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Solo una foto más - One shot

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Summary

Sinopsis: Lilith es una chica gótica modelo de pies para la revista “con-soles”. Es fetichista de pies y quiere que sus fotógrafos disfruten los suyos. Sin embargo, ya van varios fotógrafos y ninguno se interesa por ella. Pero hay una excepción, el último fotógrafo le gusta a Lilith, pero a él no le gusta ella. Lilith desea con fuerzas poder tener a ese chico a sus pies, y alguien escucha su deseo. Portada: https://www.deviantart.com/sir-bombers/art/ConSOLES-Magazine-Makoto-Exclusive-1213209525 ACLARACIÓN: Esta es una historia inventada, cualquier cosa que pueda sentar mal no se ha hecho a propósito, simplemente quiero escribir historias de pies que circulen por mi mente.

Genre
Erotica
Author
feet5145
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Solo una foto más

Lilith es una chica de 22 años de edad. Tiene el cabello largo y liso de color verde oscuro, maquillaje intenso de color negro, ojos delineados y siempre tiene una expresión tranquila con una leve sonrisa.

/* Nota del autor

Aquí quería poner la foto en que me basé para la descripción, pero no me fío, ya me han baneado de un sitio y no me apetece que me baneen de otro. La historia se subirá "libre" a un enlace que se encuentra en mi perfil.

*/

Es una chica gótica, fetichista de pies y modelo para una revista llamada “con-soles”. A pesar de que le pagan bien, y es de las trabajadoras más valoradas en dicha revista, su mayor deseo es que alguno de sus fotógrafos, que suelen ser chicos guapos, adoren sus pies y sean sus sumisos. Pues le encanta tener el control de la situación.

Para su desgracia, ella vive en una ciudad donde todos están consumidos por un ridículo sentido de la moral y nadie se le quiere acercar. Prácticamente todos sus fotógrafos están ahí porque necesitan un trabajo, pero ninguno se siente orgulloso de ello.

Un día, cuando volvieron a cambiarle el fotógrafo, su jefe se acercó a ella.

- Lilith, por favor, tienes que dejar de incomodar tanto a tus fotógrafos. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces te los hemos cambiado. - Le dijo su jefe con voz serena.

- Oh vamos jefecito, sólo estaba moviendo los deditos de mis pies cerca de ellos, no es tan malo. - Replicó Lilith con voz de niña enrabietada.

- Eres de lo mejor que tenemos aquí, de verdad. - Le dijo su jefe intentando calmarla. - Pero eso no servirá de nada si nadie quiere hacerte fotos...

- Pero yo...

- Sé que no lo haces con mala intención. - Le interrumpió. - Pero no todos quieren compartir el mismo pensamiento. Sabes bien de lo que hablo. Mi familia no quiere saber de mí desde que se enteraron que dirijo una revista que mezcla videojuegos y fetiche de pies. ¿Te suena de algo?

La expresión de Lilith se tornó seria, recordó cómo su familia le echó de casa tras expresar su deseo de ser una gótica fetichista. Tuvo que buscar alquileres muy baratos y estuvo un tiempo considerable mientras vivía de sus ahorros, que no eran precisamente infinitos. Hasta que un día encontró aquella revista y consiguió el trabajo.

- Te propongo algo. - Le dijo de repente su jefe. - Tu popularidad está a la alza y no parece que eso vaya a cambiar a corto plazo. Yo te subo el sueldo, y tú dejas a tu nuevo fotógrafo hacer su trabajo tranquilamente. ¿Te parece bien?

- Está bien...

- Genial. John será tu nuevo fotógrafo, de hecho creo que ya te está esperando, puedes irte, y ya sabes, contrólate por favor.

Lilith no protestó, no quería arriesgarse a perder el trabajo que le daba de comer, y menos a sabiendas de que nadie le daría trabajo en otro lugar. Se resignó y se fue a su estudio.

Efectivamente, John ya estaba allí.

Es un chico de apariencia juvenil, con rasgos finos y simétricos. Tiene el cabello negro, liso y bien cortado, con un flequillo que enmarca su rostro y resalta unos ojos claros de mirada intensa y seria. Su expresión es tranquila, casi impasible, como si estuviera concentrado o evaluado lo que tiene delante.

Cuando sus miradas se cruzaron, Lilith sintió un pequeño flechazo. Era un chico hermoso, posiblemente el fotógrafo más guapo que había tenido hasta ahora. Deseaba hacerlo su sumiso justo en ese momento, pero recordó que él ya la estaba esperando.

- Perdóname por hacerte esperar. - Le dijo Lilth.

- Tranquila, empecemos de una vez. - Respondió John.

