Capítulo 1
El traqueteo del tren se mezclaba con el leve vaivén de las luces en el vagón.
Un chico de cabello azul, con una bufanda del mismo tono rodeándole el cuello, dormía profundamente mientras abrazaba una pesada mochila, como si fuera su único tesoro.
De pronto, un chirrido metálico sacudió los rieles. El tren se detuvo con brusquedad y, a través de los altavoces, una voz femenina resonó con claridad:
—Estimados pasajeros, hemos llegado a la capital. Bienvenidos a la Ciudad del Loto.
Los ojos del chico se abrieron de golpe. En un movimiento torpe pero veloz, se puso de pie luego corrió hacia las puertas.
No llegó muy lejos. Una ola de pasajeros lo arrastró hacia atrás, empujándolo contra los asientos.
—Tsk... —gruñó, forcejeando.
Con movimientos ágiles, casi serpenteantes, logró abrirse paso a través de la multitud. Su cuerpo se doblaba deslizandose con una fluidez extraña, como si estuviera danzando entre los empujones.
Al fin alcanzó la salida. El aire de la noche lo golpeó, acompañado del resplandor de un enorme cartel de neón que dominaba la estación:
“Ciudad del Loto – Torneo Ying Yang – Inscripciones abiertas”.
Al ver el letrero, el chico parpadeó sorprendido.
—¿Luciérnagas...? —susurró.
En la isla de donde venía, aquellas pequeñas luces eran lo único que iluminaba las noches. Las de aquí, frías, vibrantes, lo cegaban y lo confundían.
Antes de que pudiera pensar más en ello, otra corriente de gente lo empujó violentamente hacia la salida, obligándolo a avanzar sin remedio.
Finalmente, fue recibido por la Ciudad del Loto, un lugar donde los rascacielos resplandecían con neones que parecían flores abiertas en la noche. Entre la multitud no solo caminaban humanos: también se deslizaban seres míticos con máscaras antiguas, comerciantes con colas de zorro escondidas bajo sus kimonos ademas espíritus diminutos que flotaban sobre los puestos callejeros.
Los aromas de especias y té recién hecho se mezclaban con el resplandor mágico que caía como polvo de estrellas. En la Ciudad del Loto, lo cotidiano, lo sobrenatural respiraban al mismo ritmo.
—¿Qué clase de sitio es este? —se preguntó Leo, sin poder apartar la vista de las luces.
Leo intentó avanzar por la calle, pero tropezó con un transeúnte que sostenía una sombrilla.
—¡Lo siento mucho! —exclamó, inclinándose para recogerla—. Aquí, creo que es tuya.
Pero justo cuando extendió la mano, la sombrilla se movió por sí sola: un ojo enorme se abrió en su superficie, una lengua burlona se asomó y, de repente, surgieron pequeñas manos que comenzaron a golpear a Leo.
Instintivamente, bloqueó los golpes, tambaleándose apenas. La sombrilla chillaba de forma extraña; su mango se volvió una pierna peluda. Leo la soltó al sentir aquel contacto repulsivo.
Entonces, la sombrilla comenzó a dar pequeños saltos mientras intentaba alcanzar a su objetivo. Leo la observó lanzarse hacia su dueño, como si tuviera vida propia.
El joven, con una expresión tranquila, recogió la sombrilla y dijo:
—Perdón; molestaste a mi yōkai. Nos vemos.
Y antes de que Leo pudiera reaccionar, el joven desapareció entre la multitud, dejando tras de sí un rastro de luces de neón y un eco de risas extrañas provenientes de la sombrilla.
Cuando las cosas se calmaron Leo sonrio ampliamente pensando—Es increible el abuelo me dijo que la ciudad del Loto es de las pocas que tiene una conexion con los espiritus y lo moderno:
—Apenas puedo esperar para ver la medicina tradicional de este lugar ¿tendran sangre de dragon? Espero encontrarla lo antes posible
— Pero antes de eso suspiro diciendo concentrate no estas de turista estas aqui para inscribirte al torneo Ying Yang primero encontrare un lugar donde quedarme luego hare todo lo demas
En cuanto salió de sus pensamientos. Vio a la multitud caminando de un lado a otro, absortos en sus telefonos se sintió nervioso: su cuerpo se puso rígido y un sudor frío le recorrió la espalda; era la primera vez que se encontraba con tanta gente a su alrededor.
