LA PARÁBOLA DE LOS INOCENTES

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Summary

El Padre Eustaquio, un sacerdote cuya fe se desmorona ante el zumbido de una mosca y la indiferencia de un Dios mudo, se ve obligado a interponer su cuerpo entre la barbarie de su rebaño y la víctima más obvia: Silvestre, el "idiota sagrado". Silvestre no habla, pero su sonrisa vacía y sus ojos claros actúan como un espejo donde los aldeanos ven reflejadas sus propias deformidades. Mientras tanto, Leonor la Partera, una mujer de ciencia que desprecia los rosarios tanto como teme a los vivos, lucha por mantener sus propios secretos enterrados. Ella sabe que, en San Jerónimo, la desaparición de un inocente es solo el primer síntoma de una purga inminente. Cuando la búsqueda se traslada al temido Barranco del Diablo, la lógica cede ante la superstición y el miedo se convierte en un organismo depredador que exige un sacrificio.

Status
Ongoing
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El valle de San Jerónimo no era un lugar geográfico, sino una condición del alma; una hondonada asfixiante encajonada entre montañas que parecían hombros de gigantes derrotados, donde el sol no calentaba, sino que castigaba con la saña de un inquisidor obstinado. Allí, el aire tenía la consistencia de la lana húmeda y el tiempo se estancaba en los recodos del río seco, acumulando culpas antiguas como el limo que se pudre bajo las piedras.


Era mediodía, esa hora terrible en la que la sombra se esconde bajo las suelas de los zapatos y el hombre queda expuesto, sin refugio, ante la vastedad de un cielo demasiado azul, demasiado indiferente.


El Padre Eustaquio estaba de pie frente al altar mayor de la iglesia de San Jerónimo, una construcción de adobe que sudaba salitre por las paredes desconchadas. El sacerdote, un hombre enjuto cuya sotana raída parecía colgar de un perchero de alambre más que de un cuerpo humano, observaba una mosca. El insecto, de un verde metálico y obsceno, se posaba con insolencia sobre la nariz astillada del Cristo de madera polícroma. Eustaquio sentía el zumbido dentro de su propio cráneo, una vibración que no era sonido, sino pensamiento corrupto.


«¿Es esto, Señor?», pensó, cerrando los ojos con fuerza hasta ver estallidos de luz roja. «¿Es esta la magnitud de tu diálogo? ¿Una mosca devorando el barniz de tu imagen mientras un niño se disuelve en la nada?»


La desaparición había ocurrido al amanecer, o quizás antes, en esa hora ambigua donde los sueños se confunden con la vigilia. Lucas, el hijo menor de los zapateros, un crío de siete años con ojos de agua mansa, simplemente había dejado de estar. No hubo gritos, ni arrastre de cuerpos, ni el ladrido de los perros sarnosos que custodiaban los límites del pueblo. Solo una ausencia repentina, un hueco en el tejido de la realidad que ahora, seis horas después, comenzaba a llenarse de pánico y superstición.


Eustaquio se pasó una mano temblorosa por la frente, empapada en un sudor frío que contradecía el calor del valle. Su fe, antaño una fortaleza de piedra escolástica construida sobre los textos de Aquino y Agustín, se había convertido en un castillo de naipes azotado por el viento caliente de la sierra. Se sentía un impostor. Odiaba el olor a cebolla rancia y a tierra mojada que emanaban sus feligreses; odiaba su propia repulsión, y odiaba a Dios por haberlo plantado en aquel erial para presidir funerales de gente que vivía como bestias y moría con el miedo en los ojos.


—Padre... —la voz del sacristán, un viejo con la columna doblada en una eterna reverencia servil, rompió su monólogo interior.


Eustaquio abrió los ojos. La mosca había desaparecido.


—¿Qué ocurre, Anselmo?


—La gente se está juntando en la plaza, padre. Dicen que el Silvestre sabe algo. Dicen que el Mudo estaba en el río cuando el chico se perdió.


El sacerdote sintió una punzada en el estómago, esa úlcera espiritual que le mordía cada vez que la lógica del pueblo se imponía.


—Silvestre no sabe nada, Anselmo. Silvestre apenas sabe que está vivo.


—Lo miran mal, padre. Doña Bernarda trae una piedra en la mano.


Eustaquio suspiró, un sonido que arrastraba el cansancio de mil años. Bajó los escalones del presbiterio, sintiendo que sus rodillas crujían, y avanzó hacia la luz cegadora de la puerta abierta. Tenía que salir. Tenía que interponer su cuerpo consagrado, aunque él mismo lo sintiera vacío, entre la barbarie de su rebaño y la inocencia aterradora de aquel idiota sagrado.


A trescientos metros de la iglesia, en una casucha de piedra donde el olor a hierbas hervidas y alcohol medicinal luchaba contra el hedor del estiércol exterior, Leonor la Partera se lavaba las manos. Frotaba con fuerza, casi con violencia, usando un cepillo de cerdas duras que dejaba su piel enrojecida, al borde del sangrado.


