Capítulo 1
Paige Hayes
Mantenía la vista clavada en mis manos entrelazadas. Estaban pálidas, perfectamente limpias, pero si cerraba los ojos y me concentraba un segundo, todavía podía sentir lo caliente y espesa que era su sangre escurriéndose entre mis dedos.
Tres puñaladas. El sonido de la carne rasgándose bajo la hoja del cuchillo de la cocina era el único recuerdo que me daba algo de paz en este lugar. No me arrepentía de haberlo hecho. Me arrepentía de que no hubiera sido suficiente para matarlo.
—Paige. ¿Me estás escuchando?
La voz del Dr. Sloan rompió el silencio de su oficina. Levanté la mirada lentamente, encontrándome con sus ojos detrás de unas gafas de diseñador. Estaba sentado en su sillón orejero, con esa estúpida libreta en el regazo.—Te pregunté si las pesadillas han vuelto—insistió.
—No son pesadillas—dije. Mi propia voz sonó rasposa, rota por la falta de uso—Son recuerdos.
Sloan soltó un suspiro ensayado, profundamente condescendiente.—Hemos hablado de esto hasta el cansancio. El expediente es claro, Paige. Tu padrastro es un miembro respetado de la sociedad. Los episodios de paranoia y las falsas memorias que has construido son un mecanismo de defensa para lidiar con tus propios impulsos violentos. Intentaste asesinarlo a sangre fría.
—Me defendí—siseé. La rabia, fría y cortante, me latió en las sienes. No iba a llorar. Las lágrimas se me habían secado la misma noche que mi madre vio la sangre, me vio temblando en el rincón, y en lugar de creerme, corrió a socorrer al monstruo—Él abusaba de mí. Entraba a mi cuarto cuando la casa estaba a oscuras. Y a ustedes les paga millones para que me mantengan drogada, encerrada y callada.
—Esa actitud hostil solo prolongará tu estadía con nosotros. Estás aquí para sanar. Para reestructurar tu percepción de la realidad. Si sigues aferrándote a esta fantasía donde tú eres la víctima y él es el villano, nunca vas a salir. ¿No ves el daño que le causaste a tu madre?
Apreté la mandíbula hasta que los dientes me dolieron.
—Mi madre es una cobarde. Y usted es un hipócrita con un título comprado.
Sloan no movió un solo músculo de la cara. Anotó algo en su libreta con una pluma fuente.
—Tus niveles de agresividad están contenidos, pero sigues en una negación profunda. Vamos a aumentar ligeramente la dosis de tus estabilizadores. Y por ahora, quiero que salgas y uses tu tiempo de recreación. Relaciónate, Paige. El aislamiento solo alimenta tus delirios.
La puerta magnética del consultorio se deslizó con un zumbido imperceptible. Un guardia de seguridad privada, con un traje de corte impecable gris plomo y el arma reglamentaria abultando discretamente bajo la chaqueta, me escoltó por los pasillos amplios. Todo era mármol italiano y luces cálidas. Cámaras invisibles seguían cada uno de mis pasos. Una prisión de cristal para la élite. El área común parecía el lobby de un hotel de cinco estrellas. Sofás de terciopelo, grandes ventanales blindados, estanterías de caoba. Los residentes llevábamos uniformes pulcros en tonos blancos y grises.
Yo no quería relacionarme con nadie. Caminé pegada a la pared y me dejé caer en un sillón apartado, en la esquina más sombría. Crucé los brazos sobre el pecho, intentando hacerme invisible.
Pero en este lugar, la debilidad es sangre en el agua.
Sentí una presencia antes de verlo. Una sombra bloqueó la luz de la lámpara cercana. Un aroma a menta, sudor limpio y peligro inminente me envolvió, obligándome a contener la respiración.
Levanté la vista. El chico estaba de pie frente a mí, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón institucional. Era alto, de hombros anchos y una mandíbula tan tensa que parecía tallada en piedra. Tenía un hematoma amarillento desvaneciéndose en el pómulo izquierdo y una mirada tan oscura y pesada que amenazaba con tragarme entera.—Soy Jude Stele—dijo. Su voz era un barítono bajo, un roce de lija que hizo que los vellos de mi nuca se erizaran.
