. El caldo de pollo apenas tenía sabor, una tibia agua con sombra de carne. Aquella noche habíamos vendido tanto pan que no quedó ni un mendrugo para acompañar. Tristan no cenó con nosotros; lo sabía porque la cortina de nuestra habitación respiraba con el parpadeo obstinado de su vela. Estaba allí dentro, enterrado entre libros y sueños que no me pertenecían.
Me levanté sin decir palabra, dejando mi plato junto a los otros. Nadie había hablado durante la cena. El cansancio nos apretaba la lengua, y de todos modos... pocas veces teníamos algo que decirnos.
De pie, observé la cortina que ocultaba a mi hermano. Siempre me costaba dormir con la llama encendida, y él acostumbraba dejarla arder hasta el amanecer, como si la noche le perteneciera sólo a él. Mis padres se retiraron a su cuarto y yo permanecí en el comedor, aguardando hasta sentirme completamente a solas. Entonces, la idea de la cerveza se hizo tentadora, más de lo que podía soportar.
Desvié la mirada hacia la pared frente a mí. Una piedra sobresalía levemente de las demás. Allí guardábamos los ahorros. Ahorros que, como todo en esa casa, estaban destinados a un único dueño: Tristan.
¿Por qué no podía tomar dos monedas de bronce? Incluso diez. Ese dinero me pertenecía tanto como a ellos.
Avancé despacio, procurando que cada paso fuese mudo. Cuando estuve cerca, saqué la piedra con cuidado y hundí la mano en el hueco. Mis dedos rozaron la bolsa y la atrajeron hacia mí. Las monedas tintinearon, pero su canto fue apenas un susurro.
El peso era pobre, un fantasma de riqueza, nada comparable a las bolsas que cargaban los proclamadores de la Fe cuando recorrían las casas, cobrando impuestos por la corona y su falsa protección. Con cautela extraje dos monedas, cerré el saco y lo devolví al escondite, sellándolo con la piedra como si nunca hubiera sido tocado.
Al girarme, lo vi.
Esos ojos verdes, tan claros como la hierba en verano, me observaban en silencio. Tranquilos, demasiado tranquilos. ¿Me había descubierto?
—¿Qué pasa, Tristan? —pregunté, la voz rota por el nerviosismo mientras me incorporaba de golpe.
Guardó silencio unos segundos, su expresión era seria, impenetrable. Luego sonrió.
—Esta maldita plaga de ratas, ¿eh? Seguro ya has visto alguna.
No me moví. Mis puños estaban tan apretados que sentía las monedas marcando mi carne como si quisieran delatarme.
—Sí... son lo peor —respondí, forzando una sonrisa que jamás alcanzó a imitar la suya.
Él se acercó a la jarra, se sirvió un vaso de agua y bebió con calma, como si nada ocurriera.
—¿Te vas? —preguntó después, sin mirarme.
—Me ha dicho Freddy que quiere contarme algo —mentí, desviando la mirada, esquivando sus ojos como quien huye de un espejo.
Tristan dejó el vaso sobre la mesa.
—Muy bien. Yo estaré despierto, cualquier cosa aquí estoy. —Avanzó hasta la cortina, y antes de cruzar el umbral, volvió a mirarme.— Perdona por no haber podido ayudaros hoy... Acabamos muy tarde en la universidad. Pero mañana no tengo clases. Vuelve cuando quieras, yo te cubro en la panadería.
Y sin decir nada más, desapareció tras la tela.
Permanecí inmóvil unos minutos más, con el corazón aún tamborileando en mi pecho. Finalmente tomé un abrigo negro, viejo, que compartía con Tristan. Me quedaba grande, pero lo prefería así: las mangas me cubrían las manos como si fueran guantes, y en ese invierno cruel, cualquier sombra de calor era un regalo. Salí por la puerta, envuelto en aquella segunda piel prestada, y el aire nocturno me recibió como un cómplice helado.
Caminé hasta llegar a la taberna. El frío era tan intenso que creí haber perdido las orejas por el camino. Pero al cruzar el umbral, el resplandor de la chimenea me envolvió como un viejo abrazo que, por un instante, casi consiguió arrancarme del invierno.
Durante el trayecto, mi mente había estado dividida en dos voces irreconciliables: una me repetía que lo que había hecho era imperdonable, la otra me susurraba con dulzura cruel: también es tu dinero... te lo mereces.
—¡Arthur! —la voz de Freddy me alcanzó, animada, más de lo habitual. Dedujo mi oído que ya llevaba más de una jarra encima.
Levantó la mano en saludo, y luego la dejó caer sobre un viejo taburete junto a él, cerca de la barra. Avancé hasta ocupar mi lugar.
La Manzana Envenenada siempre tenía ese aire expectante al caer la noche, un refugio donde los cansados buscaban olvidar la fatiga del día, sin embargo era un lugar que gozaba de popularidad en la ciudad. Prácticamente el centro social de River’s Hold.
—Pensé que no vendrías, amigo —dijo, apoyando un brazo sobre mis hombros. El olor a cebada fermentada se desprendió de él como el perfume barato de los mercaderes en la plaza: fuerte, directo, invasivo.
Retiré su brazo con desgano y apoyé los codos sobre la barra. Entonces la vi.
La camarera me observaba mientras secaba una jarra. Su cabello castaño, con reflejos dorados como pinceladas de sol olvidado, brillaba en una trenza desordenada que caía despreocupada por su espalda. Al acercarse, percibí que era joven, tan joven que quizá tuviera mi edad, o menos. Sus ojos eran simples, marrones, pero todo en su rostro se conjugaba en una armonía tan pura que parecía esculpida por manos celestiales.
—¿Una cerveza? —preguntó, juntando las manos con naturalidad.
