El Café De Las Siete. by Renata Borgia at Inkitt
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EL CAFÉ DE LAS SIETE.

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Summary

El café de las siete Cada mañana, a las siete en punto, las puertas de Kismet Café se abren. A esa hora la ciudad todavía no corre, el café humea sobre las mesas y las historias empiezan sin hacer ruido. Clara y Martín llevan meses sentándose uno junto al otro sin hablar. Sofía y Daniel descubren que a veces la vida vuelve a empezar cuando menos se espera. Lucía toca el piano como si cada canción escondiera un secreto. Emma trabaja detrás de la barra observando cómo el amor aparece en los lugares más inesperados. Y Aylin, la dueña del café, lo ve todo. Mientras lee la borra del café turco cada mañana, sabe que algunas historias están destinadas a encontrarse. Porque hay lugares donde el destino siempre deja una mesa libre. Kısmetse olur. Si está destinado… sucede.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

PROLOGO: LAS SIETE EN PUNTO.

A las siete en punto de la mañana, la calle todavía estaba medio dormida.

El cielo tenía ese color indeciso entre la noche y el día, y el aire parecía moverse con pereza, como si la ciudad todavía no hubiera decidido despertarse.

Aylin abrió la puerta de Kismet Café.

La pequeña campanita sonó con un tintinear claro que rompió el silencio de la calle.

Ese sonido siempre le gustaba. Decía que era el verdadero comienzo del día.

Entró, cerró la puerta detrás de ella y dejó su bolso sobre la barra. Durante unos segundos se quedó quieta, mirando el lugar.

El café todavía estaba en penumbra.

Las mesas de madera, las sillas desordenadas de la noche anterior, el pequeño piano contra la pared, la estantería con tazas de porcelana que había traído de Turquía hacía muchos años.

Aylin caminó despacio por el salón.

Acomodó una silla torcida.

Enderezó un azucarero.

Pasó la mano por la superficie de una mesa.

Luego levantó la persiana de la ventana.

La luz de la mañana entró lentamente en el café.

—Günaydın —murmuró.

Buenos días.

Lo decía siempre en turco. Era una costumbre que nunca había perdido desde que se fue de Estambul.

Encendió la cafetera.

El sonido suave del vapor comenzó a llenar el silencio, y el aroma del café empezó a extenderse por el local como una promesa.

Sobre la pared, detrás de la barra, colgaba un pequeño cartel de madera.

KISMET CAFÉ

Donde el destino se sienta a tomar café.

Aylin tenía cincuenta y cinco años y llevaba más de veinte abriendo ese café a la misma hora exacta. A las siete. Ni un minuto antes, ni un minuto después.

Decía que el amor y el café se parecían mucho:

si se apuran, salen mal.

Tomó el pequeño recipiente de cobre donde preparaba el café turco y colocó el polvo oscuro con movimientos lentos y precisos.

Su abuela solía decirle:

—Cuando las personas creen que vienen a tomar café, en realidad vienen a encontrarse.

Aylin sonrió al recordar esas palabras.

La campanita de la puerta sonó.

7:05

El primer cliente del día entró sacudiéndose el frío de los hombros.

Era alto, llevaba un abrigo oscuro y un cuaderno negro bajo el brazo.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días, Martín —respondió Aylin.

Martín llegaba siempre a la misma hora.

Siete y cinco.

Ni un minuto más tarde.

—¿Lo de siempre?

—Sí, por favor.

Martín se sentó en la mesa junto a la ventana, abrió su cuaderno y apoyó la lapicera sobre la página.

Aylin preparó un espresso y lo dejó frente a él.

Martín agradeció con un gesto leve y comenzó a escribir.

Cinco minutos después, la campanita volvió a sonar.

7:10

Clara entró al café.

Llevaba el cabello recogido de manera desordenada y un bolso lleno de papeles y libros.

—Buenos días, Aylin.

—Buenos días, Clara.

—Lo de siempre.

—Claro.

Café con leche.

Clara caminó hacia la mesa que siempre elegía.

La que estaba al lado de la ventana.

La que estaba al lado de Martín.

Cuando se sentó, levantó la vista apenas.

Martín también levantó los ojos de su cuaderno.

Una mirada breve.

Una sonrisa tímida.

Nada más.

Todavía no se hablaban.

Pero hacía meses que compartían ese pequeño ritual silencioso.