Sostuve su mirada en completo silencio, desafiándolo a que se largara. Él no lo hizo. Se sentó en el sofá de enfrente, invadiendo mi espacio personal con una naturalidad exasperante. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Por qué estás aquí?—preguntó. Sus ojos recorrieron mi rostro buscando grietas.
—Por nada—respondí, cortante.
Una sonrisa torcida, desprovista de cualquier tipo de humor, asomó en sus labios.
—Eso dicen todos.
—¿Y tú por qué estás aquí?—escupí, a la defensiva—¿Por estrellar el auto deportivo de papá?
Jude soltó una risa seca.
—Ojalá. Era peleador clandestino. Di un mal golpe en el ring y el otro cabrón no se levantó. Mis padres son políticos. No podían tener a un asesino ensuciando su campaña, así que firmaron los papeles, donaron una fortuna y me encerraron aquí.
Me quedé callada, procesando la frialdad de su confesión. Había una violencia latente en él, algo salvaje contenido a la fuerza.
—Bienvenida al Purgatorio, por cierto—murmuró, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un secreto que solo nos pertenecía a nosotros dos—¿Ya te dieron el tour?
Negué lentamente con la cabeza, sin apartar mis ojos de los suyos. La sonrisa de Jude se ensanchó un milímetro, afilada y peligrosa.—Es tu día de suerte, porque estoy aburrido.
Se acomodó mejor en el sofá, sin romper el contacto visual ni por un segundo.—Este lugar está dividido. Nosotros estamos en la cima de la cadena alimenticia de la decencia, el Ala A. —Señaló con un movimiento imperceptible de barbilla a los demás—Ricos con diagnósticos manejables y delitos menores. Adictos con fondos fiduciarios. Tenemos habitaciones de hotel, libros, gimnasio y menos restricciones. Somos los niños buenos.
La tensión en el aire se volvió más densa.
—Más abajo, la cosa cambia. El Ala B es para los violentos y los manipuladores. Criminales. Tienen más vigilancia y están sometidos a terapias obligatorias.
Se inclinó un poco más hacia mí. Tragué saliva.
—El Ala C... para los que ya no tienen arreglo. Homicidas, agresores, traficantes. Celdas individuales blindadas. Interacción cero. Aislamiento total en la oscuridad como castigo a la menor provocación.
—¿Hay más?—pregunté en un susurro involuntario, sintiendo que me faltaba el aire.
—Siempre hay más—ronroneó, acercándose lo suficiente para que el olor a menta me inundara—El Ala D. Es el fondo del abismo. Totalmente aislados de todos nosotros. Ahí es donde meten a los hijos de los capos de la mafia, asesinos a sueldo, psicópatas y herederos tan problemáticos que sus familias necesitan proteger a toda costa... o proteger al mundo de ellos. Jamás nos juntan con ellos.
Jude se recargó lentamente en el respaldo de su sofá. Había un magnetismo tóxico vibrando en el espacio que nos separaba—Así que dime, Paige... —pronunció mi nombre saboreando las sílabas, como si supiera exactamente a qué sabía mi oscuridad—Si de verdad no hiciste "nada"... ¿por qué tienes la mirada de alguien que pertenece al Ala D?
—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté ignorando su pregunta.
Jude se encogió de hombros con una lentitud calculada, sin apartar sus ojos de los míos. El magnetismo de su presencia era sofocante.—Eres la nueva. Todos en este lugar sabemos tu nombre.
Apreté los puños sobre mi regazo, ocultándolo bajo las mangas del suéter institucional. Él notó el movimiento. Por supuesto que lo notó. Su mirada bajó hacia mis manos por una fracción de segundo antes de volver a clavarse en la mía.
—Estás evadiendo mi pregunta, Paige—ronroneó. Apoyó el peso de su cuerpo hacia adelante de nuevo, invadiendo ese espacio que yo tan desesperadamente intentaba mantener vacío.
