Lujuria Infernal

All Rights Reserved ©

Summary

Saga Infernal Parte 2: Años después de la caída del demonio que desató el hambre infernal, la humanidad enfrenta un nuevo enemigo. En las sombras, una entidad maligna lleva décadas corrompiendo el mundo, y está lista para asestar su golpe final. Al mismo tiempo: el "Proyecto Lilith", un experimento para crear el vampiro perfecto, ha despertado. Demian, heredero de un linaje maldito, se encuentra atrapado en una guerra donde ciencia, magia y conspiraciones se combinan. Mientras las calles de Bucarest se tiñen de sangre y las complots se entrelazan con antiguas leyendas, deberá enfrentarse a sus propios impulsos antes de que sea demasiado tarde. ¿Qué secreto esconde el Proyecto Lilith? ¿Qué papel juega en la guerra entre vampiros y demonios? Y lo más importante: ¿podrá Demian resistirse, o se convertirá en la pieza clave de un plan que amenaza con destruirlo todo? La lucha por el futuro ha comenzado... y la lujuria infernal está a punto de desatarse.

Status
Complete
Chapters
49
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRÓLOGO:

25 de octubre de 1945: Neustadt an der Weinstraße, Alemania.

Las estrellas junto a la luna iluminaban una vieja y amplia casa aislada. En ella, una mujer de oscura cabellera rizada que portaba un voluminoso vientre, tocaba el piano deleitando a su amado, un hombre elegante de cabello albino y rasgos que no pasaban de los treinta años, con las notas de “Claro de Luna” de Beethoven. Quien, emocionado por el recital privado de la mujer que alguna vez fue su aprendiz, interpretaba solo para él. Practicaba movimientos con su arma predilecta, un sable. Él no era un militar, solo un político retirado tras la muerte de su señor. La vida era pacífica gracias a las reformas médicas de Orlok; no mataban a sus vecinos y su existencia pasaba inadvertida para los habitantes del pueblo. Pero eso no evitaba que circularan rumores. Nunca se les veía durante el día. Nadie sabía en qué trabajaba el hombre. Y algunos aseguraban que sus ojos brillaban si se les veía desde lejos.

La esposa, una subvampira que hacía pocos meses había sobrevivido a su etapa como ghoul, miraba por la ventana mientras su amado sire practicaba su esgrima en el jardín. El barón imaginaba cómo su hija —su añorada Alice— caminaría junto a él, mirando las plantas, correteando entre ellas, subiéndola a sus hombros, dando largos paseos nocturnos, aprendiendo piano, convertida en una señorita de gran belleza, tal como su madre, y elocuente como él, su padre.

Los portones de la casa habían sido derrumbados; soldados sin identificación de país alguno irrumpieron como una manada de lobos salvajes. El barón Latos le imploró a su amada que huyera mientras intentaba detenerlos. Su esgrima no bastaba para contenerlos a todos. El enorme vientre de la mujer la volvía lenta y, pese a no ser humana, no tenía la capacidad de escapar de soldados entrenados para cazarla.

Un disparo la derribó, haciendo que cayera de lado en un intento desesperado de proteger a la niña en su interior. Los militares, ahora junto a ella, la golpeaban con las culatas de sus armas. La mujer daba zarpazos desesperados, intentando protegerse. Al ver que seguía resistiendo, uno de los soldados clavó su cuchillo en los hombros de la desesperada madre para inutilizarle los brazos, ante las risas de aquellos hombres que la rodeaban. Sus súplicas no conmovían a aquel que la había apuñalado, sino que parecían incentivar su sadismo. Él se inclinó para estar a su altura y estrangularla hasta desmayarla.

El barón miraba, mientras era apaleado, cómo se llevaban a un lugar desconocido a su familia. La paliza había acabado, y el vampiro, destrozado, solo podía incorporarse y ver a aquel cruel soldado que la había capturado. Desarmado, en un último intento, atacó a aquel hombre. Pero el ataque fue inútil. Quedó reducido a soportar los disparos de la ametralladora que este portaba. El soldado tiró su arma y se acercó al vampiro derrotado para tomar su cuchillo aún manchado con la sangre de su esposa y enterrarlo en su corazón. Antes de que su cuerpo se quemara, aquel vampiro solo pudo tironear del abrigo de aquel joven y despiadado soldado para ver la placa que colgaba con la leyenda: “George Krauser”.

Represa de Vidraru, 4 de enero de 2009.

El zumbido constante de los servidores y el olor a ozono saturaban el aire aséptico del laboratorio subterráneo.

—Tenemos actividad. El cuerpo ha alcanzado los diecisiete años. Estamos preparando los protocolos de seguridad para el despertar del sujeto NSFT omega: proyecto Lilith.

