La bella dama
La Pequeña Dama
En el corazón del reino de Lastuxeng, la nobleza de la familia conformada por Lord Edmund y Lady Beatrice era bien conocida, aunque no siempre bien querida. Sus cuatro hijos mayores —Marcos, Juan, Paula y Ana— crecían bajo el cobijo de la opulencia, alimentando un orgullo que los distanciaba del pueblo y de la verdadera humildad. Pero el destino de la casa cambió cuando Beatrice dio a luz a su quinta hija: Adeline.
Adeline llegó al mundo como un destello de luz pura. Tenía ojos de un azul tan profundo como un cielo despejado y cabellos dorados que caían en hebras lacias y brillantes. Sin embargo, su belleza no trajo paz a sus hermanos. Desde la cuna, los ojos de Marcos y Juan se oscurecieron con la avaricia, temiendo que esa pequeña vida dividiera su herencia. Por su parte, Paula y Ana sentían cómo la envidia les quemaba el pecho al ver que la belleza de la niña opacaba la suya.
A los siete años, Adeline era el alma de la mansión. Bailaba entre los pasillos y su risa era el único sonido honesto en aquellas paredes frías. A diferencia de sus hermanos, que solo sembraban problemas y exigencias, ella era el vivo retrato de los valores: respetuosa, responsable y de una dulzura inquebrantable.
Cada noche, Beatrice la arropaba con ternura, leyéndole cuentos de reinos olvidados y sellando el día con un beso en la frente. Mientras tanto, Lord Edmund permanecía ausente, sumergido en sus deberes como testaferro del Rey en la corte real, un cargo de gran poder que mantenía a la familia en la cima, pero lejos de los afectos cotidianos.
Sin embargo, el verdadero mundo de Adeline comenzaba cuando cerraba los ojos.
Noche tras noche, el mismo sueño la reclamaba: se veía a sí misma como una dama imponente, habitando un castillo radiante que parecía tejido con hilos de magia. El aire olía a flores antiguas y estaba impregnado de una música celestial. En ese lugar, las criaturas de las leyendas —elfos de largos dedos, hadas de luz vibrante, gnomos y duendes— danzaban a su alrededor.
Y allí, en el centro del salón, la esperaba él: un hombre de semblante hermoso y ojos dorados, cuya sonrisa prometía un destino que ella aún no lograba comprender. Adeline despertaba cada mañana con el corazón latiendo con fuerza, convencida de que, en algún lugar entre la luz y la sombra, ese sueño la estaba esperando para cumplirse.
Adeline despertaba cada mañana envuelta en esa felicidad residual de sus sueños. Con una sonrisa, se peinaba sus cabellos dorados y se vestía con premura, ansiosa por reencontrarse con el mundo. Al salir de su alcoba, cruzaba los pasillos como un rayo de sol; sus hermanos la ignoraban, fingiendo que no existía, pero ella no permitía que ese frío apagara su brillo.
—¡Madre, madre! ¡Buenos días! —gritó con júbilo al ver a Beatrice.
Se fundieron en un abrazo cálido.
—Buenos días, mi pequeña —respondió su madre, sintiendo que la presencia de Adeline era el único refugio de paz en esa casa.
En ese instante, el estrépito de unos cascos sobre el empedrado y el crujir de madera anunciaron la llegada del carruaje. Lord Edmund había vuelto. Adeline, reconociendo el sonido, corrió por los pasillos hasta que encontró a su padre.
—¡Padre, por fin llegas! —exclamó, rodeándolo con sus brazos.
—Mi pequeña… —respondió Edmund, correspondiendo al abrazo con cansancio pero ternura—. El deber me obliga a estar lejos de casa, pero no me olvido de ti. Mira lo que te traje.
Le entregó una pequeña bolsa de dulces finos, un tesoro que brillaba en las manos de la niña. Beatrice se acercó para saludar a su esposo, completando una estampa de felicidad familiar. Sin embargo, desde la distancia, los cuatro hermanos observaban la escena con miradas de odio puro, como sombras acechando un fuego.
Llegó la hora del almuerzo. La mesa estaba dispuesta con un banquete digno de su linaje, pero el ambiente estaba cargado de electricidad. Adeline se sentó entre sus padres, ajena a la tormenta que se gestaba. Fue entonces cuando Marcos, el mayor, rompió el silencio con una voz afilada.
—Padre, me gustaría que me entregaras mi herencia ahora mismo.
Edmund dejó los cubiertos, sorprendido.
—¿Por qué tanta prisa, Marcos? Aún eres joven.
—Viendo cómo van las cosas —respondió Marcos con un tono hilarante y amargo, clavando la vista en Adeline—, es obvio que ella terminará quedándose con todo.