Su voz se notaba seria y, al igual que los fotógrafos anteriores, no parecía muy contento de estar allí.

Lilith se sentó en el banco, y antes de quitarse sus botas le preguntó:

- ¿Qué opinas de esto?

- Si te soy sincero, no me parece bien. Pero necesitaba un trabajo a como diera lugar y esto es lo único que hay.

- (¿Es que todos los fotógrafos son una única mente colmena?) - Pensó Lilith. - (Todos responden exactamente lo mismo).

Sin darle más vueltas al asunto, empezó a desabrocharse sus botas, para después quitárselas lentamente. Sus medias estaban empapadas de sudor y un suave aroma empezó a invadir la habitación.

Lilith quería disfrutar de su aroma, pero no hacía ni 5 minutos que le dijo al jefe que iba a mantener la compostura, así que con la expresión de un niño al que le han negado un dulce, dejo caer sus botas y apuntó las plantas de sus pies hacia John.

- Adelante. - Dijo Lilith.

Los minutos pasaron entre fotos, indicaciones para cambiar la pose, una Lilith que se resistía como buena mente podía a mirar a John de forma seductora, y un John al que le habían contado cómo actuaba, y que agradecía en su interior que no estuviera intentando someterlo.

- Hemos terminado. - Dijo John. - Lo bueno de este trabajo es que la jornada laboral es muy corta.

Lilith tuvo una sonrisa forzada, intentando fingir que aquello le hacía gracia, cuando lo único que deseaba era ver a ese chico adorando sus pies. Se puso sus botas y se fue.

- Hasta la próxima. - Dijo Lilith.

Lilith volvió a su apartamento, y con una mezcla de rabia y deseo, se lanzó sobre su cama y rápidamente se quitó una de sus botas.

Se la llevó a su nariz y olió profundamente. El aroma de sus pies se sentía como una suave caricia por su nariz, que le invitaba a inhalar más y más, cada vez más profundo, cada vez más relajada...

Ese aroma rápidamente cubrió su dormitorio, dándole a todo un suave pero delicioso olor a pies sudados. Lilith cerró sus ojos y se imaginó a su propio olor tomando una forma física, una que ella pudiera tocar y sentir, vivir y disfrutar, dejarse llevar por su deseo...

Se aferró fuertemente a su sábana con la otra mano mientras gemía, llevada por la excitación que su propio aroma le producía. Pero había algo, en su mente, que no le dejaba alcanzar el pleno disfrute de su fetiche.

John.

- Otro con el mismo pensamiento, pero esta vez un chico muy, pero que muy guapo. - Dijo Lilith haciendo pucheros.

Esa vez no era un simple deseo de dominar, había sentido el amor a primera vista. Aquel chico le parecía irresistible, pero no era compatible con su forma de ser.

Cayó la noche, y cuando se acostó, se abrazó fuertemente a un peluche gigante que tenía y sin darse cuenta, un deseo sincero se le escapó:

- Ojalá poder enamorar a ese chico usando mis pies...

Al poco cayó dormida, pensando que ese deseo no vería la luz... Pero estaba equivocada.

Su oración viajó, recorrió grandes distancias y acarició suavemente la aguda escucha de Pedalina, Diosa del Fetiche de Pies, que se encontraba en su propio paraíso.

Su presencia era imponente y majestuosa, irradiando una calma sobrenatural que llenaba la vasta sala. Su larga melena oscura caía en suaves ondas, enmarcando su rostro sereno pero poderoso, con ojos que parecían contener la sabiduría de los siglos. Vestía una túnica etérea, adornada con delicadas flores bordadas, que se movía como si estuviera conectada al viento mismo.

Sus pies, expuestos y descansando con gracia, eran el centro de su divinidad, resaltando como símbolos sagrados de poder y serenidad. Cada pliegue de su piel parecía cuidadosamente esculpido, irradiando un brillo suave que hipnotizaba a quienes los observaban.

Sonrió con travesura y se relamió los labios al escuchar aquel deseo.

- (Yo te lo concederé). - Pensó Pedalina. - (Ahora lo complicado es, aparecerme ante ella sin darle un susto).

- Ainoa, ven aquí por favor. - Dijo Pedalina con voz suave y melódica.

- Aquí estoy.

- Tú eres el ángel de la guarda de Lilith. ¿Algún consejo para aparecerme ante ella sin austarla?

Ainoa estuvo pensativa varios segundos, finalmente se encogió de hombros.

- Ni siquiera sabe que existimos. - Observó. - Aunque teniendo en cuenta que es de los modelos más famosos de esa revista, podrías escribirle un mensaje por teléfono diciendo que su jefe te ha dado su contacto y te interesa conocerla.

