El Ferretero Parte 2

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Summary

Pasaron diez años desde mi encuentro con el ferretero. En ese tiempo gané mucha experiencia con los hombres. Sin embargo, la casualidad quiso que nuestros caminos se cruzaran otra vez, no una sola vez, sino varias más. Lo que van a leer a continuación es una descripción explícita de mis encuentros con uno de los mejores machos que han pasado por mi vida.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

"Siempre se vuelve donde uno fue feliz"

Pasaron aproximadamente diez años desde el encuentro con el Ferretero. En ese tiempo sucedieron muchas cosas que cambiaron mi vida, cosas que espero contar en otras historias. Pero lo que es necesario saber es que me adentré cada vez más en el ambiente gay. Me asumí, salí del clóset y, ya con bastante experiencia, me movía muy bien por el mundo de la noche y los ambientes de levante.

Uno de tantos lugares eran los baños públicos. Conocía todos los que estaban cerca de mi casa (y también los que estaban lejos).

No tenía que irme muy lejos para levantar algún maduro; muchas veces bastaba con caminar por la ruta 8, contorneando las caderas, para que algún auto o camión se detuviera buscando un servicio rápido.

Cerca de casa estaba la estación Campo de Mayo y el baño solía ser frecuentado por algún que otro maduro salido del ejército, ya que la zona de Campo de Mayo es una zona residencial con fuerte presencia militar.

Y ahí estaba yo, cerca del baño, observando quién entraba, midiendo miradas, testeando quién podía tener onda y quién no.

Pero esa tarde no pasaba nada.

Después de un rato decidí cambiar de lugar. La línea Urquiza y la línea San Martín de trenes corren paralelas, separadas por unas quince cuadras. Así que decidí ir caminando desde la estación Campo de Mayo hasta la estación Muñiz.

Al salir de la estación tomé la primera calle que sale hacia la ruta 8, una calle que conocía bien. Allí estaba la ferretería donde había sido estrenado diez años atrás.

Casi al llegar al local vi que todavía estaba abierto. Tenía las luces apagadas y, al pasar por la puerta, miré hacia adentro. Allí estaba el ferretero, del lado de atrás del mostrador, tomando mate.

En ese instante todos los recuerdos de mi primera vez volvieron a mí con una claridad impresionante, como si hubieran ocurrido ayer.

Nuestras miradas se cruzaron.

La experiencia me decía que él sabía perfectamente lo que significaba mi mirada. Pero no tenía ninguna certeza de si me recordaba.

Seguí caminando hasta la esquina y me quedé esperando.

No tardó mucho en salir.

Estaba casi igual: más viejo, claro, siempre grandote, aunque un poco más flaco. Para mí estaba en punto caramelo.

Miró hacia los dos lados de la calle y luego hizo un pequeño gesto con la cabeza para llamarme.

En el pequeño recorrido desde la esquina hasta la ferretería, él se metió adentro del local y, al llegar a la puerta, ya estaba detrás del mostrador. Lo saludé:

—Buenas tardes, ¿qué andás haciendo?

Él solo miró su reloj.

—En una hora cierro. ¿Por qué no volvés después?

Yo estaba muy ansioso. Claro que iba a volver, pero con todos esos años de experiencia sabía que no podía dejar pasar la oportunidad, así que sin vueltas le dije:

—Puedo volver, sí. Voy a esperar en el bar de la esquina de la ruta. Después compro un vino para que tomemos. Yo vengo, pero me echás dos polvos, así disfrutamos bien del tiempo.

A todos los machos se les va el amor una vez que acaban, así que me tenía que asegurar de que este encuentro se prolongara lo más que pudiera.

Él encendió un cigarrillo, hizo una pequeña pausa —que para mí fue una eternidad— y finalmente dijo:

—Dale, volvé en una hora. Si está cerrado, golpeá la cortina que yo te abro.

Y eso fue lo que hice: pasé una hora tomando una cerveza y compré dos cajas de vino tinto Termidor en el bar. Luego caminé hasta su local y golpeé la cortina, porque el lugar ya estaba cerrado. Él abrió la pequeña puerta.