Bajo Ilyr-Sae

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Summary

Cuando Nyrvael cae y las Eternas son destruidas, Nyx es arrojada por una grieta hacia un mundo ajeno, cargando la culpa de haber sobrevivido a la muerte de Lyralei, la hermana que se sacrificó por ella. Pero esa no es la única herida que dejó la caída del reino. Lejos de aquella tragedia, una niña llamada Cheriel crece entre los Feralis con la sensación de no pertenecer ni a su hogar ni a sí misma. Algo antiguo duerme en su interior. Algo que no debería existir. Mientras grietas entre mundos empiezan a abrirse y viejos poderes vuelven a despertar, el destino de Nyx y Cheriel comienza a entrelazarse. En una historia de duelo, identidad, amor, pérdida y ruinas sagradas, algunas heridas no piden sanar. Solo recuerdan que el mundo ya terminó una vez… y podría volver a hacerlo.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo — La caída de Nyrvael

Nyrvael aún no sabía que estaba a punto de morir.

Sobre las agujas negras del reino eterno, donde la noche no cedía jamás del todo y la luna parecía una reliquia clavada en el cielo, la voz de Seraphine se alzó como una plegaria anterior a los templos, a los reyes y a la misma memoria del mundo.

Cantaba desde la torre alta.

No para consolar.

No para despedir.

Cantaba para enlazar.

Su voz descendía sobre Nyrvael como hilos de plata viva, tocando el Vael que latía bajo el mármol, bajo las criptas, bajo la sangre de las cinco. Allí donde la piedra recordaba, allí donde la noche obedecía, el cántico de Seraphine restauraba orden.

Thae vae, Nyr sael ithra… Vael enareth, sora nym… (“Sabiduría antigua, enlaza la noche sagrada… Vael ancestral, respira y desciende en nosotras…”)

Las runas antiguas encendidas en la torre respondieron a su voz. En los patios del palacio, los sellos invasores vacilaron. Las grietas del suelo dejaron de crecer por un instante. El aire, desgarrado por la guerra, volvió a respirar.

Y abajo, entre sangre, fuego y columnas rotas, Nyx volvió a sentir esperanza.

La encontró entre el estruendo de acero sagrado y plegarias deformadas.

Lyralei.

Su hermana avanzaba entre los invasores como si la batalla misma le perteneciera. Sus espadas dobles abrían fulgores fríos en la noche, tajando gargantas, quebrando huesos, partiendo armas bendecidas como si fueran ramitas secas. Donde ella pisaba, la formación enemiga se rompía. Donde rugía, los hombres retrocedían.

Nyx cayó a su lado en una lluvia de ceniza y piedra.

No hizo falta saludo.

No hizo falta nombre.

Lyralei giró apenas el rostro, la vio, y una sonrisa breve —salvaje, fiera, viva— rozó su boca.

Entonces pelearon.

Y por un momento miserable, hermoso, imposible… pareció que Nyrvael todavía podía salvarse.

Lyralei abría el frente con violencia pura. Forzaba huecos, quebraba líneas, arrancaba el ritmo al enemigo. Y Nyx, moviéndose en la sombra de esa furia, hacía lo que mejor sabía hacer: leer, anticipar, castigar. Donde Lyralei desordenaba, Nyx comprendía. Donde una atraía el golpe, la otra hundía el filo. Donde la guerra se hacía demasiado ancha, ambas la reducían a un lenguaje que solo ellas parecían entender.

Hacía siglos que luchaban juntas.

El campo las recordaba.

El Vael también.

Nyx no era la mejor en el caos frontal. Nunca lo había sido. Su poder florecía donde podía ver, medir, comprender el patrón, doblarlo a su favor. Pero con Lyralei a su lado, incluso el infierno tenía forma. Incluso la furia tenía estructura.

Cayeron doce hombres en menos de un aliento.

Luego veinte.

Los sellistas retrocedieron. Las criaturas convocadas a medias se deshicieron en humo negro. Una puerta del patio oriental volvió a cerrarse bajo impulso del Vael. El cántico de Seraphine seguía descendiendo desde lo alto, cada vez más puro, cada vez más vasto, como si las piedras mismas empezaran a cantar con ella.