- No es mala idea.

Con su característica sonrisa, Pedalina se acercó a Ainoa y le dio un beso en su mejilla.

- Voy a ir a concederle su deseo. - Le susurró.

Pedalina descendió lentamente sin llamar la atención hasta la ciudad y usó un poco de su magia para que, a ojos de los demás, pareciera que llevaba zapatos, cuando en verdad estaba descalza.

Hizo aparecer su teléfono y le escribió el siguiente mensaje a Lilith:

*Hola, ¿eres Lilith?

Me llamo Pedalina, y sin dar rodeos, tengo fetiche de pies.

¡Me encantan tus fotos, todas ellas!

Te conocí a través de la revista, tu jefe me ha pasado tu número.

Me haría muy feliz conocerte en persona.

¿Podemos vernos?*

Pedalina envió el mensaje.

El teléfono de Lilith sonó, pues ella olvidó activar el modo silencioso cuando se fue a dormir, y dicho sonido la despertó.

- ¿Quién será... a estas horas...? - Dijo frotándose los ojos.

Lilith leyó el mensaje, y aunque por unos instantes se alegró de que otra chica fetichista quisiera conocerla, dudó. Aquel mensaje parecía muy repentino, además que, ¿por qué iba su jefe a dar su número por ahí? Perfectamente podrían engañarle diciendo que son solo fans, y pudieran ser dueños de otra revista...

*Lo siento, pero suenas a estafadora. No me interesa. Además, es muy tarde* - Respuesta de Lilith.

- Siempre hay que hacerlo con el “yo lo sé todo”. - Dijo Pedalina entre risas.

Justo cuando Lilith estaba a punto de bloquear aquel contacto (que no hubiera podido igualmente), recibió una respuesta a una velocidad de vértigo:

* No quería tener que recurrir a esto, pero en fin, no te asustes, supongo.

Has deseado poder enamorar a tu nuevo fotógrafo con tus pies, cuando lo has conocido ha sido amor a primera vista, y te has decepcionado cuando has visto que pensaba lo mismo que los demás. ¿Me equivoco?*

La expresión de Lilith se tornó en una de terror leyendo aquello.

- ¿Cómo sabe eso? - Preguntó atemorizada. - No puede ser una broma, el deseo lo he pedido estando totalmente sola.

Su móvil sonó de nuevo:

*Por favor Lilith, déjame hablar contigo.

No quiero hacerte daño, te lo prometo.

Pero no sabía cómo aparecer ante ti de otra manera, mi mensaje anterior te ha asustado, lo sé. No era esa mi intención, de verdad.

Por favor, responde a este mensaje con un “está bien, puedes hablar conmigo”.*

Lilith flipaba en colores, no tenía la más mínima intención de hacer eso, pero por otro lado, una morbosa curiosidad se la comía por dentro.

Después de pensarlo mucho, finalmente cedió.

- En el fondo, no tengo nada que perder. - Dijo un poco triste.

*Está bien, puedes hablar conmigo*

Lilith envió el mensaje, acto seguido alguien llamó a su puerta. Sus pulsaciones se dispararon, estaba consumida por el miedo. Bajó de la cama con una mano en su pecho, parecía que su corazón se iba a salir de la fuerza que tenían sus latidos.

Sus pies avanzaban temerosos a la puerta de la habitación, cuando ya estaba cerca, escuchó un susurro:

- No tengas miedo.

Lilith se calmó al momento, no del todo, pero ya no estaba aterrorizada. Sorprendida por la eficacia de ese susurro, finalmente abrió la puerta.

Ante ella, se veía a una chica hermosa, con una piel suavemente morena, su túnica, una dulce sonrisa y sus pies descalzos. Lilith quedó embobada unos instantes, no esperaba que una chica tan preciosa apareciera en su habitación...

Conforme la puerta se abrió, Pedalina acarició dulcemente su mejilla, y le dedicó una tierna mirada cargada de paz y relajación, con la que disipó el miedo en Lilith.

- ¿Eres... Pedalina? - Dijo Lilith finalmente.

- Sí, Lilith. - Afirmó Pedalina. - Siento mucho haberte asustado, pero te traigo una buena noticia.

Lilith tragó saliva con dificultad.

Pedalina la abrazó y la elevó en el aire, poco a poco la llevó de vuelta a su cama, Lilith no sabía cómo reaccionar.

- Permite que me presente como es debido. Soy Pedalina, y soy la Diosa del Fetiche de Pies.

- Te creo... solo porque sabes lo de mi deseo... ¿Qué quieres?

Pedalina la miró con una mirada que expresaba deseo.