Se sentó en una banca para relajarse, luego sacó de su bolsillo un caramelo junto a un mapa de la ciudad. Al llevar el dulce a su boca, notó cómo el sabor a miel se deslizaba lentamente, suave y dulce, mientras sus respiraciones se volvían más profundas, intentando calmar los nervios que aún le recorrían la espalda.
Pensando, susurró:
—¿Acaso no hay lugares menos concurridos por aquí?
Extendió el mapa frente a él y, tras unos minutos de análisis, eligió una ruta más solitaria de la ciudad, murmurando:
—Este camino es perfecto; no es una ruta principal. Además, me lleva más rápido al templo del torneo.
Se levantó de la banca y se estiró, sintiendo cómo los músculos se relajaban. Con el mapa en mano, se preparó para seguir la ruta elegida.
Decidido, comenzó a caminar entre la multitud, pero pronto notó que la ruta lo condujo a calles casi vacías: grafitis cubrían las paredes, la basura se acumulaba en las esquinas y algunas personas sin hogar dormían entre los escombros.
Al sentir un mal presentimiento, se detuvo. Con un rápido salto subió a un muro y comenzó a desplazarse ágilmente por los techos de las casas.
Mientras avanzaba, su vista, acostumbrada a la oscuridad, logró distinguir a una chica atrapada en un callejón sombrío; de pronto, un grito desgarrador escapó de sus labios, llamando su atención.
—¿Qué estará pasando por allí?
Pero de repente recordó su misión:
—No es mi problema... debo irme lo antes posible.
Aun así, su corazón latía con fuerza, golpeando en sus oídos mientras sus ojos se posaban en su bufanda. La agarró con fuerza y pensó con nostalgia:
—Madre... de verdad no puedo dejar las cosas así.
Los latidos acelerados lo impulsaron a moverse con cuidado. Se deslizó entre las sombras de la calle, cada paso calculado para no ser visto, acercándose a la escena sin levantar sospechas.
Uno de los hombres cubrió la boca de la chica con su mano; su voz era grave y áspera, como arena arrastrándose por un túnel:
—¡Cierra la maldita boca, perra!
La chica comenzó a llorar mientras temblaba de miedo.
Otro de los ladrones preguntó con un tono burlón:
—Oigan, ¿están seguros de que ella es la hija de Chieko?
—Claro que lo estamos —respondió una persona robusta e intimidante—. Vigílenla que no escape. Voy a pedir la cantidad de dinero.
Leo, enfadado al ver a la chica llorar, quería ir lo más rápido posible a ayudarla.
Sin embargo, un nudo de miedo se apretaba en su pecho. Su cuerpo temblaba y sus manos sudaban; la tensión lo paralizaba por un instante.
Respiró hondo, intentando calmarse mientras evaluaba la situación. Sabía que no podía lanzarse sin pensar, pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados.
Con determinación, sacó de su mochila una colorida máscara azteca. Al colocarla sobre su rostro, saco otro caramelo de su bolsillo comiendolo para sentirse mas tranquilo. En su mente resonó la voz de su abuelo:
Leo, en el clan de las Serpientes, el mayor pecado para un miembro es sentir miedo. Sin embargo, aunque seamos humanos y no podamos ocultarlo, usamos máscaras para cubrir nuestras emociones. Es como si dejáramos de ser nosotros mismos. Cuando uses esto, por más miedo que sientas, nadie se dará cuenta.
Con la máscara puesta, Leo sacó de su mochila su kusarigama. Era una pequeña hoz afilada unida a una cadena, rematada con una esfera en forma de cabeza de serpiente.
Sintió el peso de la hoja y de la cadena en sus manos. Un escalofrío recorrió su espalda al ver la esfera; un nudo se formó en su estómago y sus dedos se tensaron sobre el arma.
Respiró hondo, obligándose a concentrarse.
No puedo dejar que el miedo me paralice... debo hacerlo por ella.
Avanzó entre las sombras, observando a los criminales que vigilaban a la chica con pistolas en mano.
Sus respiraciones eran tensas, sus ojos se movían nerviosos por cada sombra de la calle, iluminada solo por luces parpadeantes, el resplandor de un farol distante.Leo se acercó lo más que pudo, aprovechando la oscuridad de la noche. El viento le golpeaba el rostro y un sudor frío recorría su espalda; su corazón latía con fuerza mientras evaluaba la situación. En cuanto uno de los secuestradores cerró los ojos, envuelto en una energía azul, Leo estiró la cadena de su arma y cortó con la cuchilla una de las pistolas.