Leonor no creía en Dios. Creía en la sepsis, en la dilatación cervical, en la fuerza de gravedad y en la estupidez humana. Para ella, el valle de San Jerónimo era un laboratorio de la miseria, un lugar donde la selección natural se había torcido para favorecer a los más crueles o a los más locos.


Escuchó el rumor creciente en la plaza. Voces agudas, lamentos que se estiraban como chicle, y ese tono bajo y gutural de los hombres cuando buscan a alguien a quien culpar para no tener que mirarse a sí mismos.


—Lucas —murmuró Leonor, mirando el agua jabonosa volverse gris en la palangana.


Recordaba haberlo traído al mundo. Recordaba la dificultad del parto, el cordón umbilical enrollado como una serpiente asfixiante alrededor del cuello morado. Ella lo había desenredado con la precisión de un relojero, insuflándole aire a unos pulmones que se negaban a abrirse. «Te salvé para esto», pensó con amargura. «Te arranqué de la paz de la no-existencia para entregarte a este valle de lobos».


Se secó las manos en un trapo áspero. Sus dedos eran largos, fuertes, manos que conocían el interior de las mujeres mejor que sus propios maridos, manos que habían dado vida y, en el secreto más profundo de su conciencia, también la habían quitado. Ese crimen antiguo, esa "misericordia" que había aplicado años atrás a un recién nacido deforme que no habría sobrevivido al invierno, latía bajo su esternón como un segundo corazón, oscuro y rítmico.


Leonor se ajustó el chal negro, ocultando su cuello, y salió. La luz del sol la golpeó, pero ella no parpadeó. Sus ojos, acostumbrados a escrutar la penumbra de las alcobas de parto, buscaron el centro del alboroto.


Allí, junto al pozo seco que presidía la plaza, estaba Silvestre El Mudo.


Era un hombre joven, de unos veinte años, aunque su rostro poseía la atemporalidad de las estatuas o de los animales. Grande, torpe en sus movimientos, con una cabeza ligeramente desproporcionada y unos ojos tan claros, tan vacíos de malicia y de inteligencia, que mirarlos era como asomarse a un abismo de luz. Silvestre estaba sentado en el suelo, jugando con un trozo de cuerda, completamente ajeno a la tormenta que se cernía sobre él.


A su alrededor, el círculo de aldeanos se cerraba. Bernarda, la madre del desaparecido, era una furia de luto. Gritaba preguntas que Silvestre no podía entender y mucho menos contestar.


—¡Tú lo viste! —aullaba Bernarda, desgarrándose la blusa—. ¡Tú siempre estás mirando! ¡Di dónde está mi hijo, animal del demonio!


Silvestre levantó la vista. No había miedo en su expresión, solo una curiosidad mansa. Sonrió, una mueca torcida y babosa que, en ese contexto de tragedia, pareció a los ojos de la multitud una burla diabólica.


—¡Se ríe! —gritó un hombre, el herrero, levantando un puño—. ¡Se ríe de nuestra desgracia!


La masa humana osciló hacia adelante, un solo organismo movido por el espanto y la necesidad de sangre. La racionalidad de Leonor le gritó que interviniera, que explicara que la sonrisa de Silvestre era un reflejo involuntario, una falla en las conexiones de su cerebro dañado. Pero sus pies no se movieron. Una parálisis cínica la ancló al suelo. «Déjalos», susurró una voz en su cabeza, la voz de su propia fatiga moral. «Déjalos que se devoren. Quizás el Mudo es el único inocente y por eso deben destruirlo. Es la ley del valle».


Pero entonces, una sombra negra se interpuso entre el herrero y el idiota.


El Padre Eustaquio extendió los brazos en cruz, imitando el gesto de aquel a quien servía sin fe. Su sotana aleteó como las alas de un cuervo herido.


—¡Atrás! —su voz no fue un trueno, sino un chasquido seco, pero bastó para detener el primer embate—. ¡Atrás, hienas! ¿Queréis sumar un asesinato a una desaparición?


El herrero se detuvo, respirando con dificultad, los ojos inyectados en sangre.


—Él sabe, padre. El Mudo sabe. El diablo le habla al oído porque no tiene lengua para contarlo.


—El silencio de Silvestre es más puro que vuestras oraciones —replicó Eustaquio, sintiendo cómo la frase le quemaba la garganta. ¿Creía eso? ¿O era solo retórica para evitar un linchamiento? Miró hacia abajo, a Silvestre. El muchacho había vuelto a su cuerda, anudándola y desanudándola con una concentración obsesiva.


Eustaquio sintió un vértigo existencial. Allí estaba el misterio encarnado: un ser humano desprovisto de razón, incapaz de pecar porque era incapaz de elegir, y sin embargo, su mera presencia actuaba como un espejo ustorio que concentraba la vileza de los demás hasta prenderles fuego. Silvestre no hacía nada, y al no hacer nada, lo provocaba todo. Era insoportable.


