1 — Necesidad biológica.
Ryusei Shidou siempre había creído que el mundo era su patio de recreos y que sus impulsos eran la única brújula que valía la pena seguir. Durante años, esa brújula había apuntado con precisión hacia la perfección gélida de Sae Itoshi, nunca a alguien más. Juntos habían creado algo que, en teoría, debería haber sido el trofeo final de su carrera: Charles. Incluso se casaron.
Pero mientras observaba a Charles cruzar el salón, Shidou se dio cuenta de que el "trofeo" se estaba transformando en algo mucho más peligroso.
Para Shidou, Charles siempre había sido una extensión de su propio ego. Sin embargo, en los últimos meses, esa percepción se había distorsionado. Ya no veía en Charles al niño que necesitaba que le enseñaran a leer y escribir; veía una criatura que exhalaba la misma energía salvaje que él, pero envuelta en una fragilidad engañosa que le revolvía el estómago.
Shidou empezó a obsesionarse con el rastro que Charles dejaba en la casa. No era el perfume caro de Sae, era algo primario. Un olor a juventud, a dulzura. Cada vez que pasaba cerca de la habitación de su hijo, Ryusei se descubría inhalando con una profundidad que lo hacía odiarse y desearse a partes iguales.
Sus ojos, antes enfocados en el campo de fútbol y Sae, ahora escaneaban a Charles con una precisión quirúrgica. Se fijaba en cómo el tendón de aquiles de su hijo se tensaba cuando caminaba descalzo, o en la forma en que la clavícula de Charles sobresalía bajo la luz tenue en la cena, sus muslos rosarse mientras caminaba, y sobre todo su parte trasera moverse con cada salto. Cosas que un padre no debería notar. Cosas que Ryusei Shidou, el demonio de Blue Lock, devoraba con la mirada.
No podía evitarlo, era una necesidad primaria. Ryusei, antes, pondría las manos en el fuego diciendo que solo el fútbol y Sae lo eran.
Shidou cerró los ojos por un instante en una de las muchas noches de insomnio, en las cuales solo se sentaba en la cama mientras Sae dormía a su lado. Dejó que su mente viajara a un entrenamiento de la semana pasada. Charles se había caído y Shidou se acercó para levantarlo. Al sujetarlo por los antebrazos, sintió la suavidad de su piel y el rico olor de su cabello.
En ese momento, un pensamiento intrusivo lo golpeó como un disparo: “¿Cómo se sentiría esa piel si la presionara contra la mía propia? Y ese olor… ¿se mezclaría con el mío?”
Apretó los dientes. Ese pensamiento no era una chispa pasajera; era una raíz que se hundía profundamente en su sistema nervioso. Recordó cómo Charles le había sonreído después, limpiándose el barro de la mejilla con un gesto tan inocente que resultaba obsceno para la mente ya contaminada de Ryusei.
Esa noche, debió de ir al baño para bajar esa erección que se había formado en sus pantalones, goteante y palpitante.
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Sentado en el rincón más oscuro del salón, Shidou observaba a Sae y a Charles interactuar. Sae hablaba de técnica, de ángulos, de lógica común en el fútbol, aunque Charles era más parecido a su padre en ese sentido: jugar por instinto.
Shidou no escuchaba nada de eso. Él solo veía la forma en que Charles inclinaba la cabeza, dejando expuesta la línea de su cuello, un blanco perfecto que no paraba de pensar el cómo se vería luego de una mordida.
“Es mi propia sangre la que corre por esas venas"
Pensaba Shidou, sintiendo un calor violento subir por su espina dorsal.
“Es mi ADN, mi fuerza, mi fuego. ¿No me pertenece entonces el derecho de consumirlo? ¿No es Charles la versión definitiva de todo lo que he deseado? ¿No puedo profanar mi propia creación?”
La idea de que Charles fuera "suyo" en un sentido que trascendía la paternidad se volvió una droga. Ryusei empezó a fantasear con romper esa barrera invisible. Se imaginaba a sí mismo reclamando cada rincón de la existencia de Charles, borrando la influencia de Sae y dejando solo su marca, una marca que no fuera un apellido, sino una cicatriz de posesión.
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Cada vez que Charles se sentaba en su regazo por costumbre, Shidou sentía que estaba jugando con una granada sin seguro. Ya no podía ver el acto como una muestra de afecto común de padre e hijo. Para él, era el peso de la tentación presionando directamente contra su autocontrol.
Sentía el calor de los muslos de Charles sobre los suyos y su mente se llenaba de imágenes estroboscópicas: Charles gritando su nombre, no como un hijo llama a un padre, sino como una víctima llama a su captor, o como un amante se rinde ante lo inevitable.
"Estás caminando sobre un campo minado, Charlie"
Pensó Shidou mientras sus dedos rozaban distraídamente el cabello rubio del chico.
“Y lo peor es que creo que ambos estamos esperando que yo pise la primera mina…”
El deseo no era solo físico; era una necesidad de colisión biológica. Shidou quería ver hasta dónde podía llegar ese "hijo" antes de romperse, o antes de que ambos se fundieran en un incendio que Sae nunca podría apagar.