Apreté los labios y asentí en silencio. Ella sonrió, y esa sonrisa fue un sueño fugaz que me atravesó. Giró sobre sus pies y caminó hasta el barril; mis ojos, traicioneros, recorrieron la silueta ligera de abajo arriba.
—¿Quién es esa? —pregunté apenas en un susurro.
Freddy rodó los ojos y la miró de reojo.
—Es la nuera del dueño, pero es hija del herrero. A veces ayuda en el negocio familiar. Creo que se llama Freya. —dio un largo trago a su jarra, y al bajar, me regaló una sonrisa prolongada.
—¿Qué pasa? —pregunté, fingiendo desinterés mientras desviaba la vista hacia la nada.
—Ni la mires —rió—. Está prometida con el hijo del tabernero. Un matrimonio arreglado, claro.
Solté un soplido.
—¿Y quién es el hijo del tabernero? —quise sonar ingenuo, aunque lo conocía demasiado bien. Francis Gwyneth. Su familia había invertido toda fortuna en su formación con un maestro pintor, hasta el punto de que se había ganado cierta fama al ayudar en el retrato de la reina Mirana Drago, tan realista que la propia corona los llamaba de vez en cuando. Era aún aprendiz, aún la sombra de su maestro, pero todos sabíamos que su ascenso era inevitable.
—Serás el único que no lo conoce —rió Freddy—. Es el deseo de todas las chicas de Raven’s Hold.
Volteé los ojos justo cuando Freya regresó.
—Aquí tienes —dijo, dejando la jarra frente a mí. Sus dedos recorrieron la barra en un gesto distraído, hasta volver a juntarse. Su voz fue un soplo—. Invita la casa.
—G-gracias... —balbuceé, mirándola fijamente.
Ella no dijo nada más; se alejó con esa sonrisa que parecía querer asegurarse de que yo la recordara.
—Olvídalo ya, Arthur —volvió a reír Freddy.
Yo sonreí apenas y di un trago a la cerveza. El líquido descendió fresco por mi garganta, tan distinto a la tibieza amarga de los días.
—Si no he dicho nada... —murmuré al fin.
Freddy jugueteaba con su jarra, ladeando la cabeza.
—Te conozco demasiado bien, amigo. Y te lo diré sin rodeos: su familia jamás romperá el compromiso de su única hija para entregarla a un panadero.
Y tenía razón.
Pero a partir de aquella noche, comencé a frecuentar cada vez más la taberna. Al principio no la volví a ver. Aun así, no me di por vencido. Su sonrisa regresaba en mis sueños como una aparición luminosa en medio del hollín de mis días. A veces iba con Freddy; otras, solo. Pasaron dos semanas hasta que, al borde de rendirme, la encontré de nuevo.
La historia se repitió: ella y yo, frente a frente, pero esta vez compartimos una breve charla. Intensa, ligera, casi un hechizo. Se rió. Y ese sonido fue suficiente para desbaratarme.
Desde entonces, mis paseos a por leña se hicieron más largos. Rodeaba la herrería de su familia, donde a menudo iba a visitar a su padre tras sus clases de costura. En otra ocasión, Freya entró en la panadería. Apenas oí su voz, me sacudí la harina de la ropa, me peiné con saliva y le arrebaté el lugar a mi madre para atenderla yo mismo. Hice esperar a una cola entera de clientes, y no me importó: cada minuto con ella era un hurto al destino.
Así fueron pasando los meses: un juego de miradas furtivas, sonrisas tímidas, cartas escondidas que llenaban el vacío que dejaban nuestras breves palabras. Y en medio de aquel vaivén, lo supe. Algo germinaba en mí, un sentimiento que hasta entonces desconocía. Quizá amor. Esa palabra de la que mi madre hablaba en voz baja, como un mito. Un mito que se volvió carne el día en que vi a Freya por primera vez en La Manzana Envenenada.
La certeza de recibir una carta suya, o de verla aunque fuese a la distancia, me mantenía embobado, como bajo un hechizo del que no deseaba liberarme.
—¡Esto es una abominación! —Una voz grave retumbó en el local, tan colérica que hasta en la trastienda, entre hornos y hogazas, me estremeció como si fuera un trueno de mal augurio.
Me sacudí la harina de la ropa y avancé hacia el mostrador. Y entonces los vi.
El herrero sujetaba a Freya por el brazo, sacudiéndola con la brutalidad con que un campesino sacude un saco de patatas. Ella no me miraba; sus ojos huían entre lágrimas, hundidos en una vergüenza mortal. En cambio, el rostro de su padre parecía encendido con la furia misma de los fuegos que domaba en su fragua.
Elinor se había vuelto pálida como un espectro, una mano aferrada al mostrador y la otra contra su pecho. Sobre la madera descansaban mis cartas: arrugadas, abiertas, arrojadas como basura expuesta a todos.
—Mira quién está aquí... —escupió el herrero, soltando de un manotazo a Freya. Dio un paso hacia mí, y en su rostro ardía el mismísimo diablo desatado.
Retrocedí, pero el miedo me ancló los pies al suelo.
—Señor Ledford, por favor —suplicó mi madre con voz quebrada—, es solo un niño...
Pero el hombre, tan enorme que me sacaba dos cabezas, me atrapó del cuello de la camisa. La tela crujió, estrangulada entre sus dedos. Su otra mano se alzó en un puño dispuesto a caer sobre mí.
Cerré los ojos, preparado para el golpe. Lo merecía, pensé. Aunque solo había sido un juego inocente de dos enamorados, lo merecía. La había deshonrado. Ella estaba destinada a un futuro de prestigio, con una promesa del arte, y yo no era más que un panadero. Me maldije. Me maldije por no haber escuchado a Freddy aquella noche, cuando aún era posible detener la ruina.
Hubo un tirón, brutal, y de pronto un sonido seco desgarró el aire. Letal, pero no doloroso.