- Voy a darte lo que has pedido. - Le dijo con voz suave e hipnótica.

- ¿Co... como? - Lilith no se lo creía.

- Mi preciosa gótica. ¿Qué tengo que hacer para que me creas?

Lilith miró los pies de Pedalina, eran un regalo para la vista. Lógico si se trataba de una Diosa, pero aún con eso despertaban en ella una mezcla de calma y excitación que no podía explicar.

El mero hecho de mirarlos se sentía mágico, como si a través de su mirada, esos pies estuvieran disipando sus preocupaciones, eliminando sus miedos, y haciéndola entregarse a lo que realmente deseaba.

Pedalina, perfectamente consciente de eso, alzó un pie y lo dejó a escasos milímetros de su rostro.

- ¿Me darías un besito? - Le preguntó con voz juguetona.

- Yo... esto................. sí.....

Lilith estaba sorprendida, esta vez para bien. Aquella chica había venido descalza, y aún así tenía los pies muy limpios.

Tomó su pie con delicadeza, la débil luz de la luna atravesaba la ventana de aquella habitación y parecía jugar con él, destacando la perfecta curvatura de su arco, la forma tan hermosa de su pie, sus plantas perfectamente lisas, se veían tan suaves...

Tras contemplarlo bien, acercó sus negros labios lentamente a su planta, sentía cómo la lujuria recorría su cuerpo para concentrarse en sus labios, cerró los ojos, quería vivir plenamente el momento.

Finalmente el contacto se produjo, un lento y dedicado beso que le hizo sentir un deseo de adoración recorrer todo su cuerpo. Sus labios dejaron una marca en el pie de Pedalina, y el pie dejó restos de su delicioso sabor en sus labios.

Lilith se dejó caer hacia atrás en su cama, como si hubiese gastado toda su energía.

- Ha... sido... increíble. - Dijo Lilith con dificultades para respirar.

Pedalina sonrió satisfecha, se acercó a ella y le susurró con voz aún más hipnótica:

- Dame tus medias sudadas.

Lilith tomó sus medias y se las entregó. Pedalina las olió profundamente, dio un cálido beso a cada una, y se las puso a Lilith.

- ¿Puedes notarlo? - Le preguntó Pedalina.

- Me siento... Deseosa de llevarme a John a mis pies, aún más que cuando le conocí.

Pedalina sonrió con travesura.

- Ahora puedes hipnotizar a quien quieras con tus pies. - Le dijo. - Tendrá que olerlos y ver cómo mueves tus deditos sensualmente.

Lilith sonrió profundamente, se sentía poderosa y dominante. No podía esperar a que llegara el día siguiente. Hipnotizaría a John mientras le hacía fotos, lo llevaría consigo y, en su casa, lejos de miradas ajenas...

Solo de imaginarlo se le hacía la boca agua y se relamía los labios.

- Guárdate esa pasión para el momento adecuado. - Le dijo Pedalina entre risas.

Esa frase la devolvió a la realidad.

- ¿Cómo puedo darte las gracias? - Le preguntó Lilith.

Pedalina se acercó a ella y sonrió con dulzura.

- Si quieres darme las gracias, nunca abandones el fetiche.

- Lo prometo.

- Disfruta entonces. Dulces sueños. - Le dijo Pedalina guiñándole un ojo para acto seguido desaparecer.

Lilith se vio envuelta por un cansancio poderoso que la hizo caer dormida al instante.

Al día siguiente, nada más despertar, recordó lo que había sucedido la noche anterior y sonrió con travesura. Ese día iba a ser su día.

Se fue a su trabajo intentando mantenerse serena, llegó al estudio antes que John y le esperó pacientemente.

- Buenos días. - Dijo John cuando llegó.

- Buenos días. - Respondió Lilith intentando camuflar la lujuria en su voz.

John sacó su cámara, con su rostro impasible como siempre.

- ¿Lista para empezar? - Preguntó John, sin mirarla a los ojos, enfocado en ajustar el equipo.

- Adelante. - Respondió Lilith.

Esta vez, no se quitó las botas lentamente. Las desabrochó con una decisión deliberada y las dejó caer al suelo con un suave golpe que resonó en el estudio. El aroma, más potente que el día anterior gracias a la bendición de Pedalina, comenzó a expandirse. No era un olor vulgar, sino una fragancia casi mágica, dulce y embriagadora que parecía tener peso propio.

John se detuvo en seco. Levantó la vista de la cámara y por primera vez, sus ojos se encontraron con los de Lilith. No había indiferencia en su mirada, sino una ligera confusión.

- ¿Huele... a algo... diferente? - Preguntó John.