—No estoy obligada a contestarla—escupí, irguiendo la espalda y endureciendo la mandíbula—De hecho, no estoy obligada a hablar contigo. Quiero estar sola. No me interesa relacionarme contigo, ni con nadie más en este maldito lugar.
Esperé que se levantara. Esperé que mi rechazo lo ofendiera, que su ego de niño rico herido lo hiciera largarse y dejarme pudrirme en paz. Pero solo sonrió, apenas un leve levantamiento en la comisura de sus labios que no llegó a iluminar sus ojos.
—Llevas una semana aquí—dijo, y su tono de voz perdió cualquier rastro de burla. Se volvió bajo, serio, una advertencia cubierta de hielo—Este es un lugar peligroso. Por mucho que creas que puedes sobrevivir sola en tu esquina oscura, no es así. Deberías hacerte de un círculo.
Solté una risa sin humor, seca y áspera. Recorrí con la mirada el espacio vacío a su alrededor y luego volví a su rostro, alzando una ceja, destilando todo el veneno que pude reunir.—¿Me estás invitando a tu círculo?—pregunté con sarcasmo, arrastrando las palabras—Porque, con todo respeto, no veo a nadie más aparte de ti.
Sin decir una palabra y sin romper nuestro contacto visual, levantó una mano a la altura de su hombro y trazó un movimiento imperceptible con dos dedos en el aire. Ni siquiera tuve tiempo de procesar la señal. De detrás de una de las pesadas estanterías de caoba, una sombra se desprendió. Los pasos del chico eran tan silenciosos sobre el mármol que, si no lo hubiera visto aparecer en mi visión periférica, no me habría dado cuenta de que se acercaba.
Era más delgado que Jude, con el cabello rubio cayéndole sobre los ojos y una postura relajada que escondía una mente que parecía estar procesando cada detalle del entorno. Se detuvo justo al lado del sofá de Jude, metió las manos en los bolsillos de su pantalón blanco, y me escrutó con una mirada analítica, penetrante, como si estuviera diseccionándome mentalmente.
Jude se recargó en el respaldo del sofá, cruzó los brazos sobre su ancho pecho y me sostuvo la mirada con una autoridad que me hizo apretar los dientes.
—Él es Aarón Pierce—lo presentó Jude, con esa voz rasposa que parecía vibrar en mi propio pecho—Es hacker.
Aarón me dio un asentimiento casi imperceptible con la cabeza. Sus ojos oscuros no mostraban una sola emoción; me analizaba con frialdad, como si yo fuera algo que necesitaba descifrar.
—Vació las cuentas de la corporación de su propia familia y desmanteló sus servidores por puro aburrimiento—continuó Jude, con una sonrisa ladeada—Sus padres prefirieron comprar a la junta médica, conseguirle un diagnóstico y encerrarlo aquí, antes que permitir que el escándalo hundiera sus acciones y terminara con un traje naranja en una prisión federal. Me quedé mirándolos a los dos en silencio. Mi mente procesaba las palabras de Jude mientras una sensación de asco me revolvía el estómago. El Complejo Penitenciario Psiquiátrico de la Élite. O el Purgatorio como la mayoría lo llamaba. Mientras más lo entendía, más repugnante me parecía. No era un hospital, ni siquiera era una prisión real. Era un basurero de oro. Un cajón forrado en terciopelo donde las familias poderosas escondían a sus herederos defectuosos, a sus monstruos y a sus vergüenzas debajo de una alfombra de mármol italiano.
Yo no era como ellos. Yo no era una niña rica aburrida jugando a ser criminal, ni una hacker berrinchuda, ni una adicta con un fondo fiduciario ilimitado. Yo estaba aquí porque había intentado matar al diablo que se metía en mi cama, y el diablo, con su dinero y su poder, había ganado la partida.
—Qué historia tan conmovedora—dije, mi voz goteando un sarcasmo tan afilado que hizo que la media sonrisa de Jude se desvaneciera—Felicidades por su pequeño club de sociópatas privilegiados.