Un murmullo sorprendido se propagaba entre las bocas de los clientes. Luego, el silencio.
—Con todo respeto, le pediré que abandone la panadería de los Holloway, señor Ledford.
Era la voz de Tristan. Seria. Serenísima en su calma.
Al principio pensé que habían sido imaginaciones mías, pero cuando abrí los ojos le vi frente a mí, de espaldas, erguido como una muralla. Tan alto, tan seguro, que el herrero, en comparación, parecía encogerse. En el suelo, junto a sus botas, una mancha oscura se extendía: sangre.
—Mi hija ha sido deshonrada por culpa del maldito analfabeto de tu hermano —bramó el herrero, señalándome con un dedo acusador. Su mano, enrojecida y morada, delataba el golpe que no había alcanzado mi rostro, sino el de Tristan.
Mi hermano apretó los puños, apenas conteniendo la furia.
—Ya se ha cobrado su deshonra... —respondió con voz de acero templado. Yo lo conocía demasiado bien: detrás de su serenidad, el volcán rugía.
Pero el herrero no se sació.
—¡No me iré hasta destrozarle la cara a ese mocoso!
Su furia era tan grotesca como su aliento.
Tristan sonrió brevemente, luego volvió la vista hacia Freya.
—Las cartas son cosas de dos. Su hija también eligió en qué manos poner su corazón. —Entonces, con un empujón tan inesperado como violento, lanzó al herrero hacia atrás—. ¡Ahora lárguese!
El hombre trastabilló, tambaleante entre sorpresa y rabia.
—Malditas escorias... —escupió al fin, con voz envenenada—. Ni siquiera tener un médico en la familia os salvará de seguir siendo la muchedumbre.
Luego giró hacia su hija.
—¡Vámonos, Freya!
Y juntos desaparecieron de la panadería, arrastrando con ellos un silencio tan denso y sepulcral que los presentes permanecieron inmóviles, como las gárgolas petrificadas en las esquinas de Raven’s Hold.
Fue Tristan quien rompió la quietud, mirando con serenidad a los clientes:
—¿Quién es el siguiente en la fila?
Un murmullo de incomodidad se transformó en movimiento: la gente retomó su papel de consumidores, como si nada hubiese sucedido. Elinor recogió las cartas con manos temblorosas, las escondió en su delantal y me arrastró de la muñeca hacia la parte trasera de la tienda.
—Mamá, yo...
—No. —Alzó la mano, cortándome. Sacó las cartas del delantal y me las entregó, desordenadas, arrugadas, manchadas—. Toma. Vete a casa, Arthur. Ya hablaremos.
Se frotó la frente con un gesto desesperado, como si la cabeza estuviera a punto de estallarle. Hasta que finalmente se marchó sin volver la vista atrás.
***
Los días siguientes fueron un silencio absoluto. La panadería, antes un rincón anónimo, se convirtió en un enjambre. Los vecinos acudían en tropel, amontonándose como cuervos carroñeros con la excusa de comprar pan; pero no era el pan lo que buscaban, sino el relato, el eco morboso de lo sucedido.
Por orden de mis padres, permanecí recluido en casa, oculto de las miradas y las lenguas. No debía encontrarme con el herrero, ni con el tabernero, ni —Y que el supremo me guardara— con Francis. En secreto agradecía aquel confinamiento: sentía que mi corazón se había congelado en el pecho, tan inmóvil que apenas me reconocía. No era la humillación lo que me atenazaba, sino la certeza helada de que mi estatus era una muralla infranqueable. No podría casarme con Freya, ni siquiera volver a verla.
Durante esos días también se tocaron los ahorros. En las semanas que iba a visitar a Freya había gastado más de lo que realmente debía, y ahora ese peso se sentía como un hierro candente sobre mi pecho. Dicen que todas las desgracias llegan de una sola vez, y yo empecé a creerlo.
Después de lo ocurrido, o me atrevo a decir desde siempre, las miradas de mis padres cayeron sobre mí con una desconfianza muda, inquisidora; era como si sus ojos fueran cuchillos buscando en mi carne la revelación que yo me negaba a dar. Casi estuve a punto de confesarlo todo. Ya nada podría ir peor, y por un momento me dio igual lo que pensaran de mí.
Pero Tristan se adelantó. Usó una excusa ridícula, apenas un hilo de palabras: dijo que él había cogido el dinero sin avisar para comprar papel y tinta. Y, como era de esperar, no fue juzgado. Su gasto estaba más que justificado para ellos. Su palabra era la ley.
Pensé en lo que habría sucedido si él no se hubiese adelantado. La respuesta era tan obvia que la pregunta se volvió absurda: me habrían echado de casa sin remordimientos, tachado de ladrón, expulsado por quitarles el dinero destinado a él. Para Tristan todo era válido. Para mí, nada.
Maldije mi nacimiento. Quizás aquel día fue el peor de mi familia, o quizás ellos me maldijeron cuando comprendieron que su hijo pequeño era tan inútil que solo servía para hornear. La sombra del mayor. Un despojo de la sociedad que amasa pan y vergüenza para otro.
Suspiré. La noche cayó sobre Raven’s Hold como un manto de terciopelo negro. Era tan tarde que hasta las gallinas dormían inmóviles bajo la luz mortecina de la luna. Incluso Tristan dormía; a causa de mi encierro, él me sustituía en el horno y faltaba a clases. No se quejaba, pero sus ojeras se habían vuelto profundas, moradas, como heridas abiertas en su piel pálida. La conversación que esperaba —la sentencia de mis padres— no llegaba, y aquel silencio era más cruel que cualquier reprimenda.
Me incorporé en la oscuridad, buscando con la vista la silueta de mi hermano. Dormía profundamente, inmóvil, tan silencioso que por un instante me pareció que no respiraba. Tristan siempre había sido así: discreto incluso en su descanso.
