Game of Kings

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Summary

En este mundo no existen los finales felices. Existen alianzas, traiciones y pactos sellados con sangre. Andrea Skandaj no nació para ser reina… pero aprendió a jugar como una. Infiltrada en el imperio más poderoso de Europa, rodeada de hombres que gobiernan desde las sombras, descubre que el amor no es debilidad… es un arma. Blake Piper, el heredero de un imperio corporativo que ella jura destruir. Nick Hotter, coronel de la agencia más poderosa del mundo, estratega letal, acostumbrado a que todos obedezcan. Iván Volkov, el lobo de la Bratva, dominante y peligroso… cuya obsesión por ella amenaza con desatar una tormenta de sangre. Dante Rusell, príncipe por nacimiento y líder de la mafia italiana por derecho, criado para gobernar… y dispuesto a conquistar todo lo que desee. Cuatro hombres. Cuatro imperios. Una sola mujer en el centro del tablero.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Andrea Skandaj

El cristal del edificio Piper & Co. International Holdings reflejaba un cielo gris, encapotado, tan típico de Londres en noviembre que parecía un cliché cinematográfico. Pero yo no veía las nubes, ni la llovizna fina que empezaba a manchar mi abrigo color camel. Me veía a mí misma. O, al menos, a la fachada que William me había ayudado a construir meticulosamente durante las últimas tres semanas.

Alisé la falda de mi traje sastre. La tela era costosa, suave al tacto—Respira, Andrea— susurré, mi aliento empañando levemente el aire frío.

Tengo un título universitario en Relaciones Internacionales colgado en la pared de mi habitación, una maestría en Negocios Internacionales de una de las mejores universidades del país, hablo cinco idiomas con la fluidez de un diplomático, inglés, francés, español, alemán y albanés. Pero mi currículum—ese pedazo de papel impecable que William había ajustado para esta misión—solo destacaba lo necesario para infiltrarme aquí.

Soy una agente especial de operaciones encubiertas en F.E.N.I.X., la Fuerza Élite Nacional e Internacional X. He dedicado la otra parte de mi vida al comando militar. Mi padre es un general. Nos metió a mi hermano Adler y a mí en el programa desde niños. Fuimos cadetes, cabos, soldados, y ascendimos sin piedad hasta llegar a el nivel en el que estamos.

Me había tomado una licencia de F.E.N.I.X. para esta venganza personal. William me había facilitado un apartamento en Londres y mi entrada a la firma de inversión y consultoría de alto nivel más agresiva de la ciudad.

La entrada giratoria del edificio se tragó a un grupo de ejecutivos y me obligué a seguirlos. El vestíbulo era una catedral al capitalismo, techos de diez metros de altura, mármol blanco veteado de gris que recordaba a las lápidas antiguas y un silencio reverencial que solo se rompía por el repiqueteo de tacones caros.

«Caleb Piper. Blake Piper. Reece Piper. Caleb Piper Jr.».

Los nombres resonaron en mi mente con el ritmo de un latido cardíaco. El padre y los tres hijos. El arquitecto de mi dolor y sus herederos.

Me acerqué a la recepción. La mujer detrás del mostrador tenía una sonrisa que no le llegaba a los ojos, entrenada para filtrar a la plebe de la élite—Buenos días. Soy Andrea Skandaj. Tengo una cita con recursos humanos, hoy es mi primer día—dije en un inglés impecable, con un acento británico pulido.

La recepcionista tecleó algo, sus uñas perfectamente manicuradas haciendo un sonido rítmico—Ah, sí. Señorita Skandaj. Asistente Ejecutiva para el área de dirección. Piso 42. Tome el ascensor de la derecha.

Asentí con la cabeza, manteniendo la barbilla alta. Mientras caminaba hacia los ascensores, sentí ese viejo fantasma que me atormentaba, el frío que se instaló en mis huesos a los ocho años, cuando mi vida se partió en dos.

Tenía que recordar por qué estaba aquí. No por el sueldo, que era exorbitante. No por el prestigio. Estaba aquí por sangre. Mientras el ascensor ascendía a una velocidad que me revolvía el estómago, cerré los ojos un segundo.

La imagen vino sin permiso, brutal y vívida. Aquella noche en la casa de los Faulkner, en las afueras de París, Francia. Yo tenía ocho años, un vestido blanco con volantes que mi madre me había comprado para la cena.

Los Faulkner eran los mejores amigos de mis padres, diplomáticos franceses con un pie en el mundo de los negocios, pero para mí, solo eran el tío y la tía que traían chocolates de sus viajes. William, su hijo mayor de doce años, era mi compañero de aventuras, el chico que me enseñaba a trepar árboles y a contar estrellas en el jardín. Joshua, su hermanito de cinco, era un torbellino de risas y preguntas infinitas.

Mi padre, el general Alex Torrance, había prometido llegar tarde. Tenía que pasar por la escuela de ballet de Helen, mi hermana menor de seis años. Solo estábamos Elisa, mi hermana mayor de trece, mi madre, los Faulkner y sus hijos. Adler, mi otro hermano mayor, había preferido quedarse en casa; no era de los que le gustaban esas reuniones familiares.

La cena era una excusa para que los adultos hablaran de "asuntos importantes", como decían. Yo jugaba con William en el salón, construyendo fortalezas con cojines, mientras Joshua dormía la siesta en el sofá. El olor a lasaña y puré de patata que estaban preparando nuestras madres flotaba en el aire.

Recuerdo haber escuchado algo. No fue un golpe. Fue un crujido seco. Como madera cediendo. Después vino el estruendo. Puertas derribadas, gritos ahogados. Hombres enmascarados irrumpieron como sombras vivas, armados con silenciadores que escupían muerte en susurros. Vi a mi madre caer primero, un tiro limpio en el pecho mientras intentaba escudarnos. Elisa gritó, trató de correr hacia mí, pero una bala la alcanzó en la espalda. El padre de William recibió un disparo en la cabeza mientras suplicaba por sus hijos. Su madre fue acuchillada, un corte rápido y cruel. Joshua... pobre Joshua, lo mataron en su sueño, como si ni siquiera valiera la pena despertarlo.

William y yo nos escondimos bajo la mesa del comedor, temblando, sus manos cubriendo mi boca para que no gritara. El olor a sangre y pólvora se mezclaba con el de la comida enfriándose. Los asesinos buscaban algo—documentos, dinero, venganza por algún acuerdo fallido en el mundo que unía a nuestros padres. No encontraron lo que querían, o tal vez sí, pero nos dejaron por muertos en el caos.

Cuando mi padre llegó, era un infierno. Él y sus hombres irrumpieron, pero era demasiado tarde. Nos encontraron a William y a mí acurrucados, cubiertos de sangre ajena, los ojos vacíos como pozos.

Esa noche, en el hospital, William y yo nos tomamos de las manos sobre las sábanas blancas—Siempre juntos—susurró él, con la voz rota—Los haremos pagar. Juramos venganza, un pacto sellado en trauma infantil.

Los años siguientes fueron un borrón de entrenamiento y ambición. Mi padre nos metió a Adler y a mí en el programa militar. Ascendimos sin piedad, impulsados por el fantasma de esa noche. F.E.N.I.X. me moldeó en una agente especial de operaciones encubiertas, experta en atrapar a los intocables, mafiosos, traficantes, corruptos.

William tomó un camino diferente. Huérfano, adoptado por parientes lejanos, se sumergió en el bajo mundo. Ascendió en la mafia francesa, luego expandió su imperio a Londres y más allá. Hoy es el líder de una de las organizaciones más letales. Brillante en su doble vida, William es ingeniero químico y farmacéutico, neurocientífico, neurofarmacólogo, bioquímico y psiquiatra—habilidades que usa para innovar en venenos sutiles, drogas de control mental y terapias manipuladoras que fortalecen su red criminal. Irónico, ¿no? Yo, dedicada a desmantelar imperios como el suyo, y él, mi único aliado verdadero en esta cacería.

El sonido del ascensor me sacó de mis recuerdos. Las puertas se abrieron en el piso 42, un espacio de cristal y acero. Había una tensión en el aire, una electricidad estática que me puso los vellos de punta—¿Andrea Skandaj?

Me giré. Un hombre joven, con gafas de montura gruesa y aspecto de no haber dormido en tres días, sostenía una tablet como si fuera un escudo—Sí, soy yo.