La voz del técnico tembló al dar el informe. Los científicos, hombres y mujeres acostumbrados a jugar a ser dioses, observaban inquietos un gran tanque de cristal reforzado. El cilindro estaba lleno de sangre espesa, entre otras sustancias, donde una joven, privada de su conciencia, flotaba inerte, iluminada por las luminarias del laboratorio, que atravesaban el líquido carmesí, delineando su silueta. Las máquinas zumbaban a su alrededor con un ritmo acelerado y varios tubos invasivos conectaban su cuerpo a sistemas desconocidos.

—Iniciando despertar: sedantes retirados —anunció el jefe de planta, secándose el sudor de la frente—, se espera una reacción en los próximos treinta segundos.

El silencio que siguió fue pesado, solo roto por el pitido errático de los monitores cardíacos. La chica, aún dentro del cristal, abrió los ojos mientras el líquido sanguinolento en el que flotaba comenzaba a drenarse por las válvulas inferiores. Sus delicadas pestañas, ahora empapadas en rojo, dejaron de esconder hermosos iris dorados, dotados de una mirada intensa y carente de emociones. Su larga cabellera negra, pesada por el fluido, se adhería a ella cubriendo la mayor parte de su cuerpo. Su piel, increíblemente pálida, casi translúcida, tenía la delicadeza de la porcelana fría y sus labios, rosados, eran suaves como pétalos de flores.

La vampiresa intentaba incorporarse con torpeza; sus extremidades resbalaban en el suelo del tanque, pese a nunca haber recibido educación alguna sobre motricidad. Sin embargo, por instinto —o por pura naturaleza— su cuerpo comprendía qué movimientos ejecutar para sobrevivir.

Al otro lado del cristal, los científicos miraban con asombro al arma biológica más poderosa jamás creada: una draconian artificial, hecha a imagen y semejanza de la Lilith original. Los intrépidos investigadores, cegados por su extrema soberbia, se felicitaban a sí mismos por el buen trabajo, ignorantes de la letal amenaza que los observaba, evaluándolos tras el cristal.

Entonces. Las máquinas se habían vuelto locas; las agujas de los medidores se rompieron y las computadoras estallaban por la sobrecarga en sus lecturas, lanzando chispas sobre el personal. Los encargados de la seguridad, cazadores veteranos y mercenarios, comenzaron a apuntar con tensión sus armas automáticas hacia la chica dentro del tanque. El humo acre de los circuitos quemados de las máquinas comenzaba a dificultar la visión. Las puertas de seguridad selladas electrónicamente no respondían; el sistema se había bloqueado para contener la amenaza. No podían huir.

Un estruendo agudo rompió los tímpanos de los presentes. El cristal reforzado se hacía pedazos hacia afuera. La joven caminaba desnuda entre la lluvia de vidrio, provocando el terror absoluto, a pesar de medir poco más de metro y medio. Su larga cabellera húmeda mantenía ocultos sus senos y genitales, al igual que sus glúteos, dándole una apariencia espectral como una sombra monocromática, cuyo único punto de color eran esos ojos dorados, feroces y, al mismo tiempo, hermosos. Pisaba sin cuidado los fragmentos destrozados, ignorando los cortes profundos en sus plantas que se curaban de inmediato.

La sed se manifestó en ella como un insoportable ardor en la garganta. Con la velocidad de una pantera, casi borrosa para el ojo humano, se acercó a uno de los científicos, tomándolo de la cabeza con una de sus manos y elevándolo por encima del suelo como si fuera un muñeco de trapo.

Los disparos no se hicieron esperar; el estruendo de los fusiles de asalto llenó la sala. Las municiones penetraban la piel pálida sin resultados. Las profundas heridas se curaron en un parpadeo. Las armas experimentales basadas en luz solar y ajo eran inútiles ante su pureza genética. La delicada boca se abrió de forma antinatural como el bostezo de una gran serpiente, liberando un par de largos y agudos colmillos que penetraron la carne del cuello de aquel mortal hasta tocar sus vértebras. La chica succionaba con una fuerza salvaje e inexperta las venas de su víctima, quien poco a poco parecía más cadavérico, con sus ojos hundiéndose en sus órbitas, muriendo con una expresión de terror irracional fijada en piedra.

El cuerpo del científico yacía drenado de sus fluidos, seco, con la apariencia de una momia milenaria. El vapor de las tuberías rotas ocultaba la figura de la vampira, convirtiéndola en una sombra letal mientras que, con su velocidad, atacaba a los presentes dejándolos a todos con ese aspecto disecado. La alarma de emergencia se activó, un alarido estridente y repetitivo, que para sus oídos mejorados era insoportable, taladrando su cerebro y haciéndola mucho más agresiva.

—Deténganlo… ¡Dete... detengan ese maldito ruido! —gritó la vampiresa, sorprendiendo a todos.

Las luces parpadearon, su voz tenía una resonancia gutural, autoritaria que los atravesó como una vibración que provocaba escalofríos. No entendían cómo podía hablar de esa forma tan fluida sin haber aprendido a hacerlo.

Un científico, arrastrándose por el suelo manchado de sangre, murmuró antes de morir: —Es magnífica... Siendo solo un crecimiento acelerado por medios artificiales, de alguna forma aprendió a hablar. Pensábamos que tardaría en aprender, pero sus instintos le enseñan todo.

