Prólogo
Los daneses, también conocidos como Vikingos, asesinos, crueles, sanguinarios.
Los sajones, también conocidos como los cristianos, mentirosos, avariciosos, traidores.
Depende de a qué bando preguntes, las respuestas serán una u otras, ambos bandos se odian, desean la aniquilación de los otros, guerras, muertes, sangre, sufrimiento, es lo que dejan allí donde van.
Mi nombre no importa pues no soy nadie, mi patria, mi hogar tampoco importa, porque ya no la tengo, pero hubo una vez que la tuve, hubo una vez en el que tuve una familia y fui feliz, pero eso fue cosa de aquella niña con nombre y hogar. Ahora no soy nadie. Pero supongo que debo contar la historia de aquella niña para que comprendáis cómo he llegado a ser quien soy.
Mi padre era un gran señor sajón, respetado, amado por sus siervos, justo y leal a su rey, su señora, mi madre, era una dama bondadosa, cariñosa y, en su rostro siempre había una sonrisa, crió a tres hijos en una casa llena de amor.
Eadgar el mayor de sus hijos, un joven de quince años, ducho en el arte de la espada, siempre junto a mi padre, aprendiendo de sus enseñanzas, pues algún día aquellas tierras serían suyas y tenía que aprender no únicamente a defenderlas, sino a ser un señor justo. Osbeorn, era el segundo hijo de la familia, de diez años de edad, deseoso de aprender de su hermano, siempre soñando con batallas y en convertirse en un gran guerrero, a sus padres en cambio no les hizo tanta gracia cuando jugando con su hermana pequeña le golpeó con la espada en la cara, haciendo que la más pequeña de la familia, Katherine, la única hija del matrimonio, la consentida de su padre y el dolor de cabeza de su madre por su inquietud incluso a sus cinco años de edad.
Pero muy pocos recordarían la felicidad de aquella familia sajona cuando los daneses comenzaron a invadir sus tierras, una lucha encarnizada se cobró la vida del hijo mayor del matrimonio, que lloró a su hijo, dándole una misa cristiana y enterrándolo en la tierra santa, Katherine no llegó a comprender porqué su hermano Osbeorn ahora se llamaba Eadgar cuando ese era el nombre de su hermano mayor fallecido, más tarde sabría que era la costumbre sajona de poner al hijo vivo el nombre del mayor, que en este caso era el del padre. Aunque no todos tenían esa costumbre, muchos así lo hacían. Pero la joven no tuvo tiempo de protestar, tampoco es que le hubiera servido de mucho, pero la guerra continuaba, los daneses atacaban y Katherine fue escondida junto a su madre y las demás mujeres en el sótano. Los gritos, el fuego, el olor a sangre, los llantos, son cosas que Katherine tendría en sus pesadillas mucho tiempo. El ruido en la puerta, las mujeres rezando, su madre escondiendola en un pequeño hueco de la pared, pidiéndole que fuese fuerte y que por nada saliese de allí. Katherine tenía miedo, quería ir con su madre, quería a su hermano, quería…, daba igual lo que quisiera aquella chiquilla de cinco años. Pues las puertas se abrieron de golpe, los gritos, la sangre, el terror… y luego… el silencio. Y desde su pequeño escondrijo Katherine fue testigo de cómo su madre la abandonaba para ir al encuentro de su hijo mayor. Pasaron días antes de que Katherine saliese, pero el hambre, el dolor de estar sin moverse y el hedor, lo peor era el hedor de los cadáveres que allí se encontraban…, el hedor de su madre que la miraba con ojos sin vida.