Único
Las chicas no dejaban de murmurar entre ellas cuando Sergio Pérez se abría paso rápidamente por el pasillo de la escuela, luciendo su un metro setenta y tres y los fuertes brazos que ocultaba bajo la sudadera deportista que ocupaba todos los días, cuyo propósito era resaltar que él y sólo él, era el capitán del equipo de fútbol.
Sonrío mostrando al mundo sus perfectos dientes alineados y las pecas en su nariz que hacían suspirar a la mayoría de las chicas y chicos. Aunque por supuesto, los hombres de la institución jamás tendrían ninguna oportunidad con el Dios, Sergio Pérez.
Porque además de ser popular y adorado, era descaradamente coqueto con las mujeres. El pecoso amaba a las chicas, amaba sus curvas, sus pechos y sus húmedas vaginas. Sergio Pérez era el hombre más heterosexual de toda la escuela.
Aunque claro, no por ello odiaba a los gays, su hermano mayor era uno y lo amaba con todo su corazón, pero procuraba mantenerse alejado de los hombres que querían algo más que su amistad.
No señores, Checo jamás estaría con alguien de su mismo sexo. Le daba asco imaginarse besando a un hombre; no concebía la idea de tener en sus manos —o incluso en su boca— otra polla que no fuera la suya.
El pecoso suspiró y siguió escuchando como el aburrido presidente del consejo escolar daba la habitual charla a todos los miembros de la directiva estudiantil.
—...Por ello, se han recaudado fondos para las reparaciones de la piscina y que el equipo de natación pueda avanzar con sus actividades.
Sergio mordió su labio inferior, irritado por las inversiones que se hacían en todos los clubes, excepto en el suyo. Entonces levantó la mano para hablar.
—Presidente Verstappen —dijo el pecoso mirando fijamente los ojos del mayor—. ¿Cuándo modificaran la cancha del equipo de fútbol? Necesitamos urgentemente un cambio de césped, sin contar con las duchas averiadas. Mi equipo no puede seguir duchándose con agua fría y arriesgándose a pescar algún resfriado; no veo que se preocupe por ello.
Max Verstappen acomodo sus papeles en la mesa antes de responder:
—En la siguiente reunión hablaremos de ello, tengo que comentarlo con el director —el rubio noto que la camisa de Checo estaba mal abrochada, dejando un minúsculo espacio por donde se apreciaba su clavícula. Era diminuto, casi imperceptible, pero Max lo noto; pudo ver más piel, más del cuello del pecoso, y eso lo calentó—. Al ser un club deportivo, pueden compartir vestuarios con el equipo de basquetbol.
—Mis chicos no van a compartir duchas con nadie. Arregle este problema pronto, presidente.
La sala quedó en un silencio mortal, hasta que Fernando Alonso, presidente del club de literatura, carraspeó y dijo:
—Es mejor dar por terminada la reunión.
Max asintió.
—Es lo mejor... Algunas personas deben entender que los problemas deben conversarse para hallar soluciones óptimas y de calidad. Lo más rápido no es siempre lo mejor —dijo el rubio, levantándose de su silla—. La paciencia es una virtud, señor Pérez. Y si la vida de una persona no está en riesgo, entonces no veo el motivo de su impaciencia... Pueden retirarse.
Sergio acomodó su cabello hacia atrás, luego salió sin mirar al idiota y feo de Max Verstappen. No lo odiaba, pero si había veces en que no lo soportaba. Era aburrido y odiaba el fútbol; el pecoso agradecía que tomarán pocas clases juntos.
Cuando caminaba por los pasillos nuevamente, su sonrisa volvió a aparecer. Se olvidó completamente de la reunión y del idiota de Max, porque frente a él estaba su preciosa Carola, esa exquisita mujer que lo volvía loco. Amaba su suave piel y su cabello castaño. Era perfecta.
—Debo estar de suerte al tener lo más hermoso de esta escuela frente a mí —saludó Checo, y Carola no pudo evitar reírse, avergonzada.
