Hasta La Ultima Bala

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Summary

México tiene dos caras. La que sonríe en las fotos y la que aprende a aguantarse el hambre. Rowan Martínez tiene 16 años y ya está cansado. Cansado de escuchar que "todo va a mejorar", de ver a su madre fingir que no tiene hambre para que él coma un poco más, de sentir que la vida le exige ser adulto cuando apenas debería estar descubriéndola. Ama a su familia que aunque es humilde nunca le ha faltado amor. Por eso se obliga a ser fuerte, por eso se traga el miedo que ningún adolescente debería cargar. Quiere ayudarlos aunque sabe que no puede hacer mucho en un país tan doble cara e injusto. Lo que no entiende es que cargar con tanto tan joven puede romper algo por dentro. Y cuando algo se rompe así, no siempre vuelve a ser lo mismo.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Migajas.

México siempre había estado dividido en dos mundos totalmente diferentes, dos realidades que apenas se rozaban. Por un lado estaban los que trabajaban en el gobierno o tenían estatus, personas que gozaban de todo tipo de privilegios: carros nuevos, casas enormes, comida que nunca faltaba y ropa de marca que cambiaban como si nada.



Y del otro lado estaban ellos, la población olvidada, ese enorme sector que sostenía todo, pero al que solo le tocaban las migajas... y a veces ni eso.

Para ser honesto, Rowan nunca se quejó de su vida. Su viejo siempre fue de esos hombres que no saben rendirse; tenía varios empleos e hacía cualquier cosa con tal de mantener a la familia: cargaba, reparaba, vendía lo que saliera, todo para que a los chamacos no les faltara algo que llevarse a la boca.



Él es el hermano mayor de cuatro chamacos escandalosos que llenan la casa de ruido y desorden, pero también de vida, y en resumen, ama a su familia más que a nada en este mundo. Su ama, su viejo y esos niños son lo único que realmente le importa... y justo por eso está haciendo esto.


Se levantó del pequeño colchón viejo con la cobija de tigre medio desgastada y tendió su supuesta cama, aunque en realidad solo acomodó lo poco que había.

Desde la cocina se escuchaban las risas de los chamacos, que ya estaban desayunando su pedacito de bolillo como si fuera un banquete, y por un momento pensó que ojalá siempre pudieran reír así, sin preocuparse por nada.



Bostezó mientras se tallaba los ojos, se puso las chanclas y caminó hacia la cocina, pero apenas cruzó la entrada, su ama lo jaló suavemente por la muñeca y lo llevó a un rincón donde los niños no pudieran escuchar.


—Mijito... ya no te va a alcanzar bolillo. Despidieron a tu padre de su empleo más importante y ahora ya no tenemos ni agua.


Lo dijo bajito, pero su voz pesaba. En sus ojos había una preocupación que intentaba esconder, esa que las madres cargan en silencio para que los chamacos no la noten. Rowan miró por encima de su hombro y vio a sus hermanos riendo, peleándose por el último pedazo de pan, sin saber nada, y algo dentro de él se apretó. No podía permitir que les faltara más.


—¡Conseguiré un empleo! —soltó casi sin pensar.

Su ama lo miró fijo, levantó una ceja y luego le pellizcó la oreja, como cuando era más chico.

—No, jovencito, nada de trabajar. Usted apenas tiene 16 años.


No discutió. Solo se encogió de hombros y fue por un vaso de agua para engañar al estómago, porque a veces el agua llena más que perder el tiempo discutiendo.



Entonces Lucí corrió hacia él y, como siempre pasa, si viene un chamaco, vienen todos; en segundos tenía a los cuatro colgados de sus brazos.

—¡Hermanito Rowan, prometiste enseñarme futbol americano! —gritó Mateo.

—¡Y a mí jugar a las muñecas! —reclamó Estefa, con los ojos casi llorosos.

Respiró hondo, pidiéndole paciencia a Dios, porque ser el mayor no siempre es fácil cuando uno también quisiera seguir siendo un chamaco.


—Sí, sí, jugaré con todos después de la escuela.

Tomó la mochila que su ama le había tejido con tanta ilusión; ella estaba convencida de que él era la esperanza de la familia, el que iba a sacarlos de todo esto.


Aunque la verdad, pocas veces prestaba atención en clase y la escuela nunca le gustó demasiado. Apenas tenía dos amigos y el salón se sentía más como un lugar al que iba por obligación que por futuro.


Salió por la "puerta", que en realidad era solo una cobija cubriendo el hueco, y mientras caminaba entendió algo que no lo dejaba tranquilo: ser el hermano mayor no era solo un título, era una responsabilidad... y aunque su ama dijera que no, Rowan ya había tomado una decisión.


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Los rumbos bajos de México siempre habían sido extremadamente peligrosos.

Quiero decir, uno se agachaba para abrocharse las agujetas y cuando se levantaba tenía enfrente a un grupo de cholos apuntándole con sus supuestas "pistolas", que en realidad eran de plástico y habían comprado en la papelería.



Después de varias cuadras y de haber visto a varias personas cometer delitos como si nada, finalmente llegó a la entrada de su escuela pública.

Había todo tipo de personas: adolescentes creídas, aunque estaban en escuela pública; niñas que se creían brujas y hacían amarres a vatos que ni aun así las pelaban.