Lilith no respondió. Simplemente apoyó un pie sobre la rodilla de la otra pierna, dejando a la vista la planta de su pie, perfectamente arqueada. Movió sus deditos con una lentitud hipnótica, trazando círculos en el aire. La luz del estudio parecía resaltar sus uñas oscuras y la piel suave de sus pies.

John parpadeó. Su expresión seria se estaba suavizando, sus hombros, que antes estaban tensos, parecían relajarse contra su voluntad. Dio un paso involuntario hacia ella, como si fuera atraído por un imán.

- ¿Qué... estás... haciendo...? - Preguntó con dificultad, su voz carecía de la firmeza de antes. Ahora sonaba débil, casi soñolienta.

- Solo hago mi trabajo... - Respondió Lilith con una risita baja y seductora. - Hoy estás muy atento... ¿Quieres verlos en detalle?

- Yo... creo que... voy a salir... a tomar el aire... - Dijo John con dificultad.

- Oh, vamos, sólo una foto más. - Le dijo Lilith con una voz muy acaramelada, suave y atrapante. - Acércate...

John se arrodilló lentamente, el movimiento no era forzado, sino natural, como si fuera el único lugar del mundo donde debía estar. Sus ojos claros estaban fijos en los pies de Lilith, completamente cautivados. El aroma lo envolvía como una manta tibia y húmeda, una fragancia que no era simplemente un olor, sino una presencia física que llenaba sus pulmones y se instalaba en su mente. No era un olor a sudor, sino algo más profundo y complejo: notas cálidas de cuero y tela mezcladas con un dulzor casi floral, el perfume único e íntimo de su piel a través de aquellas medias empapadas en sudor.

Cada movimiento de los dedos de Lilith parecía dibujar líneas invisibles en el aire, y él las seguía con la mirada, hipnotizado. Vio cómo su dedo gordo se curvaba y se estiraba con una gracia líquida, y sintió cómo su propia respiración se profundizaba, sincronizándose con ese lento baile. El dedo meñique se levantaba solo, una invitación silenciosa, y luego los demás dedos se extendían en abanico, mostrando la perfecta simetría de su planta. No eran solo dedos; eran los pétalos de una flor exótica que se abría solo para él. El mundo exterior se desvaneció. Las paredes del estudio, las luces, el equipo fotográfico, todo se convirtió en un borroso irrelevante. Solo existía él, arrodillado, y los pies de Lilith, el centro de su nuevo universo.

- ¿Te gusta lo que ves? - Susurró ella, su voz era una caricia sonora que parecía llegar desde muy lejos y, a la vez, desde dentro de su propia cabeza.

Él asintió lentamente, sin quitarle la vista de encima.

- Sí... - Dijo, su voz era un mero susurro, casi ahogado por la emoción. - Es... es lo más hermoso que he visto.

Ya no sentía vergüenza ni conflicto. Solo una paz abrumadora y un deseo creciente de pertenecer a esa belleza, de disolverse en ella. El aroma se había vuelto tan intenso que podía sentirlo en su lengua, un fantasma de sabor que le hacía salivar.

Lilith sintió una ola de triunfo recorrer su cuerpo, una dulce victoria. Extendió su pie y rozó la mejilla de John con la punta de sus dedos. Él no se apartó. Al contrario, inclinó la cabeza hacia el contacto, un gemido apenas audible escapó de sus labios. La piel de ella era suave y cálida, y el simple contacto le hizo estremecer, como si una descarga eléctrica y placentera hubiera recorrido todo su cuerpo.

- Entonces, demuéstramelo. - Ordenó Lilith, su voz era ahora firme y dominante, pero envuelta en una ternura que le quitaba cualquier aspereza. - Adóralos.

Sin dudarlo un segundo, John se inclinó y presionó sus labios contra la planta de su pie. El beso fue tierno, reverente. Lilith cerró los ojos, disfrutando de la victoria, del poder, del sabor de su deseo cumplido. Pero él no se detuvo. Sus besos se multiplicaron, cubriendo toda la superficie de su pie, desde los talones hasta la base de los dedos. Eran pequeños, húmedos y devotos, como si cada centímetro de su piel fuera un altar sagrado.

Luego, su lengua se atrevió. Trazó una línea lenta y húmeda a lo largo de su arco, y el sabor ligeramente salado se mezclaba con el dulzor de su piel. Lilith emitió un suspiro, inclinando la cabeza hacia atrás. La sensación era increíblemente placentera, una corriente de calor que subía por su pierna directa a su centro. John continuó, lamida tras lamida, con una devoción absorta. Tomó cada uno de sus dedos en su boca, uno por uno, y los succionó suavemente, su lengua jugando con ellos mientras sus ojos se mantenían cerrados, completamente sumergido en la tarea.

