MUÑECAS DE TRAPO

Quería ser idol.
Hablo en tiempo pasado porque, luego de haber quedado seleccionada, comencé a vivir una especie diferente de infierno.
La industria era algo asquerosa en muchos aspectos, pero estaba prohibido decirlo, al igual que andar solas por los pasillos del edificio rentado de la empresa; no sabías si serías asaltada por alguno de los guardias, otros trainees e incluso los ejecutivos.
Éramos eso: unas muñecas de trapo con sueños de ser estrellas.
Yo era parte de un grupo de siete chicas. Había de todas las edades: trece, quince... yo tenía dieciocho años y mi compañera más cercana unos diecinueve, casi veinte. Ella llevaba más tiempo que yo en la industria, pero nunca había sido elegida para un grupo, aunque era tan talentosa que ella solita podía ser una gran idol fuera de estas puertas.
Nos tenían día y noche ensayando coreografías que no le mostrábamos a nadie, comiendo latas de pechuga de pollo y patatas cocidas.
A veces nos permitían comer ramen, pero eso solo significaba que una de nosotras debía sacrificarse. Con el tiempo comprendí que, si llegaba algo rico para comer a la cocina compartida, era porque alguna de las chicas se había ofrecido al superior.
Él les pagaba con lo que quisieran; muchas veces las chicas solicitaban cenas deliciosas, un poco de soju o frutas.
Yo solo me preguntaba si alguna vez me tocaría a mí ser el sacrificio. No por deseo… sino por cálculo. Porque en ese lugar, negarse no te salvaba.
Solo retrasaba el momento en que dejabas de tener valor.
Pensaba que, si llegaba ese día, al menos pediría algo que valiera la pena. No por mí… por todas.
"¿De verdad valdrá la pena venderse por una caja de frutas?", me preguntaba en silencio mientras veía a mis compañeras devorar con desesperación lo que el “favor” de otra nos había conseguido.
"Estás muy callada hoy, SonJi", me dijo Yuna, mi compañera más cercana.
"No pasa nada, solo estoy cansada", le respondí sin ánimos de levantar sospechas sobre mi ansiedad.
Mientras todas comíamos, entró una chica algo perturbada; parecía contener información importante que deseaba decirnos.
"¡Llevarán a un grupo de chicas a una presentación de HYBE mañana!", mencionó, y todas la miramos algo incómodas.
Sabíamos perfectamente que esa era una gran oportunidad para salir de esta pocilga, de esta academia que se hundía.
"La última vez que nos sacaron de aquí fue hace meses para un estúpido reality; las chicas fueron eliminadas y quedaron en la calle", contestó Yuna, haciendo que todas recordáramos ese momento.
"Pero... HYBE es una gran industria, deberíamos poner de nuestra parte para que alguna de nosotras quede", dije animándolas entre el estrés que se implantaba en el ambiente.
Esa noche no dormimos. Creo que ninguna podía hacerlo, solo por la ansiedad que provocaba pensar en llegar a ese nivel de éxito.
La mañana llegó con una luz cruda que resaltaba las ojeras de todas. Nos obligaron a maquillarnos más de la cuenta para ocultar el cansancio y nos embutieron en uniformes que nos hacían ver como copias exactas la una de la otra.
El trayecto hacia el edificio de HYBE fue un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de nuestras respiraciones agitadas. Al bajar de la camioneta, la magnitud del lugar nos hizo sentir más pequeñas que nunca. No era solo una empresa; era una fortaleza de cristal y acero donde se fabricaban dioses.
Caminábamos por los pasillos siguiendo al mánager, intentando mantener la postura, cuando nos ordenaron detenernos en un vestíbulo lateral para esperar nuestro turno de entrar a los estudios de evaluación. Fue ahí cuando el ambiente cambió.
Un grupo de hombres caminaba en dirección opuesta, hablando entre ellos con una confianza que solo da el éxito absoluto. El mánager nos ordenó hacer una reverencia de noventa grados de inmediato. Con la vista fija en mis propios zapatos, solo pude ver sus calzados costosos pasando frente a nosotros.
"Vaya, parece que hoy tenemos visitas nuevas en el edificio", dijo una voz profunda, aterciopelada pero con un filo de autoridad que me erizó la piel.
Sentí que el mánager se tensaba a mi lado. Desafiando las reglas, levanté un poco la mirada. Frente a nosotras estaba Jeon Jungkook. No se veía como en las pantallas; su presencia era física, abrumadora, y sus ojos oscuros recorrieron nuestra fila con una mezcla de curiosidad y desdén, hasta que se detuvieron.