—Deja las cursilerías y dime, guapo ¿esta tarde nos veremos otra vez?
El pecoso sonrió de lado y posó una mano traviesa sobre la delicada cadera de la chica.
—¿Te gustó la última vez?
—Ya te lo dije, eres un hombre bien dotado y sabe cómo usarlo —Carola lo tomo de los hombros y ambos compartieron un beso hambriento, donde hubo lengua de principio a fin.
Se escucho a alguien carraspear a sus espaldas por lo que ambos se separaron rápidamente.
—Esta institución no es motel, Pérez —dijo Max, frunciendo el ceño aún más al ver la mano del pecoso en el trasero de la chica.
—Lo lamento, Presidente, pero teniendo a una chica tan hermosa no me pude contener.
El rubio lo miro sorprendido antes de soltar suavemente:
—Quiero que vengas a mi despacho antes de que termine la hora de almuerzo.
—¿Y eso para qué sería? —preguntó Checo levantando una ceja, intrigado.
—Hablé con el director sobre tu caso, niño caprichoso. Si quieres los detalles, entonces ven a verme.
Y, dicho aquello, Max se dio media vuelta y se marchó justo cuando el timbre sonó, dando paso a la hora del almuerzo.
—¿Tienes problemas, Checo? —preguntó Carola.
El mencionado se quedó mirando la figura imponente del rubio irse antes de girar hacia su acompañante.
—No te preocupes, cariño, lo resolveré con Max.
Carola asintió.
—Espero que no olvides la cita que tenemos hoy en mi casa —dijo la chica, sonriendo y acercándose juguetona al oído del pecoso—. Espero que puedas soportar tres rondas —susurró despacio, y finalmente se fue.
Checo avanzó hacia la cafetería, totalmente ansioso por lo que le esperaba en la tarde. Mordió su labio inferior con una sonrisa mientras se dirigía a comprar un refresco.
—Mira a quién tenemos aquí.
El pecoso se dio la vuelta y su sonrisa se desvaneció. De todas las personas, en todos los lugares, justamente tenía que encontrarse con Lewis Hamilton.
—¿Qué quieres, idiota?
El contrario resopló.
—¿Por qué tan molesto? Yo no te he hecho nada malo.
La fila avanzó y Checo deseó comprar lo más rápido posible para largarse con el feo de Verstappen.
—Sólo déjame en paz. Ya te dije, Hamilton, a mí no me van los penes. Podrías caminar de rodillas hasta mi casa y mi respuesta siempre será “no”.
—¿Cómo sabes que no te gusta si nunca lo has probado?
Sergio tragó saliva. La fila volvió a avanzar y sintió cómo, a su espalda, Hamilton se acercaba más.
—Jódete. Consíguete otro juguete, pero mi culo nunca será tuyo —suspiró—. Y si existiera una mínima posibilidad de que estuviera contigo, aunque nunca pasará por supuesto, el culo que sería follado sería el tuyo.
—Eso no pasaría, hermoso —dijo Lewis, carcajeándose a espaldas del pecoso.
—Y tu intento de que sea tu novio tampoco pasará, cariño.
—Tienes cara de que te gusta chupar pollas.
Checo inhalo y exhalo fuertemente. Sólo había una persona delante de él; faltaba tan poco.
—Y tú tienes cara de que eres un maldito imbécil.
—Y no lo niego. Ahora es tu turno de aceptarlo.
El pecoso se giró para encararlo, pero antes de que pudiera abrir la boca, la señora de la cafetería le pidió su orden.
Lewis lo miró con burla y se apartó de la fila, dando por terminada la discusión.
—Deme una coca cola, por favor —pidió el pecoso, enojado.
Sergio nunca sería el chupa polla de nadie. Él no era gay y nunca lo sería, por supuesto que no.
Una vez pagada su bebida, salió de la cafetería ignorando la intensa mirada de Hamilton sobre él.
Los pasillos estaban desolados, lo que lo ayudaba de cierta manera a calmarse y concentrarse en hablar con Verstappen y solucionar el tonto problema.