Me puse de pie de golpe. El movimiento repentino hizo que los anchos hombros de Jude se tensaran por puro instinto, preparado para un ataque, pero lo ignoré por completo.—No juego a las pandillas—escupí, mirándolo desde arriba con todo el desprecio que pude reunir—No necesito un círculo, no necesito amigos, y definitivamente no los necesito a ustedes. Así que háganme el maldito favor de mantenerse lejos de mí.
Antes de que Jude pudiera responder con esa voz áspera, o Aarón terminara de procesar mi reacción, me di la vuelta.
Recorrí con la mirada la enorme y lujosa sala de recreación. Vi a los demás residentes esparcidos por los sofás, hojeando libros o charlando en voz baja. Puros niños ricos con las cabezas vacías. Marionetas superficiales que comparaban sus dosis de clonazepam como si fueran marcas de diseñador, llorando por problemas de plástico mientras vivían protegidos en su burbuja de cristal. Me daban náuseas.
Enderecé la espalda, alcé la barbilla y caminé con paso firme por el pasillo, alejándome de la zona común. Podía sentir la mirada pesada de Jude quemándome la nuca a cada paso que daba, pero no me detuve ni volteé a verlo.
Solo quería entrar a mi habitación. Necesitaba que la puerta magnética se sellara a mis espaldas para poder sentarme en el suelo frío, abrazar mis rodillas y perderme, una vez más, en el único lugar que sentía mío: mi propia oscuridad.
La puerta magnética se selló a mis espaldas con un sordo clic que me sonó a una sentencia de muerte. Me deslicé por la pared hasta que mis rodillas tocaron el suelo helado. Abrace mis piernas contra mi pecho, escondí el rostro y dejé que la oscuridad de la habitación me tragara.
El agotamiento me venció más rápido de lo que esperaba, arrastrándome a ese lugar del que no podía escapar ni siquiera cerrando los ojos.
Tenía siete años.
El cuarto estaba a oscuras, iluminado solo por las estrellas de plástico fluorescente que mi madre había pegado en el techo. Yo abrazaba a mi oso de peluche, sintiéndome segura bajo la colcha rosa.
La puerta se abrió muy despacio, dejando entrar un hilo de luz amarilla que se alargó sobre la alfombra. Una sombra inmensa, ancha y aterradora, bloqueó la luz. Mi corazón de niña empezó a latir tan rápido que me dolía el pecho. Quise llamar a mi mamá, quise gritar que había un monstruo en la puerta, pero el monstruo ya estaba adentro.
El colchón se hundió bajo su peso. El olor a loción cara, tabaco y whisky me golpeó la cara, robándome el aire. Una mano enorme, pesada y áspera, se cerró sobre mi boca, aplastando mis labios contra mis dientes. El oso de peluche cayó al suelo.
«Calladita, mi niña. Si haces ruido, vas a despertar a mami y se pondrá muy triste», susurró esa voz profunda junto a mi oreja. Su aliento me quemaba. El terror me paralizó los músculos. Las lágrimas se desbordaron de mis ojos, calientes y silenciosas, perdiéndose en la almohada mientras el peso de ese hombre me aplastaba, asfixiándome, rompiendo mi mundo en pedazos tan pequeños que nunca volverían a encajar. Yo lloraba por mi mamá en mi mente, rogando que entrara y me salvara, pero nadie vino. Nadie vino nunca.
Me desperté de golpe, ahogando un grito en el silencio de mi habitación. Estaba empapada en sudor frío, temblando tan violentamente que los dientes me castañeaban. Me llevé las manos a la cara, arañándome las mejillas, intentando arrancarme la sensación fantasma de su piel contra la mía. Respiré por la boca, jadeando, buscando oxígeno en un cuarto que de pronto se sentía demasiado pequeño.
Marcus Vale.
Su nombre en mi mente era veneno puro. Un ácido que me carcomía las entrañas. Lo odiaba con una fuerza tan oscura y absoluta que a veces sentía que me iba a hacer estallar el corazón.