Un silencio sepulcral cayó sobre el comedor. Los sirvientes se quedaron inmóviles en las esquinas, conteniendo el aliento. Edmund respiró profundo, tratando de mantener la compostura.
—¿Por qué crees que eso sería así? ¿Te hemos dado alguna señal de ello?
—Le dan mucho más amor a ella que a nosotros —espetó Marcos—. ¿Qué esperas que pensemos?
Edmund endureció la voz:
—Mi amor es para todos por igual. Son ustedes quienes se alejan con sus malas actitudes y sus acciones oscuras. Por su culpa, muchos en el reino nos ven con desconfianza, mientras que la bondad de Adeline ha logrado que otros vuelvan a acercarse a esta casa.
Marcos se levantó bruscamente, la silla chirriando contra el suelo. Sus ojos eran dos pozos de ira. Sus hermanos lo siguieron con la mirada, compartiendo su resentimiento.
—Si quieren su herencia para vivir por su cuenta, está bien —sentenció Edmund—. Pero después no vuelvan a pedirme nada. Los conozco bien; si no cambian, no tendrán futuro.
Uno a uno, los hermanos abandonaron la mesa sin decir palabra, dejando tras de sí un rastro de rencor. Solo Adeline permaneció allí, en silencio, mirando su plato. Levantó la vista hacia sus padres, que la observaban con una mezcla de tristeza y orgullo.
—No se preocupen —dijo Adeline con voz suave pero firme—. Yo nunca les daré mala vida. Seré respetuosa y siempre escucharé lo que tengan que decirme.
Sus padres sonrieron conmovidos y continuaron comiendo, tratando de rescatar lo que quedaba de la tarde. Pero en los pasillos de la mansión, la ira de los hermanos seguía aumentando, transformándose en algo mucho más peligroso que una simple rabieta..
Sombras y Promesas
Mientras el piso inferior de la mansión intentaba recuperar la calma, en una de las habitaciones superiores el aire estaba viciado por el rencor. Los cuatro hermanos se habían encerrado, formando un círculo de sombras y murmullos.
—Esa pequeña maldita no se saldrá con la suya —exclamó Marcos, con los puños apretados y el rostro desencajado por la furia—. Me las pagará. No permitiré que una niña nos arrebate lo que por derecho es nuestro.
Juan, con una frialdad que helaba la sangre, asintió lentamente.
—No te preocupes, hermano. Nos vengaremos. El tiempo pone a cada uno en su lugar, y a ella le espera un lugar muy oscuro.
Paula y Ana, lejos de asustarse se, soltaron risitas crueles, disfrutando del veneno que sus hermanos destilaban. La avaricia y el odio ya habían echado raíces profundas en sus corazones.
Ajena a la conspiración, Adeline recibió la noche con la ilusión de quien sabe que va a un lugar mejor. Esa vez, tanto Beatrice como Lord Edmund estaban a su lado. Recibió dos besos de buenas noches, un doble escudo contra la frialdad del mundo real.
—Quiero soñar con él de nuevo —susurró para sí misma mientras se acomodaba entre las sábanas—. Quiero bailar en ese castillo mágico.
El sueño no tardó en reclamarla.
De nuevo, el salón radiante. De nuevo, la música que parecía brotar de las mismas paredes de cristal. Y de nuevo, él. El hombre de los ojos dorados la tomó de la mano para iniciar aquel vals eterno. Pero esta vez, el silencio del sueño se rompió.
—¿Quién eres tú? —preguntó Adeline, con la valentía que solo dan los sueños.
—¿Aún no lo sabes? —respondió él. Su voz era como una melodía antigua, profunda y reconfortante.
—No lo sé —confesó ella, perdida en el brillo de su mirada.
—Algún día te encontraré —prometió el desconocido con una sonrisa que iluminó todo el castillo—. Y estaremos juntos por siempre.
Adeline despertó sobresaltada, con el corazón galopando contra sus costillas. Se tocó el pecho, sintiendo aún el calor de aquel encuentro. La felicidad se mezclaba con la intriga: ¿quién era aquel ser que la visitaba en el descanso?
Volvió a cerrar los ojos y el sueño continuó, pero el escenario cambió. Ahora caminaban de la mano por un prado infinito, donde las flores se mecían al unísono de un viento cálido y perfumado. Caminaban en perfecta armonía, como si sus almas fueran una sola.
—¿Quién eres tú? —volvió a preguntar, anhelando una respuesta clara.
Él se detuvo, la miró fijamente y susurró:
—Soy tu amor.
