STELLA

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Summary

Ante la mirada de aquella virgen tallada hace años, mi cabeza se levanta ante su tristeza, la busco, sus ojos me juzgan, sus manos entrelazadas piden en un susurro silencioso por mi. No pido perdón, eso sería arrogancia. Si he de beber, pienso, que con castigo sea. Me arrodillo. No rezo para que Dios me absuelva. Rezo para que no me mire. Sus ojos me queman como hoguera, un calor, pero no ese calor celestial que todos dicen Y con justa razón. El arrepentimiento y el terror abandono mi alma hace mucho tiempo atrás. Sentirlo ahora era una abominación. ‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾ •Derecho a su respectivo autor a todo recurso que se use. •En constante corrección. •También en Wattpad ©NYREL_I

Genre
Thriller
Author
🐆
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Terrore e paura


No recuerdo cuándo dejé de contar los cuerpos

como personas y empecé a contarlos como errores.

Esta noche el error respiraba aún cuando abrí su pecho.

Un forastero.

El corazón latía con la obstinación de algo que no acepta la muerte como diagnóstico.

Podría haber cerrado la herida.

Mis manos todavía recuerdan cómo hacerlo.

fueron entrenadas para salvar, no para drenar.

Pero la sangre es una memoria persistente, insiste incluso cuando uno intenta olvidar.

Bebí despacio.

No por hambre, sino por método.

El cuerpo se rindió como todos los demás, sin épica, sin justicia.

Cuando terminé limpié mis instrumentos. El hábito es más difícil de matar que la culpa.

Entonces lo escuché.

No era un grito de dolor ni un estertor de muerte. Era un llanto.

Un sonido pequeño, irregular, vivo.

Hacía siglos que la vida no me llamaba por mi antiguo nombre.

Pare en seco


Una punzada me recorrió junto a un frio recuerdo que tenia olvidado en algún rincón de mi longeva memoria. 




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La desesperación me recorría mientras caminaba.

Los caminos estrechos solo parecían empeorar mi estado actual.

El convento nunca cerró del todo.

Solo dejó de recibir oraciones y comenzó a aceptar cuerpos.


Paso bajo el arco donde aún se lee In nomine Dei.

El yeso se descascara como piel enferma, siempre toco la pared antes de entrar, no por costumbre, por permiso.

Pero esta ves toco la pared no para pedir posada.

Me detengo en esta como si necesitara apoyarme de algo, un respiro, mis sentidos como si se hubieran agudizado mucho mas de lo que son, mi cabeza me duele.


Las antiguas salas de enfermos conservan el olor metálico que ningún incienso logró ocultar.

Aquí se rezaba mientras se amputaba, aquí se prometía salvación con las manos manchadas.

Camine tropezando con todo a mi alcance, como si de borracho fuera, mis pulmones ardían con cada trago que daba, como si todos mis pecados de repente pesaran contra mi espalda.


Me detengo frente a la pila de agua bendita y sumerjo los dedos, el agua está turbia, fría, pero sigue siendo agua.

La uso para lavar mis manos después de abrir la carne, Dios siempre estuvo presente en los procedimientos.

Pero hoy las lavo con desesperación, las tallo con furia como si con eso pudiera deshacer la falta que eh cometido durante siglos.  

El hospital viejo se conecta por un pasillo bajo, construido para que los moribundos no vieran la luz.

Allí nacieron niños que no aprendieron a llorar.

Yo firmé algunos certificados con este mismo puño y letra.

Enciendo una vela frente al altar.


Ante la mirada de aquella virgen tallada hace años, mi cabeza se levanta ante su tristeza, la busco, sus ojos me juzgan, sus manos entrelazadas piden en un susurro silencioso por mi. 

No pido perdón. Eso sería arrogancia.

Si he de beber, pienso, que con castigo sea. Mis manos empuñadas como si de un rezo fuera descansaban casi cerca de mi corazón, un rosario colgaba entre estas, la única diferencia es que en ves de cuencas era de cuero.       


Me arrodillo.

No rezo para que Dios me absuelva.

Rezo para que no me mire.

Sus ojos me queman como hoguera, un calor, pero no ese calor celestial que todos dicen

Y con justa razón.

El arrepentimiento y el terror abandono mi alma hace mucho tiempo atrás. Sentirlo ahora era una abominación, un chiste mal contado.


El llanto no cesaba.

No era fuerte, era persistente.

Intenté ignorarlo, durante siglos ignoré cosas peores

Pero algo en ese sonido no pedía auxilio.

Reclamaba.


Me incorporé con lentitud, como si el aire se hubiera vuelto más denso. La vela titubeó al pasar junto a ella.


—¿Por qué?—murmuré, sin saber a quién hablaba tumbe mi cabeza entre mis manos.

El convento devolvió el eco como recuerdo.

Crucé varios pasillos hasta llegar hacia la sala donde aún recibían pacientes.

Cada paso despertaba olores enterrados.

leche agria, sudor febril, sangre nueva.

Sangre viva.

Entonces lo comprendí.

No era hambre lo que me arrastraba.

Era memoria.

Frente a la puerta escuché otra cosa además del llanto, una respiración agotada, humana, cansada.

Mujer.

Madre.

Mis manos temblaron, no por deseo de beber sino por la antigua necesidad de intervenir.

La última vez que había sentido eso, ambos murieron.

Empujé la puerta.

El aire tibio del interior me golpeó como una cachetada.