Capítulo 01
Esperaba los resultados sin apartar la mirada de la mesa, sus manos, normalmente firmes e inquebrantables, descansaban tensas sobre la madera. Los últimos meses habían sido una caída constante: tratamientos, medicamentos, noches en vela… y aun así nada parecía suficiente.
El dinero se iba tan rápido como la esperanza, todo por Hanna… Su pequeña Hanna.
La puerta se abrió con un leve sonido. Una enfermera entró sosteniendo un sobre blanco, caminó hasta el escritorio y se lo entregó al doctor, quien lo recibió con un gesto serio. Después de un breve asentimiento, ella salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio pesado. Demasiado pesado, el doctor abrió el sobre y comenzó a revisar los resultados, cada segundo que pasaba era como una cuchilla atravesando la paciencia de Sesshomaru. El hombre finalmente levantó la mirada.
De esas palabras dependía el futuro de su hija, tal vez incluso su vida.
—Dígame de una vez —dijo Sesshomaru.
Su voz sonaba tranquila… demasiado tranquila para el huracán que tenía dentro.
—Señor… —el doctor dejó lentamente las hojas sobre el escritorio, evitando su mirada por un momento.
Sesshomaru entrecerró los ojos.
—Hable.
El médico respiró hondo.
—El tratamiento… no está dando resultados favorables.
El silencio que siguió fue brutal, Sesshomaru cerró los ojos con fuerza, por un instante pareció que el aire había desaparecido de la habitación. Su mandíbula se tensó, tratando de contener algo que llevaba meses acumulándose.
—No debe perder la fe —añadió el doctor con cautela.
Una risa baja y amarga escapó de Sesshomaru.
—¿Fe?…
La palabra salió cargada de un cansancio profundo.
—Lo único que puedo decirle es que… tal vez exista otra opción. Alguien podría donar.
Los ojos dorados de Sesshomaru se abrieron de golpe.
—¿Un donador?
—Sí, pero tendría que ser completamente compatible con su hija.
Sesshomaru se puso de pie de inmediato.
—¿Y dónde se supone que encontraré a alguien así? —su voz ya no era calmada—. Ya me hicieron las pruebas a mí… ¡y ni siquiera soy compatible con mi propia hija!
Su respiración se volvió pesada.
—¿Dónde se supone que encuentre a alguien que sí lo sea?
El doctor guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Puedo ingresarla en la lista de espera para donantes compatibles.
Sesshomaru negó lentamente con la cabeza, como si aquellas palabras fueran absurdas.
—Eso puede tardar años…
Apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante mientras intentaba controlar el temblor en su voz.
—Mi hija no tiene años.
El médico bajó la mirada.
—Lo sé… pero es lo único que puedo ofrecerle.
Aquellas palabras cayeron como una sentencia. Sesshomaru permaneció en silencio unos segundos más, luego se enderezó, tomó aire y salió de la habitación sin decir una palabra. El pasillo del hospital parecía interminable, caminó hasta la sala pediátrica, donde varias pequeñas camas se alineaban junto a las paredes; Monitores, respiradores y el murmullo constante de máquinas llenaban el ambiente.
Y allí estaba ella. Hanna.
Una niña de apenas tres años, pequeña y frágil entre las sábanas blancas, dormida con tranquilidad, como si el mundo no estuviera derrumbándose sobre ella. Sesshomaru se detuvo frente a la cama, por primera vez en mucho tiempo, el hombre que todos consideraban frío e imperturbable sintió cómo algo dentro de su pecho se quebraba.
Porque mientras ella dormía… él no tenía idea de cómo salvarla.
Del otro lado de la ciudad, en la sala de reuniones, Rin permanecía sentada en la cabecera de una larga mesa de cristal. Desde allí podía ver toda la sala de reuniones… y a cada uno de los hombres que hablaban sin parar.
Su expresión lo decía todo: Aburrimiento.
Mientras el ejecutivo frente a ella continuaba con su presentación, Rin apoyó el codo sobre la mesa y sostuvo su rostro con la mano, observándolo con una mezcla de paciencia y evidente desinterés.
—Lo que buscamos —explicaba el hombre con entusiasmo— es fusionar ambas líneas de productos para crear uno nuevo. De esta manera, nuestras dos empresas obtendrían grandes beneficios.
Rin sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Dígame algo —dijo finalmente, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Han probado nuestros productos?
La sala quedó en silencio, nadie respondió. Rin los miró uno por uno… y lo entendió al instante.
—Ya veo —murmuró con una sonrisa sarcástica—. No me sorprende.
Uno de los hombres carraspeó incómodo.
—Señorita Rin, nosotros no…
Pero ella ya se había puesto de pie.
—Según tengo entendido —continuó caminando lentamente alrededor de la mesa— su empresa se especializa en productos naturales.
Todos la observaron en silencio.
—Debo admitir que su perfume de granada es interesante —añadió con calma—. Aunque, en mi opinión, es demasiado dulce.
Dio un par de pasos más.
—En cambio, el perfume de maracuyá es mucho más agradable. Su aroma es más suave… no resulta invasivo y, permanece durante todo el día. —se detuvo, sonrió. —Un equilibrio bastante inteligente.
Los ejecutivos la miraban con evidente sorpresa, el mismo hombre que hablaba antes abrió la boca para responder, pero Rin simplemente lo ignoró.
—Señores… —dijo acomodando su chaqueta— me temo que esta reunión no nos llevará a ningún lado.
Sus ojos recorrieron nuevamente la mesa.
—¿Cómo esperan negociar conmigo si ni siquiera conocen mis productos?
El silencio fue absoluto.
—Ha sido un placer.
Y sin añadir nada más, Rin salió de la sala dejando a todos atrás.
Su reputación no era un secreto. Rin era brillante para los negocios… y absolutamente despiadada cuando se trataba de ellos, no tenía amigos, no tenía pareja y mantenía una relación prácticamente inexistente con su familia. Desde la muerte de su madre, se había alejado de su padre y tomó el control de la empresa que ella había construido. Algo que a él nunca le agradó.
Su padre prefería otro destino para ella.
Casarse con uno de los accionistas, un destino que Rin rechazó desde el primer día. Cuando salió al pasillo, un hombre ya la estaba esperando.
Kyo, su asistente personal. Rin le entregó una carpeta sin detenerse y ambos comenzaron a caminar hacia el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, ella dejó escapar un suspiro cansado.
—Señorita, ya es bastante tarde —dijo Kyo con calma—. Debería ir a comer algo.
Rin negó con la cabeza.
—Tengo trabajo. Lo sabes mejor que nadie.
Kyo levantó ligeramente la carpeta que sostenía.
—Por eso mismo le dejé una hora libre en su agenda.
Rin lo miró sorprendida.
—Para que pueda comer con tranquilidad.
Ella lo observó unos segundos… y luego sonrió levemente.
—Eres alguien realmente sorprendente.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Rin comenzó a caminar hacia la salida.
—Bien —dijo con naturalidad—. Esta vez invito yo.
Kyo suspiró resignado mientras la seguía. Trabajar para Rin nunca era sencillo, pero tampoco era aburrido.