Con cuidado, me levanté y me dirigí a la puerta. Parte de mí deseaba salir al establo, aunque solo fuera para respirar aire helado; otra parte ansiaba rendirse a las sábanas, sumirme en la oscuridad. Tras largos segundos, cedí al impulso: tomé el abrigo de Tristan y salí al exterior.
Apenas di unos pasos y ya estaba en la parte trasera de la casa. El frío me golpeó en la cara con la brutalidad de una verdad antigua; ni siquiera las gallinas se atrevían a abandonar sus casetas. Todo estaba en su sitio. Todos donde correspondían. Todos menos yo.
Desde niño había sentido que Raven’s Hold no era mi hogar. Nada en esta ciudad me hacía feliz... nada excepto Freya.
Sonreí, un gesto triste, recordando la primera vez que la vi. Mi corazón dio un vuelco, pero enseguida se contrajo dentro de mí, como si fuera un puñado de ceniza húmeda. Si quedaba algo de él, apenas era una sombra latiendo.
Quería verla. Y no sabía cómo apaciguar ese deseo voraz que me quemaba desde dentro mientras el hielo me mordía por fuera. Levanté la vista al cielo, un cielo tan negro y cruel que parecía a punto de tragarme entero; sentí que en cualquier momento me congelaría allí mismo, petrificado, y me encontrarían fusionado con la nieve como un espectro sin nombre.
—Aquí estás.— La voz de Tristan irrumpió en la negrura como si un fantasma hubiera decidido materializarse en la nieve.
Me giré y lo vi: el cabello enmarañado, la manta de su cama colgándole de los hombros como una túnica.
Resoplé, con la clara intención de que se marchara, pero él, ignorando mi gesto, se acomodó junto a mí en la barandilla del corral, como si aquel rincón helado le perteneciera también.
—¿No puedes dormir?
Lo miré apenas de reojo, como a un intruso.
—No...— murmuré.
La luna bañaba su rostro, revelando en su piel la huella marchita del puñetazo del herrero: un tono verdoso enfermizo que parecía resistirse a desaparecer. Tristan siempre había sido frágil, su piel pálida recordaba al papel, marcada por cualquier roce.
—No es nuestra decisión elegir a quién amar.— Sonrió con esa calma irritante.— O el qué...
Fruncí el ceño. ¿Por qué hablaba? Desde que tengo memoria jamás lo vi interesado en otra alma viviente que no fueran sus libros de medicina. Para él la carne era anatomía, los cuerpos eran estudios. Nunca vida, nunca pasión.
—Arthur...— Su voz era suave, casi paternal.— No es tu culpa lo que sucedió. No te castigues.
Sentí un nudo en la garganta. Parte de mí quería llorar, pero no lo haría delante de él.
—Quien te quiere encontrará el camino para llegar a ti.— Sus ojos verdes se clavaron en mí, iluminados por la luna.— Sea quien seas: panadero, Holloway... Eso no importa. No sé nada del amor, y aun así... tú lo encontraste antes que yo. —Sonrió.—Pero, estoy seguro, que no distingue de clases sociales.
Lo observé con desprecio. Tenía razón en algo: él no sabía nada. Ni del amor, ni del esfuerzo, ni del fracaso.
Posó una mano sobre mi hombro, sentí sus dedos largos, huesudos, como las patas de una araña que se aferra demasiado.
—Alégrate de haberlo sentido, y sigue adelante.
Se enderezó, su silueta parecía una estatua frágil contra la nieve.
—Me voy a dormir. ¿Vienes?
Negué.
—Como quieras.— Se encogió de hombros. Antes de desaparecer en la penumbra, dejó caer un susurro:
—Piénsalo.
Lo seguí con la mirada. ¿Qué demonios quería que pensara? ¿Qué Freya nunca me había querido? ¿Qué todo había sido un espejismo? ¿Qué debía rendirme? ¿Y cansado de qué? ¿De cargar mi vida durante unas malditas semanas?
Apreté los puños. La rabia me ardía en la garganta.
—Falso.— escupí, y el viento arrastró la palabra como un veneno.
***
Aquella semana retomé mis obligaciones como siempre. Tristan ya no podía faltar más a clases, así que me forzaron a volver al horno, a hundirme otra vez en la harina y el humo. Los rumores, poco a poco, comenzaron a disiparse como cenizas en el viento. Y yo, obediente y mudo, evitaba la herrería. Pero había noches en que la tentación me vencía: desviaba mis pasos más allá del camino de la leña, me escondía entre las sombras húmedas de los callejones, y desde allí observaba la ventana de Freya.
Siempre la misma escena, siempre el mismo tormento: ella peinándose bajo la luz mortecina, su cabello cayendo como un río dorado. Y yo, reducido a espía miserable, alimentaba en secreto un odio lento y venenoso. Odiaba a mi familia, a la suya, y a todos los que, con una sola mirada, me recordaban que jamás sería digno de alzar la mano hacia ella.
Fue en el mercado donde la máscara de la ciudad se rasgó. Esa mañana acompañaba a Elinor, y en la plaza los inquisidores de la fe del orden eterno habían colgado a una familia entera. Los cuerpos oscilaban bajo el cielo pálido, como campanas macabras llamando a misa. Nadie lloraba, nadie gritaba: solo el silencio pesado de los que saben que el siguiente podría ser cualquiera de nosotros.
Nunca me había importado la religión. Pero mi madre, en suspiros y relatos de cocina, nos contaba que antes de Aras III Drago la fe había sido severa, sí, pero sincera. Se predicaba el orden, la jerarquía, la negación a los espíritus caóticos que desafiaban lo divino. Y sin embargo, todo cambió con la maldición: el rey, la reina y los cinco hermanos mayores de Aras murieron, como si la propia sangre de la casa Drago hubiera sido envenenada por la noche.