Con una delicadeza sorprendente, empezó a masajear su otro pie. Sus pulgares presionaban el empeine con movimientos circulares y firmes, aliviando una tensión que Lilith ni sabía que tenía. Luego, sus dedos se deslizaron entre los de ella, estirándolos suavemente, mientras su boca seguía su trabajo en la primera planta. El contacto entre el masaje relajante y lamidas excitantes la llevaba a un estado de éxtasis.

- A partir de ahora... - Dijo Lilith, con la voz entrecortada por el placer. - Eres mío. ¿Entendido?

- Sí, mi ama... - Respondió él, su voz era un ronroneo de satisfacción mientras besaba el tobillo de ella, prometiendo con cada gesto su eterna devoción.

Lilith sonrió, acariciando el cabello de John. El poder era suyo, pero lo ejercía con una dulzura que la hacía sentir completa. El día, efectivamente, iba a ser su día.

- Dame tu número. - Le ordenó Liltih. - Te voy a mandar mi dirección para que, cuando terminemos aquí, vengas a mi casa a seguir adorándome.

- Sí... mi ama...

- Cuando salgamos de aquí, quiero que actúes normal. Es decir, esa cara de desilusión que tan bien se te da. - Le dijo Lilith con sarcasmo.

Tal como se le ordenó, John actuó de forma natural. El y Lilith fingieron despedirse cuando salieron, pero al poco ella le mandó su dirección y le dijo que fuese rápido.

John, fiel a su sumisión, emprendió el camino hacia la dirección indicada.

Cada escalón que subía, lo aislaba más del mundo exterior, cada paso que daba, lo atrapaba aún más en su trance, en su deber, en sus pies...

Finalmente llegó, Lilth se apresuró a abrir, pues le esperaba ansiosa y muerta de ganas de seguir siendo adorada.

El apartamento era un reflejo de ella: oscuro, elegante, con velas negras que proyectaban sombras danzantes en las paredes y estanterías repletas de libros de poesía gótica y tomos de arte extraño. Pero todo eso se desvaneció. Solo existía ella, ella y sus pies.

- Bienvenido... hermoso esclavo... - Ronroneó Lilith dejándose llevar por sus sentimientos. - ¿Listo para adorarme? - Le preguntó mientras alzaba un pie y lo colocaba en su hombro.

- Sí... mi ama...

La palabra “ama” colgó en el aire, perfecta, correcta. Lilith sonrió, una sonrisa genuina de pura satisfacción. Retiró el pie de su hombro y lo posó en su mano, ofreciéndoselo como una ofrenda sagrada.

John llevó el pie a su nariz y lo olió profundamente, aquel aroma ya se había adueñado de él por completo, y aún así, era una poderosa adicción el recibir más.

- Vamos a mi cama... - Susurró Lilth jadeando. - No quiero esperar más.

Lilith lo guio de la mano, tenía sus dedos entrelazados con una autoridad que él aceptaba con sumisión.Se sentó en el borde de la cama, y John se arrodilló ante ella, sin necesidad de órdenes, como si su cuerpo supiera exactamente dónde debía estar. Lilith extendió sus piernas, dejando sus pies envueltos en medias descansar sobre una almohada de terciopelo negro. Estaban perfectos, como si la misma Pedalina los hubiera preparado para este momento.

- Adóralos. - Susurró Lilith, esta vez, su voz era como un hilo de seda y dominio.

John no necesitaba más. Pero en lugar de lanzarse a lamer, se inclinó y primero aspiró profundamente, con los ojos cerrados, como si quisiera absorber el alma de su ama a través de su aroma. El olor era más intenso aquí, en el dominio de Lilith. No era solo el perfume de su piel, sino el perfume de Lilith en su estado más puro, vulnerable y poderoso. Un gemido bajo y ronco escapó de su garganta.

- Huelen tan bien... mi ama... - Murmoró John sobre su piel, su aliento caliente provocó un estremecimiento en Lilth.

Ella sonrió complacida.

Sus manos, que antes habían estado temblorosas, ahora se movían con una confianza devota. Tomó un pie, sosteniéndolo como si fuera la reliquia más preciada. Sus pulgares comenzaron a trabajar en el empeine, presionando con una fuerza firme y circular que disolvía cualquier tensión restante. Lilith se recostó sobre los codos, dejando que la ola de placer la recorriera. Sus dedos se deslizaron hacia sus tobillos, masajeando los huesos con delicadeza, luego bajaron por el tendón de Aquiles, cada toque era una promesa de lo que vendría.

