LA DECISIÓN
«No es que quiera creerme gran cosa, pero sé exactamente quién soy y lo que valgo. Van a saber de qué estoy hecha».
Cerré la puerta de mi apartamento con un portazo que resonó en el pasillo. Tenía un humor de los mil demonios. .
Mientras lanzaba las llaves sobre el sofá, solo podía pensar en una cosa: demostrarle a Anthony Bush, que se equivocaba.
Estaba harta de las pasarelas, de los brillos artificiales y de fingir interés por eventos de moda cuando yo apenas lograba combinar mis propios atuendos.
Llevaba tres años en la revista para la cual trabajaba. Entendía que al graduarme me asignaran los temas ligeros, pero ¿cómo se supone que adquiera experiencia si me mantienen encerrada en una burbuja de terciopelo? Detestaba entrevistar a modelos que, en la mayoría de los casos, no sabían ni dónde estaban parados.
Mi vocación gritaba "periodismo de investigación", y esa era una discusión que ya no pensaba ganar con palabras, sino con hechos.
—¿Me estás escuchando, señorita Gruber?
El golpe del puño de Anthony sobre su escritorio de caoba me trajo de vuelta a la realidad.
Mi jefe no era el típico editor gruñón; era joven, bien parecido y usualmente amable, pero cuando se trataba de imponer su autoridad, sabía ser pesado.
Inmediatamente me incorporé, alisando mi falda.
—Sí, Anthony. Entendido. El evento estará cubierto, lo tengo bajo control. —solté un suspiro que intenté camuflar. Levanté la vista, empuñando las manos sobre mi regazo.
—Anthony... ¿has considerado, al menos a largo plazo, cambiarme de área?, te aseguro que tengo el potencial para traerte una historia importante. Algo que acapare lectores de verdad. No te voy a defraudar.
Él ni siquiera se tomó un segundo para pensarlo. Se levantó y me dio unas palmaditas condescendientes en el hombro.
—Ya hemos hablado de esto, Melaine. Aún no estás preparada. Anda, relájate y tráeme una buena reseña del desfile. Aprovecha y diviértete.
Salí de su oficina sin mirar a nadie. Me hervía la sangre. Si algún "pendejo" se cruzaba en mi camino en ese momento, se llevaría la peor parte de mi día.
Llegué a casa desmoralizada. El silencio de mi apartamento, que normalmente era mi refugio de paz, hoy se sentía como una jaula.
Mientras preparaba unos huevos revueltos y tostaba pan, la frase de Anthony seguía martilleando en mi cabeza: «Aún no estás preparada».
—Ya verás lo preparada que estoy. —murmuré para la cocina vacía.
Esa noche, ignoré los mensajes de Kelly Castillo. Kelly era mi mejor amiga desde la infancia; ella lidiaba con sus propias batallas como profesora, pero esa noche yo no tenía energía para cafés ni puestas al día.
Necesitaba consultar con la almohada la decisión que estaba empezando a germinar en mi mente.
A la mañana siguiente, la rutina me movió como un autómata: 5:30 am, café cargado, noticias en la radio y mis inseparables zapatillas Converse.
Corrí para alcanzar el bus y, al entrar en la redacción, el caos habitual me recibió: el zumbido de los teclados, las pantallas encendidas y el olor a café recien hecho.
Me senté en mi puesto, pero esta vez no miré el monitor para ver la sección de "Arte y Espectáculo".
A media mañana, le envié un mensaje rápido a Kelly: "¿Cyber Café a las 11:30? ¿Podrás?".
"Tengo un espacio en mi apretada agenda para ti", respondió ella con su habitual tono presumido.
—Señorita Gruber! Al fin apareces. —exclamó Kelly cuando me vió entrar al café.
__Lo siento, se me complicó el cierre con un compañero. —mentí, regalándole una sonrisa mientras me desplomaba en la silla.
Kelly ordenó dos cafés y me miró con los ojos entrecerrados, apoyando la barbilla en su mano.
—A ver... cuéntamelo todo. Esa expresión ya la conozco. ¿Qué locura vas a hacer ahora?.
—Tengo una historia, Kelly. Una que dejará a Anthony con la boca abierta. No volverá a dudar de mí nunca más. —Me eché hacia atrás en el asiento, simulando una calma que no sentía. —...Y no me pidas detalles. No diré nada... por ahora.
Kelly suspiró, preocupada pero sabiendo que no podía detenerme. Nos despedimos con un abrazo y volví a la oficina.
Al llegar, Kevin, el chico nuevo y despistado de la redacción, me interceptó.
—Melaine, Anthony quiere verte.
Entré en la oficina principal con un tono irónico.
—¿Necesitas algo más, jefe?
—Quiero saber cómo va el artículo del desfile. —dijo él sin levantar la vista de sus papeles.
—Tengo todo bajo control. Si me permites, quisiera terminar e irme a casa. —agregué en tono de fastidio.
—Excelente, sabes que eres la mejor, por eso intento presionarte. Culminó sin levantar la mirada.
Llegué a mi refugio por la noche. Mi casa era pequeña, una mezcla de eficiencia y orden que reflejaba mi necesidad de controlarlo todo. Revisé correos, confirmé entrevistas de celebridades y cerré la laptop.
«Mañana termino el artículo del desfile», pensé mientras me metía en la cama. «Y después de eso, tomaré la decisión que definirá mi carrera.
No sé si es el peor error de mi vida, pero la fortuna favorece a los valientes».
Estaba decidida. Me iba a embarcar en la investigación sobre Malcom Worthington. Aunque eso significara perderlo todo.