🏹 Cazadores cazados

Summary

Menciones: ¿...? Público Maduro +18 Fandom: JJK Au sin hechicería. Omegaverse No busco romantizar ni mucho menos normalizar los acontecimientos de esta historia. Los personajes no me pertenecen, sino a Gege Akutami. Pero la historia es mía.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 0

El piso 50 de la Torre Gojō-Getō en Nueva York olía a éxito, café caro y a las feromonas asfixiantes de sus dueños. Satoru Gojō y Suguru Getō eran los reyes de la selva de asfalto. Alfas de linaje puro, acostumbrados a que Omegas se desmayaran a su paso y Alfas bajaran la cabeza por instinto.

-¿Así que estos son los "talentos" que mandaron de la sede de Tokio?-preguntó Satoru, girando en su silla de piel. Miró de arriba abajo a los dos jóvenes frente a él.

-Se ven... comunes.

Yuuji Itadori y Megumi Fushiguro permanecieron inmóviles. Ambos vestían trajes oscuros de corte impecable. No emitían ningún aroma, no mostraban ninguna reacción. Sus presencias estaban tan perfectamente contenidas que, para el olfato de Satoru y Suguru, parecían simples Betas aburridos.

-Su historial es impecable, Satoru-intervino Suguru, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.-Dicen que hablan inglés mejor que los locales y que han cerrado tratos imposibles. Pero aquí en Estados Unidos, las cosas funcionan diferente. Aquí, el más fuerte manda.

Durante las primeras tres semanas, Satoru y Suguru se dedicaron a lo que mejor sabían hacer: humillar.

Satoru le encargaba a Yuuji tareas serviles solo para verlo correr por la oficina, mientras Suguru sobrecargaba a Megumi con informes que debían estar listos en horas imposibles. En las reuniones, los interrumpían o los hacían esperar de pie mientras ellos coqueteaban con pasantes o doblegaban a otros alfas del equipo solo por diversión.

-¿No vas a decir nada, Itadori?-se burló Satoru una tarde, arrojando un fajo de papeles al suelo. -Recógelos. Un "Beta" como tú debería estar agradecido de estar en esta oficina.-

Yuuji se agachó y recogió los papeles con una calma gélida. Sus ojos miel, usualmente cálidos, se tornaron por un segundo de un tono ámbar oscuro, pero Satoru estaba demasiado ocupado riendo con Suguru como para notarlo.

Agradecían al cielo que solo fuera un contrato de seis meses, un tiempo justo en el que debían esforzarse por guardar las apariencias. No ocultaban su verdadera casta por miedo o por un deseo retorcido de dominar a otros; simplemente querían pasar desapercibidos en un mundo que jamás creería la verdad. Nadie sospecharía de dos hombres con una altura imponente, cuerpos fornidos pero esbeltos, y un aroma tan letal que incluso un beta, con solo estar cerca, sentiría el instinto de doblegarse como un omega.

Mantener su fachada de betas era una misión diaria, y sabían que no sería fácil, especialmente con esos dos alfas dominantes acechándolos. Gojō y Getō no dejaban pasar un solo día sin molestarlos o sobrecargarlos de tareas con la intención de llevarlos al límite del desmayo. Sin embargo, se equivocaban; ese era un gusto que Yuuji y Megumi jamás les darían. Su resistencia era absoluta, y su silencio, el preludio de una tormenta que los alfas no veían venir.

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El club Vortex era el epítome del exceso neoyorquino. En la zona más exclusiva, oculta tras cortinas de terciopelo, Yuuji y Megumi bebían whisky puro, celebrando el fin de su calvario de seis meses. Mañana, a las 8:00 a.m., su vuelo a Tokio los sacaría de este infierno.

-Solo unas horas más, Megumi- dijo Yuuji, dejando que sus ojos ámbar brillaran por primera vez sin filtros.-Por fin podré dejar de fingir que ese idiota de Gojō no me da dolor de cabeza.-

Pero la paz duró poco. Satoru y Suguru aparecieron, arrastrando las palabras y emanando un aroma a alcohol y soberbia. Estaban en su punto más agresivo. Al ver a sus "betas de oficina" en su territorio, el instinto territorial de los Alfas se disparó.