Aylin observó la escena desde la barra.

Había visto ese tipo de miradas muchas veces.

7:18

La puerta volvió a abrirse.

Entró Daniel.

Llevaba traje, pero tenía el cansancio de alguien que no había dormido demasiado.

—Buen día.

—Buenos días, Daniel.

—Un latte grande hoy.

—Ahora mismo.

Daniel se sentó en una mesa cercana al centro del salón.

Dejó el teléfono sobre la mesa y apoyó los codos frente a la taza cuando llegó el café.

Parecía mirar la pantalla, pero en realidad observaba el café despertarse lentamente.

7:25

La campanita volvió a sonar.

Entró Sofía.

Traía un libro bajo el brazo y el cabello suelto cayéndole sobre los hombros.

—Buenos días.

—Buenos días, Sofía.

—¿Podría ser un latte?

—Claro.

Mientras Aylin lo preparaba, Sofía miró el salón.

Había varias mesas libres.

Pero sus ojos se detuvieron en una en particular.

La mesa frente a Daniel.

Él levantó la vista apenas cuando ella se acercó.

—¿Te molesta si me siento aquí? —preguntó Sofía.

Daniel negó con la cabeza.

—Para nada.

Sofía dejó el libro sobre la mesa y se sentó.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Aylin llevó el latte y lo apoyó frente a ella.

Mientras volvía a la barra pensó lo mismo que pensaba siempre cuando veía ese tipo de decisiones pequeñas.

A veces el destino no hacía ruido.

A veces solo era una persona eligiendo una mesa entre muchas.

7:33

La puerta se abrió otra vez.

Entró Lucía.

Tenía auriculares puestos y movía la cabeza al ritmo de la música.

Se los quitó al llegar a la barra.

—Cappuccino, por favor.

—Claro.

Lucía tomó su taza y se sentó cerca del piano viejo que estaba contra la pared.

Mientras esperaba que el café se enfriara un poco, empezó a tararear una melodía.

El sonido suave llenó el café por un momento.

7:40

La campanita volvió a sonar.

Entró Tomás.

Traje impecable. Paso seguro.

Se detuvo un segundo al entrar.

Miró el salón.

Sus ojos se detuvieron en Lucía.

Un segundo demasiado largo.

Luego caminó hacia la barra.

—Un cappuccino.

—Ahora mismo —dijo Aylin.

Tomás tomó la taza y caminó hacia la mesa cercana al piano.

—¿Te molesta si me siento aquí?

Lucía levantó la vista.

—No, claro.

Aylin los observó desde la barra.

Había algo en la forma en que se habían mirado.

7:48

La puerta volvió a abrirse.

Entró Julián.

—¿Llegué tarde?

—Todavía no —respondió Aylin.

Julián trabajaba en un estudio de diseño frente al café y casi siempre llegaba con prisa.

Miró alrededor buscando una mesa.

Luego caminó hacia la barra.

7:50

Desde la cocina apareció Emma.

La nueva barista.

Tenía veinticuatro años y todavía se ponía nerviosa cuando el café se llenaba.

Julián levantó la vista.

—Hola.

—Hola —respondió Emma.

—Un café.

Emma apoyó las manos sobre la máquina.

—¿Cuál?

Julián dudó un segundo.

—El que vos recomiendes.

Emma sonrió mientras comenzaba a prepararlo.

Aylin observó la escena en silencio.

7:55

Kismet Café estaba lleno.

Martín escribía junto a la ventana.

Clara fingía leer mientras lo miraba de vez en cuando.

Daniel y Sofía compartían mesa.

Lucía y Tomás hablaban cerca del piano.

Julián esperaba su café en la barra.

Emma lo preparaba intentando parecer tranquila.

Aylin tomó una pequeña taza de café turco.

La bebió lentamente.

Luego giró la taza sobre el plato.

Esperó unos segundos.

La levantó.

Miró la borra oscura que había quedado en el fondo.

Había figuras que solo ella sabía interpretar.

Un camino.

Una mesa.

Dos personas que se encontraban.

Y algo más.

Dos figuras que parecían venir desde muy lejos.

Aylin frunció apenas el ceño.

Eso no lo entendía.

Volvió a dejar la taza sobre el plato.

Y murmuró en voz baja:

—Kısmetse olur.

Si está destinado…

sucederá.

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