El amigo de mi hermano | LeoRin

Summary

-¡Mierda! Exclamó Sae, soltando el plato de golpe mientras se sacudía la mano. -Está súper caliente. El silencio reinó por un microsegundo, hasta que Luna, con esa arrogancia que lo caracterizaba, soltó una carcajada corta y lanzó una mirada cargada de intención directamente a Rin. -Igual que tu hermano, Sae. Soltó Luna con total naturalidad. El salón estalló. Los amigos de Sae soltaron carcajadas estruendosas, algunos dándole palmadas en la espalda a Luna por su audacia, otros silbando y gritando "¡Uuuuuh!". Rin sintió que su cara ardía. El color rojo le cubrió las mejillas y bajó la mirada a sus rodillas, deseando que la tierra se lo tragara. El corazón le latía tan fuerte que juraba que Luna podía escucharlo desde el otro lado de la mesa. Sae, por otro lado, se puso rígido. Sus ojos verdes se afilaron mientras fulminaba a su amigo con la mirada. -Cierra la puta boca, Luna.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝟏

Para Rin Itoshi, el mundo siempre había sido pequeño y cuadrado, del tamaño exacto de un campo de fútbol y siempre orbitando alrededor de una sola persona: su hermano mayor Sae.

Rin no necesitaba a nadie más. Sae era su estándar de perfección, su guía y su protector. Sin embargo, la primera vez que Leonardo Luna puso un pie en la casa de los Itoshi, el mundo de Rin no solo se expandió, sino que tembló.

Rin tenía apenas nueve años. Esa noche, Sae había regresado de un entrenamiento especial con la selección juvenil, y no venía solo.

Rin escuchó una risa diferente desde el pasillo, una risa desconocid y extrañamente melodiosa.

El pequeño asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Rin, deja de esconderte.

Dijo Sae, notando su presencia de inmediato.

Aunque Sae siempre mostraba esa frialdad, sus ojos se suavizaron al ver a su hermano pequeño. Extendió una mano para atraerlo hacia ellos.

—Él es Leonardo. Se quedará a dormir hoy porque mañana tenemos entrenamiento temprano.

Explicó Sae con cuidado.

Rin levantó la vista y se quedó congelado. Frente a él estaba un chico un par de años mayor que Sae, con una presencia que llenaba toda la habitación.

Luna le dedicó una sonrisa ladeada, llena de una confianza que Rin nunca había visto.

—Vaya, Sae... no me habías dicho que tu hermanito era tan tierno.

Dijo Luna, agachándose para quedar a la altura de Rin.

Rin sintió que el calor que se formaba en su pecho subía hasta sus mejillas.

—No soy tierno...

Logró balbucear Rin, escondiéndose un poco detrás de la pierna de Sae, apoyando su mejilla contra su Nii-chan.

Sae, en un gesto instintivo de protección, puso una mano sobre la cabeza de Rin, marcando territorio frente a su amigo.

—No lo molestes, Luna. Es tímido con los extraños.

—Okey, okey, “hermano protector.”

Dijo Luna, guiñándole un ojo a Rin antes de ponerse de pie.

—Soy Leonardo, pero puedes decirme Leo, pequeño.

Esa noche, Rin no pudo dormir. Desde su habitación, escuchaba los murmullos de Sae y Luna hablando de tácticas, de España y del futuro. Cada vez que escuchaba la risa de Luna, el corazón de Rin daba un vuelco que no sabía explicar. Era una mezcla de admiración profunda, incluso como la que tenía por Sae, pero también algo mucho más cálido que lo asustaba y lo fascinaba a la vez.

.

Para cuando Rin estaba por entrar a la adolescencia, su “pequeño interés” se había transformado en una mini obsesión casi adorable.

En la esquina más apartada de su habitación, Rin guardaba una carpeta negra.

Si alguien la abría (Dios no lo permitiera nunca), Rin tenía una excusa lista y ensayada:

“Es para estudiar el estilo de juego de mi hermano”.

Y técnicamente, era cierto. En cada recorte de periódico deportivo, en cada página arrancada y en cada roto, aparecía Itoshi Sae.

Pero Rin sabía la verdad. Sus ojos siempre buscaban la figura que estaba al lado de su hermano.

Ahí estaba Luna al lado de Sae tras marcar un gol.

Ahí estaba Luna riendo en una conferencia.

Ahí estaba Luna, con su uniforme blanco, luciendo como un dios, según el pequeño.

