El bosque devorador

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Summary

Bajo el pelaje de un conejo late el alma de un niño desaparecido, quien intenta en vano frenar a Lidia antes de que el bosque la devore. En el corazón del claro, el hambre ancestral del bosque transforma sus gritos en graznidos agudos. Ahora, dos niños convertidos en presas esperan el invierno eterno de su cautiverio.

Genre
Mystery
Author
N.S. Vera
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El bosque devorador

El Bosque devorador.

Lidia caminaba hacia el límite del pueblo con un conejo de ojos demasiado humanos apretado contra su pecho. Lo había encontrado bajo su cama hacía tres días. El animal no comía zanahorias, sino que lloraba en silencio por las noches con un sonido que recordaba extrañamente a un sollozo. Ella, convencida de que el bosque era el único lugar donde el animalito no sería descubierto por su madre, ignoró el cartel de madera podrida que prohibía el paso. "Solo son cuentos de viejos para asustarnos", se repitió, mientras sentía el corazón del conejo latir con una fuerza desesperada contra sus dedos.

Apenas cruzaron la primera línea de robles antiguos, el comportamiento del animal cambió. El conejo empezó a morder con fuerza la manga de la chaqueta de Lidia, tirando de ella hacia atrás, hacia la seguridad del pueblo. Lidia soltó una risita traviesa y lo regañó suavemente. Ella no podía saber que bajo ese pelaje gris estaba el alma de Julián, el niño que desapareció hace diez años y que ahora intentaba, con sus garras, salvarla de correr su misma suerte. Él recordaba el hambre del bosque, esa que no busca carne, sino formas humanas para devorar.

Sin escuchar los chillidos agónicos del animal, Lidia llegó al corazón del bosque: un claro donde la hierba brillaba con un verde antinatural y el aire olía a tierra mojada y magia antigua. El conejo se interpuso entre ella y una roca circular en el centro, pero Lidia lo apartó con curiosidad. Al pisar el centro del claro, una calidez extraña le recorrió los huesos. Sus manos empezaron a encogerse, cubriéndose de un plumaje color ceniza, y su voz, al intentar gritar de sorpresa, se convirtió en un graznido agudo que nadie en el pueblo alcanzaría a escuchar jamás.

El conejo se quedó allí, mirando con una tristeza infinita a la pequeña urraca que ahora aleteaba torpemente en el suelo. Julián comprendió que ahora no estaba solo en su cautiverio, pero el precio había sido que su amiga comparta el mismo destino que él. A lo lejos, las campanas del pueblo llamaban a cenar, un sonido que para ellos dos ya no significaba hogar, sino el eco de una vida que se borraba a cada segundo. Lidia, con su nueva mente de ave, ya solo pensaba en buscar una rama alta donde esconderse antes de que el invierno eterno del bosque cayera sobre ellos.

Escrito por: N.S.Vera