Cuando Aras III subió al trono proclamó haber tenido una revelación divina. Se convirtió en un fanático, y lo que antes había sido doctrina se volvió un cuchillo. Bajo su mano, la fe mutó en una inquisición macabra: no sermones, sino hogueras. No plegarias, sino sogas. Y en sus garras, el pecado ya no se confesaba, se purificaba.
Nunca me había importado, repito, no hasta ese día en que vi el aire helado jugando con los pies desnudos de los ahorcados.
—¿Por qué purificaron a esa familia? —pregunté. Elinor estaba regateando tomates, como si nada hubiera sucedido.
—Pues... —dejó uno, guardó otro en su bolsa de arpillera— supongo que practicaban con magia.
—¿Eran brujos?
Ella pagó al verdulero y siguió caminando. Yo iba tras ella, con la pregunta clavada en la lengua.
—¿Qué te ha dado por eso? —dijo de pronto, deteniéndose ante unas cucharas de madera.— Vemos purificaciones todos los días en la plaza...
—Simplemente quiero entender mejor la fe eterna —murmuré, fingiendo distracción, jugando con la cortina del puesto.
—Eso es bueno —admitió, aunque su tono era de recelo—, pero nunca has mostrado interés antes.
—Ahora quiero —me encogí de hombros.
Ella suspiró, con cansancio más que sorpresa.
—Pues no eran brujos como tal... quizás habían hecho algún pacto con un ente o algo.
Sentí un escalofrío.
—¿Un pacto? —pregunté, procurando sonar desinteresado.
Elinor me cogió de la manga y se inclinó hacia mí. Sus ojos recorrieron la plaza como si temiera que alguien pudiera escucharla. La voz se le volvió un susurro quebradizo:
—Sí... un contrato firmado con entes oscuros. Les das algo, y ellos a cambio te conceden un deseo. Te recuerdo que hablar de ello ya es un crimen.
Después se apartó, con la rapidez de quien se arrepiente incluso de haber pronunciado esas palabras, y continuó andando como si nada.
Yo me quedé en silencio, pero dentro de mí había comenzado a resonar algo más fuerte que la culpa, más punzante que la vergüenza que llevaba arrastrando todo ese tiempo. La idea del pacto me rondaba, insistente, como un cuervo que picotea la misma herida una y otra vez. Y solo podía pensar en Freddy. Él sabría. Él siempre sabía lo que se cocía en las grietas nocturnas de Raven’s Hold.
***
La noche había caído como un sudario, y tras acabar mis labores fui en busca de Freddy. Caminé primero por las calles vacías, esperando verle encaramado en alguna farola, con su escalera de madera vieja apoyada como una costilla rota contra el hierro oxidado. Pero no lo encontré hasta pasada la medianoche: lo vi sentado en un banco, a la intemperie, con la mirada perdida como un centinela cansado.
—¡Arthur! —exclamó al verme, sorprendido. Desde lo ocurrido no nos habíamos cruzado ni una sola vez.
—Hola. —Me dejé caer a su lado, el peso de mi cuerpo hundiéndose como si también el banco estuviera agotado. Nunca había pensado en lo solitario de su oficio: caminar entre sombras, cada noche, heredando la tarea de encender y apagar luces como si fuera una condena transmitida de padre a hijo. Una penitencia que nadie celebraba.
—Te veo entero —sonrió con esa amabilidad sencilla que le era tan propia.
—Supongo... —respondí, aunque mi voz se quebró en pensamiento. Yo estaba entero, o eso parecía, sí, pero Freya no: su ceño fruncido en la ventana, su tristeza, eran pruebas de una herida que no sanaba.
—Te lo advertí. —Freddy se estiró, perezoso, como si con su gesto pudiera espantar la verdad que acababa de soltar.
Solté un suspiro largo, áspero.
—Lo sé. —Alcé la vista hacia la farola sobre nosotros. La llama brillaba con la intensidad de algo recién cambiado, pero su luz temblaba como si estuviera a punto de morir en cualquier instante.
—¿Qué hacías por la calle a estas horas? —preguntó, arqueando una ceja con genuina intriga.
—Te buscaba. —Le sonreí, y ese gesto fue un disfraz torpe sobre la tristeza que me anidaba como un cuervo en el pecho.
Él me devolvió la sonrisa y abrió los brazos, generoso, simple, como siempre.
—Pues me has encontrado. He terminado mi ronda. Hasta el amanecer no me vuelve a tocar.
—¡Genial! Porque quería hablar contigo y pedirte un favor.
—Pues que sea con una cerveza fría y no en la manzana envenenada.
Reí. Freddy siempre parecía vivir demasiado feliz, como si la oscuridad de Raven’s Hold resbalara sobre él sin dejarle huella. Quizás era eso lo que me mantenía cerca: en medio de su insensatez, sus charlas me devolvían una ilusión de vida.
Caminamos despacio, como si el tiempo no existiera, hasta dar con una taberna. Nos sentamos con la misma calma del paseo, aunque dentro de mí las preguntas se agolpaban como un enjambre inquieto, mordiéndose unas a otras, fabricando mil respuestas antes de que siquiera fueran formuladas. Sabía que debía hacerlo ya, pero con cuidado, sin que mi voz sonara desesperada.
La advertencia de Elinor me rondaba como un eco de iglesia vacía, frío, imposible de acallar.
—Bueno... ¿qué es eso que quieres preguntarme? —dijo Freddy, inclinándose hacia mí.
Inspiré hondo. A pesar de la confianza de la infancia, sabía que un error, una palabra mal dicha, podía llevarme a la soga.
—Hoy, en el mercado... presenciamos una purificación.
Freddy se estremeció de forma teatral, encogiéndose como un gato negro.
