Sobre los Cuerpos

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Summary

El capitán del equipo de rugby necesita aprobar Anatomía 1. El mejor estudiante de medicina está dando tutorías.

Genre
Lgbtq
Author
Tarik.
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Introducción al Sistema Locomotor

La última hoja seca se desprende de la rama del roble. Cae sobre las demás en una línea suave. Todavía quedan rastros del otoño bajo el árbol, húmedos por la lluvia de la noche anterior, y la anterior a esa. Cubren el piso del patio interno, donde las raíces agrietan las antiguas baldosas. 

Atlas esconde el mentón en la bufanda. De pie en el pórtico, susurra para sí mismo. Sostiene una pequeña pila de folletos hechos por distintas manos. Cada uno de ellos es estéticamente único, pero todos contienen el mismo texto informativo que Atlas recuerda de memoria.

Aun así, repasa.

Un último vistazo al primer folleto de la pila, una inhalación profunda, y empuja las manijas de hierro forjado para abrir la puerta del edificio.

Ecos de las clases en curso resuenan en el pasillo, distantes. Atlas endereza los hombros. Avanza a paso seguro hasta la esquina noroeste de la Facultad de Medicina, donde se encuentra el anfiteatro anatómico.

Exhala.

— ...partir de la semana que viene, clases prácticas. —La voz de la profesora se eleva hacia el techo abovedado. Lo que desciende a cambio es la tenue luz natural que pasa por el tragaluz—. La idea es aplicar toda la teoría que estuvimos viendo hasta ahora, así que vayan repasando. Por hoy, terminamos.

Atlas desenrolla la bufanda. Las gradas de madera oscura forman un semicírculo alrededor de la mesa central. En los primeros niveles, unos pocos estudiantes organizan los apuntes y cierran los cuadernos. Incluso los más pequeños movimientos hacen crujir la madera.

La profesora tiene un asiento propio, frente al semicírculo. Ahí dejó apoyado su bolso y su abrigo, y se prepara para irse. Es una mujer joven, que siempre lleva el pelo atado en una trenza y la bata de laboratorio sin planchar.

Atlas baja por las gradas hasta el centro del anfiteatro. La profesora levanta la vista.

— ¿De vuelta en primer año?

Atlas esboza una sonrisa.

— ¿Se nota mi ausencia? —pregunta. La mujer devuelve la sonrisa—. Vengo a presentarte la nueva propuesta del Consejo.

La profesora se acerca a tomar el folleto que Atlas le muestra. Lo observa con atención.

—Vamos a estar ofreciendo tutorías de todas las materias de primer año con el objetivo de asistir a los estudiantes en la preparación de los exámenes finales —Atlas explica; frases ensayadas—. Mis compañeros van a pasar en estos días para hablar directamente con los alumnos, pero las tutorías empiezan hoy mismo. Por eso nos pareció correcto que los profesores lo supieran primero; sabemos que contamos con ustedes para participar de la difusión. En ese folleto están las materias y los horarios que se pueden elegir, así como el nombre del estudiante avanzado encargado de dictar la clase y dónde pueden encontrarnos.

La profesora asiente lentamente, mirando el folleto un poco más.

—Excelente —dice—. ¿Este me lo quedo?

Atlas asiente. Guarda los folletos restantes en el morral de cuero. La mujer guarda el suyo en un bolsillo de la bata, y comienza a ponerse el abrigo.

— ¿Definieron la lista? —pregunta. Atlas asiente una vez más—. ¿Todos de Medicina?

Ese es un defecto del que Atlas es consciente. No quiere decir que sea fácil admitirlo.

—Sí.

—Ah... —La profesora se cruza de brazos—. Esperaba que siguieran mi consejo.

Atlas inhala. El aire enfría la cavidad nasal como si todavía estuviera en el patio.

—No lo descartamos —dice—, para nada. Todavía estamos buscando la manera de crear lazos con estudiantes de otras carreras. Esperamos que esta iniciativa pueda posicionarnos en la comunidad educativa c-...

—Una pregunta.

Innecesariamente fuerte, la voz llena el anfiteatro. Atlas se queda callado. El chico que lo interrumpe se acerca con la mirada fija en la profesora; la pregunta es para ella.