Pero sobre todo, sobre todo la escuela estaba INUNDADA de cholos que sabían pelear o chavos ratillas.

Siempre trató de evitar a ese tipo de personas, no le gustaban los problemas. Metió sus manos en sus bolsillos y caminó con flojera hacia dentro de la escuela, esquivando a todas las madres que iban a despedir a sus hijitos con un beso en la mejilla.

—¡Hey, tonto rowan!—

Su mejor amigo Xavi llegó corriendo, dándole un golpe fuerte en la nuca para molestarme de broma.

—Hey, ¿cómo estás?—

Preguntó sin un interés verdadero mientras ambos entraban al salón de clases y él le contaba un montón de cosas. Parecía un perico, Rowan siempre lo había pensado, sin embargo no le disgustaba.



—Brooo, no vas a creer lo que me pasó. Ayer fui a la Michoacana con mi hermana y un chavo así, bien cholote, me robó mi Alcatel que mi mami me había comprado por mi cumpleaños—

Dijo Xavi poniendo una cara de cachorrito triste.

Rowan se tapó la boca pareciendo que estaba preocupado, pero en realidad estalló en risas.

Se burló de él por unos momentos más hasta que el profesor (que quién sabe si realmente tenía un título) entró al salón de clases con la peor actitud del mundo.


Colocó su gis en su escritorio, cruzándose de brazos y mirándolos como si fueran el lugar perfecto para que desahogara sus problemas de los sesentas.

—La sociedad está peor hoy en día. ¿Ya vieron lo que hizo la presidenta Sheinbaum? Las cosas no serían así si estuviera Peña Nieto.—


Varias risitas se escucharon por todo el salón. El profesor golpeó el pizarrón, molesto, y comenzó a escribir un montón de ejercicios matemáticos mientras los regañaba y maldecía.


Pero ese comentario le hizo comenzar a pensar.

Era verdad, el gobierno estaba pésimo.


Luego recordó a todos los cholos que había en su barrio y pensó en su familia, en sus hermanos. Se iban a quedar sin comer si no conseguían dinero pronto.


Apretó los puños por debajo de la mesa y Xavi lo miró de reojo, ya acostumbrado a sus cambios de humor.

No podía quedarse sin hacer nada, no, no lo haría.

Miró por encima de su hombro a una de sus compañeras presumidas, quien estaba mirando su teléfono sin poner atención en clase.

Su mirada se concentró en su teléfono.

No era tan caro, pero quizás si lo tomaba prestado y lo vendía conseguiría dinero para su familia.

Tenía que aceptar la realidad.



Ningún empleo decente aceptaría a un mocoso de 16 años.

En su estúpida mente de adolescente era la única solución que tuvo para un problema que ningún chavo debería vivir.

Así que cuando apenas sonó el timbre, todos salieron disparados hacia el patio.


—Ey, Rowan, ¿qué te pasa?—

Le dio un codazo Xavi y Rowan se tocó las sienes fingiendo que le dolía la cabeza.

—Uy, me duele mucho la cabeza... fíame un agua, por favor—

Murmuró fingiendo dolor, cuando en realidad solo veía que la chica con el teléfono aún no salía del salón.


Xavi asintió y salió disparado hacia afuera, mientras que Rowan pensaba en algún plan para robarle el celular.

Se levantó de su butaca de metal completamente vandalizada y se dirigió hacia la chica.

Se detuvo frente a su butaca y apretó los puños dentro de sus bolsillos.


—Sofía dice que te reta a una pelea hoy en el recreo—

La chica inmediatamente levantó la mirada, apagando su teléfono simultáneamente.

—¡Maldita perra! ¡Me las va a pagar! ¡Ya sabía que se metió con mi morro!—


Salió disparada sin pensar. Rowan corrió detrás de ella, viendo cómo los demás estudiantes ya comenzaban a formar una bolita en el patio.

La chica aún sostenía el teléfono en la mano, aunque gritaba como loca y su supuesta amiga solo la miraba asustada.



Rápidamente comenzaron los golpes. Esperó el momento exacto cuando nadie lo vio y le arrebataste el teléfono, corriendo hacia el baño.

Era demasiado tonta para darse cuenta.



Pero alguien sí se había dado cuenta: Xavi.

—Bro, ¿qué carajos? ¿Por qué le robaste el celular a Britany?—

Preguntó con los brazos cruzados; sostenía la botella de agua que le había pedido como excusa.

Suspiró y se limitó a explicarle una pequeña parte de lo que le estaba sucediendo a su familia.



—Seeee, y por eso tuve que robarle el celular—

Admitió, agachando la mirada, pero aún sosteniendo el teléfono detrás de la espalda.

Xavi le dio un golpecito en la cabeza y le aventó la botella de agua sin fuerza.


—Está bien, si esa es la única solución, haz lo que querías. Sigo siendo tu amigo, Rowan, cuenta conmigo—

Soltó aire con alivio al escuchar sus palabras.

Las clases finalmente terminaron y ahora solo le quedaba encontrar un lugar donde vender el teléfono robado; más bien, tenía que averiguar una manera de resetearlo.

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Holaaa chavooss, esta es una historia creada por diversión.

Esta inspirada en México, LATAM, temas como la corrupción y peleas callejeras.

Es nuestra primera historia, bayy :D

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