Despues de las cenizas

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Summary

"Siete años de prisión no borran el olor a humo, pero sí te enseñan que el silencio es la única forma de sobrevivir." Elías Thorne salió de la cárcel con un bolso de lona, dos argollas matrimoniales colgando de su cuello y el corazón reducido a cenizas. Tras quemar los restos de la vida que le arrebataron, huye hacia el sur buscando un lugar donde su nombre no signifique nada. Así llega a Valle Nogal, un pueblo olvidado por el sol donde el polvo parece detener el tiempo. En el bar "El Eclipse", Elías encuentra mucho más que un trabajo como barman y seguridad. Encuentra a Elena, una mujer de treinta años que carga con sus propias batallas, y a Sofía, una niña cuya inocencia amenaza con derretir el muro de hielo que él construyó para no volver a sentir. Sin embargo, la paz en Valle Nogal es frágil. Cuando el pasado de Elena regresa bajo la forma de un hombre peligroso y manipulador, Elías deberá decidir si el monstruo que lleva dentro —el mismo que lo llevó a prisión— es su mayor enemigo o la única herramienta capaz de proteger lo que ahora ama. ¿Puede un hombre que lo perdió todo aprender a construir sobre las cenizas?

Genre
Drama
Author
Aryafher
Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Las Cenizas

Tras siete años de hormigón y silencio, el aire del exterior se sentía como una agresión. Elías Thorne no recordaba que el mundo fuera tan vasto, ni que el viento pudiera ser tan frío cuando no hay una pared que lo detenga. Volvió al antiguo hogar que alguna vez refugió los más dulces y cálidos momentos de su vida, pero no había calidez en su llegada. La casa, situada al final de un camino flanqueado por pinos secos, se alzaba como un monumento a un crimen que el tiempo se negaba a borrar.

Le tomó varios minutos reunir el valor necesario para abrir esa puerta y cruzar el umbral. Sus dedos, callosos y marcados por las peleas en el patio de la prisión, dudaron sobre el metal de la cerradura. Con un suspiro profundo que le dolió en las costillas y un nudo en el corazón, giró el pomo.

Entró observando nada más que oscuridad y frío. En la entrada principal solo había un atisbo de luz que se escapaba por una cortina polvorienta, dibujando líneas de partículas flotando en un aire estancado desde hacía casi una década. Los muebles estaban intactos, cubiertos por una sábana de olvido grisáceo; todo estaba en la misma posición en que lo vio por última vez, antes de que las sirenas y los gritos reemplazaran el sonido de la radio. Con pasos de acero, se adentró al lugar. Recorrió cada habitación como un maníaco, con la mirada saltando de un objeto a otro, buscando algo que no fuera suciedad y vacío. Pero el vacío era lo único que la casa le ofrecía.

Se detuvo frente a una habitación en específico. Un escozor agudo le subió por la garganta, una advertencia de que las defensas que había construido en la celda se estaban desmoronando. Por primera vez en mucho tiempo, sus manos temblaron al abrir la puerta. Encendió la luz y, ante sus ojos, apareció la habitación de un bebé.

El tiempo se detuvo. Allí estaban los juguetes, las ropas dobladas con una esperanza que ahora resultaba cruel, paquetes que aún no se abrían y, en el centro de la escena, el pequeño móvil de cuna que quedó a medio armar antes de la tragedia. Las figuras de fieltro colgaban lánguidas, esperando unas manos que nunca llegarían. Todo seguía igual y, sin embargo, se sentía radicalmente diferente; era un museo de una vida que le fue robada.

Elías cayó de rodillas. El impacto contra el suelo de madera resonó en toda la casa, pero lo que siguió fue un sonido más desgarrador: su llanto. Lloró por primera vez en siete años, un sollozo seco y violento que nació desde sus entrañas en medio de esa soledad extraña. No supo cuánto tiempo estuvo así, quebrado sobre el polvo, pero cuando por fin logró calmarse, la tristeza se transformó en una resolución gélida.

Se dirigió al vestidor, agarró un bolso de lona y lo llenó con algunas prendas básicas. Ya no quedaba más para él allí; vivir en esa casa sería seguir cumpliendo una condena perpetua. Antes de marcharse, sacó de un cajón un pequeño relicario de plata y una fotografía. En la imagen, su esposa sonreía con esa luz que él solía llamar "hogar". La guardó en el fondo del bolso y salió rápidamente. En la cocina, hizo lo que había planeado desde que cruzó la verja: encendió una pequeña llama. Fue un gesto casi tierno, pero la madera seca de la casa aceptó el fuego con hambre. En pocos segundos, el calor empezó a devorar los recuerdos.

El crepitar de la madera vieja era el único sonido que rompía el silencio de la noche. Elías se quedó de pie en el jardín delantero, observando cómo las llamas lamían las paredes que alguna vez albergaron risas. El humo negro se elevaba hacia el cielo, ocultando las estrellas, tal como el dolor había ocultado cualquier rastro de luz en su alma. No sentía remordimiento; ver la casa arder era como ver un cuerpo herido ser finalmente vendado. Era una amputación necesaria.

—Se acabó —susurró. Su voz le resultó extraña, oxidada por el desuso y el humo.

Caminó hacia la carretera vieja sin mirar atrás ni una sola vez. El calor del incendio le acariciaba la espalda, pero por dentro seguía sintiendo el mismo frío glacial de la celda. Tenía 35 años, pero sus manos, marcadas por el trabajo forzado y la amargura, parecían las de un hombre que ya había vivido tres vidas y estaba listo para la cuarta... o para ninguna.

Caminó durante horas hasta llegar a una gasolinera desvencijada bajo una luz amarillenta y parpadeante. Entró a comprar una botella de agua, sintiendo la mirada de desconfianza del dependiente, un joven que probablemente era un niño cuando el nombre de Elías Thorne salió en todos los periódicos locales.

—¿Viene de allá arriba? —preguntó el chico, señalando el resplandor naranja que teñía el horizonte—. Parece que algo se quema.

—Solo basura —respondió Elías, dejando unas monedas sobre el mostrador con un golpe seco.

Se sentó afuera, en un banco de madera astillada. Sacó la fotografía y la observó bajo la luz artificial del neón. Ella seguía allí, joven y eterna, ajena al horror que vendría después de que el obturador de la cámara se cerrara. Tocó el relicario en su bolsillo; era lo único sólido en un mundo que se había vuelto humo.

Un camión de carga se detuvo frente a los surtidores, rompiendo la quietud con el rugido de su motor diésel. El conductor, un hombre robusto con cara de pocos amigos y la piel curtida por el asfalto, bajó para estirar las piernas. Miró a Elías, notando el bolso de lona y ese aire de naufragio que solo tienen los que ya no esperan a nadie.

—Voy hacia el sur, cruzaré la frontera antes del amanecer —dijo el camionero, encendiendo un cigarrillo—. Si tienes algo de dinero para el combustible, hay un asiento libre. No pregunto nombres, y espero que tú no preguntes los míos.

Elías se puso en pie. No sabía qué había al sur, ni le importaba. Sabía que cualquier lugar era mejor que el cementerio de recuerdos que acababa de dejar atrás. Subió a la cabina, cerró la puerta y el olor a cuero viejo y tabaco lo envolvió. Mientras el motor rugía y el camión se ponía en marcha, se dio cuenta de una verdad aterradora: por primera vez en siete años, no tenía una celda que lo retuviera, ni una tumba que visitar.

Estaba solo. Estaba libre. Y el camino, oscuro, largo y polvoriento, era lo único que le quedaba para llegar a un lugar llamado Valle Nogal.