Rin pasaba horas trazando con los dedos el contorno de la cara de Luna en esas fotos y recortes. Incluso una vez, casi tira la carpeta por la ventana cuando accidentalmente paso su dedo por la entrepierna de Luna en un recorte que tenía del cuerpo completo de este.

Se sentía patético, pero era inevitable. Se sonrojaba a solas en su cuarto cada vez que recordaba el calor de la mano de Luna cuando, en una de sus visitas, le había revuelto el cabello diciéndole:

“Te espero en la cima, pequeño”.

—Solo es por Sae...

Se mentía a sí mismo Rin en voz alta, cerrando la carpeta con fuerza cuando escuchaba a su madre acercarse.

—Solo quiero ver cómo juega el mejor amigo de mi hermano para superarlos a ambos.

Pero su corazón, que latía sin control cada vez que veía el dorsal de Luna en la televisión, sabía que no tenía nada que ver con el fútbol y todo que ver con el chico del cual se había enamorado hace unos añitos.

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Volviendo al presente, la sala de la casa de Sae estaba llena de risas ruidosas y el olor a pizza y cerveza. Rin, con sus 16 años recién cumplidos, se sentía como un intruso en un mundo de gigantes. Aunque ya era bastante alto y su talento en la cancha intimidaba a cualquiera, aquí, rodeado de los compañeros de equipo de su hermano, era “el hermanito de Sae”.

Sae, fiel a ser sobreprotector intenso, no lo había dejado solo ni un segundo.

Rin estaba sentado en el sofá, justo al lado de él. Cada vez que uno de los amigos de Sae se acercaba a Rin con miradas un poco más intensas de lo debido para “saludarlo”, sentía la mano de Sae apretándole el brazo con firmeza.

Era una advertencia silenciosa que Sae lanzaba a la habitación:

“Ni se les ocurra tocarlo”.

Para Sae, Rin seguía siendo el niño que se escondía detrás de sus piernas, y no iba a permitir que nadie lo mirara con malas intenciones, especialmente sus amigos al borde de la borrachera.

—Rin, no bebas eso, tiene alcohol. Toma un jugo.

Le ordenó Sae, quitándole un vaso de la mano.

—Nii-chan, tengo dieciséis, no cinco...

Protestó Rin, aunque su voz carecía de fuerza porque, justo enfrente, Leonardo Luna lo observaba con una sonrisa divertida mientras apoyaba la barbilla en su mano.

La tensión que Rin sentía hacia Luna era diferente. NNo era miedo, era esa sensación interna que lo hacía querer desaparecer y, al mismo tiempo, quedarse ahí para siempre.

En un momento de la noche, trajeron unas bandejas de aperitivos que acababan de salir del horno. Sae, que estaba distraído discutiendo una jugada con los demás, tomó una de las bandejas metálicas sin pensar.

—¡Mierda!

Exclamó Sae, soltando el plato de golpe mientras se sacudía la mano.

—Está súper caliente.

El silencio reinó por un microsegundo, hasta que Luna, con esa arrogancia que lo caracterizaba, soltó una carcajada corta y lanzó una mirada cargada de intención directamente a Rin.

—Igual que tu hermano, Sae.

Soltó Luna con total naturalidad.

El salón estalló. Los amigos de Sae soltaron carcajadas estruendosas, algunos dándole palmadas en la espalda a Luna por su audacia, otros silbando y gritando “¡Uuuuuh!“.

Rin sintió que su cara ardía. El color rojo le cubrió las mejillas y bajó la mirada a sus rodillas, deseando que la tierra se lo tragara. El corazón le latía tan fuerte que juraba que Luna podía escucharlo desde el otro lado de la mesa.

Sae, por otro lado, se puso rígido. Sus ojos verdes se afilaron mientras fulminaba a su amigo con la mirada.

—Cierra la puta boca, Luna.

Gruñó Sae, su voz gélida cortando las risas.

—Vuelve a decir algo así de Rin y te juro que será lo último que hagas.

Luna solo levantó las manos en señal de rendición, pero no dejó de sonreírle a Rin, quien seguía intentando ocultar su sonrojo masivo.

—Solo digo la verdad. El pequeño Rin ya no es tan pequeño, ¿verdad?

Rin apretó los puños sobre sus muslos. Odiaba a Luna. Lo odiaba porque sabía exactamente qué efecto tenía sobre él, y lo odiaba aún más porque, a pesar de la advertencia de su hermano, una parte de él deseaba que Luna lo dijera de nuevo.

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