Donde nadie Mira

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Summary

Esta historia sigue a una estudiante de enseñanza media que enfrenta una realidad marcada por la pobreza, el abandono y la soledad. Mientras intenta comprender las materias del colegio, también debe aprender a sobrevivir en un entorno que muchas veces se siente como una selva donde cada día es una lucha por no rendirse. Invisible para muchos, convencida de que nadie nota su existencia, la protagonista avanza entre burlas, hambre y cansancio. Pero incluso en los lugares más oscuros puede aparecer una pequeña luz. A veces basta un gesto inesperado, una presencia silenciosa, para recordarnos que aún en medio de la oscuridad siempre existe alguien capaz de devolvernos la esperanza.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Despierto antes de que el sol termine de entrar por las rendijas de la madera. Siento la mano tibia de mi abuela rozar mi hombro mientras me susurra al oído.

—Javiera… ya es tarde, hija… levántate — Su voz es apenas un hilo de aire. Habla así para no despertar a mi madre —Y no hagas ruido —agrega— tu mamá está dormida.

Abro los ojos lentamente. El frío de la mañana se mete por las mantas delgadas. Giro la cabeza hacia la otra cama y la veo allí. Mi madre está vestida todavía, acostada de lado, con el maquillaje corrido y el cabello desordenado. Respira profundo, pesada, como si estuviera hundida en un sueño del que nadie pudiera sacarla. No me sorprende.

Me levanto despacio para que la estructura vieja de la cama no cruja demasiado. El piso de madera está helado bajo mis pies. Camino en silencio y aparto la cortina que usamos como puerta. La casa huele a humedad y a alcohol.

Donde debería estar el comedor solo hay un sillón viejo, hundido en el centro. Dos hombres que no conozco duermen tirados encima, uno con la boca abierta, roncando fuerte. Una botella vacía rueda en el suelo. Arrugo la nariz.

El olor a alcohol me golpea directo en las fosas nasales. Es un olor que ya reconozco demasiado bien.

Avanzo con cuidado, esquivando piernas y botellas. Cada paso lo doy midiendo dónde piso para no despertar a nadie. Si se levantan, todo se vuelve más difícil.

Llego al baño. Es pequeño, con las paredes manchadas y un espejo roto en una esquina. Me lavo la cara con agua fría. El agua corre por mis manos y me ayuda a despertar.

Respiro hondo después salgo otra vez al pasillo, intentando hacer el menor ruido posible. Paso de nuevo junto al sillón, junto a los desconocidos, junto al olor que siempre se queda pegado a las paredes. Al llegar a la puerta siento algo parecido a alivio. Solo un paso más y estaré afuera.

Estoy a punto de salir cuando la voz de mi madre rompe el silencio de la casa.

—Javi… — Me quedo quieta — Javiera tráeme agua — Cierro los ojos un momento.

La escuela ya debe haber empezado y sé que, si no salgo ahora, no alcanzaré a llegar a tiempo para el desayuno.

Vuelvo sobre mis pasos. El piso cruje bajo mis pies y por un momento temo que alguno de los hombres del sillón despierte, pero siguen roncando. Tomo un vaso de la mesa pequeña que está contra la pared, lo lleno con el agua que queda en una jarra y camino hasta la cama.

Mi madre apenas se incorpora cuando se lo paso, sus ojos están entrecerrados, pesados y su mirada se mueve lento, como si el mundo estuviera un poco torcido.

—¿A dónde vas? —pregunta. Su voz es pastosa y su aliento huele a alcohol y cigarro. Abro la boca para responder, pero mi abuela se adelanta antes que yo.

—Déjala, la niña se debe ir al colegio.

Mi madre suelta una risa corta, amarga —¿Para qué va a ir allá si es tan tonta? — Siento el golpe de esas palabras en el pecho —Debería quedarse aquí y ayudar —continúa— ¿De qué le sirve ir a perder el tiempo?

Me quedo quieta, con las manos colgando a los lados del cuerpo. No sé qué hacer ni qué decir. Por un segundo pienso que quizá tiene razón. Quizá soy tonta. Quizá todos en el curso tienen razón cuando se ríen de mi ropa, cuando me miran como si no perteneciera allí. Tal vez el colegio no es para alguien como yo, pero entonces escucho la voz de mi abuela, firme, más fuerte de lo que suele hablar.

