Una Cuestión de Gravedad y Cuádriceps

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Summary

Gojo conoce a Bakhar Nabieva

Genre
Drama
Author
Elbuscado1
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El viento primaveral soplaba sobre la cuenca del Tidal Basin en Washington D.C., arrastrando consigo una tormenta de pétalos rosados que parecían sacados de un sueño febril de algodón de azúcar. Era la cumbre del Festival Nacional de los Cerezos en Flor, ese breve y caótico período del año donde la capital estadounidense se olvidaba de la política, los trajes grises y los escándalos de estado, para sumergirse en una marea de turistas armados con cámaras, parejas acarameladas y corredores esquivando carritos de bebés.

Satoru Gojo detestaba a las multitudes. Y, sin embargo, allí estaba, de pie en medio de un sendero atestado de gente, luciendo como si acabara de salir de la portada de una revista de moda europea que la mayoría de los mortales ni siquiera sabía pronunciar.

Llevaba un abrigo largo y ligero de color oscuro que ondeaba dramáticamente con la brisa del Potomac, un suéter de cuello alto que costaba más que el alquiler anual de un apartamento en Manhattan, y sus inseparables gafas de sol redondas de montura negra. A pesar de que el sol jugaba a las escondidas entre las nubes y las copas de los árboles, Satoru rara vez se quitaba esas gafas. Eran su barrera entre él y un mundo que, francamente, le resultaba demasiado aburrido.

A sus veintiocho años, Satoru era el heredero rebelde, excéntrico y ridículamente multimillonario del conglomerado Gojo, una corporación con tentáculos en la tecnología, bienes raíces y entretenimiento a nivel global. Esa misma mañana había abandonado una reunión de la junta directiva en una suite del hotel Waldorf Astoria, alegando que el aire acondicionado le estaba "secando el aura". Su verdadero motivo era mucho más simple: estaba mortalmente aburrido.

—Todo es tan monótono —suspiró para sí mismo, sosteniendo un vaso de café artesanal ridículamente caro que ya se había enfriado—. Edificios grises, hombres grises, conversaciones grises. Incluso estos árboles rosados se vuelven repetitivos después del décimo minuto.

Satoru midió su entorno desde su imponente altura de más de un metro noventa. A su alrededor, la gente se detenía a mirarlo. Era inevitable. Con su cabello blanco como la nieve alborotado por el viento, su mandíbula perfecta y esa actitud de confianza que bordeaba en la arrogancia absoluta, atraía miradas como un imán atrae limaduras de hierro. Algunas mujeres susurraban, otros hombres lo miraban con una mezcla de envidia e incomprensión. Satoru estaba acostumbrado. Era la rutina de su vida. Todo era predecible. Todo le resultaba demasiado fácil.

Hasta que, a través del mar de cabezas y paraguas de colores, la vio.

Fue como si alguien hubiera puesto pausa a la película caótica del mundo y hubiera iluminado un solo punto con un foco de estadio.

Caminando por el sendero opuesto, abriéndose paso entre la multitud no con brusquedad, sino con la presencia de un acorazado navegando en aguas mansas, venía una mujer que desafiaba cualquier estándar de la anatomía humana que Satoru conociera.

Gojo bajó un milímetro sus gafas de sol por el puente de su nariz, sus asombrosos ojos azules enfocándose en la figura que se acercaba.

Ella no estaba vestida para un paseo romántico de primavera. Llevaba una chaqueta negra deportiva de la marca Nike, cerrada hasta casi el cuello, cuyas mangas largas contrastaban fuertemente con la mitad inferior de su cuerpo. Y era precisamente esa mitad inferior la que estaba causando que varios transeúntes, tanto hombres como mujeres, tropezaran con sus propios pies al verla pasar.

Llevaba unos shorts de color gris claro. Decir que eran cortos sería el eufemismo del siglo; eran diminutos, una segunda piel que se aferraba desesperadamente a sus caderas, pero cumplían su función a la perfección: dejar a la vista el par de piernas más impresionantes, musculosas y esculturales que Satoru Gojo había visto en su vida. Sus cuádriceps eran literalmente montañas de músculo definido, dignos de un dios griego esculpido en mármol oscuro, exhibiendo un nivel de desarrollo físico que gritaba miles de horas de disciplina, dolor y sentadillas pesadas.