La mañana llegó con una luz radiante, pero Adeline ya no era la misma. Se levantó con la mente llena de preguntas que el mundo de los despiertos no parecía poder contestar. ¿Era aquel hombre un príncipe real, un espíritu, o algo que su propio corazón de luz había creado para protegerla de la oscuridad de su hogar?
Semillas de Leyenda
Poco después de que Adeline cumpliera los siete años, y mientras lidiaba con el creciente desprecio de sus hermanos, una luz de esperanza surgió. Elizabeth, una niña de su misma edad e hija de otro noble de la corte, la invitó a pasar una noche en su casa. Con el permiso de Lord Edmund, Adeline dejó por un momento las miradas gélidas de Marcos, Juan, Paula y Ana para refugiarse en la calidez de otra familia.
La tarde fue un estallido de juegos y risas infantiles. Al llegar la hora de dormir, la madre de Elizabeth entró en la habitación. Tenía la misma costumbre que Beatrice: leer cuentos para que las niñas viajaran a otros mundos antes de cerrar los ojos.
—Hoy les leeré un cuento especial por nuestra invitada —dijo la mujer, sacando de un viejo cofre un libro antiguo, desgastado por el tiempo pero cuidado con esmero.
Las niñas se acurrucaron bajo las pesadas mantas, prestando atención al relato:
"Hace mucho tiempo, vivía un Dios único que amaba profundamente su obra. Su hogar era un castillo radiante, lleno de seres mágicos: elfos de largas orejas, hadas, gnomos y duendes.
Un día, el Dios tomó entre sus manos flores, agua, nubes y tierra. Con dos esmeraldas perfectas y un puñado de pasto, formó a un hombre único de hermosa silueta. Al despertar, el Dios se sintió feliz: había creado a un hijo para ser el guardián del reino y de todos los seres mágicos.
El joven rey vivía en paz, hasta que conoció a una mujer de belleza sin igual. Se amaron profundamente, pero una sombra los acechaba: una bruja consumida por la furia. Al ver la felicidad del joven rey y la mujer, su corazón se llenó de odio. Con engaños, apartó a la mujer del lado del rey. El hombre, creyéndose abandonado, dejó que el rencor pudriera su alma hasta que su corazón se volvió de roca.
El Dios desterró a la bruja a un lugar de sombras donde pereció, pero el daño era irreversible. La mujer, obligada por sus padres a casarse con otro hombre para pagar deudas, murió en la más triste soledad, con el corazón roto por un amor que no pudo ser."
—Fin —susurró la madre de Elizabeth.
Adeline, que apenas tenía siete años, escuchó cada palabra con el corazón encogido.
—Qué historia tan triste —murmuró Elizabeth—. Al final no pudieron amarse.
—No todos los cuentos terminan felices, niñas. Recuérdenlo —respondió la madre antes de darles el beso de buenas noches y retirarse.
Adeline cerró los ojos y, por primera vez, sintió que aquel cuento no era solo una historia. Un destello de recuerdos ajenos cruzó su mente infantil. Al quedarse dormida, regresó al salón de baile de sus sueños. Allí estaba él, el hombre de los ojos dorados, esperándola. A pesar de la tristeza del cuento que acababa de oír, en sus sueños ella volvía a ser la pequeña dama que bailaba sin fin.
La Harapienta
El tiempo voló sobre el reino de Lastuxeng. Adeline cumplió los quince años convertida en una joven de una belleza etérea, pero su corazón seguía habitando en aquellos sueños nocturnos con su amado de ojos dorados. Sin embargo, la luz de su hogar comenzó a apagarse cuando Lady Beatrice enfermó gravemente.
Adeline se convirtió en la sombra fiel de su madre, cuidándola con una devoción absoluta. Mientras tanto, a sus hermanos no parecía importarles el marchitamiento de la mujer que les dio la vida; para ellos, solo era un obstáculo menos. Lord Edmund, desesperado, buscó a los mejores médicos y decidió internarla en un sanatorio para intentar salvarla.
Al regresar a la mansión, Edmund encontró a Adeline esperándolo con los ojos llenos de angustia.
—Tu madre estará un tiempo fuera —dijo él, con el peso del mundo sobre sus hombros—. Los doctores dicen que sanará, pero tardará mucho. Mientras tanto, Adeline, te encargo que cuides la casa.
Escondidos tras las pesadas cortinas de los pasillos, los hermanos escuchaban. Para ellos, la ausencia de la madre y la distracción del padre eran la oportunidad perfecta para ejecutar su plan de sombras.
Días después, mientras Adeline caminaba por el jardín, encontró a un pequeño gorrión recién nacido que había caído de su nido. Con manos temblorosas y llenas de ternura, lo recogió para protegerlo. No se dio cuenta de que ocho ojos cargados de odio la observaban.