"¿Son del grupo de entrenamiento de la subsidiaria?", preguntó él, sin apartar la vista de mis ojos.
"Sí, JungKook-shii. Vienen para la evaluación de desempeño frente a los coreógrafos de la unidad", respondió nuestro mánager con un tono servil que me dio asco.
Jungkook dio un paso hacia adelante, rompiendo la distancia de seguridad. Pude oler su perfume, algo cítrico y caro que contrastaba con el olor a sudor y laca para el cabello que emanábamos nosotras.
Lo vi seguir su camino con el resto de su equipo, dejándonos a todas en un estado de shock absoluto. Yuna me apretó el brazo, temblando.
"¡Wow! un BTS", susurró ella con una mezcla de emoción y terror.
Yo no pude responder. Solo sentía el corazón martilleando contra mis costillas.
Paso siguiente, nos llevaron a unas salas de ensayo y nos dividieron en grupos; esta vez nos cambiaron de nuestros grupos originales de modo azaroso y mi ansiedad subió a tope debido a que no había quedado con Yuna. Nos formaron y nos hacían esperar en una sala de vestuario mientras los grupos iban pasando a bailar a la gran sala de ensayo.
Una de las chicas que volvió entró emocionada; aparte de estar feliz porque consideraba que había bailado y cantado bien, mencionó algo que nos dejó impactadas a más de una:
"¡Jungkook y Jimin estaban en la sala de baile junto a los productores de la empresa!"
Yo, sin ánimos de tener una crisis de fanatismo, sentí que comencé a sudar más de lo debido.
"Nos sonrieron a todas y nos dieron ánimo"
Rieron todas de emoción, ya que encontrarse con al menos uno de ellos en algún lugar que no fuera en sus conciertos era como encontrar una aguja en un pajar.
"¡Siguiente grupo!"
Era mi turno.
Entré con cinco chicas más a esa sala que lucía como una cancha de básquetbol: amplia y con buena acústica. Sequé mis manos húmedas contra mi falda de tablas y me acomodé las bucaneras; me miré al espejo y tomé posición mirando mi reflejo. Solo quería dar todo de mí y cumplir mi sueño.

Después de que todas pasaran, nos llevaron a una sala amplia con una mesa larga llena de comida; una especie de colación diminuta con barritas de proteína, jugo natural de naranja y unos snacks salados. Esperábamos pacientes los resultados de la selección.
"¿Crees que hayamos quedado?", preguntó Yuna mientras sacaba de su bolsita los snacks.
"¿No crees que es raro que parte de BTS estuviera en la habitación?", quizás yo era la única paranoica.
"Esta empresa está viva por ellos, SonJi", se burló ofreciéndome comida, pero me negué. "Si ellos quieren, participan o no en las cosas de la empresa; son los reyes"
"Aún así, es extraño."
"Estoy segura de que te mueres de nervios de estar en la misma habitación que Jeon Jungkook", rió ella empujando mi hombro. "Hubiera querido ver a Tae o a Jin".
Al lugar entraron personas del staff y buscaron mesa por mesa a ciertas chicas para entregarles sobres; leían los nombres que figuraban en el ticket que nos habían colocado en la espalda.
"Pueden abrir sus sobres", dijo una de las mujeres del staff. "Quienes tengan sobres amarillos, sigan a este chico", apuntó a un hombre que levantó la mano para saludarnos a todas. "Las que tengan sobre azul, puerta blanca en el pasillo a la derecha..."
La ansiedad pudo más que yo y, junto a Yuna, abrimos nuestro sobre, encontrando uno morado cada una.
"¿Y esto?". Yuna no terminaba de responderse y, cuando quiso preguntar, yo le atrapé la mano.
Me había fijado en que la mayoría había recibido sobre amarillo y algunas azul. Pero nadie más que nosotras tenía uno morado.
No era un premio. Era una selección.
Y lo peor…era que nadie más parecía darse cuenta.
Nadie se dio cuenta de nuestro desconcierto hasta que fuimos las únicas en la sala. Fue ahí cuando una chica se asomó; llevaba un gafete de la empresa y cerró la puerta tras de ella con una sonrisa amable.
"Bienvenidas, chicas", dijo reverenciando, y nosotras también a ella. "Se preguntarán por qué están solo ustedes aquí."
"Exacto", dijo Yuna, y yo le tomé la mano bajo la mesa para calmar mis nervios.