—Nunca me acostumbro a eso, si soy sincero. —Bebió su cerveza de un trago y me señaló la jarra intacta frente a mí—. ¿Quieres otra?
—No me apetece. —Empujé la jarra hacia él—. Bébela tú.
Yo necesitaba la sobriedad como un arma, y quería que él tuviera la ebriedad suficiente para olvidar lo que allí iba a ser dicho.
—Mi madre mencionó algo sobre pactos con entidades... —murmuré, arañando distraído la barra con la uña.
El cambio en Freddy fue sutil, pero real. Su sonrisa se tensó.
—Bueno, sí... ¿y qué pasa? —dijo, llevándose de nuevo la jarra a los labios.
—¿Sabes algo de eso?
No contestó al instante. Miró la espuma como si en ella flotara la respuesta, y luego me clavó una mirada entre recelo y cansancio.
—¿Por qué te interesa?
—Curiosidad. —Me encogí de hombros, fingiendo ligereza.
Él no pareció convencido, pero la cerveza estaba empezando a trabajar en su cuerpo, suavizando su juicio. Finalmente, dejó escapar una risa breve, como si con ella intentara sacudirse el peso del tema.
—Algo sé. En la noche uno se entera de muchas cosas... pero no lo suficiente como para darte todas las respuestas. Lo que sí puedo asegurarte es que es complicado, y que nadie sabe realmente qué son. Solo que pertenecen a la magia oscura.
Fruncí el ceño.
—¿Son fantasmas?
—Son entidades, Arthur. Seres muy poderosos.
—Hablas en plural. ¿Hay muchos?
Freddy bajó la voz, apoyando los codos sobre la mesa.
—Veintidós. Nadie conoce sus nombres originales, pero ese es el número.
Mi ceño se frunció aún más.
—¿Y cómo se sabe eso, si nadie los conoce?
—Por las marcas. Quien pacta con ellos las lleva sobre la piel, y aunque no es algo que se hable en voz alta, créeme, en la noche se mueve gente muy turbia. —Alzó las manos, moviendo los dedos como si tocara un piano invisible.
Alcé una ceja y reí. No porque me hiciera gracia, sino porque no quería que Freddy adivinara lo serio que se había vuelto el tema para mí.
—Los llaman como las cartas del tarot.
Sacudí la cabeza, desconcertado. Aquella información me sonaba como si perteneciera a un idioma extranjero, ajeno a todo lo que había aprendido entre harina y hornos.
—El Carro, la Estrella, el Sol, la Luna, el Mundo... —enumeró—. Como esas cartas que tiran las viejas en las ferias de invierno, con su bola de cristal y su humo barato.
Apoyé el codo sobre la barra y ladeé la cabeza, sosteniéndola con la mano. Entonces, como si una vela se hubiera encendido en lo profundo de su mente, Freddy me miró fijamente.
—Hay alguien que sabe más de esto. Una mujer. Puedo llevarte con ella, si quieres.
Abrí los ojos sorprendido.
—¿Ahora?
—¿Y cuándo, si no? —bebió el último sorbo de su jarra y se levantó de un salto—. ¡Vamos! En nada me toca la ronda.
Asentí. Freddy arrojó cuatro monedas sobre la mesa y salimos a toda prisa.
Me guió por un laberinto de callejones que parecían no figurar en ningún mapa, corredores tan estrechos que apenas nos cabía el aliento. Allí la ciudad cambiaba de piel: sombras encorvadas comerciaban en esquinas húmedas, figuras calladas vigilaban desde las puertas, y había ojos —demasiados ojos— que no se molestaban en ocultar su brillo. Ni siquiera las farolas se atrevían a encenderse en ese abismo de tinieblas.
—Fred...
—¡Shi! —me interrumpió, girándose bruscamente. Su dedo en los labios fue un cuchillo en el aire—. Aquí no se dicen nombres. Ni el tuyo ni el mío. Invéntate otro.
Asentí en silencio. La quietud era tan densa que parecía que susurraba a gritos.
Avanzamos hasta que se detuvo frente a lo que, a simple vista, era una pared húmeda y desnuda. Por un instante pensé que lo había seguido hasta la locura de un borracho.
—Ya estamos. —Se inclinó, respirando agitado—. Dos golpes fuertes, uno suave. Y te abrirán.
Fruncí el ceño.
—Fre... —me mordí la lengua, recordando la advertencia—. ¿Sabes que esto es una pared, verdad?
—No lo es. Hazme caso.
Lo observé, incrédulo.
—¿No vienes?
—¿Estás loco? —Sacudió las manos, retrocediendo—. Ya hice mi parte. Tengo que volver al trabajo.
Y sin más, se dio media vuelta, alejándose con la prisa de quien huye de un incendio invisible.
Me quedé quieto unos segundos. Todo mi cuerpo gritaba que debía marcharme, pero la curiosidad tiraba de mí como una cuerda al cuello.
Al fin golpeé. Dos veces fuerte, una vez suave.
El muro respondió. La piedra gimió como un animal moribundo y se abrió, lenta, revelando el hueco de una puerta imposible. Un aire helado se deslizó desde el pasillo, rozando mi piel como dedos invisibles. Crucé el umbral, y al instante la pared volvió a cerrarse detrás de mí con un estrépito sordo.
El corredor me condujo a un salón humilde, aunque más digno que el que había en mi propia casa. El resplandor de unas pocas velas arrancaba sombras alargadas en las paredes. Y en el centro, sentada con la rigidez de una estatua, aguardaba una mujer.
No era vieja, pero parecía cargada de siglos. El velo negro y translúcido que cubría su rostro me recordó a las viudas que veíamos en la ciudad, aquellas que hablaban con los muertos en las madrugadas más frías.
—H-hola... —mi voz se quebró en un susurro, mientras mis manos temblaban. El miedo era tan denso que casi lo podía respirar.
