UNO:
El ascensor privado ascendía en silencio hacia elpenthouse, sus paredes de acero pulido reflejando a la pareja perfecta.Jungkook, con su traje italiano de tres piezas que costaba más que el sueldomensual de cualquiera de sus empleados, sostenía con naturalidad la manoenguantada de Jimin.Este último, envuelto en un abrigo de piel sintética blancaque contrastaba dramáticamente con su cabello rubio, sonreía cansadamente haciael espejo. Habían salido de la premiere de una película, donde los flashes loshabían cegado durante horas.— Tu discurso fue impecable... — Murmuró Jimin, con vozsuave como la seda rozando el silencio del ascensor. — Todos colgaban de tuspalabras. — Y tú robaste cada titulo de la prensa. — Le respondió Jungkook, susojos negros, oscuros como la noche sin estrellas, estudiando el reflejo de supareja. — Esa vestimenta debería ser ilegal.El rubio sonrió, un gesto pequeño y privado que nuncamostraba en las alfombras rojas, era una sonrisa que transformaba su bellezaetérea en algo terrenal, cálido.Solo para Jungkook.El ding suave del ascensor anunció su llegada, las puertasse abrieron a un vestíbulo minimalista, con pisos de mármol blanco y una solaescultura moderna en el centro.La elegancia era fría, calculada, la máscara públicacomenzó a quebrarse en el mismo instante en que la puerta principal se cerrócon un clic definitivo.Jungkook soltó el portafolios de cocodrilo negro. El sonidocontra el mármol fue como un disparo de salida.— ¡Ven aquí! — Le ordeno, ya su voz ya no era la del jovenempresario si no una baja, cargada de autoridad, una que hacía temblar lasrodillas de Jimin.El rubio se acercó, sus pasos silenciosos sobre el fríomármol, dejó que Jungkook le quitara el abrigo, que desabrochara con dedosexpertos los botones de su camisa, la tela carísima cayó a sus pies como unsuspiro, formando un charco plateado en el suelo.Luego le quito el cinturón, abriendo el botón y bajando elcierre de su pantalón, los hizo caer, el rubio quedó en ropa interior, su pielblanca como la nieve marcándose, un escalofrío lo recorrió.Jungkook lo examinó, sus ojos recorriendo cada centímetrocomo un coleccionista evalúa una pieza rara. Su mano, bronceada y adornada conanillos de plata, levantó la barbilla de Jimin.— ¿Estás listo, nene?La palabra, dicha en ese tono, hizo que Jimin cerrara losojos y asintiera, incapaz de hablar, su pulso acelerado latía en su cuello,justo donde Jungkook posaba su pulgar.— Necesito oírlo.— Estoy listo, papi... — Susurró, usando el apodo que soloexistía en este espacio, en esta dinámica. Era una rendición lingüística, otracapa que se desprendía.Jungkook tomó su mano y lo guió a través del penthouseiluminado, pasando la sala de estar esterilizada, la cocina de acero que nuncase usaba, hasta un corredor oscuro que llevaba a una puerta de madera negra.No era una puerta cualquiera.Era gruesa, pesada, sin picaporte visible desde fuera.Jungkook presionó su pulgar contra un panel casi invisibley se escuchó un clic suave.Dentro, el mundo era diferente.La habitación del placer no era un cuarto siniestro, perotampoco era un dormitorio común.Las paredes estaban forradas de terciopelo color vino,absorbiendo el sonido y la luz, el piso era de madera oscura, cubiertoparcialmente por una alfombra de tonos profundos.No había ventanas.La iluminación provenía de lámparas de pie con focosdireccionables, que podían crear porciones de luz o dejar áreas en penumbratotal. En el centro dominaba una cama ancha y baja, con cuatro postes macizosde ébano.No era una cama para dormir.Jungkook condujo a Jimin hasta el centro de la habitación.El aire olía a cuero limpio, a cera de abejas y a un tenue aroma a sándalo.Aquí, todos los sentidos estaban cuidadosamentecontrolados.