La mujer del staff nos indicó con un gesto silencioso que la siguiéramos. Salimos por una puerta trasera que daba directamente a un estacionamiento subterráneo, donde un coche negro de cristales tintados nos esperaba.
El viaje fue corto, pero el silencio de Yuna, que no dejaba de mirar el sobre morado con una mezcla de curiosidad y deseo, me ponía los nervios de punta.
Cuando el auto se detuvo, no estábamos en ninguna instalación de la empresa. Era un edificio residencial de lujo, de esos que esconden a las celebridades del resto del mundo. Un guardaespaldas nos escoltó hasta el piso más alto y abrió una puerta doble de madera maciza.
Al entrar, me quedé sin aliento. No era una oficina, era una suite de hotel privada con una decoración de élite, luz tenue y un aroma a madera y cuero que me embriagó. Sobre la mesa principal había bandejas con comida gourmet y botellas de licor de alta gama. Pero lo que me hizo temblar fueron las dos figuras que se levantaron del sofá al vernos entrar.
Jungkook y Jimin estaban allí, con ropa cómoda pero inconfundiblemente lujosa, luciendo una cercanía que no tenían en público.
"¡Al fin llegaron!", dijo Jimin con una voz suave, acercándose a nosotras con una sonrisa radiante. "Estábamos impacientes por conocerlas mejor, Yuna, SonJi."
Jungkook, por su parte, se acercó a mí lentamente. A diferencia de Jimin, él no parecía buscar una charla trivial; su mirada era pesada, directa, analizando mi incomodidad como quien analiza una presa.
"SonJi, te ves más tensa que en el ensayo", susurró al llegar a mi lado, poniendo una mano cálida en mi cintura para guiarme hacia la mesa.
"Relájate, esto no es una audición", susurró cerca de mi oído.
"Las audiciones tienen reglas… esto no."
Su mano en mi cintura no pedía permiso.
Se instalaba.
"Es una oportunidad", añadió, bajando apenas la voz."Y las oportunidades en esta industria… no se repiten."
Yuna ya estaba sonriendo, dejándose llevar por la magia del momento.
Estaba fascinada, bebiendo de la copa que Jimin le ofrecía con una galantería exagerada. Para ella, era el sueño cumplido. Para mí, el aire se sentía más pesado con cada segundo.
"Tengan, beban un poco", insistió Jimin, acercándome una copa cristalina.
"Ustedes son especiales. Han sido elegidas para este trato privilegiado porque vemos algo en ustedes que no encontramos en nadie más."
Jungkook se sentó a mi lado, muy cerca, invadiendo mi espacio personal de una forma que me impedía pensar con claridad. Me acarició el cabello, llamándome por mi nombre con una dulzura que se sentía artificial, casi peligrosa.
"¿No estás feliz de estar aquí con nosotros?" me preguntó, observando cómo yo apenas rozaba la copa con los labios. "Yuna parece estar disfrutando cada minuto, ¿por qué tú te resistes a lo que te estamos ofreciendo?."
Yo solo pude forzar una sonrisa, sintiendo que aquel “sueño” tenía bordes muy afilados. La atmósfera era lujosa y embriagadora, pero mientras Yuna se perdía en las atenciones de Jimin, yo no podía dejar de preguntarme cuál era el precio real de haber recibido aquel sobre morado.
"¿De qué se trata esto?", hice la pregunta y Yuna me miró como si hubiera sido grosera.
"Bueno, les responderán sus dudas cuando llegue el momento. Mientras, solo les adelantaremos que tomen esto como una bienvenida a HYBE". Jimin se relamió los labios y le dio una leve mirada a Jungkook, quien nos miraba a ambas.
"¿No están bromeando?". Ellos negaron y sonrieron a Yuna, quien se levantó a destapar una botella de soju nueva. "¡Esto es un puto sueño!"
"¿Si quedamos en la empresa, por qué estamos aquí y no allá siendo informadas de esto?", pregunté mirando a Jimin, quien estaba a mi costado derecho; sentí tras de mí el cuerpo de Jungkook arrimándose contra el mío, despejando mi cabello del rostro.
"Si estuvieran allá, la bienvenida no sería por parte de nosotros, no sé si me logran entender", acarició mi hombro, apegando su cuerpo contra el mío.
"Nos sentimos muy halagadas por esto, chicos; ustedes son mi ejemplo a seguir", Yuna ya estaba algo borracha.