—Buenas noches. Siéntate. —Su voz era un murmullo áspero, como el roce de tela vieja contra piedra. Señaló la silla a su lado, y yo obedecí sin atreverme a respirar demasiado fuerte.
Sacó de su regazo una baraja que parecía latir en sus manos. La extendió sobre la mesa: cartas de un violeta profundo, con bordados dorados en formas geométricas que se entrelazaban con figuras de polillas.
—¿Quieres que te diga tu futuro? —preguntó, aunque en sus palabras había algo más que simple invitación; era como si ya lo hubiese visto antes.
Mis ojos recorrieron la superficie oscura de las cartas, pero negué lentamente.
—Lo cierto es que no... Yo solo...
—Buscas información peligrosa. —Lo afirmó con una certeza que me heló. Sentí la saliva espesa en mi garganta y apenas pude asentir.
Sus dedos huesudos se cerraron sobre mis manos. Me obligó a girarlas, mostrando las palmas abiertas hacia ella. Estaban frías, tan frías que me pareció que drenaban el calor de mi piel.
—Tu corazón está roto... —murmuró—. Pero no únicamente por el amor que los hombres conocemos. Hay grietas más profundas en ti.
Me mordí el interior de la mejilla, rehusando responder. No iba a dejar que removiera en esa herida.
—Quiero saber sobre los entes. Y los pactos. —La voz me salió más áspera de lo que esperaba, casi un ruego.
Ella inclinó la cabeza, y durante un instante pensé que sonreía bajo el velo.
—Son veintidós, aunque eso ya lo sabes... —Me soltó con brusquedad y comenzó a barajar sin orden, las cartas repiqueteando como huesos secos—. Cuanto más pequeño es el número, más poderoso es el ente que responde.
Tragué saliva.
—¿Pero qué significa pactar?
—Es un contrato, hijo. —Su voz descendió, áspera y vibrante—. Un contrato que se sella con dos cláusulas no escritas.
Me atreví a reír, nervioso, como si aquel secreto no pudiera ser más que un chiste.
—¿Y cómo puedes saberlo, si no están escritas?
El movimiento de sus manos se detuvo. Su rostro se alzó hacia mí. A través del velo distinguí lo imposible: unos ojos grises, sin pupilas, profundos como cenizas apagadas. Me estremecí al pensar que quizás estuviera ciega, aunque se moviera con la precisión de un depredador.
La mujer no respondió. Tan solo volvió a bajar la mirada hacia las cartas, y el silencio que dejó entre nosotros fue más aterrador que cualquier respuesta.
—Una cláusula se conoce desde años inmemoriales: lo que todos los entes se llevan de ti sí o sí —dijo, con la voz como un hilo rasgado—. Tu alma.
—¿Sólo eso? —pregunté, extrañado—. Después de muerto no me importa lo que hagan conmigo.
Ella clavó en mí una mirada que parecía atravesar los velos del tiempo.
—Por eso existe la cláusula dos —murmuró—, que se cobra en vida. Cuando eres consciente. Para alimentar el sufrimiento. Para alimentarlos a ellos.
Dio la vuelta a todas las cartas y apartó una que quedó sola, boca abajo, a un lado.
—Hacer un pacto es difícil. —sus manos removían la baraja como si removieran cenizas—. Debes cumplir requisitos. Los entes de bajo alcance aceptan con cierta facilidad; los de alto alcance deciden si te permiten siquiera acercarte. ¿Cuál vas a escoger?
Desvié la mirada hacia la carta solitaria.
—¿Por qué apartaste esa? —pregunté.
—Con esa no pacta nadie. —Contestó de inmediato.
—Pues yo quiero pactar con esa. ¿Quién es? —le exigí, con un pulso que no me pertenecía.
—La carta cero. El Loco. —dijo, como si pronunciara un nombre profano.
—Pues con esa. —Lo dije sin dudar.
Ella suspiró, larga y pesada, y estiró la mano para ofrecérmela. La imagen apareció ante mis ojos: un hombre de bufón, con bastón, un perro a su lado. No tenía el esplendor de la Estrella, del Sol o de la Luna, pero había en su sencillez una resonancia cruda que me devolvía a mí mismo: despreciado entre barajas que brillaban sin esfuerzo.
—Quiero la carta del Loco —murmuré.
La mujer posó los dedos sobre la carta como si tocara una herida.
—Debes saber esto: el precio de la deuda no se revela hasta que firmas. Está escrito con una tinta que quema en los ojos de la gente normal. Si al ente no le interesas para pactar, te matará sin piedad. —Su voz era una advertencia que olía a óxido—. Quizá te interese tener un traductor.
—¿Qué es eso? —pregunté, y la palabra muerte me erizó la piel como una sentencia.
—Tu desconocimiento es peligroso. Con la oscuridad no se juega. —Hizo una pausa—. Son personas que te ayudan a pactar y a negociar, pero son extremadamente caras y difíciles de encontrar. También piden algo a cambio.
—Lo haré sin traductor. —Respondí cortante, intentando que mi voz no temblara.
Ella se levantó despacio, se acercó al libro polvoriento que reposaba a un lado y lo trajo hasta la mesa. Lo abrió, arrancó una hoja y comenzó a escribir con una pluma que raspaba como hueso.
—Debes hacerlo en luna roja, —leyó sin levantar la vista— con ropa oscura, a las diez de la noche. El pacto debe sellarse con un círculo de sal. No puede ser cualquier sal: debes pedírsela a la persona que más amas en este mundo. Necesitas una carta que represente al ente, que sea de un vidente; un papel viejo y apreciado por ti, no importa lo que ponga. Y, por último, el lugar donde lo realices debe ser el sitio donde descansas: despejado, sin muebles ni personas. Sólo tú y la carta.