— Arrodíllate... — Le indicó el pelinegro y Jimin obedeció,sus rodillas desnudas encontrando la suavidad de la alfombra, miró hacíaarriba, con sus ojos azules del color del mar en un día de verano, enormes yexpectantes.Jungkook se paró frente a él, dominante no solo en actitudsi no en presencia física.Comenzó a desvestirse con una lentitud deliberada, cadagesto un espectáculo de poder.El saco, la corbata de seda, la camisa almidonada, cadaprenda que caía revelaba más del mapa de tinta que cubría su torso, dragonescoreanos entrelazados con flores de cerezo, símbolos de fortaleza y fugacidad.Su piel bronceada era un lienzo vivo, los piercings en su ceja izquierda y ensu labio inferior brillaban bajo la luz tenue.Cuando estuvo desnudo de la cintura para arriba, se acercó.Jimin podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, verla definición de cada músculo abdominal.— Levántate.El rubio se puso de pie, temblando ligeramente. Jungkook lotomó por la cintura, tan delgada que sus manos casi la cubrían por completo ylo giró suavemente.Quedó de espaldas a él.Los dedos de Jungkook siguieron la columna vertebral deJimin, desde la nuca hasta el comienzo de su ropa interior, allí, en tintanegra y gris, estaba el tatuaje de las fases lunares.Un trabajo de arte que había tomado sesenta horascompletar, un regalo de Jungkook para su cumpleaños número veintinueve. La luna nueva comenzaba justo en la basede su cuello, y las fases descendían, cada una más completa, hasta la lunallena que descansaba justo arriba del coxis.— Mi mapa personal... — Murmuró el pelinegto, sus labiosrozaron la primera luna haciendo al rubio contener el aliento. — Mi guía paranavegarte.Sus manos bajaron y se deslizaron hacia bajo de la ropainterior de Jimin, dejándola caer, luego, con movimientos seguros, lo guióhacia la cama.— Boca abajo, mi cielo. — Demando.Jimin se tendió sobre las sábanas de satén negro, su pielpálida creando un contraste casi dolorosamente hermoso.Jungkook fue al armario integrado en la pared y regresó convarios artículos.Primero, unas esposas de terciopelo negro con hebillas deliberación rápida, tomó las muñecas delicadas de Jimin y las aseguró, no confuerza bruta, si no con firmeza, antes de engancharlas a argollas fijas en lospostes de la cabecera. Repitió el proceso con sus tobillos, atándolos a lospostes de los pies.Jimin quedó extendido, completamente vulnerable, su tatuajelunar completamente expuesto.Jungkook observó por un largo momento, bebiendo la imagen yluego tomó una venda de seda negra.— Te tapare los ojos, nene. — Susurró. — Confía en mí.— Siempre confío... — Respondió en un murmullo.La seda cubrió su visión, sumiéndolo en una oscuridadcálida y suave.Sus otros sentidos explotaron al instante.Podía oír la respiración controlada de Jungkook, el crujidode sus nudillos al flexionar los dedos. Podía oler su colonia mezclada con suaroma natural, un olor que para Jimin significaba hogar y rendición.El primer contacto fue una sorpresa.La punta de un objeto frío y metálico, probablemente elanillo que Jungkook siempre llevaba, trazó un camino desde su omóplato hasta lacurva de su nalga y el rubio se estremeció.— ¿Color? — Preguntó el pelinegro con su voz grave justo asu oído.— Verde, papi... — Murmuró. — Verde.El sistema de seguridad era simple pero infalible.Verde para continuar, amarillo para ralentizar, rojo paradetener todo inmediatamente.En cinco años, Jimin nunca había dicho rojo.El primer azote llegó entonces.No fue con una mano, si no con algo plano y flexible, talvez una paleta de cuero, el sonido fue seco, nítido, como un disparoamortiguado.La sensación fue una explosión de calor que se extendió porsu piel y un segundo después, se transformó en un dolor agudo y brillante queinmediatamente se fundió con el placer.Jimin gritó, un sonido ahogado por la sorpresa y su cuerpose arqueó contra las ataduras.