—Bienvenida al piso de dirección, señorita Skandaj. Soy Gabriel Leyton, asistente administrativo. La llevaré a su oficina y le explicaré lo básico que necesita saber para empezar. Mientras caminábamos por el pasillo Gabriel ajustó sus gafas y bajó la voz, como si estuviera compartiendo un secreto de estado—Hoy el señor Piper está de mal humor. Solo es un aviso amistoso para que vaya con cuidado.

—El señor Piper? ¿Caleb Piper?—pregunté, fingiendo sorpresa mientras mi pulso se aceleraba ligeramente.

Gabriel soltó una risa breve, casi nerviosa.

—No, el señor Piper rara vez nos honra con su presencia. Me refiero a Blake Piper, uno de sus hijos y el director de la empresa. ¿No te lo dijeron en la entrevista? Vas a trabajar directamente bajo su supervisión.

No, no me lo habían dicho. William había hackeado la base de datos para ponerme en la cima de la pila, quería que estuviera cerca, pero esto era estar en la boca del lobo desde el minuto uno.

—Debió pasárseme por alto—mentí con suavidad.

Gabriel me guió hasta una puerta al final del pasillo y la abrió con un gesto fluido. La oficina era pequeña pero lujosa, con muebles de madera oscura pulida, un escritorio ergonómico y un ventanal que ofrecía una vista parcial del Támesis serpenteando a lo lejos. No era grandiosa, pero si mejor de lo que esperaba.

—Puedes dejar tus cosas aquí—dijo, señalando el perchero junto a la puerta—Sígueme, te indicaré lo esencial.

Salimos de nuevo al pasillo, y Gabriel comenzó a señalar con la tablet como si fuera un puntero láser—Esa de allá es la oficina del señor Piper. Como su asistente ejecutiva, te encargarás de gestionar su agenda, preparar informes confidenciales, coordinar reuniones de alto nivel y manejar comunicaciones sensibles. Básicamente, serás sus ojos y oídos en el día a día. Espera llamadas a cualquier hora; no respeta mucho el horario de oficina.

Luego, giró hacia la izquierda.

—Aquí está la sala de reuniones principal del piso, equipada con lo último en tecnología para videoconferencias seguras. Se usa para juntas ejecutivas y presentaciones internas.

Señaló una puerta doble con placa dorada.

—Esa es la oficina del subdirector general, Ryan Fairchild. Él supervisa las operaciones globales. Un poco más adelante, dos oficinas adyacentes—Aquí, la de Mason Fairchild, director del área de finanzas. Y al lado, la de Jack Fairchild, subdirector financiero. Manejan todo lo relacionado con inversiones, presupuestos y auditorías.

Gabriel hizo una pausa, bajando la voz de nuevo.

—En el piso de abajo están el resto de las oficinas del mando directivo. Emma Volkov, directora de relaciones públicas; Jenna Hale, su subdirectora; y Derek Hale, director de seguridad digital. Hay otros puestos clave, como el director de fusiones y adquisiciones, Jacob Weder, y la jefa de cumplimiento normativo, Ángela Blakely. Tendrás que familiarizarte con ellos pronto, ya que coordinarás interacciones entre departamentos.

Emma Volkov... el nombre me sonó inmediatamente. La había visto en revistas de sociedad, posando junto a Blake Piper en galas benéficas y eventos de alto perfil. Era su prometida, según los rumores que circulaban en los círculos que frecuentaba. Pero gracias a mi trabajo en F.E.N.I.X., sabía mucho más, su padre, Sergei Volkov, era el líder indiscutible de la Bratva, la mafia rusa, con tentáculos en el tráfico de armas, lavado de dinero y extorsión a escala internacional. Su hermano mayor, Ivan Volkov, era el futuro heredero, entrenado desde joven para tomar el mando. Y sus otros dos hermanos, Adrian y Asher Volkov, ambos inmersos en el bajo mundo como ejecutores y operativos, con historiales manchados de violencia y contrabando. Que Emma estuviera en la empresa, con una relación tan íntima con Blake... no podía ser coincidencia. Era otro hilo en la red que conectaba a los Piper con el crimen organizado, uno que planeaba desenredar con cuidado.

Caminamos en silencio hacia el final del pasillo, donde una las puertas dobles marcaban el territorio de Blake Piper. Gabriel se detuvo frente al escritorio de la secretaria, una mujer que parecía sacada de la portada de Vogue. Era joven, de unos veintitantos años, y deslumbrantemente bonita. Su cabello rubio platino caía en ondas perfectas y sedosas sobre los hombros de una blusa de diseñador que se ajustaba a su figura de una manera que coqueteaba peligrosamente con los límites del código corporativo. Tenía unos labios carnosos pintados de un tono melocotón brillante, uñas esculpidas de forma almendrada y unos ojos verdes y afilados que se alzaron de la pantalla de su ordenador de última generación.

Me observó con una mezcla de aburrimiento y una calculada superioridad, parpadeando lentamente con unas pestañas larguísimas—Chloe—la llamó Gabriel, su voz perdiendo un poco de la confianza que había mostrado durante el recorrido—Ella es la señorita Andrea Skandaj. La nueva asistente ejecutiva. ¿Podrías avisarle al señor Blake que ha llegado?

Chloe dejó de teclear. Sus ojos verdes me recorrieron de arriba a abajo, evaluando el corte de mi traje sastre, la marca de mis zapatos y la ausencia de maquillaje excesivo en mi rostro. Una minúscula sonrisa, carente de cualquier calidez genuina, curvó sus labios—Claro, Gaby—respondió ella con una voz dulce y aterciopelada que contrastaba con la frialdad de sus ojos. Levantó el auricular del teléfono de su escritorio, presionó un botón y habló en un susurro meloso—Señor Piper, su nueva asistente está aquí.

Hizo una pausa de un segundo, asintió para sí misma y colgó con un movimiento delicado. Volvió a mirarme, indicando con un gesto perezoso de su mano perfectamente cuidada hacia las imponentes puertas dobles—Puede pasar.

Gabriel me miró con una sonrisa rápida, casi compasiva.

—Mi oficina está dos puertas más allá, en el pasillo de la izquierda. Si necesitas algo, solo avísame. Bienvenida de nuevo, y buena suerte.

Se despidió con un gesto de cabeza y se alejó, dejándome sola frente a la puerta. Respiré hondo, ajustando mi expresión a una máscara de profesionalismo sereno. Dejé que la máscara de la perfecta e intocable asistente ejecutiva se adhiriera a mi piel.

Empujé las puertas y entré. La oficina era obscenamente grande, una exhibición de riqueza diseñada para aplastar el ego de cualquiera que cruzara el umbral. Estanterías de madera negra cubrían una pared entera, y el mobiliario era de líneas duras y agresivas Blake Piper estaba de pie, dándome la espalda, mirando a través del inmenso ventanal que iba del suelo al techo y que ofrecía una vista panorámica del horizonte londinense. Mantenía las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de vestir gris, hecho a medida, ciñéndose a una figura imponente. Era absurdamente alto, calculé un metro noventa y cuatro sin esfuerzo. No llevaba chaqueta. Su camisa blanca, impecable, se adhería a la musculatura de su espalda ancha.

Me detuve a un par de metros de su escritorio, recta y formal—Buenos días, señor. Soy Andrea Skandaj, la nueva asistente ejecutiva.

No se movió de inmediato. Dejó pasar los segundos de manera deliberada, un juego de poder silencioso. Finalmente, se dio la vuelta. El aire pareció evaporarse de mis pulmones. Las fotos no le hacían justicia. Blake Piper era, de una manera retorcida e insultante, jodidamente atractivo. Un atractivo letal, oscuro. Su rostro parecía tallado en mármol, mandíbula afilada, tensa por la arrogancia, pómulos cortantes y labios rectos sin asomo de amabilidad. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, pero un par de mechones rebeldes caían sobre su frente. Las mangas de su camisa estaban remangadas hasta los codos, exponiendo antebrazos gruesos, venosos y trabajados que hablaban de pura fuerza física. Llevaba la corbata oscura ligeramente aflojada en el cuello, un detalle de rebeldía en un hombre que dictaba las reglas.