Para el mundo exterior, Marcus era un dios intocable. Un empresario exitoso con portadas en revistas de negocios, un abogado audaz que ganaba los casos más mediáticos, un filántropo que sonreía perfecto en las cenas de caridad. Un hombre intachable. El esposo ideal que mi madre adoraba como a una deidad. Ella estaba tan ciega, tan adicta a la vida de lujos y al estatus que él le daba, que había elegido cerrar los ojos ante el monstruo que dormía en su propia cama.
Pero yo conocía la verdad bajo el traje de diseñador. Marcus Vale no era más que un mafioso de ligas menores jugando a ser un pez gordo. Un abogado vendido que lavaba dinero para gente mucho peor que él. Un ser despreciable, podrido hasta la médula. Un violador de niñas.
Un sollozo estrangulado se me escapó de la garganta al pensar en casa. No por mi madre, a ella la había perdido el día que eligió no creerme. Sino por mi hermanita. El pánico me atravesó el pecho como una de las puñaladas que le había dado a él. Ella todavía estaba ahí. En esa casa enorme, con esos pasillos largos y esas puertas que no tenían seguro. Mientras yo estuve ahí, yo era su escudo. Fui yo quien recibió todo el daño para que él no tuviera que mirar en otra dirección. Pero ahora yo estaba encerrada, y el monstruo seguía suelto por los pasillos de su propia casa.
¿Y si le hace lo mismo? ¿Y si entra a su cuarto en la madrugada? La impotencia me hizo golpear el suelo de mármol con los nudillos hasta que la piel se me enrojeció.
Fue él quien le propuso a mi madre meterme aquí. Lo escenificó a la perfección, el padre herido pero comprensivo, buscando "ayuda psiquiátrica de primer nivel" para su hijastra trastornada. El Purgatorio no era una clínica de rehabilitación para él; era un basurero. Marcus usaba este lugar para deshacerse de la gente que le estorbaba. A sus rivales comerciales los hundía con demandas o chantajes, pero a las personas que realmente representaban un peligro para su fachada—como yo—las enterraba vivas en jaulas de oro bajo diagnósticos falsos y recetas de estabilizadores.
Me había borrado del mapa para seguir siendo el intocable Marcus Vale.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la manga, sintiendo cómo la tristeza se evaporaba, dejando en su lugar algo mucho más útil, mucho más letal. Una furia gélida.
Podría estar en el Purgatorio, rodeada de criminales y sociópatas, pero Marcus había cometido un error. Me había dejado viva. Y se lo iba a hacer pagar. Con sangre, con su reputación, con cada pedazo de su falsa vida perfecta. Lo iba a destruir.
A la mañana siguiente, el comedor del Ala A parecía el restaurante de un club de campo. La luz del sol se filtraba por los inmensos ventanales blindados, iluminando las mesas donde se servía jugo recién exprimido y fruta fresca.
Tomé mi bandeja y caminé con la espalda recta hasta la mesa más alejada, en mi esquina sombría. Me senté sola, aislada del resto, exactamente como lo había hecho durante los últimos cinco días. No me interesaba su comida gourmet ni su compañía.
Mientras removía el café negro con desgano, observé el lugar. A un par de mesas de distancia, Jude y Aarón desayunaban juntos. Hablaban en voz baja, con esa postura tensa que los hacía destacar del resto. Jude levantó la vista un segundo, sus ojos oscuros cruzándose con los míos, pero yo le sostuve la mirada con una frialdad cortante hasta que él decidió mirar hacia otro lado. El resto de los residentes flotaban en su propio mundo, niñas ricas riendo de cosas sin sentido, herederos dopados mirando al vacío, todos perdidos en sus burbujas de cristal.
La temperatura del comedor pareció descender de golpe.
No hubo un anuncio, ni puertas azotándose, pero el aire se volvió pesado. Mis instintos, afilados por años de sobrevivir en la oscuridad de mi propia casa, me hicieron levantar la vista hacia la entrada.
Y lo vi.
Era muy alto, de complexión delgada pero firme, como si cada músculo de su cuerpo estuviera tensado bajo la tela de su ropa. Sus hombros eran rectos, imponentes, y se movía con una lentitud que emanaba una frialdad absoluta.