Entonces la noche se partió.

No fue una metáfora. Fue una interrupción.

Desde el flanco norte descendió una figura envuelta en placas blancas surcadas por vetas doradas, como si llevara encima fragmentos de un templo quemado. No corría: caía con la serenidad terrible de una sentencia. En la mano llevaba una larga asta ritual, mitad lanza, mitad cuchilla litúrgica, de cuyos anillos colgaban campanillas selladas que no emitían sonido alguno.

Cael Vhar.

El Quebracantos.

Su sola presencia hizo temblar el aire.

Nyx lo sintió antes de entenderlo: el sonido cambió. El mundo cambió. La voz de Seraphine, que un instante antes había tocado cada rincón del reino, tropezó consigo misma como si algo la hubiera herido por dentro.

Cael Vhar alzó su arma hacia la torre alta.

Las campanillas mudas se agrietaron.

Y el cántico de Seraphine se quebró.

No cesó: se rompió.

Como vidrio sagrado.

La torre respondió con un estallido de luz. Seraphine fue lanzada hacia atrás entre runas destrozadas, y el hilo de plata que mantenía enlazado el Vael se desgarró en el mismo segundo en que un segundo enemigo surgía del humo, rápido como una ejecución pensada durante siglos.

Vaelor Kain.

El Verdugo del Alba.

No traía la liturgia blanca de Cael Vhar. Su armadura era oscura, casi negra, pero recorrida por grietas de fulgor solar que ardían con violencia contenida. Llevaba una espada-lanza de hoja partida, larga y brutal, diseñada no para combatir, sino para abrir cuerpos con una sola trayectoria limpia.

Nyx apenas lo vio.

Ese fue el problema.

No llegó como un oponente que se presenta. Llegó como una consecuencia.

La caída de Seraphine había roto el compás del campo de batalla. Durante un latido, Nyx dejó de tener lectura clara. Durante un latido, todo se volvió demasiado rápido, demasiado frontal, demasiado caótico.

Y Vaelor Kain ocupó ese latido.

Su hoja descendió sobre Nyx desde un ángulo ciego.

Lyralei se interpuso.

El choque hizo vibrar el patio entero. Una de sus espadas giró apartando la lanza; la otra se hundió en el hombro de Vaelor con un destello carmesí. El verdugo retrocedió apenas, lo suficiente para reconocer la verdad que todo el campo sabía ya:

Lyralei era la amenaza mayor.

Cael Vhar no remató a Seraphine.

No porque no pudiera.

Porque no le interesaba.

La sacerdotisa había caído donde los sellos todavía podían alcanzarla. Ya estaba condenada a ser contenida. Ya estaba neutralizada. Pero Lyralei… Lyralei todavía estaba de pie. Y mientras ella siguiera viva, ningún final sería seguro.

Los dos ejecutores giraron entonces hacia ella.

Nyx lo entendió en el mismo instante en que Lyralei enseñó los dientes.

—Atrás —gruñó.

No fue una súplica.

Fue una orden.

Nyx no obedeció del todo. Nunca lo habría hecho. Se movió con ella, pegada a su costado, forzando sombra donde había brillo, desviando trayectorias, haciendo tropezar símbolos rituales bajo las botas de Cael Vhar. Durante varios intercambios, aún juntas, aún coordinadas, siguieron ganando terreno. Nyx cegó por un instante el flanco izquierdo del Quebracantos. Lyralei aprovechó la abertura y le abrió el costado de arriba abajo. Cael Vhar cayó de rodillas entre sangre y luz rota.

Vaelor Kain lanzó una estocada de represalia; Nyx leyó la mitad del movimiento y desvió la punta apenas lo suficiente para no morir. Lyralei lo castigó con una lluvia de golpes tan feroz que el verdugo fue obligado a ceder tres pasos.

Otra vez pareció posible.

Otra vez pareció que tal vez todavía podían matar a los dos.