De pronto, los cuatro hermanos la rodearon. Juan, con una agilidad cruel, trepó al árbol y arrebató el nido con el resto de las crías, mientras Marcos sujetaba a Adeline por los brazos con una fuerza bruta.
—Si no quieres que les hagamos daño a estas pequeñas pestes, harás exactamente lo que te digamos, ¿entendiste? —rugió Marcos al oído de la joven.
Paula y Ana, disfrutando del momento, la jalaron del cabello con violencia hasta tumbarla al suelo, ensuciando su vestido con la tierra del jardín. Adeline, con lágrimas corriendo por sus mejillas y el corazón latiendo con terror por las pequeñas criaturas, levantó la mirada.
—¿Qué decides, "hermanita"? —preguntó Juan, sosteniendo el nido sobre el vacío, listo para soltarlo.
—Está bien… —sollozó ella—. Haré lo que digan. Pero, por favor, ¡no los lastimen!
Los hermanos estallaron en una risa irónica y fría.
—Guardarás el secreto ante nuestro padre —sentenció Marcos, apretando más sus brazos—. Si le dices una sola palabra sobre cómo te tratamos o sobre lo que estamos por hacer, ya sabes lo que les pasará a estas asquerosas aves.
Adeline asintió con la cabeza, derrotada por su propia compasión. Los hermanos se alejaron celebrando su victoria, dejando a la joven de quince años en el suelo, sola, con el alma herida y el inicio de un calvario que pondría a prueba la pureza de su espíritu.
La Harapienta
Adeline no dejaba de llorar, pero sus lágrimas eran silenciosas. El miedo por la vida de los pajaritos era mayor que su propio dolor; sabía que sus hermanos no tenían piedad. Mientras tanto, en la distancia, Lord Edmund permanecía en el hospital, velando el sueño agitado de su amada Beatrice, sin imaginar el infierno que se había desatado en su propio hogar.
Al caer la noche, Adeline se dirigió al comedor. Sus hermanos ya estaban allí, sentados a la mesa como jueces crueles. Marcos sostenía la caja con las pequeñas aves, usándola como un trofeo de guerra. En cuanto Adeline se acercó, Marcos vació un plato de comida directamente sobre el suelo de piedra. Mi
—Ahí tienes. Come tu cena —espetó Marcos con una sonrisa torva.
Adeline lo miró con los ojos empañados. Los hermanos comenzaron a burlarse mientras ellos disfrutaban de un banquete servido con plata y cristal. Los sirvientes, presentes en las sombras de la habitación, bajaron la cabeza; el nudo en sus gargantas era insoportable, pero el miedo a perder sus empleos y enfrentar la ira de los jóvenes nobles los mantenía inmóviles.
Adeline dio unos pasos, temblorosa, pero Juan estiró el pie en su camino. La niña tropezó y cayó de bruces contra la comida esparcida en el suelo. Las carcajadas de los hermanos resonaron en las paredes de mármol.
—Come como el cerdo que eres —rugió Marcos—. ¡Come!
Mientras nuestro padre esté lejos cuidando a mamá, vivirás de las sobras. Ya has tenido demasiado lujo, "princesita".
Adeline, obligada por la amenaza que pesaba sobre los gorriones, comenzó a comer del suelo. Las lágrimas caían sobre las migas mientras ella pensaba: "Todo sea por las pequeñas aves". No se defendió ni siquiera cuando empezaron a lanzarle huesos a la cabeza o cuando le escupieron restos de vino. Permaneció en un silencio roto solo por sus sollozos, aceptando el martirio con una dignidad que sus hermanos jamás tendrían.
Al terminar su cruel diversión, los hermanos la levantaron bruscamente del suelo. La arrastraron por pasillos oscuros hasta un rincón olvidado de la mansión, una zona donde el aire olía a encierro y olvido. Abrieron la puerta de una habitación para sirvientes que llevaba años abandonada.
El lugar estaba cubierto de una gruesa capa de polvo y telarañas que colgaban del techo como jirones de fantasmas. En una esquina, una cama vieja con un colchón lleno de moho esperaba. Sin una pizca de remordimiento, la empujaron al interior, haciéndola caer una vez más.
—Este es tu nuevo reino —se burló Juan antes de cerrar la puerta, dejándola en la más completa oscuridad.
Título de la obra: Adeline y el Secreto de los Ojos Dorados
Autor: Johan Manuel Hernández Petruccelli
© 2026, Johan Manuel Hernández Petruccelli.
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Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos son productos de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o hechos reales es pura coincidencia.
Diseño de portada: Johan Manuel Hernández Petruccelli
Versión: Maestra - Edición de Coleccionista.
ISBN:978-980-18-8015-8.