— ¡Uno! — Jadeó, recordando las reglas. — Gracias, papi.— Buen chico... — Murmuró Jungkook, y su mano caliente ygrande, acarició la zona impactada, suavizando el ardor.Los azotes continuaron, un ritmo lento y meditado.Jungkook alternaba nalgas, variaba la intensidad, siempreobservando, siempre leyendo el cuerpo que conocía mejor que el suyo propio.Entre golpe y golpe, sus labios encontraban la piel,besando, mordiendo suavemente los hombros, la nuca, la curva donde la espaldase encontraba con las nalgas. Sus dientes se clavaban con precisión, dejandomarcas que desaparecerían en horas, pero cuya memoria duraría días.Jimin se retorcía, gemía, su respiración se convertía enjadeos entrecortados. El dolor se transformaba, se alquimizaba en una sensaciónelectrizante que recorría su cuerpo y se concentraba en su vientre, en unanecesidad urgente y profunda.— Por favor... — Suplicó con su voz quebrada. — Por favor,papi, más.— ¿Más qué, mi amor? — La palabra, dicha con ese tonoposesivo, hizo que Jimin se estremeciera de nuevo. — ¿Más de esto? ¿Quieres quepapi te marque?Otro azote, más fuerte.El rubio chilló.— ¡Sí! — Gimoteo. — ¡Eso! Por favor, no pares. — Sollozo. —Me encanta, me encanta cuando me dominas.— ¿De quién eres? — Exigió Jungkook con su manodeteniéndose en el aire.— Soy tuyo, papi. — Mascullo. — Solo tuyo. — Ronroneo. — Encuerpo, en alma, soy tu nene, tu todo.Sintió cómo el pelinegro escupía suavemente en su mano.El sonido fue crudo, pero el acto no fue de desprecio, erade posesión primaria, un recordatorio físico de su dinámica. Esa misma mano,ahora húmeda, se deslizó entre sus nalgas, preparándolo con un lubricante quehabía estado esperando en la mesita de noche.Los dedos de Jungkook largos, hábiles, lo abrieron,estiraron, prepararon con una experiencia que conocía cada punto sensible deJimin.— Pídelo... — Le ordenó el azabache con su voz áspera condeseo contenido. — Pide lo que realmente quieres.— Quiero que me poseas... — Admitió Jimin en un gemido,empujando su cuerpo hacia atrás contra esos dedos. — Quiero que me rompas y mehagas de nuevo. — Rogó. — Quiero tu marca dentro de mí, tus manos sobre mipiel. — Gimoteo, las lágrimas comenzando a bajar por sus mejillas. — Por favor,daddy, amo, por favor.Era el nombre que desataba todo.Amo.Jungkook dejó escapar un gruñido bajo, animal y retiró susdedos. Jimin sintió la pérdida por un instante, luego la presión de algo muchomás grande en su entrada.Jungkook lo penetró en un solo movimiento profundo,controlado, que llenó al rubio completamente, que lo partió en dos y lo volvióa unir como algo nuevo.Jimin gritó, un sonido largo y desgarrado que se mezcló conun sollozo de alivio y éxtasis. El pelinegro se quedó quieto por un momento,permitiendo que ambos se adaptaran, que la intensidad del momento losatravesara y luego comenzó a moverse.No era una posesión salvaje, si no poderosa, deliberada,cada empuje estaba calculado para alcanzar la profundidad máxima, para rozarese punto dentro de Jimin que lo hacía ver estrellas incluso con los ojosvendados.Jungkook se inclinó sobre él, su pecho tatuado presionandocontra la espalda tatuada de Jimin y sus labios en su oído.— Tan estrecho... —Murmuró, su aliento caliente golpeando su oreja. — Tan perfecto para mí. — Lehalago. — Me aprietas como si no quisieras dejarme ir.