Alrededor de su cintura, rompiendo la paleta de colores neutros, llevaba ajustada una riñonera de un verde esmeralda profundo.

Satoru se quedó paralizado. Su mirada subió por su torso hasta su rostro. Tenía una tez bronceada y hermosa, acentuada por un cabello oscuro, liso y larguísimo que caía en cascada sobre sus hombros y su pecho, contrastando con el negro de su chaqueta. Un sutil y brillante anillo adornaba su nariz, dándole un toque salvaje y urbano que rompía con la suavidad de las flores de cerezo que la enmarcaban. Pudo notar, mientras ella levantaba una mano para apartarse un mechón de pelo, el rojo intenso de su manicura y los intrincados tatuajes que cubrían la parte inferior de sus brazos y muñecas.

Estaba radiante, intimidante y espectacularmente fuera de lugar en aquel parque lleno de domingueros. Parecía un depredador alfa paseando por una reserva de herbívoros.

Satoru sintió algo extraño en su pecho. Un palpitar errático. ¿Era eso... interés? ¿Intriga? ¿Un desafío? Una sonrisa lenta, felina y peligrosamente arrogante se dibujó en sus labios.

—Adiós, aburrimiento —murmuró, tirando su vaso de café intacto en una papelera cercana.

Sin pensarlo dos veces, Satoru ajustó el cuello de su abrigo y trazó una trayectoria de intercepción. Se movió con esa gracia lánguida pero implacable que lo caracterizaba, esquivando a una familia de turistas alemanes y a un vendedor de perritos calientes con la agilidad de un gato.

Bakhar Nabieva estaba en su propia zona. Con los auriculares inalámbricos ocultos bajo su espesa melena oscura, los graves de un tema de phonk agresivo retumbaban en su cabeza, marcando el ritmo de su caminata a paso ligero. Había viajado a D.C. para una convención de fitness y una sesión de fotos patrocinada que tendría lugar al día siguiente, y había decidido usar su tarde libre para hacer un poco de cardio activo.

Odiaba el cardio, pero amar la comida requería sacrificios.

Mientras caminaba, notaba las miradas. Siempre lo hacía. Gente señalando sus piernas, susurrando, algunos con admiración, otros con puro desconcierto. A Bakhar no le importaba. Su cuerpo era su templo, su obra de arte y su negocio. Lo había construido con sangre, sudor, lágrimas y una cantidad obscena de pechugas de pollo y avena. Estaba orgullosa de cada centímetro de músculo hipertrofiado de sus muslos.

De repente, una sombra excepcionalmente alta se interpuso en su camino, bloqueando el sol moteado que se filtraba a través de los cerezos.

Bakhar suspiró internamente. Otro fan que quiere una foto de mis piernas o un tipo de gimnasio que me va a preguntar cuánto levanto en prensa, pensó. Se quitó un auricular con un dedo adornado con esmalte rojo fuego, deteniendo su marcha.

Frente a ella estaba un tipo que parecía un modelo de pasarela que se había perdido en su camino a la Semana de la Moda de Milán. Pelo blanco, gafas de sol oscuras en un día parcialmente nublado, y una sonrisa que era mitad encanto arrasador y mitad insolencia pura. Era escandalosamente alto, y Bakhar, que no era bajita, tuvo que levantar ligeramente el mentón para mirarlo a la cara.

—Disculpa —dijo Satoru, con una voz profunda, suave y cargada de una confianza casi ofensiva—. Siento interrumpir tu marcha militar, pero creo que es mi deber como buen ciudadano informarte de algo.

Bakhar arqueó una ceja perfectamente delineada. Cruzó los brazos sobre el pecho, haciendo que la tela de su chaqueta Nike se tensara, y apoyó el peso en una pierna, resaltando aún más el volumen absurdo de su cuádriceps derecho.

—¿Y qué sería eso? —respondió ella, con una voz rasposa, directa y sin un ápice de asombro ante la innegable belleza del hombre que tenía enfrente. Su acento, una suave y exótica mezcla de sus raíces de Europa del Este, le dio a la frase un tono que Satoru encontró instantáneamente fascinante.

