Capítulo #1 "Contrato de invierno"
Samuel Lowell sostenía el bolígrafo frente a la gran mesa de cristal. Su mirada era incapaz de apartarse de aquel contrato de matrimonio. Luchaba por ocultar el temblor de sus dedos y el dolor que le provocaba estar frente a un abogado, y no ante un altar. Sus orquídeas blancas, usualmente dulces y ligeras, permanecían sepultadas bajo el muro químico de los inhibidores.
Al otro lado de la mesa se erguía la figura de William Everett. El traje negro que vestía no era lo único que imponía; su aroma a rosas negras parecía reclamar cada rincón de la oficina con una autoridad absoluta. Observaba a Samuel sin mover un solo músculo, y esa mirada fría hacía que el Omega se sintiera extrañamente desnudo, vulnerable ante el escrutinio del Alfa
—Tres años —dijo William, sin levantar la voz.
Un abogado hizo un gesto breve con la cabeza y los documentos pasaron de mano en mano.
Las firmas se estamparon y una juez registró el apretón de manos que sellaba la farsa perfecta: Dos firmas, una alianza, ningún beso.
El heredero al mando de VÖLK y el Omega más cotizado del país se habían convertido, para el mundo exterior en la pareja perfecta, eran la personificación del éxito, la belleza y el poder. La noticia corrió y los titulares no tardaron en estallar por toda la nación:
"Unión entre Everett & Lowell: El nacimiento de una nueva dinastía."
"Poder y belleza: William Everett y Samuel Lowell sellan la alianza del siglo."
Al terminar el acuerdo, Samuel buscó desesperadamente la mirada de su padre. Jack, con los ojos fijos en la nada, parecía haber olvidado que el joven frente a él era su hijo y no una cláusula más.
—Padre, tengo miedo... —susurró Samuel, con la voz rota.
—No es el momento, Sam —sentenció el Beta, sin siquiera voltear a verlo.
Samuel sintió que el aire se volvía pesado. Las feromonas de William, que una vez le habían parecido un refugio, ahora se sentían agresivas, afiladas como espinas que le rozaban la piel.
—Samuel, ¿cómo te encuentras? ¿Deberiamos cenar en el Palacio Dorado para celebrar? —intervino Charles Everett, apoyando una mano sobre el hombro del Omega.
El toque del Alfa no era reconfortante; era el peso de un dueño sobre su propiedad más valiosa. Charles siempre lo había visto como un diamante en bruto, una gema para VÖLK que pensaba pulir hasta que cada destello se tradujera en fortuna. Samuel, cegado por sus propios sueños de éxito y ese amor secreto que todavía latía con terquedad, había aceptado el pacto para rescatar el legado de su familia.
El omega entrelazó los dedos sin responder, ocultando el temblor de sus manos. Su padre, Jack Lowell, había sido un hombre de negocios respetado hasta que las deudas de juego y una cadena de decisiones desastrosas lo llevaron al borde del abismo.
El padre de William, en una jugada maestra de ambición, le había entregado a Jack Lowell un contrato millonario para rescatar su empresa de la ruina. Pero el dinero no fue gratis: El precio fue Samuel. Lo compraron por tres años bajo un contrato matrimonial, asegurando que fuera el rostro más deseado del país y estuviera atado legalmente a la familia Everett. El matrimonio no fue una unión; fue una adquisición de exclusividad.
—No estamos para celebraciones ahora —cortó William, clavando sus ojos en el omega.
Samuel bajó la mirada de inmediato. Un año atrás, se había comprometido enamorado con el mismo hombre que hoy lo miraba con desprecio, como si fuera una piedra en el zapato que entorpecía su camino a la cima.
—Bueno, dejaremos que la pareja disfrute de su momento —concluyó Charles con una sonrisa de suficiencia, guiando a Jack hacia la salida y cerrando la puerta tras de sí.
Al quedar solos, el silencio se volvió una barrera asfixiante. William acortó la distancia con un movimiento depredador; le bastó un solo paso para invadir el espacio de Samuel y atrapar su rostro entre sus manos. Sus dedos se hundieron en las mejillas del omega con una fuerza que rozaba la agresión, obligándolo a respirar su aroma a rosas negras mientras William buscaba el rastro dulce y, empalagoso de las orquídeas blancas que luchaban por salir de Samuel.
—Ya tienes lo que querías —susurró William, con una voz cargada de veneno —Espero que disfrutes del apellido Everett. Ya salvamos la mediocre empresa de tu padre.
Samuel abrió los ojos de par en par, la sorpresa dándole paso a una chispa de indignación. Él había pasado noches en vela, sesiones interminables y dietas estrictas para ser el modelo número uno del país; no era una creación de los Everett.