Lyralei giró sobre sí misma y arrojó a Cael Vhar contra una columna fracturada. El asta ritual se le soltó de la mano. Su armadura blanca, ya teñida de rojo, apenas se sostenía unida.

Nyx lo vio.

Lyralei también.

La pantera había elegido a su presa.

Avanzó hacia él con la intención clara de terminarlo.

Y fue entonces cuando Vaelor Kain cambió el destino de la noche.

Nyx había visto su retroceso. Había leído dolor. Había asumido pérdida de impulso. Lo que no vio —lo que no pudo ver— fue la segunda trayectoria: el giro mínimo de muñeca, la recolocación de peso, el cálculo frío con el que el verdugo convirtió su aparente desventaja en una apertura.

Cuando Nyx lo comprendió, la punta de la hoja ya venía hacia ella.

Demasiado rápido.

Demasiado cerca.

No había tiempo para leer. No había tiempo para pensar. No había artimaña. No había sombra correcta. No había salida.

Lyralei llegó antes que el miedo.

La hoja destinada a Nyx le atravesó el abdomen.

Todo sonido se ahogó.

Nyx no gritó de inmediato. El horror fue tan absoluto que primero la dejó vacía.

La punta de la espada-lanza asomó por la espalda de Lyralei, bañada en rojo oscuro. El impacto la hizo doblarse apenas, apenas un instante, como si el mundo entero hubiera intentado hincarla de rodillas y no hubiera conseguido más que una reverencia feroz.

Vaelor Kain quiso arrancar el arma.

Lyralei le agarró el asta con una mano ensangrentada.

Con la otra, golpeó a Nyx en el pecho y la empujó lejos de la trayectoria.

Nyx cayó sobre los escalones rotos del patio, sin aire, sin equilibrio, con los ojos clavados en el agujero abierto en el cuerpo de su hermana.

No.

La palabra no llegó a su boca.

Solo existió dentro.

Lyralei arrancó su propio cuerpo de la hoja con una violencia que habría matado a casi cualquier criatura en el acto. Cayó una rodilla al suelo, dejó un reguero espeso sobre el mármol y, aun así, siguió sosteniendo una espada.

Cael Vhar, medio muerto, sonrió tras la sangre.

Vaelor Kain retrocedió apenas, no por miedo, sino por instinto. Incluso ellos, enviados a ejecutar Eternas, pudieron sentirlo: algo acababa de cruzar un umbral.

Nyx se incorporó a medias, temblando.

Lo primero que pensó no fue huir.

No fue sobrevivir.

Fue: debió ser yo.

Lo vio escrito en su propia mente con una claridad enferma. Debió ser ella. Ella, la que no había visto el golpe. Ella, la que no servía para esa clase de infierno. Ella, la que había obligado a Lyralei a elegir entre matar a un enemigo o salvarla.

Su garganta ardió.

Intentó ponerse de pie.

Intentó respirar.

Intentó hacer algo.

Entonces recordó el cántico.

Si lograba entrar en consonancia, si alcanzaba la forma parcial, si conseguía por una vez igualar el campo… todavía…

Nyx alzó una mano temblorosa hacia el Vael y abrió los labios.

Vael… nyra… (“Vael… hazme consonante contigo…”)

Las runas rotas a su alrededor respondieron.

No mucho.

Lo suficiente.

Un temblor oscuro recorrió sus dedos. La sombra alrededor de su muñeca se tensó como si quisiera volverse filo. Durante un instante miserable, imposible, la transformación pareció escucharla.

Entonces Nyx volvió a mirar a Lyralei.

Vio la herida entera.

No el impacto. No la sangre. No la idea del dolor.

La herida.

El vacío rojo en su abdomen. La manera en que cada respiración ya no era respiración, sino lucha. La certeza de que su hermana estaba muriendo de verdad.

Y Nyx se quebró.

La tercera palabra nunca salió.

El aire se le atascó en la garganta. La lengua dejó de obedecerle. El Vael, que había empezado a rozarla, se le escapó entre los dedos como agua negra. Las piernas le fallaron. Cayó de rodillas sobre el mármol roto, incapaz de apartar la vista, con la cara desnuda de toda máscara: pánico, incredulidad, culpa, desesperación, un horror tan puro que ya no parecía digno de una Eterna, sino de una hija del mundo viendo apagarse el centro de su casa.