—No es tonta. Solo déjala ir.

—¡Siempre defendiéndola! —responde mi madre, levantando la voz— La llenas de ideas en la cabeza… como si fuera a llegar a algún lado.

Mi abuela me mira. No dice nada, pero levanta la mano discretamente y me hace una seña con los dedos —Vete.

La discusión empieza a subir de tono. Las palabras de mi madre se vuelven más duras, más confusas y mi abuela intenta responder sin gritar demasiado.

—¡No tienes idea de cómo es el mundo! —dice mi madre— Esa niña no sirve para nada allá afuera.

Siento un nudo en la garganta. Por un momento pienso en quedarme. En hacer caso. En dejar el colegio y no tener que escuchar nunca más esas risas ni esas miradas. Tal vez sería más fácil, tal vez mi madre tiene razón.

Bajo la cabeza y camino hacia la puerta mientras ellas siguen discutiendo. No quiero escuchar más. La cortina se mueve detrás de mí cuando salgo.

El aire frío de la mañana me golpea la cara. Camino por el pasillo de tierra frente a la casa mientras la música de la noche anterior todavía suena débil desde adentro. Esta semana ha sido igual todos los días. Música fuerte, gente que no conozco entrando y saliendo, risas borrachas, botellas chocando contra el suelo. No recuerdo una noche en la que haya dormido bien. Sigo caminando.

Al principio intento mantener la cabeza en alto, pero a mitad del camino algo dentro de mí se rompe y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas. Me limpio la cara con la manga del polerón, pero siguen saliendo.

Siento rabia impotencia y vergüenza.

Quiero ser fuerte por mi abuela. Quiero terminar el colegio para sacarla de esa casa. Lo repito en mi cabeza todos los días, pero mientras camino por la calle vacía, con el estómago apretado y los ojos llenos de lágrimas, no puedo evitar preguntarme si mi madre tiene razón, si de verdad soy demasiado tonta para lograrlo.

—Señorita Ramírez… otra vez llegando tarde. Tendré que llamar a su apoderado.

El inspector me mira con esa cara que siempre pone cuando me ve, como si yo fuera un problema más que tiene que soportar durante el día. No respondo. Solo bajo la cabeza y asiento. No puedo explicarle, no sabría por dónde empezar.

Cruzo el portón del colegio sintiendo todavía el ardor en los ojos por haber llorado en el camino. Camino rápido por el patio, tratando de que nadie note mi cara. Llego a la puerta de la sala y golpeo dos veces.

—Adelante —dice el profesor desde dentro.

Abro despacio para no llamar más la atención, aun así todas las miradas se vuelven hacia mí al mismo tiempo.

—Disculpe… —murmuro.

El profesor apenas levanta la vista desde el pizarrón.

—Pase, Ramírez.

Camino hasta mi puesto al fondo de la sala. Cada paso se siente pesado, como si estuviera caminando en medio de un lugar donde no debería estar.

Entonces empiezan los murmullos.

—Mira quién llegó…

—La pobre.

—Seguro viene con la misma ropa de siempre.

Alguien se ríe y otra risa responde desde el otro lado de la sala.

Cuando estoy a punto de sentarme, algo golpea mi hombro. Una bolita de papel, cae sobre la mesa y rueda hasta el borde. No necesito abrirla para saber que adentro probablemente hay un dibujo o una palabra que no quiero leer.

Me siento igual.

—¿Se perdió el desayuno hoy también? —susurra una voz detrás de mí, algunos se ríen, pero trato de no mirar a nadie. Saco mi cuaderno y fijo la vista en el pizarrón como si las letras fueran lo único que existe en el mundo. Otra bolita de papel cae cerca de mi mochila y luego otra. Las risas siguen, bajas, pero suficientes para que las escuche. Siento ese mismo peso en el pecho que me acompaña todos los días en esta sala.

En mi casa no hay silencio ni paz, pero aquí tampoco, aquí tampoco estoy segura. Me encojo un poco sobre el cuaderno, intentando hacerme pequeña, invisible. Copio lo que el profesor escribe, aunque las letras se mezclan un poco porque mis ojos todavía están húmedos. Respiro lento, solo tengo que aguantar un día a la vez, solo uno más.