-Vaya, vaya... pero si son los ratoncitos de biblioteca- se burló Satoru, acorralando a Yuuji contra la mesa.-¿Creen que por estar fuera de la oficina pueden ignorarnos?-

Suguru puso una mano en el hombro de Megumi, liberando feromonas cargadas de intención sexual y dominio.

-Hoy estamos de humor para algo diferente. Siempre es divertido ver cómo se quiebra un beta cuando un alfa de verdad le muestra su lugar.-

Querían humillarlos una última vez. Querían usarlos como objetos para inflar sus egos.

Lo que sucedió después fue un borrón de instintos. Al entrar en la suite del hotel, los "Alfas" intentaron usar su "Voz", pero por primera vez, no funcionó. Yuuji y Megumi dejaron de resistirse, pero no por sumisión, sino porque el depredador decidió que era hora de comer.

En la oscuridad de la habitación, el aire se volvió denso. Satoru, en su embriaguez, no entendía por qué, de repente, sentía que sus pulmones colapsaban. El aroma que siempre había sido inexistente, estalló en algo primordial y aterrador.

-¿Querías ver cómo se quiebra alguien?-susurró Yuuji al oído de aquel hombre, su voz vibrando con la autoridad de un Enigma.

Esa noche, los alfas no dominaron a nadie. Por el contrario, fueron subyugados por una fuerza que reescribió sus sentidos. Satoru y Suguru, por primera vez en sus vidas, experimentaron lo que era estar bajo el mando absoluto de otro ser.

A las 5:30 a.m., la luz azulada de la mañana se filtró por las cortinas. Yuuji se levantó de la cama, vistiéndose con una calma gélida mientras miraba a su jefe, quien dormía profundamente, con el rostro hundido en las almohadas y un rastro de confusión grabado en sus facciones incluso en sueños.

En la otra habitación, Megumi hacía lo mismo. El alfa estaba completamente noqueado, su aura dominante era reducido a nada.

Ambos amigos se encontraron en la puerta de la suite. Sus rostros eran de piedra. No había culpa, solo la eficiencia de quien termina un trabajo.

-¿Estás listo? -preguntó Megumi, ajustándose la corbata.

-Vámonos. Tenemos un avión que no podemos perder-respondió Yuuji.

Salieron del hotel sin mirar atrás. Corrieron al departamento, tomaron sus maletas ya listas y se dirigieron al aeropuerto JFK. Mientras el taxi cruzaba el puente de Brooklyn, Yuuji miró por la ventana.

-Fue solo una noche, ¿verdad, Megumi?-preguntó Yuuji, aunque ambos sabían que para un Enigma, una noche es suficiente para dejar una marca permanente.

-Solo una noche- confirmó Megumi.

-En cuanto aterricemos en Japón, Nueva York será solo un mal recuerdo.

Satoru y Suguru despertaron por el sonido de su celular la insistencia era tan perturbadora que dolía la cabeza. Sin pensarlo mucho se levantaron de la cama y notaron que ya no estaba aquellos betas no recordaba nada. Solo tenía vagos recuerdos que fue un encuentro versátil. O eso creían.

Los días pasaron sin ningún percance hasta que llegó una náuseas que se anunciaron de la nada. Era la cena familiar donde se anunciaba el compromiso de Gojō con Rico Amanai y de Getō con Yu Haibara.

Ambos sabían que el día llegaría pero en lugar de poder festejar se vio interrumpido por un mar de nausea que lo obligó a los dos a correr al baño.

Los síntomas siguieron por días hasta que fueron al médico. Y la noticia le les cayó como balde de agua fría:

-¿Estuvo con algún enigma?-preguntó el doctor con seriedad.

-De qué habla doctor-pregunto el peliblanco, limpiándose el sudor frío de la frente.

-Los enigma no existe o no hay reportes que vayan personas enigmas- soltó el pelinegro, negando con la cabeza.

-Pues su resultado dice los contrario. Ambos están en cinta.-

Ambos alfa tenía los ojos bien abiertos tanto que Satoru se empezó a reír como loco y Getō se llevó la mano hasta la boca. Y sin más se desmayaron.