- Usa t boquita... - Ordenó Lilith suavemente, sus órdenes se sentían como invitaciones al paraíso.

John obedeció. Llevó el pie a sus labios y depositó un beso largo y húmedo en el centro de la planta. Luego otro, y otro. Cubrió cada centímetro de piel con besos reverentes, desde el talón hasta la base de los dedos.

La lengua de John, que antes había explorado con timidez, ahora se movía con la confianza de un devoto que conoce cada centímetro de su altar. No trazó líneas, sino que pintó espirales lentas y húmedas sobre el arco de su pie, como si quisiera dibujar un hechizo en su piel. El sabor era una revelación constante: la sal sutil de su sudor se fundía con un dulzor casi floral, el perfume único de Lilith que ahora era su única droga. Cada lamida era un sorbo a esa esencia, y él se embriagaba.

Lilith se dejó caer hacia atrás, con los ojos cerrados, un suspiro profundo escapando de sus labios. El placer no era una simple corriente, sino una marea creciente que comenzaba en el punto exacto donde la lengua de él la tocaba y se extendía en ondas cálidas por toda su pierna, abrazándola por completo.

John, completamente absorto en su ofrenda, cambió de técnica. Tomó su pie con ambas manos, como si sostuviera un cáliz sagrado, y comenzó a cubrirlo con besos abiertos y húmedos. Luego, su lengua se aplanó y lamió toda la planta de un solo movimiento lento y deliberado, desde el talón hasta la punta de los dedos, sintiendo cada pliegue y cada textura. Con una devoción casi reverencial, tomó sus dedos en su boca, pero no para succionarlos. En su lugar, los deslizó entre sus labios, dejando que su lengua los acariciara uno por uno, por dentro y por fuera, antes de liberarlos con un chasquido suave y húmedo.

Mientras su boca se deleitaba con un pie, sus manos se convirtieron en el refugio del otro. Sus dedos no se limitaban a masajear; danzaban. Presionaban el empeine con el pulgar, trazaban el contorno de su hueso externo con la yema del índice, y luego se entrelazaban con los de ella en un juego íntimo y silencioso, un pacto sellado con el tacto. El ritmo era hipnótico: la presión constante de sus manos en un pie, la humedad variable de su boca en el otro.

Entonces, introdujo un nuevo elemento. Con la punta de su nariz, rozó la base de sus dedos, inhalando su aroma una vez más antes de dejar un camino de besos diminutos hasta su tobillo. Allí, donde la piel era más delicada, aplicó un mordisco. No fue un pellizco, sino una presión firme y controlada con sus incisivos, un ancla de placer y posesión que la hizo arquearse con un grito ahogado.

Levantó la vista, sus ojos oscuros por la dilatación, buscando los suyos. Vio el placer puro en su rostro y una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios. Había encontrado una nueva forma de adorarla. Continuó, dejando pequeños sellos rojos a lo largo del borde de su pie, marcas de su devoción que no eran de dolor, sino de un éxtasis compartido.

- Sí... - Exhaló Lilith. - Déjame tu marca. Hazme tuya.

Horas después, cuando la noche se había adueñado por completo de la ciudad, John yacía con la cabeza en el regazo de Lilith, quieta y en paz. Ella le acariciaba el pelo, mirando las sombras de la habitación. Había conseguido lo que quería, pero era algo más. No era solo un sumiso, era su sumiso. Había nacido de su deseo, moldeado por su voluntad.

Lilith sonrió en la oscuridad. Su oración no solo había sido escuchada, sino respondida con una generosidad divina. Pensó en Pedalina, en la Diosa que le había dado este regalo. Un día le daría las gracias como se debía. Pero esa noche, el único culto que importaba era el que se estaba rindiendo a sus pies. Por fin, Lilith, la chica gótica y fetichista, no estaba sola en su mundo.

Lilith se incorporó, tomó su rostro entre sus manos y lo besó. Fue un beso profundo, lleno del sabor de su propia piel, de la devoción de él, del deseo compartido. Cuando se separaron, jadeantes, Lilith supo que esto era solo el comienzo. El día había sido suyo, sí, pero la noche, y todas las noches que vendrían, también lo serían. Y esta vez, no estaría sola en su cama. Su esclavo, su amante, su adorador, estaba allí para quedarse, completamente y para siempre, hechizado por el dulce e hipnótico poder de sus pies.

Una noche, mientras John masajeaba los pies de Lilith con una pericia que solo la práctica y la entrega total pueden otorgar, una brisa inesperada recorrió la habitación, haciendo flamear las llamas de las velas. El aire se espesó, cargándose de la misma fragancia embriagadora que Lilith reconoció al instante.