—Dispersaos —ordenó Eustaquio, aunque le temblaban las piernas—. Organizaremos cuadrillas. Buscaremos en las quebradas, en los pozos viejos, en el monte. Dios no ha tomado al niño. El niño se ha perdido. Y nosotros lo encontraremos.


—¿Y si no? —preguntó Bernarda, con la voz rota, cayendo de rodillas en el polvo—. ¿Y si se lo ha tragado la tierra?


—Entonces la tierra nos lo devolverá —dijo una voz femenina, fría y cortante como un bisturí.


Eustaquio levantó la vista y vio a Leonor abriéndose paso entre la gente. Los hombres se apartaban instintivamente; temían al cura por su poder sobre el más allá, pero temían a la partera por su poder sobre la carne y la sangre del más acá.


Leonor se detuvo frente al sacerdote. No se gustaban. Se reconocían como adversarios en el tablero del valle: él administraba consuelos que ella consideraba mentiras; ella administraba verdades que él consideraba obscenas.


—Organizaremos la búsqueda por cuadrantes —dijo Leonor, ignorando la teología para centrarse en la logística—. Herrero, coge a cinco hombres y ve al norte, hacia las peñas. Anselmo, lleva a los viejos al cauce bajo. Padre... —Leonor lo miró a los ojos, y Eustaquio vio en esa mirada grisácea un desafío y una complicidad que le revolvió el estómago—. Usted quédese aquí. Rece. O cuide al tonto. Es lo único que sabe hacer que no estorba.


Eustaquio quiso replicar, quiso imponer su autoridad sagrada, pero la palabra se le murió en la boca. Tenía razón. Ella representaba la acción; él, la parálisis reflexiva.


La multitud comenzó a disolverse, murmurando, transformando la ira en una actividad frenética y desordenada. Bernarda fue levantada por dos vecinas y llevada a la sombra. El sol comenzaba a declinar, pintando el cielo de un tono violáceo, como un hematoma en expansión.


Eustaquio se quedó solo en medio de la plaza con Silvestre. El silencio volvió a caer sobre el valle, pero ahora era un silencio cargado, eléctrico.


El sacerdote se agachó frente al Mudo. El olor de Silvestre era fuerte, almizclado, olor a campo y a sudor antiguo.


—Silvestre —susurró Eustaquio, con una desesperación que no se atrevía a confesar ni en el confesionario—. Mírame.


El muchacho levantó la cabeza. Sus ojos claros se clavaron en los del cura. Y en ese instante, Eustaquio sintió el terror absoluto. No vio a Dios en esos ojos, ni vio al Diablo. Vio la nada. Vio un universo vacío, mecánico, donde los niños se pierden y mueren de sed sin que a ninguna entidad superior le importe, donde el sufrimiento no redime, solo duele.


Silvestre extendió la mano y tocó la mejilla del sacerdote. Sus dedos estaban sucios de tierra.


—Ah... —emitió el Mudo, un sonido gutural que venía de lo profundo de su pecho.


Eustaquio retrocedió, asustado por el contacto, como si aquella inocencia radical pudiera contagiarle y disolver su complejo entramado de culpas y dogmas. Se puso de pie, sacudiéndose la sotana con nerviosismo.


—Vamos adentro —dijo, más para sí mismo que para el otro—. No puedes quedarte aquí cuando caiga la noche. Ellos buscarán un culpable si no encuentran al niño. Y tú eres el chivo expiatorio perfecto, Silvestre. Tú eres el cordero que no sabe que va al matadero.


Empujó suavemente al muchacho hacia la iglesia. Silvestre obedeció, dócil, arrastrando los pies.


Mientras entraban en la penumbra fresca del templo, Eustaquio miró hacia atrás, hacia las montañas que ya oscurecían el valle. Las primeras antorchas de las cuadrillas de búsqueda comenzaban a encenderse, punteando la ladera como luciérnagas enfermas.


El Padre Eustaquio cerró las pesadas puertas de madera, dejando fuera el mundo, dejando fuera la lógica de Leonor y el dolor de Bernarda. Pero sabía que era inútil. El valle estaba dentro. La desaparición de Lucas no era un hecho aislado; era el comienzo de una purga. Sentía, con la certeza de los profetas condenados, que algo se había roto en San Jerónimo, una presa invisible que contenía la locura colectiva.


Se arrodilló de nuevo frente al altar. La mosca había vuelto. Esta vez caminaba sobre los labios del Cristo.


«Habla», rogó Eustaquio, apretando las manos hasta que los nudillos se pusieron blancos. «Di algo. Justifica este horror. Dame una razón para no abrir esa puerta y entregar al idiota a la turba, para no unirme a ellos y destrozar lo que no entiendo».


Pero el Cristo de madera callaba, con su paciencia geológica, y solo el zumbido de la mosca respondía, tejiendo una letanía profana en el aire viciado de incienso y miedo. Y en un rincón, sentado en el suelo de baldosas frías, Silvestre El Mudo comenzó a mecerse, con una sonrisa beatífica en el rostro, mientras fuera, la noche devoraba al valle y a sus hijos.