Cuando recuperaron el conocimiento, la realidad los golpeó con más fuerza que el desmayo. Satoru se sentó en la camilla, con el cabello alborotado y la mirada perdida en el vacío, mientras Suguru tocaba su vientre plano con una fascinación que empezó a irritar al peliblanco.

-¡Deja de hacer eso, Suguru! ¡Es un error! -estalló Satoru, bajando de la camilla y caminando de un lado a otro.

-¡Somos Alfas! ¡Los Alfas no procrean, nosotros proveemos! ¡Ese doctor debe haber comprado su título en una caja de cereal!

-Satoru, el análisis de sangre no miente-murmuró Suguru, envuelto en una calma mística que ponía los pelos de punta.

-Un Enigma tiene el poder de reescribir la biología de un Alfa. No somos nosotros quienes decidimos ahora, es nuestra naturaleza la que ha cambiado.

-¡Ya cállate!-espetó el albino con una molestia punzante, mientras se pasaba las manos por el rostro en un gesto de pura negación. No podía aceptar que su orgullo de Alfa hubiera sido doblegado de esa forma.

-Si es verdad que estamos en cinta... -continuó Suguru, ignorando el arrebato de su amigo con una voz extraña, casi soñadora, -espero que el mío sea de Itadori. Es lindo, inteligente y tiene una calidez que ahora mismo mi cuerpo reconoce como necesaria.-

Para ese momento, Gojō sentía unas ganas genuinas de golpear a su amigo; parecía que el desmayo, en lugar de aclararle las ideas, lo había vuelto un completo idiota.

-¡Estás loco! ¿Es que no piensas en las consecuencias?- exclamaba el albino, gesticulando con una desesperación que bordeaba el colapso, mientras caminaba de un lado a otro en el reducido espacio de la clínica.

Suguru, en cambio, solo reía con una suavidad perturbadora, dejando que la furia de su amigo rebotara contra las paredes. El contraste era absoluto, hasta que, en un arranque de frustración y con el rostro encendido por una mezcla de rabia y vergüenza, Satoru soltó lo que su subconsciente gritaba:

-¡Pues si es así, espero que el mío sea de Fushiguro!-

Tras el grito, ambos se quedaron en un silencio sepulcral. La confesión quedó flotando en el aire esterilizado de la clínica, pesada y reveladora. Ninguno de los dos recordaba con precisión quién había tomado a quién en aquella noche de borrachera y feromonas espesas, pero sus cuerpos traicioneros ya empezaban a enviarles pistas que sus mentes, por puro orgullo, aún se negaban a aceptar.

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Tras el diagnóstico en la clínica, el pánico se convirtió en el motor de sus acciones. No podían quedarse en Nueva York; cada vez que Amanai o Haibara intentaban planear los detalles de la boda, el estómago de los Alfas se contraía en un rechazo biológico violento. Necesitaban aire, pero sobre todo, necesitaban respuestas que solo estaban al otro lado del océano.

-No podemos simplemente decirles que estamos esperando cachorros de dos empleados que humillamos-sentenció Satoru, cerrando su maleta con brusquedad.

-Mi padre me desheredaría antes de que terminara la frase.

-Entonces les daremos lo único que los Alfas de nuestras familias entienden: negocios-sugirió Suguru, mientras redactaba un correo urgente en su laptop.

La excusa fue magistralmente orquestada. Informaron a sus padres y a sus prometidas que se había detectado una "irregularidad crítica" en las auditorías de la sede en Tokio, una que ponía en riesgo la fusión internacional de las empresas. Según ellos, la presencia de los herederos era indispensable para evitar un colapso financiero y legal.

-"Es una cuestión de honor y patrimonio", eso les dije- susurró Satoru mientras subían al jet privado. -Amanai lloró, pero aceptó que el deber es primero. Me sentí como un canalla, Suguru.

-Lo somos, Satoru. Pero ahora mismo, sobrevivir a este cambio biológico es nuestra única prioridad.

Engañaron a todos. Dejaron atrás los preparativos de las flores, los trajes de gala y las cámaras de la prensa, cambiando el lujo de Manhattan por un vuelo cargado de náuseas, dudas y un miedo primario que no lograban controlar. Pensaron que al llegar a Japón recuperarían el mando, sin saber que estaban volando directamente hacia la jaula de los leones.