No me ofreció asiento. En su lugar, me observó sin el más mínimo disimulo. Su mirada fue física, pesada. Me recorrió desde la punta de mis tacones, subiendo lentamente por mis piernas, delineando mis caderas bajo la falda, deteniéndose en mi pecho, mi cuello, hasta clavarse en mis ojos. Fue un escrutinio arrogante, descarado; me estaba desarmando pieza por pieza, pesándome y encontrándome inferior. Emanaba un egocentrismo tóxico, una soberbia tan palpable que asfixiaba.

—¿Cómo dijo que se llamaba?—preguntó, su voz profunda y autoritaria, con un acento alemán pulido. No se movió de su lugar, manteniendo la distancia como un rey en su trono, sin una pizca de sonrisa en su rostro impasible.

Mantuve la barbilla en alto.

—Andrea Skandaj, señor.

Soltó un chasquido de desdén y acortó la distancia hacia su escritorio con pasos de depredador. Se apoyó en la mesa de cristal, inclinándose hacia mí. Su proximidad trajo consigo el aroma a cedro, vetiver y poder puro—La llamaré Skandaj—dictaminó, su tono carente de cualquier inflexión de duda, frío como el hielo—Seguramente olvidaré su nombre para antes del mediodía

Apreté los dientes detrás de mis labios cerrados.

—Como usted prefiera, señor Piper—me limité a responder.

—No me gustan los errores, Skandaj. Desprecio la incompetencia y la debilidad—declaró, enderezándose para mirarme desde arriba—Si se hunde bajo la presión, la despediré antes de que pueda pestañear. ¿Ha quedado claro?

—Sí, señor—respondí, manteniendo el tono neutro y la mirada fija en un punto imaginario justo por encima del nudo aflojado de su corbata. No le daría la satisfacción de ver vacilar mis ojos.

Él no añadió nada más. Se apartó del borde de la mesa con una fluidez perezosa que contrastaba con su enorme tamaño y rodeó el mueble. Se dejó caer en su silla de cuero negro, recostándose con la arrogancia de un monarca en su trono. Con un movimiento desinteresado, tomó un documento que descansaba perfectamente alineado sobre la impecable superficie de cristal de su escritorio.

Sus ojos oscuros escanearon el papel en silencio durante unos segundos interminables. El único sonido en la vasta oficina era el crujido del papel entre sus largos dedos—«Dominio fluido del albanés» —leyó de pronto en voz alta, su voz grave arrastrando las sílabas con un inconfundible tono de burla.

Era mi curriculum.

Levantó la vista del papel apenas un instante—Un idioma bastante exótico para una simple asistente. Vi la apertura y, operando bajo el instinto de justificar mi falsa identidad, intenté tomar la iniciativa.

—Mi familia tiene raíces en Europa del Este, señor Piper. Además de mi crianza bilingüe, consideré que dominar idiomas menos convencionales me daría una ventaja táctica y competitiva en la apertura de nuevos mercados, especialmente considerando las expansiones de Piper & Co. hacia…

—No le he preguntado, Skandaj—me cortó en seco.

Su voz chasqueó en el aire como un látigo, gélida y absoluta. Dejó caer el currículum sobre el escritorio con un gesto de total desdén, como si la hoja o mis palabras de repente le resultaran una pérdida de tiempo intolerable—No me interesa su árbol genealógico, ni sus ambiciones académicas, ni lo que usted considera una "ventaja táctica"—continuó, inclinándose hacia adelante. Apoyó los codos sobre el cristal y entrelazó las manos, clavando su mirada de depredador directamente en la mía—Para que lo entienda desde este mismo segundo, usted no está aquí para pensar estrategias, ni para darme información que no he solicitado, mucho menos para mantener conversaciones triviales.

Hizo una pausa, dejando que la hostilidad de sus palabras llenara el espacio entre nosotros—Está aquí para ejecutar mis órdenes. Para filtrar mi basura. Para que mi día funcione sin que yo tenga que lidiar con la incompetencia de los demás. Si en algún momento, por algún milagro, necesito su opinión, se la pediré explícitamente. Cosa que dudo mucho que ocurra.

Me sostuvo la mirada, desafiándome a replicar, buscando cualquier grieta en mi fachada—¿He sido lo suficientemente claro o necesita que se lo traduzca al albanés para que lo entienda?

Mantuve la mirada fija en sus ojos oscuros. La agente entrenada para soportar torturas físicas y simulacros de interrogatorios sin emitir un sonido fue traicionada de pronto por la mujer que se negaba a ser tratada como basura por un engreído con traje a medida—No será necesario, señor Piper—las palabras escaparon de mis labios antes de que mi sentido común pudiera activar el freno de emergencia—Entiendo perfectamente el idioma de la condescendencia.

Mierda. El pensamiento gritó en mi mente en el instante en que cerré la boca. Me maldije internamente, sintiendo el fantasma de un sudor frío recorrer mi espina dorsal. Tres semanas de preparación meticulosa con William, años de disciplina militar implacable en F.E.N.I.X., todo a punto de irse directo al diablo en mis primeros cinco minutos porque no pude tragarme mi orgullo. Fui una idiota impulsiva.

La temperatura en la enorme oficina pareció caer diez grados de golpe. Blake no parpadeó. Los músculos de sus hombros y cuello se tensaron de forma visible bajo la fina tela de su camisa blanca. Lentamente, como un depredador que acaba de escuchar el crujido de una rama debajo de la bota de su presa, se inclinó aún más hacia adelante—¿Cómo dijo?—Su voz ya no era un chasquido gélido; era un trueno bajo, un rugido contenido y letal que pareció hacer vibrar el cristal de su escritorio.

Mi corazón dio un latigazo doloroso contra mis costillas, pero forcé a mis pulmones a respirar con normalidad. Tragué saliva, obligando a mi expresión a suavizarse, buscando desesperadamente la máscara de sumisión y profesionalismo que requería mi coartada—Le ofrezco una disculpa, señor Piper—dije, bajando la vista hacia su corbata por una fracción de segundo en señal de capitulación antes de obligarme a volver a sus ojos—Fue un comentario completamente fuera de lugar. Le aseguro que no se repetirá. Estoy aquí para facilitarle el trabajo, y sus instrucciones han quedado más que claras.

Él no aceptó la disculpa de inmediato. En lugar de eso, se incorporó en toda su imponente estatura y rodeó el escritorio con pasos medidos, lentos y silenciosos. Mi instinto táctico me gritaba que retrocediera, que levantara la guardia, que calculara el ángulo de sus rodillas para derribarlo, pero anclé mis tacones en la costosa alfombra gris y me obligué a quedarme inmóvil.

Se detuvo a escasos centímetros de mí. Su altura era abrumadora; tuve que inclinar la barbilla hacia arriba para poder sostenerle la mirada. El aroma a cedro, vetiver y poder puro ahora me asfixiaba, envolviéndome en una burbuja donde solo existía él. Lentamente, levantó una mano. Mi cuerpo entero se tensó, preparándose para un impacto, pero obviamente no iba a golpearme. En su lugar, rozó con el dorso de sus nudillos la solapa de mi abrigo color camel, a milímetros de la piel de mi clavícula. El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, una presencia física que parecía consumir el oxígeno a mi alrededor—Esa lengua afilada suya, señorita Skandaj—susurró. Su voz profunda vibró justo por encima de mi rostro, oscura y rasposa—Podría ser entretenida en otras circunstancias. Pero aquí, en mi territorio... una insolencia más, una sola respiración fuera de lugar, y no solo la despediré. Me encargaré personalmente de arruinar ese impecable currículum suyo hasta que la única empresa que la contrate en toda Europa sea para fregar suelos.

Inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos negros clavándose en los míos con una intensidad devoradora—¿Nos entendemos, o necesito demostrarle físicamente lo condescendiente y despiadado que puedo llegar a ser?

Tragué el nudo de rabia que amenazaba con cerrarme la garganta, pero me negué a bajar la vista—Le aseguro que entiendo mi lugar, señor Piper. No necesito ninguna demostración física—respondí, mi voz goteando una calma helada que contrastaba con el fuego que ardía en mi pecho.