—Creo que estás violando varias regulaciones federales del parque —Satoru bajó la voz, inclinándose conspiratoriamente hacia ella, señalando con un dedo largo y pálido hacia la mitad inferior de la chica—. Estoy bastante seguro de que es ilegal introducir armas de destrucción masiva en el área del Tidal Basin sin un permiso especial del Pentágono.

Hubo un segundo de silencio. El viento sopló, haciendo caer una lluvia de flores rosadas sobre los hombros oscuros de la chaqueta de ella y el cabello blanco de él.

Satoru esperó la reacción clásica. El rubor, la risita nerviosa, el aleteo de pestañas. El 99.9% de la población mundial caía ante ese nivel de coqueteo descarado proveniente de él.

Bakhar lo miró sin parpadear. Sus ojos oscuros escanearon al gigante de pelo blanco de arriba abajo. Evaluó su ropa costosa, sus zapatos limpios que claramente nunca habían tocado la tierra de un gimnasio de pesas libres, y esa sonrisa satisfecha.

Lentamente, Bakhar esbozó una media sonrisa sarcástica. Volvió a colocarse el auricular en la oreja.

—Y yo estoy bastante segura de que es ilegal ser un idiota pretencioso en un espacio público, y aquí estás tú —replicó ella con calma gélida—. Muévete de mi camino, Q-tip. Me estás tapando el sol.

Satoru parpadeó. Una, dos veces detrás de sus gafas oscuras.

¿Q-tip? ¿Me acaba de llamar hisopo de algodón?

En lugar de sentirse ofendido, una carcajada genuina, profunda y vibrante brotó de la garganta de Satoru. Echó la cabeza hacia atrás, riendo de verdad. La gente a su alrededor se giró a mirarlos, atraídos por la curiosa escena: el gigante de pelo blanco riendo a carcajadas frente a la diosa amazónica que lo miraba con cara de querer aplastarle el cráneo como si fuera una sandía.

Bakhar aprovechó su distracción para esquivarlo por la izquierda y continuar su caminata rápida, apretando el paso.

—¡Oye, espera! —Satoru se recuperó rápidamente de su ataque de risa, girando sobre sus talones y trotando para alcanzarla. Con la longitud de sus piernas, no le costó mucho igualar su ritmo rápido—. "Q-tip" es un golpe bajo. Tengo sentimientos, ¿sabes? Muy en el fondo, pero los tengo.

—No tengo tiempo para tus sentimientos, Casper —replicó Bakhar sin mirarlo, manteniendo la vista al frente. Sus zapatillas deportivas golpeaban el asfalto rítmicamente. El riñonera verde rebotaba suavemente contra su vientre plano con cada paso.

—¿Casper ahora? Vamos, me estás degradando de producto de higiene personal a fantasma animado. Soy Satoru, por cierto. Satoru Gojo.

Satoru caminaba de lado a lado, esquivando hábilmente farolas y turistas sin dejar de mirarla. Estaba genuinamente maravillado. La mecánica de sus movimientos, la tensión en la tela gris de sus shorts, la pura potencia que emanaba de su cuerpo. Era como caminar junto a un coche deportivo de Fórmula 1 encendido en ralentí.

—No te pregunté tu nombre —dijo ella, esquivando a un niño con un globo de Peppa Pig—. Y yo soy Bakhar. Ahora, Satoru Gojo, ¿por qué no vuelves a tu sesión de fotos para la revista GQ y me dejas hacer mi cardio en paz?

—Porque mi sesión de fotos imaginaria es infinitamente más aburrida que intentar descubrir cómo alguien consigue que sus piernas luzcan como si pudieran patear un camión volquete hasta la luna. —Satoru sonrió de medio lado, ajustándose las gafas—. En serio, es fascinante. ¿Qué levantas en sentadilla? ¿Doscientos kilos? ¿Trescientos? ¿Un Honda Civic pequeño?

Bakhar soltó un bufido que era mitad molestia y mitad una risa ahogada que no pudo reprimir. Se detuvo abruptamente cerca del Monumento a Jefferson, apoyando las manos en sus caderas. Sus uñas rojas brillaron a la luz del sol que ahora salía con fuerza de entre las nubes.