Al ser el presidente del consejo escolar por tres años seguidos, Max tenía la ventaja de tener un despacho propio, alejado de la oficina del director. No era un espacio realmente lujoso, pero si era medianamente espacioso y agradable.
No era la primera vez que Sergio iba a hablar en privado con Verstappen y por supuesto, tampoco sería la última.
Cuando llegó al lugar tocó suavemente la puerta. Max la abrió de inmediato, casi desesperado por verlo.
—Pasa —dijo el rubio con voz cortante.
Checo se adentró al despacho y dejó la bebida en el escritorio de Max antes de preguntar:
—¿Y bien? ¿Qué paso con el problema?
Entonces, cuando se dio la vuelta para enfrentar al rubio, los cálidos labios del mayor lo tomaron por sorpresa, besándolo furiosamente y mordiendo con gula sus labios. Checo no tardó ni un segundo en responder con la misma intensidad.
Se separaron, respirando agitadamente.
—Joder, te extrañe todo el día —susurró Max.
—Y yo a ti, cariño.
El pecoso volvió a devorar los labios del mayor, agarrando su cuello con fuerza, queriendo fusionarse con él.
El rubio lo tomo de las caderas para guiarlo entre beso y beso hacia el escritorio, donde Checo se sentó y Max quedó entre sus piernas, rozando sus entrepiernas descaradamente.
Cuando dejaron de besarse, el mayor no dudo en atacar el cuello del pecoso, dejando una fuerte mordida. Dolió demasiado; la piel de Sergio quedó roja, al borde del morado, y los dientes del rubio quedaron marcados en la piel canela.
—Mío —susurró el rubio cuando Checo lo empujo ante la lesión.
—¡¿Qué mierda te pasa?! Eso dolió. ¡Maldita sea!
—Ibas a verte con Carola, ¿verdad?
El pecoso miró fijamente a Max para después sonreír.
—¿Celoso, mi amor?
—Sí —respondió el rubio, acercándose al menor—. Estoy jodidamente celoso; te quiero sólo para mí. Quiero tus labios para mí —susurró antes de morderle el labio inferior y soltarlo lentamente—. Quiero tu cuerpo para mí —desabotonó despacio los cinco botones de la camisa del pecoso—. Quiero que tus gemidos sean únicamente míos —delineó el pezón contrario con su dedo índice, apenas tocando la piel; tan efímero, pero Sergio no pudo evitar jadear.
—No seas egoísta, Max —Checo tomó al mencionado por los hombros para acercarlo y atraparlo con sus piernas, cada una en la cintura del mayor—. Nosotros no somos nada.
—¿Nada? —preguntó el rubio, divertido.
—Nada —repitió Pérez, con los labios del más alto a milímetros de los suyos—. A menos que quieras cambiar eso.
—No me hagas falsas ilusiones, Pecas —Max sujeto con ambas manos el trasero de Checo y lo atrajo bruscamente contra su entrepierna vestida—. Tú vives engañando al resto. ¿Sergio Pérez heterosexual? —soltó una venenosa carcajada—. No sé si vuelvan a decirlo cuando vean lo rico que te comes mi pene, cariño.
—¡Claro que soy heterosexual! La diferencia está en que sólo me gustas tú.
Max sonrió y dio un beso a la mandíbula del menor para luego sacar su lengua y bajar lentamente hasta la mordida.
—¿Te gusto? —preguntó contra la piel del cuello del pecoso.
—Me encantas.
—¿Irás a verte con Carola?
—Convénceme de no ir —respondió el pecoso, sonriendo con picardía.
El rubio levantó su rostro hasta chocar su nariz con la del pecoso.
—Reto aceptado, schat.
Max se deshizo de las piernas que atrapaban su cintura para alejarse y sacarse el chaleco de la escuela, la corbata y la pulcra camisa; Sergio lo miro sonriente mientras él se despojaba lentamente de su chaqueta y camisa ya desabotonada.