Una sonrisa perversa, oscura y cargada de una intención peligrosa, curvó la comisura de sus labios. Se inclinó una fracción de milímetro más, su respiración rozando mi mejilla—Eso espero, Skandaj. Porque si sigue retándome con esa boca insolente, voy a empezar a creer que lo que realmente busca es que la ponga de rodillas en esta oficina para algo muy distinto a pedir disculpas—murmuró, su mirada descendiendo a mis labios con una lentitud insultante—¿Acaso está intentando provocarme de la manera equivocada?

¿Acaso él está insinuando lo que creo? El pensamiento cruzó mi mente como un rayo, pero fue interrumpido por el estruendo de las pesadas puertas dobles abriéndose de golpe rompió la tensión como un cristal haciéndose añicos. Blake retrocedió de inmediato, alejándose de mí como si el contacto visual quemara. Su postura se relajó en un parpadeo para adoptar una frialdad impenetrable mientras se ajustaba el cuello de la camisa.

Me giré a medias. Era imposible no reconocerla. El cabello rubio perfectamente estilizado, la figura perfecta enfundada en un vestido de diseñador, y esos penetrantes ojos azules. Emma Volkov. La princesa de la Bratva.

Entró como un huracán, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. Estaba tan cegada por su propia furia que ni siquiera registró mi presencia a unos metros del escritorio—¡¿Qué demonios pasó anoche?!—estalló, su voz aguda rebotando en las paredes de madera oscura—¡Me dejaste plantada en el restaurante! ¿Tienes la menor idea de lo humillante que fue tener que inventarle una excusa a mi padre? Me prometiste que vendrías, que hablaríamos de los planes de la boda... Mi padre viajó desde Moscú...

Blake dejó escapar un suspiro pesado, ruidoso y cargado de un fastidio abrumador. Se frotó el puente de la nariz, ignorando por completo su rabieta monumental—Surgió un contratiempo. Un asunto de negocios, Emma. Deja el maldito drama—espetó él, su voz monótona, desprovista de cualquier remordimiento—Así me conociste. Sabías perfectamente con quién te involucrabas cuando aceptaste ese anillo. Frío, impredecible, enfocado en lo que importa. No intentes cambiarme ahora.

—¿Dejar el drama?—replicó ella, su voz subiendo una octava mientras se plantaba frente a su escritorio, golpeando la superficie con la palma de la mano—¡Nos vamos a casar, Blake! En tres meses, seré tu esposa. Y no solo eso, esto une a nuestras familias, fortalece el imperio. Mi padre espera lealtad, no excusas.

—Si no puedes soportarlo, si vas a montarme una escena de histeria cada vez que cancelo algo, entonces lo mejor será terminar este puto compromiso hoy mismo.

Sus palabras cayeron como una bomba, y vi el rostro de Emma palidecer por un segundo, pero ella se recompuso rápidamente, cambiando su actitud como si pulsara un interruptor. La furia se disolvió en una sonrisa temblorosa, suaves y suplicante, mientras rodeaba el escritorio para acercarse a él—No... no, Blake, por favor, perdóname—suplicó, su voz temblando—Tienes razón, estoy haciendo un drama. Soy una estúpida, lo siento. Te juro que no vuelve a pasar, no te enojes conmigo. Sabes que me moriría sin ti.

Se detuvo frente a él, mirándolo desde abajo con una adoración desesperada que me revolvió el estómago.

—Te amo demasiado, Blake—continuó, su tono volviéndose meloso, casi lastimero—Es solo que ayer me preocupé muchísimo por ti, y como tampoco respondiste los mil mensajes que te envié...

Emma se puso de puntillas, cerrando los ojos e inclinándose para besarlo en los labios. Antes de que sus labios pudieran tocar los de él, Blake giró la cara bruscamente hacia un lado, exponiendo solo su mejilla y mandíbula tensa. Las manos de él subieron y tomaron las muñecas de Emma, no con cariño, sino con la firmeza necesaria para apartarla. La separó de su cuerpo, creando una brecha de aire frío entre los dos—Sabes perfectamente que detesto las muestras de afecto Emma—dijo él, su voz cortante como el filo de un bisturí.

Me quedé inmóvil, observando la escena, procesando la información. ¿Qué clase de hombre rechaza así la intimidad de su propia pareja? Era un rechazo visceral, casi patológico. Vi el destello de crudo rechazo en los ojos azules de Emma, la profunda humillación de ser apartada como si fuera una molestia desagradable. Por un segundo, pareció que se iba a quebrar en pedazos. Pero entonces parpadeó, y la mujer rota y sin dignidad desapareció, reemplazada nuevamente por la fachada de la perfecta e intocable socialité. Forzó una sonrisa deslumbrante, aunque sus ojos seguían opacos—Lo sé, amor, lo siento, no te gustan los besos—murmuró, alisando la falda de su vestido con manos levemente temblorosas—Pero hoy en la noche no te me escapas para cenar, ¿entendido?

Observé toda la dinámica desde mi rincón, invisible pero atenta. Blake era un iceberg con Emma, frío, distante, casi como si su prometida lo irritara en lugar de agradarle. Y ella... pese a su belleza etérea, pese al peso del apellido Volkov, se comportaba como una enamorada sin dignidad, suplicando migajas de afecto de un hombre que claramente no las daba.

—Tal vez—respondió Blake finalmente. Su voz era plana, desprovista de cualquier compromiso real o emoción, casi como si estuviera concediendo un capricho molesto para ganar un poco de paz. Pero para Emma, esa migaja de posibilidad fue más que suficiente. Su rostro se iluminó con una sonrisa triunfal, como si él acabara de prometerle el mundo entero en lugar de un simple y frío monosílabo.

—Perfecto. Te veo en la noche, amor—ronroneó ella, recuperando al instante su aire de superioridad al girar sobre sus costosos tacones. Salió de la oficina con el mismo ímpetu con el que había entrado, y las pesadas puertas dobles se cerraron tras ella con un clic que pareció sellar la habitación de nuevo.

El silencio volvió a adueñarse del espacio, pesado y denso. Blake cerró los ojos y dejó escapar un suspiro profundo, áspero. Llevó una mano a su nuca, amasando los músculos tensos con un gesto que delataba un cansancio absoluto, casi visceral. Por un instante fugaz, el implacable y temido director de Piper & Co. pareció simplemente un hombre drenado por el peso de su propia existencia y de las personas que la habitaban.

Pero la vulnerabilidad desapareció tan rápido como surgió. Sus ojos grises se abrieron, afilados y fríos de nuevo, y se clavaron directamente en mí. Su mandíbula se tensó al registrar mi presencia, como si acabara de recordar que yo seguía de pie en la misma esquina, procesando cada segundo de su humillante espectáculo privado—¿Sigue aquí, Skandaj?—espetó, su tono volviendo a ser un látigo helado y cortante, perdiendo cualquier rastro de la formalidad contenida de antes.

Mantuve la compostura, mi rostro convertido en una máscara en blanco.

—No recuerdo haberle dado permiso para quedarse a presenciar mis asuntos personales—continuó, acortando la distancia hacia su escritorio con pasos duros y cargados de hostilidad—No le pago un sueldo exorbitante para que se quede plantada en mi oficina de chismosa.

Se sentó bruscamente en su silla de cuero y me fulminó con la mirada, desbordando arrogancia —Si ya terminó de fisgonear, le sugiero que mueva sus piernas y vaya a su escritorio. Su jornada ya empezó y no pienso tolerar más pérdidas de tiempo. Fuera de mi vista.

Apreté la mandíbula lo justo para no rechinar los dientes y compuse mi mejor expresión de obediencia—Como ordene, señor Piper.

Él ni siquiera me miró. Su atención ya estaba fija en la pantalla de su ordenador, sus largos dedos listos para teclear—En su correo está absolutamente todo lo que necesita para ponerse al día—dictaminó sin levantar la vista, su voz carente de cualquier inflexión humana—Ahora salga de mi oficina y empiece a justificar su sueldo.

No esperé una segunda invitación. Me di la vuelta con precisión militar y caminé hacia las pesadas puertas dobles, sintiendo la mirada de Blake taladrando mi nuca hasta que el chasquido de la madera cerrándose a mis espaldas me liberó de su asfixiante presencia.

Solté un suspiro imperceptible, ajustando los puños de mi camisa bajo el abrigo. La misión acababa de empezar y ya sentía que caminaba sobre un campo minado. Di un paso rápido hacia el pasillo, con la mente a mil por hora repasando mis prioridades, cuando mi impecable conciencia situacional falló por una fracción de segundo.