—Soy reconocido por Samuel Lowell. He construido mi carrera con mucho esfuerzo. —respondió con la voz temblorosa, pero sosteniendo la mirada del Alfa con una dignidad que no sabía que poseía.
William soltó su rostro con un gesto de asco, dio un paso atrás y se limpió las manos, como si el contacto con la piel de Samuel lo hubiera ensuciado.
—No te engañes. Sin el respaldo de VÖLK no serías nadie; apenas un modelo de segunda en pasarelas de bajo presupuesto, de esos que se venden por un flash —sentenció sin medir sus palabras —Ya sabes dónde queda la mansión. No esperes que te lleve.
——🐺🌸❄️——
Esa noche la puerta del coche se cerró detrás del Omega. Cuándo alzó la vista. La mansión Everett se alzaba frente a él como un gigante de piedra, elegante, pero sin alma.
William lo aguardaba en lo alto de la escalinata, con un vaso de whisky en la mano. La indiferencia y arrogancia que trasmitia hizo que el omega le resultará difícil mirarlo a los ojos.
—Te asigné la habitación del ala este. Ahí vas a tener más privacidad. No hace falta que compartamos cuarto —dijo, sin mirarlo directamente.
Las palabras del alfa no lo sorprendieron, pero igual le dolieron, por la frialdad con la que las pronunció.
—Sabes que esto no es una relación real. —continuo —Es solo una extensión del contrato, nada más —soltó William, con voz fría, sin pensar en el daño que ocasionaba.
Samuel no respondió.
Por dentro el miedo de lo nuevo lo consumia, y las respuestas morian en su garganta cada vez que William lanzaba sus palabras hirientes.
Cuando entro el mármol bajo sus pies estaba helado. Caminaba descalzo, como quien no quiere hacer ruido en casa ajena.
La mansión era bella, lujosa sí. Pero estaba llena de ecos que no gritaban su nombre.
Comprendió que ese lugar no sería su hogar. Que el hombre al que había amado en silencio -con quien había fantaseado alguna vez compartir algo más que flashes y contratos-ya no lo miraba como aquel primer día en que sus ojos se detuvieron por un segundo en sus labios.
Ahora lo miraba como se mira un error. Como quien acepta una piedra en el zapato por llegar a la cima.
Samuel se detuvo en el umbral de su habitación.
La madera crujió bajo sus pies cuando dio su primer paso dentro de ella.
Cerró los ojos y respiró despacio.
Pensó en su habitación de antes. La que había habitado desde niño. Las paredes claras, las cortinas moviéndose con el viento de la mañana, la pequeña lámpara junto a la cama que nunca quiso cambiar, y la foto con su madre que siempre estaba ahí, aunque ya no la viera.
Y ahora estaba en una mansión que olía a madera, rosas negras y a silencio que daba miedo.
Su valija, lo esperaba sobre la cama, como si ni siquiera hubiera sido él quien la empacó.
—Solo son tres años en los que les devolveré el triple de su inversión. —Dijo, dándose animo.
Entendia que estaba solo y que por más que compartiera un apellido con el presidente de VÖLK, ni su corazón, ni su cama, ni su mirada le pertenecían.
Samuel después de ordenar sus cosas, tomo su celular y solo envío un mensaje.
—Estoy bien.
Nada más. No había espacio para hablar del vacío que sentía su primera noche en la mansión.
Apenas dejó el móvil sobre la mesa, este vibró con una llamada entrante.
No necesito ver quién lo llamaba, ya sabía quien era.
Después de unos minutos bajó por las escaleras con el teléfono pegado al oído, hablando sobre unas marcas que querían trabajar con él.
La voz al otro lado del auricular lo mantenía entretenido. Samuel no se dio cuenta de que Wil estaba en la sala observándolo.
Se acercó a la barra para tomar una bebida. Con una mano sostuvo el vaso y un pequeño temblor recorrió su brazo y el vaso resbaló entre sus dedos.
El sonido del estallido llenó la sala. El vaso se hizo pedazos contra el piso de mármol.
Samuel, estaba descalzo, quedó inmóvil en medio del desastre. Por un segundo, no supo qué hacer. Quedó viendo el desastre que había ocasionado.
Y entonces William se levantó. No lo pensó, solo corrió hacia él.
—¿Estas bien? —pregunto mientras lo alzaba en sus brazos con una urgencia que no parecía suya.
Sus manos firmes se cerraron alrededor de la cintura de Samuel, como si lo hubiese hecho mil veces antes, como si aún recordara cómo se sentía tenerlo cerca, aunque nunca lo hubiera hecho.
Sus ojos se encontraron. Demasiado cerca. William bajó la vista a sus labios: Rosados, húmedos, y temblorosos.