Es notablemente robusto. Aproximadamente, quince centímetros más alto que Atlas. La mochila cuelga de un solo hombro, marcando con sutileza la forma redondeada del deltoides. Los nudillos de la mano que sostiene la correa están envueltos en vendas de algodón. Los de la mano que usa para quitarse la capucha, también.

— ...tutorías. —La voz de la profesora—. Justo estábamos hablando de eso.

El chico voltea. Mira a Atlas con una arruga entre las cejas. La cabeza está rapada a máquina. Los ojos claros, concentrados. Por debajo del buzo negro, asoma un centímetro de tela de color verde.

—Perdón —dice. Su tono es sorprendentemente suave—. No te vi.

Atlas separa los labios. Toma aire. Los vuelve a cerrar.

— ¿Vos también necesitás tutorías?

—No —Atlas responde—. Soy miembro del Consejo Estudiantil. —Mete la mano en el morral para sacar un folleto—. Ahí vas a encontrar información sobre las tutorías.

El chico toma el papel. Las manos son grandes, pero las usa con cuidado. Los bordes de las vendas están gastados, un poco sucios.

Atlas saluda a la profesora con una mirada y emprende el camino de vuelta fuera del anfiteatro. Algunas clases acaban de terminar, entonces los espacios comunes están un poco más concurridos. Algunas otras todavía continúan dentro de las aulas a lo largo del pasillo. Atlas camina en silencio.

Los últimos rayos de sol del atardecer atraviesan los ventanales. Dibujan formas geométricas de luz ocre sobre el piso de madera y hacen visibles las partículas de polvo suspendidas en el aire. Apenas son pasadas las cinco de la tarde, pero el peso del anochecer comienza a instalarse en los rincones.

Atlas dobla en la esquina a la derecha, en dirección al extremo sudeste. Por costumbre, se detiene frente a la cartelera informativa, un gran panel de corcho colocado en la pared a pocos metros de la cafetería. Ojea los papeles, algunos pegados con trocitos de cinta en las esquinas, otros clavados con chinches de metal, buscando alguna novedad.

Revisa el calendario académico. Seis semanas para que empiecen los exámenes finales. Siete semanas para las elecciones del Consejo Estudiantil. Ocho semanas para el torneo interuniversitario de deportes, año tras año el favorito indiscutido de la multitud.

Un volante en particular llama su atención. Un rectángulo de papel blanco con letras grandes en tinta roja: VOTE LISTA 1.

Atlas suelta el aire por la nariz, una especie de suspiro. Toma una esquina de la bufanda y la envuelve alrededor del cuello. Guarda las manos en los bolsillos del pantalón. Sus hombros se elevan involuntariamente, tratando de conservar el poco calor corporal que todavía no logró escapar entre los puntos del pulóver de lana.

Si quieren alcanzar a los adversarios, necesitan largar la campaña electoral cuanto antes. La fecha que tenían prevista puede resultar ser demasiado tarde. Atlas toma nota mentalmente: ajustar el cronograma, definir nuevas prioridades. Son temas para conversar de forma grupal en la reunión de mañana, nada que pueda resolver solo, ni durante la noche.

Un grupo de estudiantes sale de la cafetería. El murmullo hace que Atlas levante la vista. Reconoce a una de las chicas porque participó de algunas reuniones estudiantiles durante el año, a pesar de no formar parte del Consejo. La chica toma un sorbito de su bebida caliente, luego hace un comentario. La estudiante que camina a su lado ahoga una risa.

Uno de los chicos también resulta familiar. Lleva la campera desabrochada, lo que deja ver la camiseta de cuello polo que lleva debajo, estampada en rayas horizontales verdes y negras. Es el uniforme del equipo de rugby. Atlas debe haberlo visto en el campo de deportes, durante alguna sesión de entrenamiento.

Piensa en una voz estridente y falanges vendadas. Lo vio a él también, antes.

—Gracias. Nos vemos mañana.

El chico que interrumpe conversaciones ajenas para preguntar sobre las tutorías.

Sale de la cafetería sosteniendo un termo pequeño. Sin prisa, se suma al final del grupo. En cuanto notan su presencia, los demás corrigen la formación con naturalidad, para incluirlo. Atlas se ajusta los anteojos en un movimiento reflejo. Los observa abandonar el edificio por la puerta lateral, camino al campo de deportes.

Las ocho de la noche lo encuentran en la biblioteca, sumergido en el Manual de Bioética.