—¿Me dejarás chuparte la polla? —preguntó el más bajo mientras se bajaba del escritorio—. Me obligaste a venir aquí en el horario del almuerzo —se arrodillo en el suelo y comenzó a gatear hacia el rubio—. Y tengo mucha, mucha hambre, señor presidente.
Max sonrío mostrando levemente sus encías.
—Recuerdo que, hace unas semanas, estuviste en detención por golpear a Hamilton porque te dijo que tenías labios de chupa polla —comentó, mientras veía desde arriba como Checo desabrochaba el botón y la cremallera de su pantalón—. No entiendo por qué lo golpeaste, si tiene razón. Te encanta tragarte mi polla, Schatje.
—Porque si le doy la razón querrá que se la chupe a él —el pecoso bajo los pantalones y la ropa interior hasta tener el miembro erecto del rubio en todo su esplendor frente sus ojos—. Y yo sólo quiero chupártela a ti.
Max inclinó su cabeza hacia atrás al sentir la húmeda cavidad de Checo en su glande, mientras lamía la abertura y masturbaba sus testículos con las manos.
—Dios, Checo. ¿Desde hace cuánto que no hacías esto?
—Era tu castigo por coquetear con Charles.
—¿Celoso? —preguntó el rubio, agarrando con fuerza la nuca del menor.
—No. Sólo me aseguraba de que recordaras que yo soy el mejor culo que puedes follar.
Max empujó con brusquedad la boca del pecoso contra su pene, arremetiendo con fuerza mientras escuchaba los pequeños sonidos de ahogo que escapaban de él. No se asustó, porque sabía que a Checo siempre le había gustado que fuera duro y malo.
A los segundos sintió como su polla era chupada con fuerza, como la respiración del menor chocaba contra su pelvis y cómo su estómago se contraía excitado ante la deliciosa lengua que delineaba juguetonamente cada una de las venas que resaltaban en su pene.
—Mierda, Checo —Max inhaló profundamente y luego soltó un sonoro gemido ronco—. En serio, naciste para chuparme la polla.
El pecoso dejó un rastro de saliva por todo el miembro, avanzando con su lengua hasta bajar de a poco y llegar a los calientes testículos del mayor; se adentró uno a la boca y sintió como Max tomaba con fuerza su pelo. Lo succiono con suavidad para luego pasar al siguiente y hacer exactamente lo mismo mientras que su mano nunca dejó de masturbar el pene duro.
—Levántate —demando el rubio, al borde del orgasmo.
Sergio acato la orden de inmediato y cuando llego a la altura del mayor, este último lo tomo de la cintura para acercarlo a él y besarlo lentamente.
Max abrió la boca y sintió como la lengua de Checo chocaba contra la suya en una lamida provocativa; el beso no era rudo ni hambriento. Era esa clase de beso que dejaba al pecoso sin aliento, que lo hacía dar un leve impulso de tirar todo a la mierda y ser completamente de Max Verstappen, de dejar de fingir y aceptar que le encantaba como su cuerpo se acoplaba a la perfección con el del mayor.
—Tú también me gustas —susurró Max después de besar el labio inferior del más bajo.
El timbre sonó anunciando el fin de la hora del almuerzo. Los estudiantes se dirigían a sus respectivas clases mientras ambos estaban en el despacho del presidente estudiantil, con un Checo desesperado sacándose los pantalones y un Max con la polla dura observando a su pecoso.
—No tenemos mucho tiempo, Max.
El nombrado sonrió mientras sacaba completamente de su cuerpo sus pantalones y boxers hasta quedar completamente desnudo al igual que su compañero.
—¿Por qué? ¿Acaso tienes que ver a alguien más?
Checo tragó saliva al ver el cuerpo del mayor avanzar hacia él.
—Aún no me convences del todo, presidente.
Entonces Max se sentó en su silla de cuero antes de susurrar: —Acuéstate de frente en el escritorio.
El pecoso lo miró confundido, pero obedeció. Espero unos segundos antes de sentir como los dedos de sus pies se retorcían.