No era que no hubiera nada que hacer.

Era que Nyx ya no podía sostenerse entera para hacerlo.

Lyralei la miró una sola vez.

Y entendió todo.

Entendió el intento de cántico interrumpido. Entendió la culpa. Entendió el pensamiento silencioso de “debió ser yo”. Entendió el terror.

Después sonrió.

No con dulzura.

Con esa fiereza suya, antigua, indomable, como si incluso la muerte fuera a tener que arrancarle el último gesto a dentelladas.

Apoyó ambas espadas contra el suelo, una a cada lado, y murmuró su propio cántico en una voz baja, áspera, que ya parecía venir de muy lejos.

Rhae vel kyr… Soryn sae… Veyra. (“Guerra y voluntad por la sangre… alza la esencia… manifiéstate.”)

El Vael respondió.

No desde las torres. No desde los altares. No desde lo intacto.

Respondió desde la herida.

Un fulgor salvaje subió por los filos gemelos de Lyralei. La plata lunar se volvió rojo profundo en el centro, blanco abrasador en los bordes, como si las espadas estuvieran quemando lo último de su esencia para seguir existiendo. Las venas oscuras en sus brazos comenzaron a brillar. Sus ojos, siempre afilados, adquirieron una luminiscencia feroz, de bestia sagrada al borde del colapso.

La transformación no fue completa.

Fue peor.

Fue parcial, inestable, suficiente.

Cael Vhar, aún con vida a fuerza de odio, intentó incorporarse. Se lanzó hacia ella con un fragmento de su lanza rota, desesperado por detener aquello, por sellarlo, por callarlo antes de que terminara de nacer.

Lyralei ni siquiera lo miró del todo.

Giró una sola espada.

El golpe fue tan limpio que el cuerpo de Cael Vhar pareció no comprender de inmediato que ya estaba muerto.

Cayó abierto desde el hombro hasta el pecho, y las últimas campanillas mudas rodaron por el suelo sin sonido.

Quedaron entonces dos figuras de pie en el centro del patio.

Vaelor Kain, intacto salvo por las heridas del combate. Y Lyralei, atravesada, desangrándose, ardiendo con un poder que ningún cuerpo en ese estado debería contener.

Nyx quiso hablar.

Quiso levantarse.

Quiso correr hacia ella.

No pudo.

El duelo empezó sin anuncio.

Vaelor atacó primero, como correspondía a un verdugo. Su espada-lanza descendió en líneas mortales, precisas, brutales, obligando a retroceder a cualquiera que todavía obedeciera a la prudencia. Lyralei no obedecía ya a nada de eso. Se movió hacia adelante.

Chisporroteó acero. Se partió mármol. La noche misma pareció contraerse.

Él golpeaba para ejecutar.

Ella golpeaba para abrir el mundo.

Vaelor era magnífico. No había duda. Rápido, frío, exacto, construido para matar de frente a criaturas nacidas de la oscuridad. Pero Lyralei, incluso así, incluso muriendo, peleaba desde un lugar al que él no podía seguirla. No era fuerza. No era técnica. Era voluntad llevada más allá del cuerpo.

Nyx lo vio con una lucidez insoportable: Lyralei ya no peleaba por victoria.

Peleaba por dejarle un mañana.

Vaelor logró herirla dos veces más. Un corte bajo las costillas. Una perforación superficial en el hombro. Cada golpe debería haberla ralentizado. No la ralentizó. La volvió más terrible.

Ella lo obligó a retroceder hasta la plataforma central del patio, donde el suelo estaba cubierto de sangre, vidrio sagrado y ceniza del cántico roto de Seraphine.

Allí, Vaelor cambió el ritmo.

Fintó alto. Giró bajo. Clavó la hoja en una trayectoria imposible, una que ningún rival exhausto habría podido convertir en ventaja.

Pero Lyralei no intentó evitarla.

Nyx lo comprendió demasiado tarde.

