Un Juicio
La luz era tan fuerte que sentía que mis ojos ardían. Necesitaba un descanso, pero el juicio aún no estaba por terminar. Mi labor como escriba era desgastante, aunque sólo se me requería en momentos puntuales. Siempre era incómodo mirar a los Soldados Santos; mis ojos, modificados para captar y almacenar toda la información, eran una bendición otorgada por la Santa Congregación y su divina misericordia. Pero al verlos, siempre sentía esa incomodidad: podía percibir sus expresiones marcadas por la batalla y ese dolor extrañamente vacío que habitaba en ellos.
Sin embargo, lo más inquietante eran aquellos Soldados Santos a quienes los funcionarios llamaban de una forma que no se solía repetir en voz alta, por temor a su significado.
El velo blanco que cubría la presencia de la bendita Congregación sólo permitía ver sus siluetas, ya que pocos éramos los autorizados a verles. Incluso un alto funcionario como yo nunca había visto más que sus largos trajes blancos y sus rostros cubiertos por máscaras de acero negro. Las máscaras tenían cuencas redondas a la altura de los ojos y sonrisas dibujadas en algunas, bocas de tristeza en otras. Sin embargo, me acostumbré a no mirarles directamente en las pocas ocasiones en que estuve tras el velo.
El sargento enjuiciado, subido en el altísimo estrado, parecía conocer su destino. Sin embargo, no reflejaba temor.
Era el momento del veredicto. Mi labor por hoy estaba por terminar. Lo supe porque se acercó al estrado uno de *ellos*.
Un *Hombre que ríe*.
Así se les conocía. El escalofrío habitual recorrió mi cuerpo.
Yo también fui modificado y bendecido, pero no soy un guerrero ni un soldado. A mí sí se me permite sentir miedo. Mi mente, diseñada para grabar, agudiza mis sentidos de supervivencia. Y sin duda, él —y los de su tipo— me hacían querer huir.
Se colocó al lado del acusado, con una sonrisa perpetua en el rostro.
Vestía una túnica negra. No dejaba ver su rango. Pero todos los Hombres que ríen son Soldados Santos. Algunos creen que es un requisito. Otros, que es una consecuencia.
Lo cierto es que fue designado como **Orador de este juicio**, como vocero de la Santa Congregación. Ellos evitan hablar directamente a los mortales. En mis muchos juicios, pocas veces escuché sus voces.
El Hombre que ríe se dirigió al condenado:
—Sargento A98B1, se te acusa de ser el superviviente de mayor rango de la campaña de reunificación del planeta *Lonker Tercero*. ¿Es verdad eso?
—¡Sí, señor! —indicó el acusado.
—Sobreviviste, y tu Orador Supremo asignado, ¿no?
—Él sacrificó su vida para que yo sobreviviera, señor.
—¿Y su Jefe de Coros?
—Un proyectil destruyó su cabeza, señor.
—Un Sargento debe morir por su Orador Supremo. Así lo dicta el Santo Grimorio de los Soldados Santos.
—Lo sé, señor.
—Entonces, si estás consciente… conoces tu sentencia. Aun así, debo recordarla para los registros.
—Serás condenado a la *purificación por fusilamiento*.
El Orador sonrió con algo que parecía satisfacción.
El sargento bajó lentamente del estrado. Se arrodilló frente al velo blanco que cubría a la Santa Congregación y dijo:
—Nací para servir. Nací para pelear. Santas son tus hordas y santa es tu cruzada. Gracias por permitirme estar en su presencia.
Tras eso, caminó lentamente hacia la salida, donde —tanto él como yo sabíamos— lo esperaba el pelotón de fusilamiento.