Los criminales se sobresaltaron, sus manos temblando mientras intentaban apuntar en todas direcciones.
—¿Qué fue eso? —exclamó uno, con la voz quebrada por la sorpresa y el miedo.
Pero antes de que pudiera reaccionar, de las sombras surgió la cadena, llevándose su arma.
Los tres guardias restantes comenzaron a disparar hacia donde creían que estaba el enemigo. Los ecos de los disparos retumbaban entre los edificios, mezclándose con los gritos de la chica y los latidos acelerados de Leo.
Desde la oscuridad, Leo dio un salto acrobático sobre las cabezas de los criminales. La cadena volvió a estirarse, cortando de un tajo las pistolas de los últimos atacantes. Cayó en medio de ellos sin mostrar una sola expresión, mientras sentía cada golpe de viento en su cara y la tensión de sus músculos preparados para moverse.
Tomó una pose de pelea; sus dedos simulaban colmillos como los de una serpiente, listos para atacar.
El secuestrador más robusto se lanzó gritando:
—¡¿Qué te pasa, maldito?! —su voz rugía con furia, pero también temblaba de miedo.
Leo esquivó el puñetazo del asaltante. Sintió el viento que se levantaba con el movimiento y un sudor frío recorrer su espalda. Sujetó su mano y pateó su pierna, haciéndolo perder el equilibrio. El golpe resonó contra la calle vacía, derribandolo de un solo movimiento
La chica sollozaba detrás de ellos, abrazándose a sí misma y temblando de miedo. Sus ojos se abrían como platos mientras observaba cómo Leo inmovilizaba a cada uno. Él volteó a verla y susurró:
—Tranquila, no te haré daño.
Los otros dos asaltantes corrieron para atacarlo. Leo saltó esquivando sus puñetazos; la brisa de su movimiento levantaba polvo y hojas secas del callejón. Al mismo tiempo, pateó sus nucas, derribándolos de manera precisa. Sus respiraciones se aceleraban, pero mantenía la concentración.
El último criminal sacó una pequeña pistola y gritó, con la voz temblorosa:
—¡Se acabó!
Leo estiró la cadena de su arma y la enredó alrededor del arma del secuestrador. Sintió el peso y la tensión en sus brazos mientras la atraía hacia sí. Luego la soltó al suelo y la pateó lo más lejos posible. El criminal retrocedió, con miedo visible en sus ojos.
Leo volvió a adoptar su pose de batalla. Su respiración aún era rápida, y la sudoración le resbalaba por la frente. Le hizo una seña al enemigo, invitándolo a acercarse mientras cada movimiento suyo transmitía calma y control.
El líder, completamente harto, se colocó unas manoplas y arremetió contra Leo. Sus golpes eran veloces y devastadores; cada embestida levantaba ráfagas de aire que hacían retumbar el callejón. Leo sentía los latidos de su corazón golpearle el pecho, sus músculos tensos y un sudor frío recorriéndole la frente, pero no se detuvo.
Con movimientos en zigzag, rápidos y fluidos como los de una serpiente, lograba esquivar cada ataque. Uno de los puñetazos del criminal impactó contra el muro y lo agrietó; el eco del golpe resonó con fuerza mientras el polvo caía en nubes finas sobre el suelo.
Leo respiró hondo, aprovechó el momento y dio un salto ágil. La cadena silbó en el aire y la cabeza metálica de serpiente chocó de lleno contra el rostro del asaltante. El sonido seco del impacto se mezcló con el tintinear de la cadena, y el líder cayó inconsciente, derrumbándose como un gigante derrotado.
En contraste con la brutalidad de sus ataques, Leo permaneció erguido y sereno, su expresión oculta tras la máscara, encarnando la precisión fría que lo definía.
Cuando la pelea terminó, Leo se quitó la máscara. Su rostro mostraba una mezcla de alivio y cansancio; el sudor le corría por la frente. Exhaló un largo suspiro y murmuró para sí:
—Eso fue intenso...
Luego giró hacia la chica, que seguía en shock, temblando sin atreverse a moverse. Leo se secó el sudor con el dorso de la mano, caminó hasta ella y le tendió la suya.
—Ven conmigo si quieres vivir.
La chica lo miró extrañada, murmurando:
—Eso es de una película...
Leo inclinó ligeramente la cabeza, confundido, y preguntó:
—¿Una qué?