—¡Max! —jadeó—. ¿Qué haces?
—¿No te gusta? —preguntó el rubio, alejando su boca de la entrada del menor.
—¡Dios! Se siente bien, pero es raro.
Max apretó una nalga mientras sonreía pícaro.
—Tú sólo disfrútalo —entonces su lengua volvió a la entrada del más bajo, abriéndose paso por el anillo de músculos, dilatando y lubricando.
Checo no paraba de gemir ronco, de jadear y de incluso arañar el escritorio del rubio, porque ¡oh, santísima madre! Esa lengua, esa maldita lengua estaba haciendo maravillas dentro suyo.
Nunca nadie le había dicho lo delicioso que era tener a alguien comiéndole el culo. Maldición, Checo amaba el cómo Max sabía exactamente que botón apretar para darle placer. Ni con las chicas con las que había follado se había sentido tan bien como con la polla e incluso la lengua del rubio.
—Ma... Max —Checo arqueo su espalda y levanto aún más su culo.
Estaba al borde del orgasmo y ni siquiera se había tocado. Iba a venirse, juraba que iba a venirse hasta que escucho un teléfono sonar, haciendo eco en la habitación.
Max se alejó para levantarse y tomar el celular de Checo.
—Es Carola —murmuró mientras se lo pasaba.
Sergio se quedó en la misma posición, tratando de controlar su respiración. Cuando contesto, Max volvió a sentarse en su lugar.
—¿Hola?
—¿Dónde estás? Lance me dijo que aún no llegas a la clase.
—No te preocupes, estoy- ¡Ah! —Checo mordió su labio inferior de inmediato.
Max tenía su lengua enterrada profundamente en la entrada del menor, tan descarado.
—¿Estás bien?
—Sí...sí. Pronto iré contigo y-
Checo no pudo evitar arquear la espalda al sentir la mordida de Max en su nalga derecha.
—¿Y?
—Y... y haremos lo que... lo que... —el pecoso alejo el teléfono de su oído para soltar un suave jadeo al sentir dos dedos del mayor enterrarse en su culo.
—Es de mala educación no contestar, Checo, en especial teniendo a una chica tan hermosa al teléfono —susurró el rubio con burla, disfrutando cada maldito segundo. El pecoso no respondió y con ello adentro un tercer dedo.
—¡Joder!
—Checo, ¿enserio estás bien? —preguntó Carola preocupada.
El menor volvió a acercar el teléfono a su oído y trato con todas sus fuerzas de controlarse, pero era tan difícil... demonios, Max era tan malo. Tenía unos dedos tan largos que rozaban su próstata con burla. Tenía dedos perfectos y ese anillo, ese jodido anillo que utilizaba en el dedo índice hacía maravillas en su interior.
—Carola —pronuncio con dificultad—. Creo que no podremos vernos hoy día.
—¿Qué? ¿Por qué no?
Max sonrió satisfecho.
—Tengo asuntos que... resolver y-
Checo cayo estrepitosamente hacia adelante. Sus brazos perdieron la fuerza al momento exacto de sentir como un cuarto dedo entraba en él. Soltó un gemido ronco y en ese momento le valía mierda el mundo. Él quería ser jodido, quería sentir la polla de Max romperle todo: el culo, la mente, la heterosexualidad, todo.
El menor soltó el teléfono y este cayó en algún lugar de la habitación.
—¡Fóllame! —suplicó en un gemido ronco—. Por favor, hazlo.
—¿Desesperado?
—Sí, maldición, sí. Te quiero, Max... te quiero dentro de mí.
Eso era justamente lo que el rubio esperaba escuchar desde que entró hoy por la mañana al colegio.
—Como usted diga, capitán.
El mayor se levantó de la silla para luego sujetar las caderas de Checo, quien levantó una pierna para posarla sobre el escritorio.
—Ya sabes cómo me gusta —dijo el pecoso.
Entonces Max no esperó ni un segundo más y embistió con fuerza la entrada del contrario.