Se giró hacia él, mirándolo directamente a la cara. Desde esa distancia, Satoru pudo notar los pequeños detalles: el sudor brillando sutilmente en su frente bronceada, el brillo metálico del aro en su nariz y la intensidad afilada de sus ojos.

—Mira, Satoru. —Pronunció su nombre con un énfasis particular, saboreando las sílabas—. Eres guapo. Muy guapo, y tú lo sabes. Estás acostumbrado a sonreír, parpadear con esos ojitos que asumo que tienes debajo de esas gafas ridículas, y que todo el mundo caiga a tus pies. Pero yo no soy "todo el mundo". Yo trabajo duro, entreno duro y no tengo paciencia para niños ricos mimados que se acercan a mí en el parque como si fuera una atracción turística.

Satoru se quedó callado por unos segundos. Su sonrisa no desapareció, pero cambió. Perdió la arrogancia superficial y se volvió algo más suave, más calculador y, sorpresivamente, más sincero.

Lentamente, llevó una mano a su rostro. Agarró la montura negra de sus gafas de sol y se las quitó, deslizándolas hacia el bolsillo interior de su costoso abrigo.

Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron, Bakhar sintió un golpe eléctrico en el pecho.

Satoru Gojo tenía unos ojos irreales. Eran de un azul tan claro, tan brillante y tan profundo que parecían emitir su propia luz, como zafiros tallados con láser o un trozo de cielo de verano encapsulado en cristal. Eran ojos que veían demasiado, ojos que te desnudaban el alma con una sola mirada. Rodeados de largas pestañas blancas, el impacto visual era devastador.

Bakhar, quien se enorgullecía de su estoicismo espartano, tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no abrir la boca. Sus dedos se cerraron sobre la correa verde de su riñonera por puro acto reflejo.

—Tienes razón —dijo Satoru, su voz ahora más grave, desprovista de su tono burlón habitual—. Soy un niño rico mimado. Estoy acostumbrado a que todo sea fácil. El dinero, el éxito, la gente. Todo llega sin esfuerzo. Es... paralizante.

Dio un paso hacia ella, acortando la distancia. El olor de su colonia, algo amaderado, caro y embriagador, llegó hasta Bakhar, mezclándose con el aroma floral de los cerezos.

—Pero tú... —Satoru bajó la mirada hacia sus brazos tatuados, y luego nuevamente a esos cuádriceps monumentales, antes de volver a mirarla a los ojos—. Tú eres la antítesis de lo fácil. Veo tu cuerpo y veo dolor, veo disciplina militar, veo años de sacrificio en lugares oscuros donde nadie aplaude, solo tú contra el hierro frío. Eres la manifestación física del trabajo duro. Y eso, Bakhar, me resulta la cosa más cautivadora que he visto en mucho tiempo.

El viento sopló de nuevo. Un pétalo de cerezo aterrizó sobre el hombro negro de la chaqueta de Bakhar. Satoru levantó la mano y, con una delicadeza que contrastaba con su enorme tamaño, retiró el pétalo con la punta de sus dedos, rozando apenas la tela.

Bakhar sintió que un escalofrío le recorría la nuca. El chico no solo era alto y charlatán; tenía una intensidad que era tan potente como una prensa de piernas de 400 kilos.

Tragó saliva, recuperando su coraza de modelo de fitness ruda.

—Bonito discurso —dijo ella, aunque su voz sonó un poco más suave que antes—. ¿Lo ensayaste frente al espejo o se lo dices a todas las mujeres con cuádriceps más grandes que los tuyos?

Satoru soltó una carcajada brillante, la tensión del momento rompiéndose como cristal. Se volvió a poner las gafas de sol, su actitud juguetona regresando al instante.

—¡Oh, me has herido en mi masculinidad! —Satoru se llevó la mano al pecho de forma dramática—. Mis cuádriceps son muy respetables, muchas gracias. Solo que están ocultos bajo pantalones de diseñador que no tienen un tres por ciento de spandex como tus micro-shorts.

—Mucha charla, Gojo —lo retó Bakhar, una sonrisa ladeada y competitiva apareciendo por fin en sus labios. Se cruzó de brazos nuevamente—. Si no eres pura fachada, demuéstralo. Te apuesto a que no aguantas mi ritmo de caminata rápida alrededor de toda la cuenca del Tidal Basin. Son tres kilómetros. Si te quejas de tus zapatos caros o de que estás sudando tu suéter, pierdes.