El proyecto Lilith mató a ese hombre y a todos los que quedaban en esa sala. Fue una masacre sistemática. Luego, se giró hacia la salida sellada. Clavó sus dedos en el metal reforzado y abrió las pesadas compuertas con facilidad, empujando como si se trataran de simples láminas de aluminio.

Su escape se convirtió en un sendero de destrucción. Todo aquel que se acercara a ella terminaba con su cuerpo destrozado y sus órganos expuestos, decorando los pasillos de gris hormigón con rojo visceral. Sean guardias armados con equipo táctico completo —especializado en cazar monstruos— o civiles con batas blancas, nadie se salvaba. Las máquinas tampoco recibían piedad por parte de la chica; toda pantalla o aparato que llamara su atención con luces o sonidos terminaba destrozado.

Los tanques de gas industrial que se encontraban almacenados en uno de los pasillos de mantenimiento fueron aplastados por la furia de la chica, haciendo que el contenido inflamable se expandiera y, al hacer contacto con las chispas de la maquinaria destruida, provocara una explosión ensordecedora seguida de un voraz incendio. En menos de una hora, toda la instalación fue reducida a cenizas, junto con todos los que se encontraban en su interior, borrando cualquier evidencia de lo que allí había ocurrido. Poco después, encontró la salida: un túnel vertical, seguramente el hueco de un ascensor montacargas, pero para ella fue sencillo pararse en una de las paredes como si fuera el suelo, desafiando la gravedad, y caminar hacia arriba, hacia la luz de la luna.

En la superficie, las explosiones subterráneas se habían extendido hasta la estructura de la represa de Vidraru, causando un gran siniestro. La chica salió al aire frío de la noche y observaba desinteresada toda la destrucción que había dejado detrás.

«¿Dónde estoy? ¿Quién soy? No recuerdo nada, solo sé que estoy muy sedienta...»

La vampira no tenía recuerdos, solo pensamientos de algo que no reconocía como propios. Una profunda tristeza, imágenes de dos rojos que la atraían, dándole paz. La chica suspiró, sentada sobre una roca irregular cerca del borde de la represa, lo que calmó sus instintos cazadores por el momento, mientras el fuego que se abrió paso hasta la superficie la rodeaba sin el temor de que este la quemase. Las llamas danzaban en sus ojos, iluminándolos con chispas de un odio incomprensible. El fuego la ponía de mal humor por razones que no lograba entender.

Minutos después, el batir de unas aspas rompió el viento. Un helicóptero militar negro, sin insignias apreciables a simple vista —pero adornado con un logo en relieve—, se acercó al lugar. Descendió con calma mientras bajaban más soldados de este, desplegándose en abanico, liderados por un hombre de presencia imponente, maquillado con estilo corpse paint y portando una cresta de cabello de color un rojo oscuro, opaco, como sangre coagulada. Él miraba alrededor con frialdad, buscando la fuente de tanta destrucción.

Mientras sus subordinados intentaban controlar el perímetro y apagaban el fuego, él notó la presencia de la joven, desnuda entre las sombras —como si fuera apenas un fantasma en la negrura— y, a paso seguro, sin mostrar miedo, se acercó a ella.

—¿Tú ocasionaste este desastre? —Aquel hombre no parecía sorprendido, mucho menos horrorizado, más bien satisfecho, como quien encuentra una joya perdida.

Una centena de sus hombres, soldados y científicos bajo su mando murieron esa noche, pero esa cifra solo significaba una cosa para él: éxito. La criatura ante él era la prueba de ello.

—¿Quién eres? —preguntó ella con hostilidad, clavando su mirada áurica sobre el hombre sonriente.

—Mi nombre es Krauser, líder de la Orden de Bedford, y tú eres nuestra creación, el proyecto Lilith. Únete a nosotros, te enseñaremos todo lo que puedes hacer.

—¿Unirme a ustedes? No me interesa —respondió tajante, escupiendo sus palabras, lista para tomar la cabeza de ese hombre a la menor provocación.

Krauser se encogió de hombros.

—Entonces puedes terminar como un ser caótico que acabará muriendo a manos de Drago.

La mención del nombre la detuvo. —¿Drago?

—Es alguien con tu mismo poder, que cree ser el juez y verdugo de todos los demás. El incendio que causaste es una prueba de tu poder. Te terminará destruyendo o crearás el suficiente caos como para que él se aparezca ante ti y acabe con tu existencia. Yo puedo ayudarte a controlarlo. Podrás vencer a Drago y a los monstruos que comanda, y entonces serás libre...

La chica miraba con intensidad al extraño hombre ante ella; sus ojos, de aspecto asiático, dorados y verticales, como los de una serpiente venenosa, se afilaban calculando la amenaza y la oferta. La luz de las llamas del complejo destruido se reflejaba en ellos, en la silueta cubierta de sombras de aquel hombre de pie, impasible, justo frente al fuego.