No hubo espera ni avisos; sólo Max jodiendo tan duro a Checo sobre el escritorio. El más bajo se aferró al borde del mueble mientras gemía y jadeaba sin pudor.
—Ahí, sí, justo ahí.
Sergio mantuvo su boca abierta, ni siquiera le importaba que escurriera saliva de ella. Le encantaba, le fascina estar con Max.
—Me encanta como tu heterosexual trasero se traga toda mi polla. Deberías verlo.
Checo ni siquiera escucho muy bien lo que dijo el rubio, sólo asintió y disfrutó cómo aquel pedazo de carne se abría paso en su interior.
Max observaba desde atrás al menor, admirando su musculosa espalda arqueada, cómo se sujetaba con fuerza del escritorio y cómo su glorioso trasero rebotaba con cada embestida.
El mayor mantuvo un agarre fuerte en la cadera del pecoso con una mano, mientras que con la otra sujetó la mandíbula del menor y deslizó un dedo dentro de su boca. Checo no espero ni medio segundo en chupar el dedo de Max, tan desesperado y excitado.
Probablemente la pierna del pecoso que estaba sobre el escritorio sufriría un severo calambre. Tal vez las mordidas de Max tardarían en desaparecer, y quizás mañana no pudiera asistir a la práctica de fútbol por el dolor en el trasero, pero valía la pena; cada segundo valía la pena.
El rubio retiro su mano de la boca del menor para susurrar jadeante:
—Voy... voy a venirme.
Checo frunció el ceño al sentirse también cerca del orgasmo.
—Córrete dentro. No me importa.
Max volvió a sujetar con fuerza la cadera del pecoso y arremetió seco y rápido en su interior. El escritorio se movía un poco y las cosas empezaban a caer, pero al rubio no le importaba. Entonces ya no pudo retenerlo más y se corrió dentro del menor, llenando su interior de a poco.
Sergio cayo rendido sobre el escritorio mientras se corría segundos después. Sintió como Max cabalgaba su orgasmo, embistiéndolo suavemente hasta derramar la última gota.
—Tan delicioso —susurró Checo contra el escritorio.
Max salió del interior del pecoso para sentarse nuevamente en su silla.
—Eso fue tan agotador —dijo el mayor.
Checo se levantó como pudo y se sentó en las piernas del rubio.
—¿Te gustó? —preguntó, sintiendo como las manos de Max volvieron a tomar su cintura.
—Me encantó. Supongo que ya no volverás con Carola.
El pecoso resoplo.
—No, no volveré con ella, pero eso no significa que sea tuyo.
—¿Por qué? ¿Te duele en tu heterosexualidad?
Checo soltó una carcajada antes de girar el rostro, mirar detenidamente a Max y decir:
—Tú sólo eres un buen polvo, no te creas tan importante.
—¿Sólo un polvo? —preguntó Max, arqueando las cejas.
El pecoso asintió mientras repartía suaves besos en la mandíbula del mayor.
—Tampoco me has pedido que sea tu novio.
—¿Para qué? Si igual me dirás que no.
—El que no intenta no gana, presidente —dijo Checo, moviendo su trasero sobre el flácido pene bajo él.
—¿Quieres ser mi novio, Sergio Pérez?
—¿Tengo otra opción? —ambos sonrieron sin apartar la vista del contrario—. Acepto —dijo finalmente Checo—. Y como novio es tu deber darme placer.
—¿Otra ronda, goloso?
—Sabes cuanto me encanta tu polla.
—Y a mí me encantas tú —dijo Max, dejando un beso en el hombro del pecoso.
Entonces se volvieron a besar y se perdieron uno en el otro, sin importar lo que ocurría a su alrededor, sin ser conscientes de que Checo nunca cortó la llamada, y sin saber que Carola se había enterado de lo que en realidad ocurría dentro de la oficina de Max.
Porque Sergio era lo suficientemente heterosexual antes de entrar al despacho de Max Verstappen.