— Nunca quiero que te vayas. — Confeso Jimin, moviéndose encontra de cada embestida. — Te quiero siempre aquí, siempre dentro. — Siseo,levantando el culo para que entrara más profundo. — Usa mi agujero, úsame, tepertenezco papi.El lenguaje era sucio, explícito, pero en sus bocas era unpoesía privada, la llave que activada el placer.Jungkook aceleró el ritmo, sus manos agarraron las caderasde Jimin con fuerza, marcándolo con moretones que mañana serían violetas. Elsonido de sus cuerpos chocando, de los jadeos y gemidos, de las cadenas deterciopelo tensándose, llenó la habitación.El rubio estaba al borde, cada nervio encendido, el placeracumulándose como una tormenta eléctrica en su abdomen.Lo sentía en la punta de los dedos, en las raíces delcabello.— Voy a… — Sollozo con lágrimas saladas bajando por susmejillas. — Papi, voy a…— ¡No! — La orden fue seca. — No sin mi permiso. — Gruñó. —Aguanta.Jimin gimió en agonía, su cuerpo temblando con el esfuerzode contener la marea. Jungkook lo poseyó con renovada intensidad, sus propiosgruñidos cada vez más frecuentes, menos controlados.Finalmente, cuando sintió que su propio climax erainminente, soltó las palabras.— Ahora, nene. — Le ordenó. — Te doy permiso de correrte.Esa fue toda la autorización que Jimin necesitó.Su cuerpo se sacudió violentamente, un grito rasgadosaliendo de su garganta mientras la ola de placer lo arrasaba, ciego, atado,completamente poseído.La sensación fue tan intensa que calmó lo doloroso, unéxtasis puro que lo dejó sin aire.Sintió cómo Jungkook lo seguía, su cuerpo rígido, un rugidoprofundo escapando de su pecho mientras se derramaba dentro de él, reclamándolode la manera más primitiva posible.El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por susrespiraciones entrecortadas, que gradualmente se sincronizaron.Luego, el cambio fue inmediato y profundo.Jungkook se retiró con cuidado, saliendo de él y su esenciaespesa, caliente y blanca caía sin pudor de entre la entrada del rubio, unamuerta de su acto, luego con sus manos yendo primero a las hebillas de lasesposas de terciopelo, las liberó con suavidad, masajeando al instante lasmuñecas y tobillos de Jimin donde el material había dejado marcas rosadas.— Shhh, mi amor... — Susurró, su voz ahora suave, melosa,tan diferente de la del amo implacable de minutos antes. — Ya pasó. — Learrullo. — Estoy aquí.Con sumo cuidado, le quitó la venda de los ojos, Jiminparpadeó, sus ojos azules vidriosos, llenos de lágrimas de intensidad ygratitud.No dijo nada.No necesitaba hacerlo.Jungkook lo levantó en brazos, era ligero, su cuerpo ahoraflácido, relajado y lo llevó hacía una puerta lateral de la habitación.Entraron a un baño anexo, iluminado con luz tenue cálida.No era el baño de mármol blanco del penthouse; este teníaparedes revestidas de madera de cedro, y en el centro había una bañera dehidromasaje, ya llena de agua humeante y con burbujas.El olor a lavanda y eucalipto llenaba el aire.El pelinegro bajó al rubio al agua, entrando después detrásde él.Se sentó, reclinando a Jimin contra su pecho y con unaesponja natural suave, comenzó a lavarlo. Cada movimiento era lento, reverente,enjabonó su espalda, siguiendo cada fase de la luna tatuada, lavó su cabellorubio con un champú sin sulfatos, masajeando su cuero cabelludo.Jimin se derritió contra él con sus ojos cerrados, unsuspiro profundo y contento escapó de sus labios.—¿Estás conmigo, mi luna? — Le preguntó Jungkook, besandosu hombro.