- Pedalina. - Susurró Lilith, con una sonrisa iluminando su rostro.

- ¿Interrumpo algo? - Dijo Pedalina entre risas.

John ni se inmutó.

Lilith, en cambio, se irguió. Una sonrisa cómplice y agradecida se dibujó en sus labios.

- ¡Cuánto me alegro de verte! - Exclamó Lilith. - Por favor, siéntete como en casa...

La Diosa se acercó con su gracia etérea, sus pies descalzos sin hacer el más mínimo ruido sobre el suelo. Se sentó en el borde de la cama, al otro lado de Lilith, y su mirada se posó en John con una curiosidad juguetona.

- Veo que mi bendición se ha usado bien. - Dijo suavemente Pedalina, su voz parecía un susurro que se mezclaba con el aroma a cera de las velas. - Está totalmente entregado.

- Es... perfecto. - Respondió Lilith acariciando el cabello de John. - No es solo un sumiso. Es... mío. Tú me lo entregaste. - Le dijo con unos ojos llenos de lágrimas de agradecimiento. - Y él me ha dado algo que realmente necesitaba.

- ¿Y es? - Preguntó Pedalina con sus ojos brillando con interés genuino, aunque ella ya sabía la respuesta.

- Compañía de verdad. Mucha gente admira mis fotos de la revista, pero yo me sentía muy sola, como un bicho raro. Ahora... - Miró a John, que levantó la vista un segundo para sonreírle ciegamente antes de volver a su masaje. - Ahora no lo estoy. Tengo a alguien que comparte mi mundo, que además lo venera. Y eso me hace sentir completa.

Pedalina asintió lentamente, su expresión se suavizó, perdiendo un poco de su travesura divina para dar paso a una calma comprensiva.

- Liltih... Tú no solo deseaste un esclavo, deseaste un alma que entendiera la tuya. Y yo escuché la naturaleza de tu deseo. - Dijo suavemente Pedalina.

Se inclinó y, con una delicadeza infinita, posó su mano sobre el hombro de Lilith.

- Has cumplido tu parte. Nunca abandonaste el fetiche, lo abrazaste como parte de tu ser. Por eso fuiste recompensada. - Le dijo Pedalina con una tierna sonrisa.

Lilith sintió un calor reconfortante emanar del toque de la Diosa.

- ¿Puedo... preguntarte algo? - Dijo Lilith con voz temblorosa. - ¿Por qué yo? ¿Por qué te interesaste en mi deseo?

Pedalina sonrió.

- Porque tu deseo no nació de la maldad o un egoísmo cruel. Nació de la pasión y la soledad. Viste belleza donde otros ven perversión, y simplemente buscabas una conexión que los demás no entendían. Los deseos más sinceros, los que salen del corazón, son los que realmente escucho. - Le explicó Pedalina. - Tú no querías una simple dominación, querías ser amada por lo que eres. Y eso, mi preciosa gótica, creo que es un deseo que merece la pena conceder.

Un silencio cómodo se instaló en la habitación, solo roto por el suave roce de los dedos de John sobre la piel de Lilith.

Pedalina se levantó lentamente, y el aire de la habitación pareció aclararse, aunque la fragancia divina persistió, como un recuerdo impregnado en las paredes.

- Me pasaré de vez en cuando. - Dijo Pedalina con una traviesa sonrisa. - Este es tu palacio ahora, mi preciosa gótica, tú eres su reina y él tu fiel siervo. Pero siempre que lo necesites, te escucharé. - Le dijo guiñándole un ojo y sacando la lengua de forma burlona.

- Una cosa más. - Dijo de repente Pedalina. - Me gustaría que conocieras a tu ángel de la guarda, pero eso ya será en otra historia...

Con una suave ráfaga de aire que hizo parpadear a Lilith, desapareció.

Lilith se quedó mirando el espacio vacío donde Pedalina había estado, dudosa de esas últimas palabras pero sintiendo una paz que nunca antes había experimentado. Se recostó en la cama, tirando de John para que acostara la cabeza en su regazo, justo donde estaba antes.

- Continúa... cariño... - Susurró Lilith.

John reanudó su masaje sin decir una palabra, sus dedos sabían exactamente qué hacer. Lilith cerró los ojos, no con la intensidad lujuriosa de antes, sino con la serenidad de alguien que ha encontrado su lugar en el mundo. Ya no era una chica gótica y fetichista luchando contra la soledad. Era Lilith, la ama de su propio destino, con un adorador a sus pies y la bendición de una diosa en su alma. Y por primera vez en su vida, se sentía, en todos los sentidos, en casa.

FIN

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