Choqué de lleno contra algo. O, mejor dicho, contra alguien.

El impacto me hizo retroceder medio paso. Unas manos grandes y firmes se cerraron suavemente alrededor de mis brazos para estabilizarme antes de que perdiera el equilibrio por completo—¡Wow! Cuidado ahí—dijo una voz masculina, grave pero envuelta en un tono cálido que vibró en el aire.

Alcé la vista y me quedé momentáneamente paralizada. El hombre frente a mí traía consigo una atmósfera muy diferente a la de Blake. No había hielo ni hostilidad; era una presencia sólida, casi magnética, que llenaba el espacio sin esfuerzo. Vestía un traje impecable, gris marengo, pero llevaba la camisa blanca desabotonada en el cuello superior, sin corbata, revelando un atisbo de piel bronceada que sugería que no pasaba todo su tiempo encerrado en una oficina. Su cabello negro, corto pero con un toque de desorden intencional, enmarcaba un rostro que podría haber salido sin problemas de una campaña publicitaria, mandíbula cuadrada, una barba bien recortada que le daba un aire de madurez sofisticada, y unos ojos verdes intensos, brillantes, que escaneaban mi rostro con una inteligencia aguda y divertida. Era guapo, muy guapo, del tipo que hace que una se detenga un segundo para procesarlo antes de recordar cómo respirar.

—Mil disculpas—dijo, soltando mis brazos lentamente, aunque no retrocedió de inmediato. Me regaló una sonrisa ladeada, blanca y perfecta, que hizo que se le formaran pequeñas arrugas en las esquinas de los ojos—Iba distraído y no te vi salir. ¿Estás bien?

Internamente, maldije al torpe que tenía enfrente. ¿Acaso los hombres en este edificio no sabían caminar sin llevarse a la gente por delante?, pero forcé una sonrisa educada—No se preocupe. Estoy bien—respondí, alisando la solapa de mi abrigo con un gesto rápido.

Él inclinó un poco la cabeza, estudiándome con descaro, pero de una forma que resultaba curiosamente encantadora en lugar de invasiva—No te había visto por aquí antes... y créeme, tengo muy buena memoria para los rostros nuevos. Especialmente para los que son así de interesantes.

—Hoy es mi primer día—repliqué, manteniendo el tono profesional, aunque su coquetería era tan evidente que casi resultaba refrescante después del trato glacial de Blake Piper.

—¿Primer día?—Sus ojos verdes se abrieron con fingida sorpresa, y luego lanzó una mirada rápida hacia las puertas dobles de la oficina de la que yo acababa de salir. Soltó un silbido bajo y melodioso—Y saliste viva de la cueva del dragón. Eso merece una medalla, o al menos un café muy cargado.

Extendió una mano hacia mí. Su sonrisa se ensanchó, desbordando carisma—Soy Derek Hale. Director de Seguridad Digital. Básicamente, el tipo que se encarga de que los secretos de esta fortaleza no terminen en internet, y el único en este lugar con sentido del humor.

El nombre hizo clic de inmediato en mi archivo mental. Derek Hale. Seguridad Digital. Una pieza clave en el tablero. Si quería acceder a los servidores más profundos de Piper & Co. sin que las alarmas saltaran, este era el hombre al que tenía que burlar.

Estreché su mano. Su agarre era firme, cálido y seguro.

—Andrea Skandaj. La nueva asistente ejecutiva del señor Piper.

—¿La nueva asistente de Blake?—Derek soltó una carcajada suave, un sonido rico y contagioso, mientras retiraba la mano—Mis más sinceras condolencias.

Se metió una mano en el bolsillo del pantalón, relajando la postura, y me miró con un brillo juguetón en esos ojos verdes—Si necesitas refugio cuando tu jefe se ponga insoportable, mi oficina está en el piso de abajo. El café es mejor, y la compañía... bueno, te prometo que soy mucho más agradable de mirar cuando estoy enojado que él.

Mantuve mi expresión neutral, aunque una chispa de ironía cruzó por mi mente—Ya lo creo—respondí, concediéndole la más mínima fracción de una sonrisa, una que no llegó a mis ojos pero que cumplía con el protocolo social.

Derek soltó una última risa suave, asintiendo con la cabeza—Fue un placer conocerte, Andrea. Sobrevive al día.

—Igualmente, señor Hale—repliqué con educación.

—Llámame Derek.

Lo vi darse la vuelta y caminar con paso seguro hacia las pesadas puertas dobles. No llamó; simplemente abrió y entró al territorio de Blake con la familiaridad de alguien que no le teme al lobo. Aproveché ese instante para girar sobre mis tacones y dirigirme por el pasillo hacia la pequeña pero lujosa oficina que Gabriel me había mostrado.

En el momento en que cerré la puerta tras de mí, dejé caer la máscara de cortesía y solté una respiración larga y controlada. El reloj marcaba apenas las nueve de la mañana y ya sentía que había corrido una maratón a través de un campo minado.

Dejé mi bolso en el cajón inferior, colgué el abrigo en el perchero y me senté frente a los tres monitores de última generación que adornaban mi escritorio ergonómico. Tecleé mis credenciales provisionales y abrí el gestor de correo de la dirección ejecutiva. Casi me ahogo con mi propia saliva. Había más de seiscientos correos sin leer solo de las últimas veinticuatro horas. Solicitudes de reuniones de la junta directiva, correos marcados con urgencia extrema, contratos de fusiones millonarias esperando su firma electrónica, y, por supuesto, una cantidad absurda de mensajes de Emma Volkov exigiendo atención, confirmaciones de eventos y detalles frívolos sobre una boda que él claramente detestaba.

...

Durante las siguientes horas, mis dedos volaron sobre el teclado. Apliqué la misma disciplina analítica que usaba en F.E.N.I.X. para desencriptar redes enemigas, clasifiqué, filtré, delegué y eliminé la basura corporativa. Reorganicé su agenda, dejando al final reuniones inútiles y priorizando a los inversores de alto riesgo.

Cerca de la una de la tarde, dos golpes suaves en mi puerta me sacaron de mi trance. Era Gabriel, asomando la cabeza con una sonrisa amistosa—Hey, Andrea. Iré a la cafetería del piso viente a buscar algo de almorzar.¿Quieres venir? Tienen comida decente.

Me detuve un segundo, masajeando el puente de mi nariz—Te lo agradezco muchísimo, Gabriel, de verdad. Pero voy a comer aquí en la oficina. Traje una ensalada y todavía tengo una montaña de correos de la filial alemana que necesito traducir y resumir antes de que se acabe el día.

—Uf, típica novatada del primer día. No te mates trabajando, Blake ni siquiera lo va a notar—bromeó él, encogiéndose de hombros—Nos vemos más tarde.

Le sonreí y volví a la pantalla. Saqué mi recipiente con ensalada y comí de forma mecánica mientras leía informes financieros, buscando cualquier anomalía, cualquier cuenta fantasma o transferencia extraña que pudiera usar. Pero los libros de Piper & Co. estaban, al menos superficialmente, inmaculados.

Las horas pasaron. El cielo de Londres al otro lado del Támesis se oscureció, pasando de gris plomo a un negro opresivo salpicado por las luces de la ciudad. El reloj de mi ordenador marcó las tres, luego las cinco, y finalmente las seis y media de la tarde.

En todo ese tiempo, el teléfono de mi escritorio no sonó ni una sola vez. El intercomunicador permaneció en un silencio absoluto. Blake Piper no me buscó para nada. Ni un correo, ni una orden, ni un grito. Era como si hubiera olvidado que yo existía, o más bien, como si estuviera poniéndome a prueba, esperando que me hundiera sola bajo el peso de la logística de su imperio.

Pero no me hundí. A las siete de la noche, su bandeja de entrada estaba limpia, su agenda del día siguiente estaba optimizada al minuto, y yo estaba lista para irme. Agradecí a Dios por no haber tenido que coincidir con él en todo el día. Apagué los monitores, me puse mi abrigo color camel y tomé la única carpeta física que requería su atención, el informe diario de firmas y la tarjeta de acceso a un evento de caridad.