— Siempre... — Murmuró. — En cada fase.Después del baño, Jungkook lo envolvió en una toalla gruesacaliente y lo llevó de vuelta a la habitación principal, que habíatransformado.Las sábanas negras habían sido reemplazadas por otras dealgodón egipcio blanco inmaculado. Había una botella de agua y dos pastillas dechocolate negro en la mesita de noche.Jungkook tendió a Jimin sobre la cama y tomó un frasco devidrio opaco de la mesita. Era una crema que le hacían especialmente, de aloevera, caléndula y árnica.La calentó entre sus palmas antes de aplicarla conmovimientos circulares firmes en la espalda, nalgas y muslos de Jimin, donde lapiel estaba sonrosada y sensible.Su toque era medicinal, amoroso.— Eres tan hermoso... — Murmuró el pelinegro, sus dedostrabajando con la crema en la piel. — Tan valiente. — Le halago. — Mi chicovaliente.Jimin, ya medio dormido por el agotamiento y la descarga deendorfinas, murmuró algo incoherente y se acurrucó más en las sábanas. Elpelinegro terminó de aplicar la crema, se puso un suave pantalón de algodón yse metió en la cama detrás de él, envolviéndolo en sus brazos.Su cuerpo tatuado y duro rodeaba la delicadeza del rubiocomo un muro vivo de protección.En la oscuridad, con solo la luz tenue de un difusor deaceites esenciales iluminando sus rostros, Jungkook habló con su boca contra elnacimiento del cabello de Jimin.— Hoy, en esa premiere, cuando ese director te puso la manoen la espalda… — Su voz tenía un dejo de la ferocidad anterior, pero templada.— Quise arrancarle el brazo. — Confesó. Jimin sonrió, sin abrir los ojos.— ¿Celoso, papi?— Posesivo... — Corrigió, sus labios rozando su piel. — Hayuna diferencia. — Murmuró. — Lo que tenemos… esto… — Apretó suavemente a Jimincontra sí. — Esto es un altar y yo soy tu único sacerdote.— Y yo su única ofrenda... — Completó el rubio con su vozsoñolienta.Así se durmieron, entrelazados, el mapa de la luna en laespalda de Jimin presionado contra el dragón en el pecho de Jungkook.Dos mitologías privadas fusionándose.A la mañana siguiente, bajo la luz fría del sol que entrabapor las ventanas panorámicas del penthouse, eran de nuevo la pareja perfecta.Jungkook, impecable en un traje azul marino, revisaba losinformes de bolsa en su tablet mientras bebía un espresso.Jimin, en una bata de seda blanca, revisaba su agenda en suteléfono, su cabello rubio perfectamente peinado, su piel impecable bajo unacapa de corrector y humectante.Las marcas estaban ocultas, la dinámica, guardada bajollave.— El auto llega en veinte minutos. — Dijo Jungkook, sinlevantar la vista de la pantalla.— Mi sesión es a las once. — Respondió Jimin, tomando unsorbo de jugo verde. — ¿Cenamos en casa?— Sí. — Asintió. — Pediré ese sashimi que te gusta.Sus miradas se encontraron a través de la mesa de mármol.No hubo sonrisa, ni guiño, ni ningún indicio externo.Solo un reconocimiento profundo, instantáneo, que viajóentre ellos como una corriente eléctrica.El reconocimiento de dos personas que habían visto al otrodesnudo no solo en cuerpo, si no en alma. Que habían explorado juntos losconfines del placer y el dolor, y habían regresado sosteniéndose de la mano.Jimin se levantó para ir a vestirse, al pasar junto a lasilla de Jungkook, la mano de este se alzó y le tomó la muñeca, con la mismasuavidad con la que había sujetado las esposas de terciopelo horas antes.Sus dedos rozaron el punto exacto donde había estado laatadura.— Nene... — Murmuró con voz baja.— ¿Sí, papi?— Eres mío...Jimin inclinó la cabeza, un gesto que en público pareceríauna simple cortesía, pero que aquí, en su cocina iluminada por el sol, era unareverencia.— Siempre.Y lo era.En cada fase, en cada luz, en cada oscuridad, bajo el solde la prensa o la luna de su habitación privada.Era suyo.Y en ese contrato no escrito, en ese intercambio de poder ycuidado, ambos eran libres.Ambos eran, finalmente, ellos mismos.