Lo que no supimos vivir

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Summary

Paola creía haber superado su pasado. Hasta que un accidente la lleva directamente a la sala de urgencias… y frente al único hombre que juró no volver a ver. Ricardo fue su gran amor en la universidad. También fue quien desapareció cuando el futuro empezó a parecer demasiado real. Años después, convertido en médico y aparentemente más seguro de sí mismo, es el encargado de atenderla. Lo que comienza como un encuentro incómodo pronto se convierte en algo inevitable cuando ambos son arrastrados a participar en una boda que los obliga a compartir más tiempo del que cualquiera de los dos desearía. Entre recuerdos, reproches no resueltos y una química que nunca desapareció del todo, Paola y Ricardo descubrirán que algunas historias no terminan… solo esperan el momento correcto para volver a empezar. Porque a veces, el amor no se pierde. Solo se posterga.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Colisión


Paola caminaba por la acera sin mirar realmente hacia dónde iba. Las luces de la ciudad parpadeaban sobre el asfalto húmedo, pero su mente estaba a kilómetros de allí.

Universidad.

Risas en cafeterías baratas.

Planes imposibles a los veinte años.

Ricardo.

Habían sido jóvenes y estúpidamente optimistas. Se prometieron todo sin saber lo que “todo” implicaba.

Una vez, sentados en el borde de la terraza de la facultad, el le había dicho que no le temía a nada si ella estaba a su lado. Que el futuro era solo una palabra grande para algo que podían construir despacio.

Paola le creyó.

Hasta que la palabra "juntos" empezó a sonar demasiado real.

Y cuando ella, con más valentía que prudencia, sugirió vivir juntos… él retrocedió. No discutieron. No gritaron. Él simplemente desapareció.

Como si el amor fuera una habitación en llamas y él hubiera decidido correr hacia la salida.

Paola apretó los labios al recordarlo.

Y entonces el mundo se inclinó.

Un sonido metálico.

Un grito.

Una rueda deslizándose demasiado cerca.

El impacto fue seco. Breve. Brutal.

Después, solo luces blancas y un dolor que subía por su pierna como electricidad mal dirigida.




Despertó con el olor antiséptico del hospital metiéndosele por la nariz.

Parpadeó. El techo blanco. Una enfermera ajustando algo en un monitor.

—¿Dónde estoy? —su voz salió más frágil de lo que le gustaba admitir.

—En urgencias. Tuvo un accidente —respondió la enfermera con profesional calma.

Paola intentó incorporarse y el dolor en su pierna derecha la obligó a volver a la camilla.

Genial. Perfecto. Maravilloso.

—¿Quién va a revisar mi pierna?

—Yo.

El mundo volvió a inclinarse.

Esa voz.

Paola se quedó rígida. Giró la cabeza con una lentitud mecánica, como si el destino estuviera disfrutando el suspenso.

No. No podía ser.

Pero lo era.

Ricardo estaba frente a ella, con uniforme médico azul y una serenidad que rozaba lo ofensivo. Había cambiado. Más definido. Más seguro. La misma mirada intensa.

El mismo hombre que una vez le rompió el corazón con silencio.

Esto es una broma cósmica, pensó.

—Paola —dijo él, suave, casi incrédulo.

Ella lo miró como si estuviera evaluando una alucinación.

—¿Ricardo?

Intentó sonreír, pero el dolor en la pierna la traicionó.

—¿Eres tú… mi médico?

Rezaba, internamente, para que dijera que no. Que estaba de paso. Que no trabajaba allí. Que el universo aún tenía algo de misericordia.

—Ha pasado tiempo —respondió él, con una media sonrisa que llevaba demasiadas cosas escondidas.

Claro que había pasado tiempo.

Tiempo suficiente para que él aprendiera a sostener su mirada sin huir.

—¡JODER! —explotó ella, llevándose una mano a la frente.

En la sala contigua, una madre le tapó los oídos a su hijo.

Ricardo, en cambio, contuvo una risa.

Como si no fuera potencialmente responsable de los dolores de pecho que ella había tenido años atrás. Como si ahora el dolor físico fuera apenas un detalle añadido al desastre emocional.

Paola golpeó la baranda de la camilla.

—Quiero cambiar de médico.

La enfermera levantó la vista, incómoda.

Ricardo no perdió la calma.

—Soy el traumatólogo de guardia —dijo con suavidad profesional—. Y ya he revisado tus radiografías.

Eso la hizo callar medio segundo.

—Seguro hay alguien más.

—No esta noche.

La tensión vibraba en el aire, espesa, incómoda.

—Insisto. Es mi derecho.

Él la sostuvo con la mirada. No desafiante. No arrogante. Solo firme.

—¿Y la razón para rechazarme?