Salí al pasillo. Estaba desierto. Las luces principales se habían atenuado, dejando solo una iluminación cálida y elegante en los zócalos. Al llegar al final del corredor, vi que el escritorio de Chloe estaba vacío; la rubia se había esfumado exactamente a las seis en punto. Me acerqué a las puertas dobles de Blake. Di dos golpes secos con los nudillos. Silencio. Debe haberse ido ya, pensé con alivio. Empujé la puerta izquierda con cuidado y entré para dejar la carpeta sobre su escritorio y largarme de una vez a mi apartamento. La inmensa oficina estaba casi a oscuras. Las luces estaban apagadas y la única claridad provenía del espectacular ventanal de cristal que enmarcaba el horizonte nocturno de la ciudad. El ambiente se sentía pesado, cargado con ese aroma persistente a cedro y vetiver. Caminé con pasos silenciosos sobre la alfombra gris hacia la inmensa mesa de cristal. Dejé la carpeta justo en el centro, perfectamente alineada con el borde. Me di la vuelta, lista para desaparecer.

Y entonces, el sonido de una puerta abriéndose a mi izquierda me heló la sangre. Me giré por puro instinto defensivo. A un costado de las estanterías de madera negra, había una puerta en la pared que yo no había notado antes. Era un baño privado o una suite ejecutiva. Y Blake Piper acababa de salir de ella.

El aire abandonó mis pulmones de golpe. Blake se detuvo en seco, y por un microsegundo, vi la genuina sorpresa cruzar por sus ojos oscuros antes de que una furia helada la reemplazara.

No llevaba camisa. Estaba de pie, descalzo sobre la alfombra, con los pantalones de vestir grises desabrochados en el primer botón, colgando peligrosamente bajos sobre sus caderas. Tenía una toalla blanca de mano con la que se estaba secando el cabello castaño y húmedo, como si acabara de lavarse la cara o darse una ducha rápida. Mi cerebro intentó procesar la situación como una simple recolección de datos, pero la abrumadora presencia física del hombre cortocircuitó mis instintos. Su torso era una exhibición obscena de fuerza bruta y disciplina. Músculos tensos y esculpidos, hombros tan anchos que bloqueaban la luz de la puerta tras de él, y un pecho surcado por sombras. Pero lo que hizo que mis ojos se detuvieran, traicionándome, fue una cicatriz pálida, dentada y antigua que cruzaba el lado izquierdo de sus costillas, desapareciendo bajo la pretina del pantalón. No era una herida de un accidente de esquí o un deporte elitista; reconozco el rastro de un cuchillo cuando lo veo—¿Qué demonios está haciendo aquí?—Su voz cortó la penumbra como un cuchillo afilado, vibrando con una hostilidad que me erizó la piel.

Tragué saliva, obligando a mi mirada a subir desde su pecho desnudo hasta sus ojos implacables. Sentí el calor subiendo por mi cuello, pero mantuve la barbilla alta, negándome a retroceder, a pesar de lo terriblemente incómoda e inapropiada que era la situación—Llamé a la puerta, señor. No hubo respuesta—mi voz salió más firme de lo que me sentía—Asumí que ya se había retirado. Solo vine a dejarle el sumario de firmas del día y la acreditación para su cena de mañana. Ya me iba.

Hice ademán de caminar hacia la salida, pero él arrojó la toalla sobre un sofá de cuero cercano con un gesto violento.

—Quédese exactamente donde está, Skandaj—ordenó.

Me congelé. Mis tacones se clavaron en la alfombra.

Blake no hizo el menor intento de cubrirse. De hecho, parecía deleitarse en mi evidente incomodidad. Caminó hacia mí con esa fluidez de depredador, sin hacer ruido a pesar de su tamaño, hasta acortar la distancia de manera alarmante. Se detuvo a menos de medio metro de mí. El calor que irradiaba su piel desnuda, mezclado con el olor a jabón caro y a su loción natural, era tan intenso que sentí que invadía mi espacio vital, asfixiándome.

Me miró desde arriba, sus ojos negros recorriendo mi rostro tenso, deteniéndose en el leve pulso que, maldita sea, latía descontrolado en la base de mi cuello.

—¿Asumió?—repitió la palabra saboreándola con veneno—Le dije esta mañana que odio la incompetencia. Entrar a mi oficina a oscuras, a mis espaldas, husmeando como una ladrona, es exactamente el tipo de cosas que desprecio.

—No estaba husmeando—repliqué molesta—Solo estaba haciendo mi trabajo. Como usted ordenó. Le ofrezco una disculpa por la interrupción. Si me permite...

—No, no se lo permito—me cortó, un murmullo oscuro y amenazador.

Dio un paso más. Tuve que inclinar el cuello hacia atrás para no apartar la mirada. Estábamos tan cerca que el más mínimo movimiento de mi brazo rozaría su abdomen descubierto. Todo mi cuerpo estaba en alerta máxima, cada fibra muscular lista para el combate, pero el combate aquí significaba perder mi tapadera. Estaba atrapada en una jaula con un león. Se giró lentamente, dándome la espalda—ofreciéndome una vista igualmente intimidante de los músculos de su espalda flexionándose—y caminó hacia un sillón donde descansaba una camisa, recién planchada. Se la puso con movimientos precisos, pero, para mi absoluta tortura, no se abrochó los botones.

Regresó hacia mí. En una de sus manos traía una corbata oscura—Ya que está aquí—murmuró, su voz bajando de volumen hasta convertirse en un roce áspero que me puso los pelos de punta—y ya que parece tener tantas ganas de asistirme más allá de su horario laboral...

Se detuvo frente a mí de nuevo, invadiendo mi espacio una vez más. Levantó las manos y me tendió la corbata de seda negra—Póngamela.

El silencio fue ensordecedor. Parpadeé, procesando la orden. Mi cerebro gritaba de indignación. Era una humillación calculada, una demostración de poder puro para ponerme en mi lugar después de mi insolencia de la mañana. Me estaba obligando a tocarlo, a cruzar una línea de intimidad física bajo el pretexto de una orden laboral—Señor Piper... eso no está dentro de mis funciones—dije, mi voz tensa, al borde de fracturarse por la furia contenida.

Él ladeó la cabeza, y una sonrisa oscura, lobuna, curvó sus labios. Sus ojos brillaron con perversa satisfacción.

—Soy el director de esta empresa. Usted es mi asistente ejecutiva. Todo lo que yo le ordene hacer mientras esté en este edificio entra en sus funciones—dio un micro-paso hacia adelante, obligándome a sostener la respiración para que mi pecho no rozara el suyo desabrochado—¿Tiene problemas para seguir órdenes, o simplemente es cobarde? Póngame la maldita corbata. Ahora.

Maldiciendo mentalmente, levanté las manos temblorosas y tomé la seda negra. Tuve que dar un paso hacia él para alcanzar su cuello. La cercanía era insoportable. Levanté los brazos, pasando la tela alrededor de su cuello rígido. El roce accidental de mis nudillos contra la piel caliente de su nuca me hizo soltar un leve jadeo involuntario que intenté disimular al instante.

Blake no se movió. No miró hacia otro lado. Se quedó con la barbilla ligeramente alta, sus ojos grises fijos en los míos, observando cada contracción de mi rostro, cada rastro de incomodidad y rabia que intentaba ocultar.

Mis manos, entrenadas para desarmar bombas y estrangular enemigos en segundos, ahora temblaban levemente mientras cruzaba la seda oscura sobre su pecho desnudo para hacer el nudo. Sentía el ritmo lento y poderoso de su corazón bajo la camisa abierta, y el calor de su aliento golpeando mi frente. Era una tortura psicológica. Él estaba disfrutando mi tensión, saboreando el control absoluto que tenía sobre mí en ese preciso instante.

Ajusté el nudo con más fuerza de la necesaria, tirando de la tela hacia arriba con un tirón seco que casi bordeó la insubordinación—Lista—dije, dando un rápido y brusco paso hacia atrás, escapando por fin de su campo de gravedad. Sentía las palmas de las manos sudorosas y el corazón galopando.

Blake bajó la barbilla, miró el nudo perfecto, y luego volvió a mirarme. La sonrisa perversa había desaparecido, reemplazada por esa frialdad inescrutable y peligrosa. Comenzó a abrocharse la camisa lentamente, botón por botón, sin apartar la vista de mí, como si estuviera cerrando la jaula en la que acababa de encerrarme—Puede irse, Skandaj—dijo finalmente, su voz vacía de cualquier emoción, dándome la espalda para caminar hacia su escritorio—Y la próxima vez... no asuma nada.