Los ojos de Satoru brillaron detrás de las gafas oscuras.

—¿Un desafío? Oh, dulce e ingenua Bakhar. No sabes en lo que te estás metiendo. Nací para ganar. ¿Qué pasa si yo gano?

—Te dejaré invitarme a almorzar todo el pollo y arroz que pueda comer —respondió ella rápidamente, dándose la vuelta y comenzando a caminar a un ritmo agresivamente veloz.

—¡Trato hecho! Pero yo elijo el lugar, nada de tu comida triste de gimnasio en envases de plástico. ¡Te llevaré a un lugar con estrellas Michelin! —gritó Satoru, trotando para alcanzarla.

—¡No me importan las estrellas de los neumáticos, blanco! ¡Solo quiero proteínas! —le gritó ella por encima del hombro, aumentando el ritmo.

El resto de la tarde fue una escena sacada de una comedia romántica surrealista.

Caminaron a un ritmo vertiginoso bajo la interminable bóveda de flores de cerezo rosadas. Bakhar se movía con la eficiencia de una máquina bien engrasada, su respiración controlada, sus piernas de acero devorando la distancia. Satoru caminaba a su lado. A pesar de su queja inicial, su condición física natural y sus largas piernas le permitían mantener el ritmo con relativa facilidad, aunque sudaba visiblemente dentro de su suéter de cachemira, negándose rotundamente a quitárselo por puro orgullo y estética.

La conversación fluyó como un río desbordado. Satoru descubrió que detrás de la exterioridad ruda, intimidante y centrada de Bakhar, había un sentido del humor afilado y sarcástico. Ella era directa, sin filtros y no le importaba en absoluto el estatus social o la cuenta bancaria de él. Le habló de sus inicios, de cómo el gimnasio le salvó la vida y le dio un propósito, de su pasión irracional por el anime de los noventa y de su odio absoluto hacia los hombres que hacían "curl de bíceps" en el rack de sentadillas.

Satoru, por su parte, le contó anécdotas ridículas sobre la alta sociedad. Le describió cenas de gala donde embajadores se peleaban por el último canapé de caviar, de cómo una vez compró una isla pequeña solo porque quería jugar a las escondidas sin molestar a los vecinos, y de cómo su mayor ambición en la vida en este momento era encontrar una pastelería en D.C. que hiciera unos mochis dulces que no supieran a goma de mascar rancia.

—Estás loco —le dijo Bakhar en un punto de la caminata, negando con la cabeza mientras se reía de una historia sobre cómo Satoru había arruinado una subasta de arte pujando millones por un extintor de incendios que pensó que era arte moderno.

—Excéntrico es la palabra que usa mi departamento de relaciones públicas, querida —corrigió Satoru, levantando un dedo en el aire—. Pero prefiero pensar que vivo en una frecuencia diferente a la del resto. Tú lo entiendes, ¿no? Alguien con tus piernas definitivamente no vive en la misma frecuencia que la gente normal.

—Eso es lo más cercano a un cumplido friki y romántico que me han dado en la vida —admitió ella, ajustando la posición de su riñonera verde en la cintura—. Normalmente me dicen que parezco Chun-Li.

—Chun-Li es una aficionada comparada contigo, Bakhar. Sus píxeles no te llegan a los talones.

Aproximadamente a los tres kilómetros, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas, anunciando el atardecer, la multitud se había disipado un poco. Bakhar, que no había sudado ni una gota visible, disminuyó la marcha hasta detenerse cerca de un banco de piedra frente al agua.

Satoru se detuvo a su lado, respirando de manera un poco más pesada, pero tratando de ocultarlo con una sonrisa triunfal.

—Bueno, bueno, bueno —jadeó ligeramente Satoru, apoyando las manos en sus rodillas enfundadas en pantalones de tela de diseño—. Tres kilómetros. Nada de quejas. Mis zapatos italianos sobrevivieron, y mi orgullo está intacto. Gané.