Esa pregunta la desarmó más de lo que quería admitir.

Porque la razón no estaba en el hospital.

Estaba en una conversación inconclusa de hace años.

Lo fulminó con la mirada.

Sí, había cambiado. Se notaba más pulido, más dueño de sí mismo. Pero a sus ojos seguía siendo el hombre que se asustó cuando ella quiso construir algo real.

—No necesito una razón para rechazarte.

Ricardo esbozó una sonrisa mínima.

—Esa es la Paola que conozco.

Y por primera vez desde que despertó, el dolor en su pierna dejó de ser lo más incómodo en la habitación.

En algún punto de la discusión, la enfermera decidió que no le pagaban lo suficiente para mediar en dramas universitarios reciclados y se deslizó hacia el siguiente paciente.

—Espera, todavía… —intentó Paola.

—Déjalo, Paola —dijo Ricardo con una calma que rayaba en la provocación—. A estas alturas solo estás montando una escena.

Ella abrió la boca, indignada.

—Y, por otra parte… —continuó él, inclinando apenas la cabeza— siempre has sido poco razonable cuando te alteras.

Sonrió. Maldita sea, sonrió.

—¿Perdona? ¿Yo soy la irrazonable?

Su voz subió un par de tonos. Un señor al fondo carraspeó incómodo.

—Tú eres el que… —buscó las palabras, pero la rabia era más rápida que su cerebro—. ¡Nunca comunica nada!

El silencio alrededor pareció expandirse.

—¡Solo soy irrazonable porque sigo intentando descifrar tus malditos acertijos!

Su respiración se volvió pesada. El monitor a su lado emitió un pitido irregular, como si estuviera considerando denunciarla por exceso de drama.

Durante un segundo absurdo, Paola pensó que le daría un infarto antes de que terminaran de revisarle la pierna. Sería el colmo. Morir por un ex y una bicicleta el mismo día.

Ricardo se cruzó de brazos.

—Si ya tienes todas las conclusiones —dijo con voz más fría— no me molestaré en añadir nada.

La postura era profesional. La mandíbula, no tanto. Sus dedos tamborileaban contra su propio codo, traicionando una tensión que él intentaba disimular.

No era el único al borde del abismo.

Paola desvió la mirada hacia el techo. Inhaló. Exhaló. Bajó la voz.

—¿Por qué has vuelto, Ricardo?

La pregunta salió más vulnerable de lo que le gustaba.

—Cuando te fuiste al extranjero para hacer las prácticas… pensé que te habías ido para siempre.

Ricardo bajó la mirada un segundo. Apenas un segundo.

Fue suficiente para que Paola recordara la última vez que lo vio en el aeropuerto, evitando promesas que no sabía si podía cumplir.

Nunca se despidieron correctamente.

Solo dejaron de hablar.

Y había intentado convencerse de que eso era lo mejor.

Ricardo la observó con algo que no era exactamente enojo.

—¿Por qué no iba a volver? —replicó—. ¿Te molesta que haya vuelto?

Ahí estaba otra vez ese brillo en sus ojos. Desafío. Algo de orgullo herido. Y algo más peligroso.

—¿Por qué me molestaría? —respondió ella, demasiado rápido—. No significas nada para mí.

La comisura de los labios de Ricardo se curvó apenas.

—Lo dice la persona que se ha pasado los últimos treinta minutos gritando en la sala de urgencias.

Maldito.

Las discusiones sin fin la estaban agotando. El hospital olía a desinfectante, a noche larga y a cosas que no deberían reabrirse.

¿Por qué él? ¿Por qué ahora?

Y, peor aún…

¿Por qué todavía le afectaba?

Paola estaba convencida de que el día no podía empeorar.

Y, sin embargo, sentía que el universo la observaba con paciencia estratégica, esperando el momento exacto para empujarla un poco más.

—De ninguna manera… —murmuró para sí, sacudiendo la cabeza.

Ricardo levantó la vista desde la tablet donde revisaba su historial.

—¿Pasa algo? —preguntó—. Pareces como si hubieras visto un fantasma.

Siguió la dirección de su mirada. No vio nada. Solo la pared blanca, una silla vacía y la típica atmósfera de hospital de madrugada.

Frunció el ceño, ahora genuinamente preocupado.

Paola se obligó a parpadear y regresar a la realidad. No tenía tiempo para cuestionar su cordura. Ya era suficiente con haber sido atropellada y reencontrarse con su ex en la misma noche.

Ricardo se apartó poco después para atender a otros pacientes.

Desde la camilla, Paola lo observó sin querer admitirlo. Se movía con seguridad. Escuchaba. Tocaba un hombro con calma. Sonreía con esa calidez que siempre la había desarmado.

Esa calidad humana.

La misma que, irónicamente, nunca supo aplicar cuando se trataba de ella.