Tenía el cabello negro, espeso y desordenado, cayéndole sobre la frente en gruesos mechones que casi rozaban sus ojos. No parecía arreglado frente a un espejo; era un descuido oscuro, salvaje, pero que se notaba hecho con total intención. Su piel era clara, pálida y uniforme, sin una sola imperfección visible que delatara humanidad. Su rostro parecía esculpido en mármol frío: la mandíbula rígidamente marcada, los pómulos altos y cortantes, y unos labios llenos y bien delineados que se mantenían en una línea recta e inexpresiva.
Llevaba un pequeño aro de metal oscuro en la aleta de la nariz y un pendiente largo con una cruz colgando de su oreja izquierda. En cualquier otro chico, esa joyería habría gritado rebeldía adolescente, un intento desesperado por llamar la atención. Pero en él no. En él parecía una advertencia. Una profanación.
Vestía el mismo uniforme blanco y gris del Ala A, los mismos pantalones institucionales y el mismo suéter, pero él no encajaba aquí.
Llevaba cinco días escaneando cada rincón de este maldito lugar, memorizando cada rostro, cada guardia, cada enfermero. Y jamás lo había visto hasta ahora.
De pronto, se detuvo en medio del pasillo. Giró el rostro lentamente y sus ojos me encontraron. Eran grises y oscuros. Tan profundos que parecían absorber la poca luz que entraba por las ventanas. Me clavó una mirada fija, depredadora, sin parpadear. El ruido de los cubiertos de plata golpeando la porcelana y las voces de los demás residentes se desvanecieron en un zumbido sordo.
De repente, solo estábamos él y yo en la inmensidad de esa habitación. El silencio entre nosotros se volvió ensordecedor. La tensión eléctrica, casi violenta, me atravesó el pecho. Sentí el pulso latirme en la garganta, pero me negué a apartar la vista. Le sostuve la mirada con la misma intensidad desafiante, reconociendo en sus ojos algo que yo conocía muy bien.
Oscuridad.
Una oscuridad tan inmensa que amenazaba con devorarme viva.
Pero el momento se rompió.
Un guardia con el impecable traje gris plomo se interpuso en mi línea de visión, acercándose al chico. Le dijo algo en voz baja, hizo un gesto seco con la cabeza y señaló hacia el inmenso arco de mármol que conectaba el área común con el pasillo de las habitaciones. El procedimiento de ingreso. Lo estaban escoltando a su cuarto. Era nuevo. Por eso jamás lo había visto.
El chico rompió el contacto visual con la misma lentitud gélida con la que lo había iniciado. Giró el rostro y siguió al guardia por el largo pasillo sin decir una sola palabra, moviéndose con esa gracia depredadora y contenida que definitivamente no encajaba con el resto de los niños buenos del Ala A. Lo vi desaparecer tragado por las sombras del corredor.
Mi mente, empezó a trabajar a una velocidad vertiginosa. Si quería salir de aquí, si quería destruir a mi padrastro y proteger a mi hermana, no podía seguir jugando a ser el fantasma en la esquina de la habitación. Necesitaba mover mis propias piezas.
Agarré mi charola. Los cubiertos de plata tintinearon suavemente contra la fina porcelana. Me puse de pie, enderecé la espalda y caminé con paso firme, abandonando mi rincón de aislamiento. Ignoré los murmullos insulsos de las niñas ricas y las miradas de reojo de los herederos dopados. Fui directo hacia la mesa donde Jude y Aarón continuaban su charla en voz baja.
Sin pedir permiso, dejé caer mi charola sobre la madera pulida en el espacio vacío frente a ellos. Arrastré la silla pesada y me senté, apoyando los codos sobre la mesa con una frialdad meticulosamente calculada.
La conversación murió al instante. Aarón ni siquiera parpadeó; simplemente ladeó la cabeza y me escrutó con esos ojos analíticos de hacker, procesando mi repentino cambio de patrón en su mente como si yo fuera un código que acababa de reescribirse frente a él.
Jude se detuvo en seco. Dejó su taza de café sobre el plato con lentitud y alzó la vista. El músculo de su mandíbula saltó. Una genuina confusión cruzó por su rostro de facciones duras. Me miró fijamente, evaluando el terreno, tratando de descifrar a qué se debía mi cambio de actitud.