—Gratuidad y solidaridad —Atlas murmura—. Invocando la dignidad humana, deberían tener precio solamente las cosas.

Con el dedo índice, recorre el contorno del vaso de papel de café para llevar que tiene sobre la mesa. Lo poco que queda de líquido lleva un par de horas frío. Por encima de su cabeza, la lámpara de luz cálida titila.

Busca el reloj con la mirada. Necesita quedarse una hora más.

Es un secreto. Cuando lo recuerda, se fuerza a pensar en otra cosa para que nadie lo note dudando.

—El cuerpo humano y sus partes, como tales, no deberán ser objeto de lucro.

Está cansado. Al menos, demasiado cansado para dedicarse a dar clases. Las palabras continúan apilándose en la sección de tareas pendientes en su libreta de bolsillo. Tiene sus propios exámenes finales para los que necesita estudiar, y una sola posibilidad de presidir el Consejo Estudiantil que, si llega, debería encontrarlo bien preparado.

Negarse a ser tutor era un movimiento deshonesto. Esto, con un poco de suerte, es una huida elegante.

Atlas pasa la página.

— ...difusa frontera que deslinda la compensación económica, legítima... y la remuneración encubierta que quiebra la voluntad de quien accede a donar...

Atlas piensa. Involuntariamente. Verde y negro.

Es algo que les juega en contra, las elecciones justo antes del torneo anual. Todos tienen la mente en una sola cosa: el deseo de que el equipo de rugby se lleve una nueva victoria contra la Facultad de Humanidades, un nuevo trofeo dorado para colocar en la vitrina que decora el aula magna. No son únicamente los estudiantes, son también los profesores, ayudantes, auxiliares, la comunidad educativa entera.

La misma comunidad educativa para la que el Consejo Estudiantil trabaja todos los días, todo el año. La misma comunidad que accede a becas de ayuda económica, boleto estudiantil gratuito, jornadas de capacitación, conversatorios... Y aun así da al Consejo por sentado.

Atlas quisiera que las actividades que organiza el Consejo generen en la comunidad al menos una fracción del entusiasmo y el cariño que dedican al equipo deportivo. Tal vez sería posible si pudieran ver el esfuerzo detrás de cada iniciativa. Incluso una propuesta superficialmente simple, como las jornadas trimestrales de intercambio de apuntes, implica horas de reuniones, negociaciones y planificación.

Atlas se cruza de brazos. Sigue mirando el libro, pero ya no está leyendo.

Frente a él, la silla de madera cruje. La mochila se apoya en el piso, pesada, junto a la pata de la mesa. El chico suspira. Apoya los codos sobre la mesa y junta las manos vendadas. Atlas presta atención al rubor rosado que tiñe sus pómulos. Una gota de sudor que desciende por el cuello y se pierde bajo la tela negra de la camiseta térmica, una segunda piel.

El chico habla muy bajo. Atlas copia su posición, acercándose para poder escucharlo.

—Perdón por interrumpir más temprano. Necesito tutorías.

Atlas ajusta los anteojos. Mira el reloj.

—Anatomía —dice.

El chico asiente con la cabeza.

—No esperaba que viniera nadie —Atlas confiesa, apenas un susurro.

—Estaba acá.

El chico apoya sobre la mesa el folleto que Atlas le había dado. Señala un punto en la parte inferior de la página, un asterisco en tinta negra y algunas palabras manuscritas: Anatomía Funcional 1. Martes 21hs. Biblioteca.

— ¿Cómo supiste que era yo?

—La biblioteca está vacía.

Atlas no necesita mirar alrededor para saber que es cierto.

El chico presiona el papel con el dedo y lo desliza sobre la mesa hacia adelante.

—Te lo devuelvo —dice.

Atlas lo acepta.

En el fondo, lo que lo mueve a tomar decisiones es lo mismo de siempre, la misma intención desinteresada e incondicional de ayudar a los demás. Iba a pasar la noche acá, de todos modos. Si no dictando tutorías, deambulando entre estantes de libros viejos, haciendo tiempo hasta que la neblina vuelva a subir, después del amanecer.

El chico extiende una mano abierta para que Atlas la estreche.

—Soy Leonardo —dice—. Segundo año de Ciencias del Deporte.

Su palma está tibia.

—Atlas. Segundo de Medicina.

Una leve contracción del cigomático mayor, el indicio de una sonrisa.