Bakhar se apoyó contra el tronco rugoso de un cerezo enorme. Cruzó los tobillos y lo miró con diversión. La luz dorada del atardecer rebotaba en su piel bronceada, iluminando el piercing de su nariz y haciendo que las flores rosadas a su alrededor parecieran casi mágicas.

—Sobreviviste, Casper. Hay una diferencia. Pero un trato es un trato. Me debes una cantidad obscena de proteínas.

Satoru se enderezó. Miró el rostro relajado de Bakhar. El viento jugaba con el largo cabello oscuro de ella, enviando mechones hacia su rostro. Ella los apartó con un movimiento descuidado de su mano tatuada.

La atmósfera entre los dos cambió súbitamente. La comedia competitiva de la última hora se asentó, dejando en su lugar algo más espeso, algo eléctrico y peligrosamente magnético. Satoru, el hombre que controlaba cada sala a la que entraba, sintió que perdía el equilibrio estando a un metro de esta mujer.

Dio un paso hacia ella. La distancia se redujo. Bakhar no retrocedió. Su espalda estaba contra el árbol, y en lugar de encogerse bajo la inmensa altura de él, levantó la barbilla, desafiándolo con la mirada.

Satoru apoyó una mano en el tronco del árbol, justo al lado de la cabeza de Bakhar, inclinándose ligeramente sobre ella. Por primera vez en la tarde, no sonreía.

—El almuerzo tendrá que esperar a la cena, Nabieva —susurró Satoru. Su voz era grave, apenas audible sobre el susurro del agua del Potomac golpeando el muro de piedra—. Conozco un lugar. Oscuro. Discreto. Sirven unos filetes del tamaño de mi cabeza. Y postres ridículamente dulces.

Bakhar sintió que su pulso se aceleraba. Miró los labios de Satoru, y luego subió a esas gafas oscuras que escondían los ojos azules más increíbles que había visto jamás. Su olor amaderado estaba en todas partes, envolviéndola.

Levantó una mano. Con sus uñas pintadas de rojo brillante, trazó la línea del cuello alto del suéter negro de él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la fina cachemira. Satoru contuvo la respiración de forma imperceptible.

—Más te vale que el filete sea bueno, Gojo —murmuró ella, su voz ronca cobrando un tono peligrosamente seductor—. Porque la próxima vez, te haré hacer sentadillas búlgaras hasta que llores.

Satoru esbozó esa sonrisa arrogante y deslumbrante que ella comenzaba a encontrar irritantemente atractiva.

—Es una promesa, preciosa.

Él retrocedió, rompiendo la burbuja de tensión, pero sin quitarle los ojos de encima. Metió la mano en su bolsillo, sacó su teléfono último modelo, recubierto de titanio, y se lo tendió.

—Dame tu número. Te enviaré la dirección y un coche a tu hotel a las ocho. Y por favor, ponte algo de ropa normal. Si vas con esos shorts al restaurante, el chef podría sufrir un infarto y quedarnos sin cena.

Bakhar rió, una carcajada fuerte y abierta. Tomó el teléfono de Satoru con sus manos fuertes y tecleó rápidamente su número, guardándose en sus contactos bajo el nombre de "Chun-Li con esteroides". Le devolvió el teléfono con una sonrisa pícara.

—No prometo nada sobre los shorts. Tal vez lleve la chaqueta Nike para darle un toque elegante.

Satoru miró la pantalla, leyó el nombre del contacto y soltó una carcajada encantada.

—A las ocho, Bakhar. No llegues tarde. No estoy acostumbrado a esperar.

—Pues vete acostumbrando, Casper.

Bakhar se dio la vuelta, dándole la espalda. Satoru se quedó de pie allí, bajo la lluvia de pétalos de cerezo, viéndola alejarse. Observó la firmeza de su paso, el verde vibrante de su riñonera, la cascada de cabello oscuro en su espalda, y la innegable e hipnótica cadencia de sus extraordinarias piernas.

Satoru Gojo se llevó las manos a los bolsillos de su abrigo, sonriendo para sí mismo bajo el sol poniente de Washington. La vida, de repente, había dejado de ser aburrida. De hecho, se perfilaba como el entrenamiento más agotador, emocionante y delicioso de toda su existencia.

Y francamente, no podía esperar a que empezara. De