Le sostuve la mirada, mi expresión completamente vacía, mi tono de voz tan afilado y helado como el mármol bajo nuestros zapatos.—La oferta de entrar a tu círculo... —murmuré, inclinándome un poco hacia adelante—¿Aún sigue en pie?
Jude ladeó la cabeza. Sus ojos oscuros me escanearon con desconfianza, buscando la trampa detrás de mi repentina sociabilidad.—Ayer nos dejaste muy claro que no jugabas a las pandillas y nos mandaste al diablo—dijo, su voz rasposa cargada de sospecha—¿Por qué el cambio de opinión tan repentino, Paige?
Le sostuve la mirada sin parpadear.
—Me di cuenta de que tenías razón—mentí, con una frialdad y una facilidad que me asustaron un poco—Este lugar es un nido de víboras. Sobrevivir sola en mi esquina oscura es agotador. Necesito dejar de mirar a la pared o me volveré loca.
Jude me estudió un segundo más antes de que esa sonrisa torcida, desprovista de humor pero llena de arrogancia, reapareciera en sus labios. Se reclinó en la silla, relajando los hombros—Bienvenida, a nuestra mesa Paige.
Iba a responder, pero el aire en el comedor volvió a cambiar, volviéndose denso y asfixiante. El chico nuevo había regresado. Salió del pasillo de las habitaciones caminando con esa misma lentitud depredadora. Ignoró a los guardias, ignoró las miradas curiosas y se dirigió directamente a la estación de comida. Tomó una charola de plata con una mano, pero no se sirvió nada del buffet gourmet. En su lugar, agarró únicamente una manzana roja.
Con un movimiento seco, dejó caer la charola vacía sobre la barra. El estrépito metálico resonó por todo el comedor, haciendo que varios residentes dieran un respingo. Él ni se inmutó. Caminó hasta la pared de mármol más cercana, apoyó la espalda contra ella, flexionó una pierna y le dio un mordisco a la manzana.
Y entonces, clavó sus ojos oscuros directamente en nuestra mesa. En mí.
La intensidad de su mirada era paralizante. Era un abismo negro, indescifrable y peligroso. Sentí que el aire me faltaba, pero me obligué a mantener el rostro inexpresivo.
Me incliné ligeramente hacia el centro de la mesa, sin apartar mis ojos del chico.—¿Te conoce?—le murmuré a Jude en voz baja. Jude siguió mi mirada. Su mandíbula se tensó al instante, y sus músculos se prepararon para un impacto que no iba a llegar.
—Te está mirando a ti, no a mi—respondió Jude, con la voz áspera y en guardia—De hecho, lo mismo iba a preguntarte.
Antes de que pudiera decirle que jamás lo había visto en mi vida, una presencia nueva invadió nuestro espacio. Una chica se deslizó desde una de las mesas contiguas y se apoyó en el respaldo de la silla vacía junto a Aarón. Tenía el cabello castaño en un enredo salvaje, unas gafas redondas que le daban un aspecto de genio desquiciada, y una sonrisa torcida que delataba una fascinación morbosa.—Se llama Ace Vaelith—susurró la chica, sin saludar, con los ojos fijos en el chico de la manzana—Lo ingresaron hoy en la madrugada. Es un asesino en serie.
Jude frunció el ceño y Aarón ladeó la cabeza, finalmente prestando atención. Yo me quedé paralizada, escuchando cómo el tono de la chica bajaba hasta convertirse en un siseo oscuro y emocionado.
—No mata a cualquiera—continuó ella, inclinándose más sobre nuestra mesa—Caza a hombres poderosos. Intocables. Políticos de alto perfil, banqueros, empresarios influyentes que creen que el mundo les pertenece porque tienen dinero. Ace los hace pedazos. Literamente.
Tragué saliva. La palabra empresarios influyentes resonó en mi cabeza como una campana fúnebre. Pensé en Marcus Vale.