Di media vuelta, y sin emitir una sola palabra, salí de la oficina casi huyendo. La puerta se cerró a mis espaldas y me quedé en el pasillo oscuro, sintiendo que acababa de sobrevivir a un interrogatorio enemigo.

...

Salí del edificio bajo la llovizna helada y tomé un taxi directo a mi apartamento. En cuanto crucé la puerta, me quité los tacones como si me estuviera liberando de unos grilletes, me deshice del traje sastre y me dejé caer de espaldas sobre la cama.

Apenas dejé el móvil sobre el edredón, la pantalla se iluminó, vibrando con insistencia. La foto de contacto me hizo sonreír por primera vez en horas, una selfie borrosa de Helen haciendo muecas.

Me acomodé el cabello, asegurándome de que no se viera la tensión en mis hombros en el encuadre de la cámara, y respiré hondo para cambiar mi máscara. Adiós, femme fatale. Hola, hermana mayor responsable y oficinista aburrida.

Deslicé el dedo para contestar.

—¡Andreuchis!—el grito de Helen casi revienta los altavoces.

La imagen se estabilizó y ahí estaba ella. Mi caótica hermana menor. Estaba sentada en la mesa del comedor de nuestra casa familiar en las afueras de Londres, con la luz cálida de la lámpara de techo iluminando su rostro. Era hermosa. Tenía esa belleza fresca y sin esfuerzo que yo había perdido hacía años bajo el peso de las misiones. Su piel era lisa, inmaculada, sin las sombras del insomnio que yo me maquillaba cada mañana. Sus ojos grandes y oscuros brillaban con una alegría contagiosa bajo unas cejas marcadas y expresivas. Su cabello negro, largo y con ondas suaves, caía sobre sus hombros. Y, por supuesto, tenía la boca llena. Sostenía un tenedor en una mano y un trozo enorme de pastel de chocolate en la otra. Tenía una mancha de betún en la comisura de los labios.

—Hola, Helen—dije, sintiendo que el nudo en mi pecho se aflojaba un poco—¿Te interrumpo en medio de un coma diabético?

Helen tragó apresuradamente y se echó a reír, limpiándose la boca con el dorso de la mano—¡Jamás! El chocolate es sagrado, pero tú eres prioridad. ¡Te extraño, tonta! Te fuiste hace semanas, ¿por qué no habías llamado?—¡Quiero que me lo cuentes todo! ¿Cómo estuvo tu primer día en el mundo corporativo?

—Yo también te extraño—admití, y la verdad de esas palabras me escoció los ojos—Y mi primer día fue... intenso. He estado ocupada... ya sabes cómo es el centro de Londres. El ritmo te consume.

—Ugh, el trabajo—Helen rodó los ojos, metiéndose otro bocado de pastel—Suenas como papá. ¿Pero en serio, hermanita, eres feliz siendo una godín en la gran ciudad?

—Estoy bien—mentí, forzando una sonrisa brillante—La empresa es... interesante. El jefe es un tirano egocéntrico y demandante que cree que el mundo gira a su alrededor. Hoy tuve que filtrar seiscientos correos y lidiar con agendas absurdas, pero puedo manejarlo. Es diferente a lo que hacía en la agencia, claro, pero tiene su encanto.

—¿Encanto?—Helen alzó una ceja, escéptica—¿Hojas de cálculo, jefes gruñones y café malo? Paso. Prefiero mil veces mis libros viejos y mis profesores pretenciosos que creen que son la reencarnación de Shakespeare.

—¿Cómo va la universidad?—pregunté, ávida de normalidad. Quería escuchar sobre exámenes, sobre dramas que no implicaran nada de lo que era mi vida ahora.

—¡Bien!—Los ojos de Helen se iluminaron—Estoy amando literatura comparada. Aunque el profesor de poesía del siglo XIX es un sádico que nos hace leer tres tomos por semana. Pero conocí a un grupo de teatro y estamos montando una obra absurda. Deberías venir a vernos un fin de semana... Ah, y casi quemo la cocina intentando hacer palomitas, pero eso es un detalle menor...

Me reí. Una risa genuina. El no saber cocinar venía de familia—Sigues siendo un peligro con el fuego.

—Es nuestro encanto natural. Oye, ¿y tú? ¿Ya conseguiste un novio? Llevas casi un mes allá, ¿tienes a alguien?

Abrí la boca para responder, pero la cámara de Helen se sacudió violentamente. Una mano grande, masculina y bronceada apareció en el encuadre y le arrebató la tableta—¡Papá!—se quejó Helen de fondo—¡Estaba hablando yo! ¡Grosero!

La imagen giró y se reenfocó. El rostro de mi padre llenó la pantalla. El general Alex Torrance. Incluso a través de los píxeles, su presencia imponía respeto. Era un hombre que parecía tallado en roca. Alto, de hombros anchos que llenaban su camiseta táctica negra. Su rostro tenía la dureza de años en el campo, mandíbula cuadrada, barba corta y cuidada, rasgos varoniles y muy marcados. Su cabello negro estaba salpicado de canas plateadas, el único indicio de que el tiempo pasaba por él, aunque su cuerpo atlético dijera lo contrario. Me miraba con esos ojos oscuros, idénticos a los míos, que parecían capaces de detectar una mentira a kilómetros de distancia—Hola, hija—su voz era grave, profunda, el tipo de voz que daba órdenes sin necesidad de gritar.

—Hola, papá—me enderecé automáticamente en la cama, un reflejo condicionado de años de entrenamiento militar bajo su mando—Te ves bien.

—Y tú te ves muy delgada—dijo él de inmediato, frunciendo el ceño—¿Estás comiendo bien? Se te marcan los pómulos más de lo normal. ¿Desde que te mudaste al centro de la ciudad se te olvidó cómo comer, o es que estás haciendo alguna de esas dietas de moda?

—Como bien, papá. Es el estrés del primer día, nada más. Y el ajetreo de mi nueva rutina.

Mi padre soltó un bufido, una exhalación de aire por la nariz que denotaba desaprobación total—El trabajo corporativo... sigo sin entender cuál fue tu afán de tomar una licencia de la agencia, Andrea. Tenías una carrera brillante por delante. Eras de las mejores en tu unidad. —Se acercó más a la cámara, sus ojos escrutándome—Y lo cambiaste para convertirte en... ¿cómo dice tu hermana? ¿godín? Una oficinista. Llevando cafés y agendando citas para algún ejecutivo inútil que no duraría ni dos minutos en un campo de combate. Es un desperdicio de talento, hija. Un maldito desperdicio.

Tragué saliva, recordando la cicatriz dentada en las costillas de Blake y la fuerza letal que irradiaba su cuerpo desnudo. Si mi padre supiera que ese "ejecutivo inútil" probablemente podría sostenerle la mirada a cualquiera de sus mejores hombres, no estaría tan tranquilo.

—¡Papá, déjala en paz!—gritó Helen desde atrás—¡Es su vida! ¡No todos queremos vivir esquivando balas!

—¡Tú cállate y come tu pastel, Helen!—replicó él sin girarse, y luego volvió su atención a mí—Respeto el camino que quieran seguir, Andrea. Sabes que sí. Pero tú... tú ya estabas dentro. Llevabas años entrenando. Eras un activo valioso para la inteligencia. Te necesitamos aquí. Te echamos mucho de menos.

Sentí un nudo en la garganta. Si él supiera la verdad. Que estaba usando cada gramo de ese entrenamiento que él me dio para infiltrarme en la boca del lobo. Que estaba jugando un juego más peligroso que cualquier misión oficial que él me hubiera asignado. Pero no podía decírselo. Alex era un hombre de leyes, de honor, de reglas férreas. Él creía en el sistema. Si supiera que estaba trabajando con William, que su ahijado era un líder criminal, que estaba cazando a los Piper por mi cuenta... me encerraría en una celda en la base sin dudarlo.

—Volveré, papá—dije suavemente, tratando de sonar convincente—Algún día. Solo necesitaba... un descanso. Necesitaba ver cómo vive la gente normal. Necesitaba saber si podía ser algo más que una soldado.