Samuel apoyó los brazos sobre sus hombros. Sintió el calor de la piel del alfa. La fuerza de las feromanas de ese cuerpo que nunca se había atrevido a tocarlo.
Por un instante, pareció que algo iba a ocurrir. Pero entonces, William lo saco de allí y lo soltó. Como si se quemara con su cercanía.
—La próxima vez ten más cuidado —dijo sin mirarlo.
Se agachó y comenzó a recoger los vidrios sin decir más.
Las manos grandes y hábiles que un segundo antes lo habían sostenido, ahora se ocupaban del desastre como si nada hubiese pasado.
—Si, disculpa. No fue mi intención...
Samuel parpadeó y volvió a llevarse el celular al oído.
—¿Decías de la campaña de otoño?
Su voz tembló apenas.
Pero por dentro, aún sentía el calor de esas manos aferradas a su cintura, como si no lo hubieran soltado del todo.
----🌸🐺
Por la mañana temprano Samuel ocupaba la cocina de la mansión Everett como si fuera el dueño absoluto, se movía con una confianza que era, en realidad, una máscara perfectamenta. Cada uno de sus movimientos tenía un propósito oculto: comprar la paz.
Del horno salía un aroma tibio, entre manteca y vainilla. Colocaba con cuidado las galletas sobre un plato cuando escuchó pasos detrás.
William apareció en el umbral de la cocina, con la camisa ligeramente abierta y la mirada todavía adormecida.
Se detuvo al verlo.
El omega alzó la mirada desde la bandeja de galletas, y por un segundo, su respiración falló, nunca lo había visto así.
Sin corbata, sin su traje. Que le quedaba jodidamente perfecto.
Con su camisa desprendida dejaba entrever la clavícula, la línea del cuello, sus abdominales marcados. Samuel parpadeó, tragó saliva, e intentó desviar la mirada. Pero sus ojos volvieron solos. Como si su deseo no le obedeciera. Como si su cuerpo dijera lo que su boca no podía.
William lo notó. La forma en que Samuel lo miraba. Con esa mezcla de sorpresa y algo más, algo que se parecía demasiado a la adoración.
Samuel tomó una galleta, se ocupó del plato, fingió concentración. Pero su nuca ya estaba tibia. Y sus mejillas también. Sintió ese fuego dulce y lento que nace cuando el cuerpo responde antes que la razón.
William le hablo como siempre, con esa voz que no era suave.
—Mañana tienes una sesión de fotos para la nueva fragancia Vértigo. Lo confirmó el equipo hace unas horas —dijo, seco, apoyándose contra el marco de la puerta.
Samuel no lo volvió mirar. Solo terminó de acomodar la última galleta.
—Lo sé. Noel me mantiene al tanto de todo —respondió con voz suave.
William no dijo nada más.
Sus ojos bajaron, se detuvieron en las manos de Samuel, en cómo se movían con precisión y delicadeza. En cómo su cabello caía ligeramente hacia un lado mientras concentraba la mirada en el plato.
El aroma de las galletas flotaba en el aire. Pero había algo más.
Algo apenas perceptible.
Una nota tenue que no venía del horno, sino del cuerpo del omega. Un hilo dulce. Una feromona que no se podía nombrar, pero que el instinto del Alfa reconocía.
William enderezó los hombros, como si quisiera recordarse que aquello era solo rutina, solo un desayuno, solo un omega cumpliendo con la cortesía del hogar al que apenas se estaba adaptando. Odiaba que su pecho se ablandara con cada gesto silencioso de Samuel. Odiaba querer acercarse cuando lo veía morderse el labio al probar una galleta. Odiaba pensar que ese aroma —el de su omega— lo estaba llamando, aunque ambos fingieran que no.
Samuel por fin levantó la mirada. Le extendió el plato.
—¿Quieres una? Las hice con canela. Sé que te gusta.
William dudó. Por un segundo pensó en decir algo amable.
En sonreír. En tocarle la mano. Pero solo asintió, tomó una galleta y solo pudo murmuró un simple Gracias.
Samuel lo observó mientras daba el primer mordisco. Había algo en la forma en que William comía, en cómo evitaba sus ojos, que le apretaba el pecho.
"¿En qué momento cambiaron tus ojos? Porque yo, todavía recuerdo la forma en que me veías aquella primer noche." Pensó.
Realmente deseaba entender qué fue lo que rompió algo que apenas había empezado a nacer.
Esa atracción que sintieron ese dia al verse por primera vez, el dia en que sus padres decidieron que debían comprometerse.
Apretó el lazo del delantal con más fuerza de la necesaria al recordar a ese William Everett. Y sonrió con delicadeza, como si nada doliera.