—Siempre sigue el mismo patrón—detalló la chica de las gafas, frotándose las manos—Usa cuchillos. Los desangra lentamente. Su firma personal es dejar los cadáveres de rodillas, con las manos atadas en posición de rezo y una cruz perfecta tallada a pulso en la garganta.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Miré el pendiente con la cruz que colgaba de la oreja izquierda de Ace Vaelith. Él seguía recargado en la pared, masticando lentamente, sin apartar sus ojos grises de los míos.
—Si todo eso es cierto—habló Aarón, entrecerrando los ojos—y es un asesino serial que masacra a la élite mundial... ¿Qué demonios hace en el Ala A? Debería estar en una celda blindada en el Ala C o enterrado en el aislamiento del Ala D. No aquí, comiendo manzanas con los adictos y los cleptómanos.
La chica de las gafas sonrió de medio lado, ajustándose los lentes—Contactos—respondió ella con simpleza—Intenté revisar su expediente en el sistema, pero está encriptado con un nivel de seguridad militar. Lo que sea que haya hecho, alguien con muchísimo poder, alguien desde adentro, movió los hilos y pagó una fortuna para mantenerlo aquí arriba. A la vista de todos, pero completamente intocable. Solo sé su nombre porque así dice la placa nueva en su puerta.
Mi corazón latía con una fuerza desbocada, golpeando contra mis costillas. Un asesino de hombres intocables e influyentes. Volví a mirar a Ace Vaelith. Él seguía allí, inmóvil, observándome con esa oscuridad devoradora. Sentí una chispa peligrosa, retorcida y suicida encendiéndose en mi interior. Si Ace Vaelith se dedicaba a cazar y hacer pedazos a los monstruos de traje y corbata que se creían dioses, entonces él no era una amenaza para mí. Era una oportunidad. El arma perfecta y letal que yo necesitaba para destruir a Marcus Vale de una vez por todas.
Jude rompió mi hilo de pensamientos. Se giró hacia la chica de las gafas, mirándola con una expresión de pura incredulidad mezclada con desdén—¿Y tú cómo sabes todo eso loquita?—le espetó, cruzándose de brazos, con la voz rasposa cargada de escepticismo—El sistema está encriptado, tú misma lo dijiste. ¿O te inventaste toda esta historia de asesino en serie solo para acercarte a nosotros y parecer interesante?
La chica no se inmutó por la hostilidad de Jude. Su sonrisa de lunática solo se ensanchó un poco más. Se ajustó las gafas redondas en el puente de la nariz y se encogió de hombros con total ligereza.—Escucho cosas —respondió ella, con una calma inquietante—Todos en este lugar creen que estoy loca, así que los guardias, los médicos y las enfermeras hablan cerca de mí como si yo fuera un mueble más. La gente subestima lo que un "loco" puede retener.—Hizo una pausa, clavando sus ojos brillantes en Jude, y ladeó la cabeza con suficiencia—Y para tu información, yo no necesito parecer interesante. Lo soy.
Jude entornó los ojos, soltando un bufido de exasperación profunda. Ignoró la sonrisa triunfal de la chica y volvió a inclinarse sobre la mesa. Su postura seguía rígida, los músculos de sus hombros en alerta máxima. Lanzó una mirada rápida hacia la pared, donde Ace acababa de tirar el corazón de la manzana al bote de basura sin dejar de mirarme a mí.—Sea lo que sea o haya hecho lo que haya hecho—dijo Jude, bajando la voz hasta convertirla en una advertencia sombría—ese chico no me da buena espina. Mantengámonos alejados de él.
Aarón asintió en silencio, volviendo a su café como si la orden de Jude fuera código inquebrantable. Yo también asentí lentamente, fingiendo estar de acuerdo, ocultando mis verdaderas intenciones detrás de una máscara de hielo. Pero en mi mente, los engranajes ya estaban girando a toda velocidad. Jude quería mantenerse alejado para sobrevivir en este lugar. Yo, en cambio, iba a hacer exactamente lo contrario. Iba a acercarme al fuego hasta quemarme, porque era la única forma de volver a casa y reducir a cenizas al verdadero monstruo.