Ella rompió la hoja que había escrito y la dejó caer sobre la mesa.
—Cuando lo hagas —dijo, y su voz se afinó hasta convertirse en cuchillo— tienes que decir estas palabras mientras quemas la carta con una vela blanca.
La frase quedó en el aire, pesada, sin que ella la pronunciara aún. Yo miré la llama temblorosa de la vela y supe que cada instrucción era una cuerda más en el lazo que ya me apretaba el cuello.
Asentí suavemente, temiendo que hasta el más mínimo movimiento me delatara. Intenté grabar cada palabra en mi memoria como si fueran clavos ardiendo.
—Aquí tienes la carta. Son una moneda de plata.
Abrí los ojos de par en par. Una moneda de plata. El cálculo me golpeó como un mazazo: aquello equivalía a los ahorros completos de mi familia, tal vez a más de lo que jamás veríamos junto.
—No tengo eso... —susurré, con la voz cargada de vergüenza.
Ella no respondió de inmediato. Me observó con una paciencia inquietante, como si buscara en mí algo que ni yo mismo sabía que poseía. Finalmente habló:
—Quédate con ella. Y también con la hoja. Tómalo como un presente de mi parte, pues es lo más difícil de conseguir.
Me quedé inmóvil, aturdido. La idea de que aquella mujer, envuelta en sombras, me regalara algo tan valioso sin pedirme nada a cambio me resultaba inconcebible, como si hubiera abierto una puerta que no sabría cerrar jamás.
—Ahora márchate... —dijo, su voz como un suspiro fúnebre—. Y nunca más vuelvas aquí.
Me puse de pie lentamente, tomando con manos temblorosas los objetos: la carta y el papel. Los guardé en el bolsillo como si fuesen carbones encendidos que podían consumir mi carne. Me giré, dispuesto a abandonar aquel salón ahogado por las velas, cuando su voz me alcanzó, helándome la sangre.
—La curiosidad atrapó al gato... —susurró—. Tienes tres noches para la luna de sangre.
Un silencio denso me rodeó, roto sólo por el eco de piedra deslizándose. La pared al fondo se abrió con un sonido grave, como un sepulcro que concede salida al condenado.
Sin mirar atrás, crucé hacia la oscuridad.
***
Después de aquel día continué mi vida con la calma de un reo antes de su sentencia. Durante esos tres días me convertí en un actor cuidadoso, moviéndome entre la rutina y la clandestinidad como un espectro. Todo lo que la mujer me había pedido, lo conseguí. Incluso la sal.
En una de mis tantas visitas nocturnas, acechando a Freya desde las sombras, reuní el coraje para pedírsela. Ella se asomó sorprendida, los ojos brillantes en la penumbra, implorandome que me marchara antes de que su padre me viera. Aun así, terminó arrojándome desde su ventana un pequeño saquito envuelto en un lienzo blanco con sus iniciales bordadas. Apreté aquel paquete contra mi pecho como si albergara algo más que sal.
Antes de desaparecer entre las callejuelas le prometí que volvería siendo digno de su mano. Ella no respondió, pero su sonrisa —triste, como un último pétalo en invierno— se me quedó grabada más que cualquier palabra.
Con el botín asegurado, dispuse el resto de los preparativos. La casa estaba vacía: mis padres aún trabajaban y Tristan estudiaba. Inventé una enfermedad para que se viera obligado a ocupar mi puesto en la panadería aquel día. Mentir se me hizo fácil, como si cada paso que daba me despojara de un trozo de mí mismo.
Todo estaba listo.
Observé el reloj de bolsillo con una precisión febril. Cuando la aguja tocó las diez, me levanté y empujé los muebles de la habitación hacia los rincones. La ropa negra que le había tomado prestada a Tristan me quedaba demasiado grande, pero en aquel instante yo ya no era Arthur Holloway; era otra cosa. Vertí la sal en el suelo, formando un círculo casi perfecto, y guardé el lienzo de Freya en mi bolsillo. Antes de soltarlo lo apreté con fuerza, sintiendo su calor tenue en medio del frío.
Coloqué la carta en el centro del círculo. Después saqué una de las cartas que yo mismo había escrito a Freya, arrugada y marcada por mis manos, y la extendí junto a la carta del ente. Por último, tomé una vela vieja. Respiré hondo dos veces y di un paso al frente, adentrándome en el círculo. Quizá fue mi imaginación, pero al hacerlo sentí que una brisa me rozaba la nuca, algo imposible, pues las ventanas estaban selladas.
Mi mano temblaba, aferrada al papel que me había dado la mujer del velo. Me arrodillé. Antes de recitar, lancé un último vistazo a la carta del loco. El dibujo parecía más brillante, como si me observara con una mueca burlona.
—Yo, Arthur Holloway —mi voz sonó quebrada pero firme— me presento en el límite de toda razón. No te llamo con títulos, pues eres el que está antes de todo nombre. No te ofrezco promesas, pues eres el que rompe toda cadena. No te pido un camino, pues eres el abismo del primer paso.
El aire se alzó, agitando mi cabello como si unas manos invisibles me tantearan.
—Te invoco, ente del vacío sonriente. Danzarín del precipicio. Por la sal del cariño que ahora profano, y por el papel que la llama consume.
El papel comenzó a arder con la luz trémula de la vela. La carta del loco brilló con una intensidad antinatural, como la luz de una farola recién encendida en la niebla. La sal se elevó, partícula a partícula, convertida en pequeñas luciérnagas que flotaban a mi alrededor.
El calor me mordió los dedos, el fuego comenzaba a devorar casi toda la hoja.
—¡Manifiesta tu caos! —grité—. Yo invoco al ente que se pronuncia como la carta del loco. Que este fuego sea el último faro de mi viejo yo.
El círculo entero pareció respirar. Y entonces, la habitación dejó de ser mía.