La enfermera regresó y le administró medicamentos por vía intravenosa.

—Indicaciones del doctor —dijo con neutralidad.

Claro. Del doctor Ricardo.

El dolor comenzó a diluirse lentamente, como si alguien bajara el volumen del sufrimiento físico. El emocional, en cambio, seguía a todo volumen.


Un par de horas después, Paola estaba sentada en la camilla, con el alta casi lista. La madrugada envolvía el hospital en un silencio más suave, más íntimo.

Estaba agotada. Solo quería irse a casa, meterse bajo las sábanas y fingir que ese día jamás había ocurrido.

Entonces lo vio.

Una abeja.

En urgencias.

Paola parpadeó, incrédula. El pequeño insecto describía círculos torpes bajo la luz fluorescente, acercándose peligrosamente a Ricardo.

Y un recuerdo la atravesó como un rayo.

Alergia.

Él era alérgico a las picaduras. Lo recordaba perfectamente. Una vez terminó en observación por una simple avispa durante la universidad.

—No… —susurró.

El zumbido se hizo más insistente.

Ricardo, distraído hablando con una paciente, no parecía notarla.

Paola sintió un impulso eléctrico recorrerle el cuerpo.

“¿En serio? ¿Ahora?”, pensó. “¿Vas a probarme así?”

No había tiempo para orgullo. Ni para resentimiento.

Actuó.

Se lanzó desde la camilla, ignorando la protesta de su pierna, y se abalanzó sobre Ricardo.

Ambos cayeron al suelo con un golpe seco que hizo girar varias cabezas.

La abeja pasó zumbando junto a su oído y se perdió hacia el pasillo.

Silencio.

Un silencio demasiado cercano.

Paola respiraba agitada, prácticamente encima de él.

—Uff… —exhaló.

Durante medio segundo se permitió sentir alivio.

Y entonces fue consciente de la escena.

Ella sobre él.

En el suelo de urgencias.

De madrugada.

Con medio hospital mirando.

Perfecto.

Definitivamente, el día aún no había terminado de humillarla.

Ricardo quedó inmovilizado bajo el peso de Paola.

No parecía particularmente incómodo.

Más bien… entretenido.

Una sonrisa lenta comenzó a dibujarse en su rostro.

—¿Te has desesperado tanto con los años, Paola?

Ella sintió que le subía la temperatura, y no precisamente por el esfuerzo físico.

—¡Claro que no! —replicó, intentando incorporarse sin que pareciera que estaba huyendo—. Me ha ido perfectamente estos años.

Perfectamente.

Ignorando que acababa de lanzarse como defensora profesional de rugby en medio de urgencias.

Ricardo arqueó una ceja.

—Entonces explícame por qué literalmente me saltaste encima.

Maldita sea.

No podía decir la verdad.

No podía admitir que todavía recordaba su alergia. Que el dato seguía archivado en su memoria como si nunca hubiera dejado de importarle.

—Solo quería demostrarte que… —se detuvo, buscando algo mínimamente digno— estoy perfectamente sana.

Se incorporó del todo, ignorando el pinchazo en la pierna.

—Así que no hay necesidad de que me retengas más tiempo. Dame el alta.

Jamás, bajo ninguna circunstancia, admitiría que lo había hecho para salvarlo de una abeja del tamaño de su orgullo.

Ricardo se levantó con calma irritante, ajustándose el uniforme.

—Si vas por ahí embistiendo médicos como si estuvieras en un campeonato universitario —dijo con voz profesional teñida de burla— tengo aún más razones para examinarte un poco más.

Ella abrió la boca para protestar.

En ese momento, un pequeño alboroto estalló al otro lado del área.

—¡Ay!

—¡Algo me picó!

Ambos giraron la cabeza.

La abeja, aparentemente ofendida por haber sido ignorada, había decidido elegir otra víctima.

Un enfermero agitaba los brazos con dramatismo excesivo mientras otro intentaba atraparla con una carpeta clínica.

Paola volvió la mirada hacia Ricardo lentamente.

Él la estaba mirando.

Y esta vez no sonreía.

—¿Había una abeja? —preguntó, más bajo.

Ella dudó. Apenas un parpadeo.

Comenzó a recordar la ambulancia universitaria, su respiración entrecortada, el miedo real en sus ojos.

Recordaba que ese día pensó que perderlo sería insoportable.

Y aun así, lo perdió de otra manera.

Silencio.

Ella sostuvo su mirada apenas un segundo de más.

—Buenas noches, doctor —respondió con dignidad improvisada—. Quiero mi alta.

Ricardo la observó como si acabara de descubrir algo que llevaba años buscando.

Y por primera vez desde que la vio en esa camilla, su expresión dejó de ser irónica.