UN ENERO CUALQUIERA
Enero empezó como cualquier otro mes en la academia. El calor del verano se colaba por las ventanas abiertas, mezclándose con el murmullo constante de lápices, hojas y pasos sobre el piso de la sala. Yo estaba concentrada en mis ejercicios, sin esperar que algo ni alguien fuera a cambiar mi rutina. Mis amigas eran mi mundo: hablábamos, reíamos y compartíamos tareas. Otros estudiantes eran simplemente figuras que pasaban de largo.
Entre ellos estaba Roberto. Tranquilo, reservado, siempre junto a su amigo, parecía vivir en su propio universo. Para mí era solo otro chico más, alguien que ni siquiera notaba. Pero todo cambió el día que los asientos cerca de mis amigas estaban ocupados y solo quedaba uno libre: junto a él. Su mochila estaba cuidadosamente colocada sobre la silla, como si quisiera marcar su territorio. Yo dudé, pero no había otra opción. Me senté.
Al principio no hablamos. El silencio estaba lleno de hojas moviéndose y lápices escribiendo. Pero de repente, se inclinó hacia mi cuaderno y dijo:
—Esa respuesta no es así. Sale otro número.
Lo miré, sorprendida:
—Ah… ok.
Ese instante, simple pero inesperado, fue el inicio de algo que cambiaría mi año.