Lyralei aceptó el golpe.

La punta de la espada-lanza entró más profundo en su costado.

Y en el mismo instante en que Vaelor creyó haber asegurado la ejecución, ella avanzó sobre su propia muerte, cerró la distancia que él necesitaba abierta y descargó ambas espadas en un arco cruzado alimentado por todo lo que le quedaba.

No fue un tajo.

Fue un final.

La luz roja y blanca devoró el espacio entre ambos.

Cuando se disipó, Vaelor Kain seguía en pie solo por la inercia de haberlo estado un segundo antes. Luego su arma cayó. Después cayó él.

Lyralei permaneció erguida.

Una respiración. Dos.

El fulgor de sus ojos empezó a apagarse. El rojo de las espadas se consumió lentamente hasta volver a un metal triste, manchado y mortalmente quieto.

Nyx logró arrastrarse un poco hacia ella.

Lyralei volvió el rostro.

La vio.

Vio su pánico. Vio su culpa. Vio la pregunta rota que ya empezaba a pudrirle el alma: por qué sobreviví yo.

Y le regaló una sonrisa pequeña, imposible de olvidar.

—No es tu culpa.

Entonces cayó.

Nyx lanzó un sonido que no pertenecía al lenguaje.

Corrió hacia ella, tropezó, cayó de rodillas a su lado y la levantó como si todavía existiera alguna fuerza capaz de revertir lo irreversible. Sus manos se llenaron de sangre caliente. Su visión se llenó de lágrimas que no terminaban de caer porque el horror era todavía más grande que el llanto.

—No —dijo al fin, rota—. No, no, no…

Pero Nyrvael no escuchaba ya súplicas.

En lo alto, sobre la torre quebrada, los sellos alrededor de Seraphine comenzaron a cerrarse en círculos perfectos de oro y runa. Desde las profundidades del palacio llegó la vibración sorda de otra clausura: Morgana estaba siendo atrapada en las criptas. Y en medio de ese colapso, la ausencia de Vespera pesó como un hueco sin nombre.

Una de las cinco había desaparecido.

Una había sido sellada. Otra también. Una acababa de morir.

Y el reino, herido en su centro, ya no podía sostenerse.

El Vael se rasgó.

La grieta nació a pocos pasos del cuerpo de Lyralei: una herida vertical en el mundo, abierta por el colapso de todo lo que Nyrvael había sido. No mostraba fuego ni luz ni vacío simple, sino algo peor: distancia. Otro cielo. Otra ley. Otro destino.

Nyx intentó aferrarse al cuerpo de su hermana.

No quiso dejarla.

No quiso moverse. No quiso vivir si para hacerlo tenía que soltarla.

Pero la grieta tiró de ella con una fuerza despiadada. El mármol cedió bajo sus rodillas. La sangre en sus manos volvió imposible el agarre. Los dedos le resbalaron sobre la armadura de Lyralei.

—¡Lyralei!

Esta vez sí hubo nombre. Esta vez sí hubo llanto.

Y esta vez no hubo respuesta.

Nyx alcanzó a verla una última vez: el cabello oscuro extendido sobre el mármol roto, las espadas gemelas a ambos lados, el rostro ya en paz de quien había elegido su final y lo había hecho suyo hasta el último aliento.

La grieta la arrancó del patio.

Nyrvael desapareció en un torbellino de luz rota, piedra y oscuridad.

Cuando Nyx volvió a sentir suelo bajo el cuerpo, ya no había torres negras, ni lunas inmóviles, ni cánticos antiguos. Solo tierra desconocida. Un cielo ajeno. Un silencio que no pertenecía a su mundo.

Quedó tendida, temblando, con las manos todavía manchadas con la sangre de su hermana.

Detrás de ella, la grieta se cerró.

Sin ceremonia. Sin consuelo. Sin perdón.

Nyx alzó el rostro hacia ese cielo extranjero, pálida, vacía, incapaz aún de aceptar lo único que sabía con certeza.

No había creído que Lyralei hubiera muerto.

Lo había visto.

Y por primera vez desde antes de la memoria, una Eterna quedó sola.