Yo me levanté, le quité la botella y la arrastré hasta el baño para hacerla beber agua. Ella parecía no ver lo extraño de la situación debido al alcohol y a su fanatismo.
"Yuna, no sé si esto es bueno", me lamenté. "Siento que es lo mismo que acostarse con los viejos asquerosos de la empresa por un cajón de mandarinas."
"SonJi", dijo mirándome directo, completamente sobria ahora—. Esto es mejor.
Me sostuvo la mirada sin titubear.
"Allá afuera igual nos van a usar. La diferencia es… que aquí nosotras elegimos cómo."
Sonrió apenas, pero no era alegría.
Era decisión.
"Yo sí quiero esto..."
Su mirada delataba que, a pesar de no sentirse al cien porciento cómoda, esto era, realmente una mejor opción de las que nos habían dado desde que entramos a esa academia.
"Elijo a Jimin, ¿sí? Te dejo a Jungkook a ti", besó mi mejilla y salió de la habitación.
Yuna salió y se escucharon murmullos, para luego terminar todo con unos pasos y una puerta cerrándose.
Me quedé unos segundos sola en el baño. Mirándome.
El maquillaje perfecto. El uniforme impecable.
La versión de mí que ellos querían.
Y entendí algo que me revolvió el estómago:
No era la primera vez que esto pasaba. Solo era la primera vez que yo estaba del otro lado.
Si decía que no…no volvía a intentarlo.
Si decía que sí…al menos subía.
Cerré los ojos un segundo.
No era deseo.
Era elección.
Y eso lo hacía peor.
Cuando salí ya un poco más compuesta y la mente mas abierta me encontré con JungKook en la sala. No lo había visto bien por mi temor y ansiedad.
Lucía casual, un poco soberbio vestido con sus marcas ostentosas, anillos y otras joyas carisimas y si legendario piercing en el labio. Luciendo el negro como si fuera un color patentado por el mismo en la industria.
"Estuve en tu posición más de alguna vez cuando fui trainee, así que puedo imaginar cómo te sientes", dijo dejando la botella de lado mientras me miraba.
"Me pareces guapa y tienes mucho potencial vocal y de baile; por eso te elegí".
"Gracias", respondí con las mejillas sonrojadas.
"¿Ya te han hecho ir a solas a las oficinas o te levantaron en medio de la noche para ‘hablar’ contigo?", preguntó aquello haciéndome estremecer por lo real que todo sonaba; lamentaba mucho que los hombres también pasaran por ello.
"No, pero a otras compañeras sí; luego nos dan una compensación", miré hacia la ventana que tenía a un costado, tras él.
"Sabes perfectamente que ya no volverás allá", dijo sin mirarme, como si fuera obvio. "No después de esto."
Mi pecho se tensó.
"No es un castigo", añadió, ahora sí girando el rostro hacia mí. "Es cómo funciona."
Se inclinó un poco más cerca.
"Alguien te vio… alguien decidió que valías la pena."
Pausa.
"Yo."
Lo miré y me concentré solo en lo que veía al frente, quitando la sensación de náuseas que me provocaba haber sido vendida como un objeto a la élite del K-pop, comprada por el mejor postor.
"Tómalo como un regalo, supongo", dijo mientras sacaba su encendedor y la cajetilla de cigarros, dejándolas en la mesita de centro.
Se acomodó en el sillón, recostándose a mirar el techo de la habitación. De fondo se escuchaban los gemidos de Yuna y los jadeos de Jimin, ruidos que me hacían sentir en desventaja; no quería que él se arrepintiera de haberme elegido.
Me levanté y me hinqué entre sus piernas, sin saber cómo iniciar lo que deseaba hacer, algo que, por cierto, nunca había hecho. Jungkook sacó del bolsillo de su chaqueta una paleta y me la ofreció luego de desenvolverla.
"Abre".
Lo dijo suave.
Como una prueba.
No moví los labios de inmediato, y él sonrió apenas, ladeando la cabeza.
"¿Te cuesta seguir instrucciones… o estás pensando demasiado?"
Sentí el calor subir por mi cuello.
Abrí.
No porque quisiera.
Porque entendí que ese también era parte del juego.
Metió la paleta en mi boca sin soltar el palito. Él manejaba qué tan profundo la metía, mirándome lascivamente, tal como siempre lo imaginé.
Jungkook no apartó la mirada ni un segundo. Sus ojos, oscuros y cargados de una diversión cruel, me observaban con la intensidad de quien contempla una obra de arte que le pertenece por completo.