Alex me miró largamente, suavizando un poco su dura expresión—Está bien. Tómate tu tiempo. Pero recuerda que tu lugar está aquí. El equipo pregunta por ti—Asintió, dando el tema por cerrado por ahora—¿Y qué tal esa empresa? Piper & Co, ¿verdad? Dijiste que tu jefe es un tirano. ¿Te tratan bien? Si ese engreído se pasa de listo contigo, sabes que solo tengo que encender el coche y me planto en tu oficina en cuarenta minutos. Todavía tengo amigos en el MI6 y en Scotland Yard que me deben favores.

Me reí nerviosamente. La ironía era dolorosa. Mi jefe era precisamente uno de los herederos del imperio que mi padre había intentado rastrear y cazar durante años sin éxito—Me tratan con mucha formalidad, papá. Es un ambiente muy profesional. No tienes que amenazar a nadie con el MI6.

—Siempre es bueno tener un plan de contingencia—murmuró él, medio en broma, medio en serio—¿Y novio? Escuché a Helen preguntando por novios.

—No, papá. No tengo tiempo ni energía para eso.

—Bien—dijo Alex, recargándose en el respaldo de la silla y cruzando sus gruesos brazos—Mejor así. No necesito tener que limpiar mi arma todavía. Los hombres en esas oficinas son unos blandengues de todos modos. No creo que ninguno sea digno de ti, hija.

—¡Papá, eres demasiado tóxico!—Helen apareció de nuevo en pantalla, empujando a mi padre con el hombro para hacerse espacio en el encuadre—¡No le hagas caso, Andrea! Si tienes un novio guapo, no le digas a él, dímelo a mí primero.

Mi padre rodó los ojos, pero pasó un brazo por los hombros de Helen, atrayéndola hacia él. A pesar de su extrema dureza, adoraba a mi hermana—No soy tóxico. Soy un padre con acceso a información clasificada y armamento pesado. Es muy diferente.

Verlos juntos, tan cómodos, tan seguros en nuestra casa familiar, me provocó una punzada de nostalgia que casi me dobla. Yo debería estar ahí. Debería estar peleando por el último pedazo de pastel, no rodeada de cuentas manchadas de sangre, mafia y mentiras—Cambiando de tema—dijo Helen, sonriendo de oreja a oreja—¡Adoptamos un perro! Bueno, papá dice que es un "activo canino de seguridad", pero es un Golden Retriever que le tiene miedo a su propia sombra. Se llama Kafka.

—¿Kafka?—Me reí con ganas—¿Le pusiste nombre de escritor existencialista a un perro?

—Le queda perfecto. Tiene mirada de angustia existencial cuando no le doy galletas.

—El perro es un inútil—intervino Alex, aunque sonaba extrañamente cariñoso—Pero bueno, Adler dice que tiene potencial.

—Adler... —repetí el nombre de mi medio hermano—¿Cómo está? Hace meses que no hablo con él.

Alex suspiró, frotándose la barba con una mano pesada.

—Adler es un caso perdido. Un dolor de cabeza constante. Sigue siendo el mejor en el campo, no lo voy a negar, pero su actitud... cree que las reglas son sugerencias decorativas.

—Salió a ti—apuntó Helen, robándole un sorbo de café a la taza de papá.

—Yo sigo las reglas—protestó Alex, ofendido—Adler las rompe solo porque se le da la gana. Y para colmo, se pasa el día pegado a Nick. Esos dos juntos son una bomba de tiempo. Si no fueran tan condenadamente buenos en lo que hacen, ya los habría dado de baja a los dos hace años.

—¿Nick?—pregunté, sintiendo curiosidad—¿Te refieres a Nick Hotter?

Había escuchado ese nombre mil veces en nuestra casa, pero nunca lo había conocido en persona. Nick era el protegido de papá. Un chico que Alex había acogido en el programa y entrenado desde niño. Según las historias, era una máquina de matar—El mismo—gruñó Alex—Agente nivel IV ahora. Acaban de ascenderlo. Es el más joven en la historia de la sede—¿Nivel IV? —silbé impresionada—Eso es muy rápido.

—Es eficiente—admitió Alex a regañadientes—Es un hijo de puta. Perdón por el lenguaje, hijas. Pero no hay otra forma de descubrirlo. Es frío, calculador y absolutamente despiadado. Es el mejor estratega que he visto, y mira que he visto a muchos. Yo lo entrené, sí, pero a veces creo que creé a un monstruo.

Alex negó con la cabeza, con una extraña mezcla de orgullo paternal y genuina frustración—Según los informes de sus últimas misiones, sus métodos son... cuestionables. Efectivos, pero brutales. Él y Adler son uña y mugre. Se cubren las espaldas a la perfección. Pero tenerlos en la base es como tratar de pastorear lobos hambrientos.

—Suena a que Nick te cae mal—bromeé.

—No me cae mal—aclaró de inmediato—Es como otro hijo para mí. Pero es un hijo que es un constante dolor de culo. Es arrogante, testarudo y no escucha a nadie. Solo a Adler, a veces. Todo lo que escucharás de él por los pasillos son cosas malas. Que es un bastardo, que no tiene corazón. Y probablemente sea cierto. Pero es el mejor hombre que tiene la agencia para proteger este país.

—Algún día tendré que conocer a ese mito—dije—Todos siempre hablan de él como si fuera un dios o algo así.

—Mejor que no lo conozcas—dijo Alex seriamente, su mirada oscureciéndose un poco—Nick Hotter no es el tipo de hombre que quiero cerca de mis hijas. Es demasiado... complicado. Demasiado roto. Mantente ahí en el centro, con tus ejecutivos aburridos y tus hojas de cálculo. Es más seguro que estar cerca de Nick y Adler cuando están en racha.

Hubo un silencio cómodo tras eso. Papá me miró a través de la pantalla, y su dura expresión militar se suavizó por completo—Te queremos, hija. Vuelve pronto a casa. Aunque sea solo a cenar el fin de semana. Tu habitación sigue exactamente igual. Y Helen se come tu parte del postre siempre...

—¡Oye!—protestó Helen, dándole un codazo leve.

Sentí que las lágrimas picaban de nuevo en mis ojos, traicioneras—Iré pronto, papá. Lo prometo. En cuanto... en cuanto termine un proyecto importante que me acaban de asignar aquí.

—Cuídate, hija. Mantén la guardia alta. Siempre.

—Siempre, papá.

—¡Adiós, Andreuchis!—Helen se despidió moviendo la mano, todavía manchada de chocolate—¡Ven a vernos pronto!

La pantalla se fue a negro, devolviéndome al silencio de mi apartamento en Kensington. La única luz que quedaba era el resplandor anaranjado de las farolas de la calle, que se filtraba a través de las cortinas a medio cerrar y dibujaba sombras alargadas sobre la pared.

Dejé el móvil a un lado sobre el colchón y me pasé las manos por el rostro, soltando un suspiro tembloroso. Mentirles de esa manera... la culpa se instaló en mi pecho, pesada y fría como el plomo. Papá confiaba en mí. Creía que estaba a salvo, jugando a ser una oficinista aburrida, cuando en realidad estaba metida hasta el cuello en la cueva del lobo, a punto de desatar una guerra contra un imperio intocable.

El cansancio, que la adrenalina había mantenido a raya durante todo el día, de pronto se abalanzó sobre mí con la fuerza de un tren de carga. Mis músculos, en tensión constante desde que pisé el vestíbulo del edificio Piper, finalmente comenzaron a ceder. Me pesaban los brazos, las piernas, los párpados. Ni siquiera tuve la fuerza de voluntad para levantarme, lavarme la cara o ponerme algo cómodo para dormir. Simplemente me deslicé bajo el edredón pesado, encogiendo las piernas, sintiendo cómo el calor de las sábanas me envolvía. Afuera, la llovizna londinense se había convertido en un repiqueteo constante contra el cristal de la ventana, un sonido rítmico que de alguna manera me adormecía.

Mantén la guardia alta, me había dicho papá.

Siempre, respondí en mi mente.

Pero por esta noche, el cuerpo me exigía rendirme. El sonido de la lluvia se transformó en un murmullo lejano y la oscuridad me reclamó por completo, arrastrándome a un sueño profundo, pesado y sin sueños antes de que pudiera darme cuenta.

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