Sentí el sabor dulce de la golosina mezclándose con el ambiente denso de la habitación, mientras sus dedos, largos y adornados con tinta negra, rozaban mi barbilla con una autoridad que me obligaba a seguir su juego.
"Eso es... qué buena alumna", murmuró con una voz rasposa que me provocó un escalofrío. Su mano libre se deslizó hasta mi nuca, presionando ligeramente para guiar mis movimientos con una calma exasperante.
Cada vez que él tiraba del palito, obligándome a seguir el ritmo de su propia impaciencia, sentía cómo el corazón me martilleaba en la garganta.
La combinación de su mirada penetrante y la sensación de vulnerabilidad bajo su control era una tortura deliciosa. Él no tenía prisa; disfrutaba viéndome ahí, a sus pies, cumpliendo con la exigencia silenciosa de su mirada.
"El secreto de un buen idol", murmuró, observándome con atención "no es el talento."
Deslizó los dedos por mi mandíbula, guiándome.
"Es saber adaptarse a lo que le piden… sin romperse en el proceso."
Sus ojos no se apartaban de los míos.
"¿Tú puedes hacer eso, SonJi?"
Tragué saliva de los nervios mientras, de fondo, escuchaba a Yuna gemir cada vez más alto.
El sonido del cierre bajando fue un eco seco que disparó mi ritmo cardíaco al límite.
Jungkook me observaba con una calma depredadora, sus ojos oscuros recorriendo mi rostro con una intensidad que parecía querer leer mis pensamientos más ocultos. Sin decir una palabra más, guio mis manos hacia el frente.
Tomó su miembro, ya turgente, y comenzó a bombearlo con una obscenidad que me ruborizaba al verla. La forma en la que su mano subía y bajaba tenía su propio arte, y me resultaba fascinante, casi hipnótico, ver cómo su piel se tensaba bajo la tinta que adornaba su cuerpo.
“Todo tuyo, SonJi”, susurró, dejándolo suspendido en el aire con una curva erótica que desafiaba la gravedad.
Cuando mis dedos finalmente rodearon su calor, el aire en la habitación se volvió irrespirable. Él soltó un gruñido bajo, una mezcla de placer y desafío, y me obligó a seguir el ritmo de su propia urgencia, moviendo mi mano tal como él lo había hecho, graduando la presión sobre su miembro con cada movimiento.
“No te detengas, SonJi. Tienes ritmo; úsalo”, murmuró, su voz vibrando con la paleta apoyada contra el interior de su mejilla.
La tensión estalló en mis venas cuando, sin previo aviso, dejó caer la paleta sobre la alfombra y se inclinó hacia delante, obligándome a acortar la distancia hasta que mis labios rozaron la punta de su deseo. El contacto fue un choque eléctrico; él era puro fuego, una firmeza que exigía ser domada.
“¿Así de sencillo, pequeña aprendiz?”, se burló con un hilo de voz, mientras sus manos se cerraban con una urgencia salvaje en mi cabello. Tiró de él hacia atrás, exponiendo mi cuello y obligándome a verlo de frente mientras yo, con torpeza y deseo, comenzaba a complacerlo.
Cada vez que mis labios se cerraban sobre él, Jungkook arqueaba la espalda, sus dedos enterrándose en mi cuero cabelludo hasta casi doler, una señal clara de que el control se le escapaba entre los dedos. El sonido de nuestras respiraciones, ahora descompasadas y ruidosas, se mezclaba con el eco de los gemidos de Yuna en la habitación contigua, alimentando una competencia silenciosa y depravada.
“Eso... así, exactamente así”, jadeó él, cerrando los ojos mientras una vena latía con fuerza en su cuello. Su mano bajó hasta mi nuca, presionándome con una firmeza autoritaria para que mis movimientos fueran más profundos, más descarados.
El ambiente se volvió denso, una mezcla insoportable de olor a almizcle, alcohol y mi propia ansiedad convertida en una libido irrefrenable.
Él comenzó a moverse con una cadencia deliberada, empujando suavemente contra mi rostro, marcando el ritmo de un baile privado donde él era el director y yo, la ejecutante.
Mientras él tomaba el control del ritmo, marcando cada movimiento como si estuviera coreografiando algo invisible, entendí la verdad que nadie decía en voz alta:
No nos estaban entrenando para ser idol.
Nos estaban entrenando para pertenecer.
Y yo…acababa de dar mi primer paso.