Las clases avanzan y yo siento cómo el sueño empieza a caer sobre mí como una manta pesada que no logro sacarme de encima. Intento seguir lo que el profesor dice, de verdad lo intento, pero su voz se vuelve un murmullo distante y las palabras se mezclan entre sí hasta perder todo sentido, como si estuvieran habladas en otro idioma que mi cabeza cansada ya no puede entender.

Mis párpados pesan tanto que tengo que obligarme a mantenerlos abiertos. Anoche casi no dormí. La música estuvo sonando hasta tarde, demasiado fuerte, atravesando las paredes delgadas de la casa junto con las risas borrachas, los gritos, las botellas chocando contra el suelo y los pasos de gente que no conozco entrando y saliendo como si nuestra casa fuera un bar abierto toda la noche. A veces pienso que ni siquiera recuerdan que yo vivo allí.

Parpadeo otra vez tratando de mantenerme despierta, pero justo cuando siento que mi cabeza empieza a caer hacia adelante algo húmedo golpea mi mejilla y me saca de golpe de ese estado medio dormido. El impacto es pequeño pero frío. Llevo la mano a la cara por reflejo y cuando miro lo que cayó sobre la mesa siento una mezcla de asco y rabia subir por mi estómago. Es un papel arrugado, empapado en saliva.

Me limpio rápido con la manga del polerón mientras trato de respirar por la boca para no sentir el olor y cuando levanto la vista no necesito buscar demasiado para saber quién fue.

Nelson.

El idiota más pesado del curso está inclinado hacia adelante con esa sonrisa torcida que siempre pone cuando logra humillar a alguien y sus amigos se ríen con él como si aquello fuera el mejor chiste que han escuchado en toda la semana. Aparto la mirada de inmediato porque si sigo mirando probablemente me pondré a llorar o a gritar y no quiero darles ese gusto.

—Javiera, la respuesta de la seis, por favor — La voz del profesor cae sobre mí de repente y siento cómo todo el cuerpo se me queda rígido. Levanto la cabeza lentamente mientras el silencio de la sala empieza a cerrarse alrededor mío.

—¿Perdón?

—Responda la pregunta seis —dice señalando el pizarrón con la tiza.

Miro las palabras escritas allí e intento leerlas rápido, esperando que algo tenga sentido si las observo lo suficiente, pero mi mente está completamente en blanco porque no escuché nada de la explicación.

Nada.

El calor empieza a subir por mi cuello y siento cómo mi cara se vuelve cada vez más roja mientras entiendo que todos me están mirando, esperando que diga algo que claramente no voy a decir.

—¿Y bien? —insiste el profesor.

Trago saliva —No lo sé, profesor.

Las risas empiezan casi de inmediato, primero suaves, luego más abiertas, como si hubieran estado esperando exactamente ese momento. El profesor suspira con fastidio y sacude la cabeza mientras vuelve a mirar el pizarrón.

—Como siempre en las nubes —dice con voz cansada— Si sigue así terminará repitiendo el curso… bueno, si es que no lo está repitiendo ya.

Las carcajadas recorren la sala y entre todas reconozco una con demasiada claridad la de Nelson, fuerte y burlona como siempre.

Aprieto el lápiz entre los dedos hasta que me duelen, pero en lugar de responder o de defenderme hago lo único que aprendí a hacer hace mucho tiempo. Apagar mi mente. No necesito volver a escuchar las mismas palabras que pronuncia mi madre diciéndome que soy tonta. No necesito escuchar las risas de mis compañeros repitiendo lo mismo. Mucho menos la risa de ella, así que bajo la mirada hacia el cuaderno y dejo que todo se vuelva un ruido lejano, como si las voces estuvieran detrás de una pared gruesa que me separa del resto del mundo, mientras espero que el tiempo avance y las clases terminen de una vez, porque lo único que quiero ahora es poder colarme en la biblioteca, donde al menos por un rato nadie me mira como si yo no valiera nada.

El timbre del almuerzo suena y mi estómago reacciona de inmediato, apretándose con ese dolor que aparece cuando llevo demasiadas horas sin comer. Camino hacia el comedor junto al resto de los estudiantes intentando no perder el ritmo de la fila que se forma frente a la cocina, porque si me quedo atrás quizá ya no alcance comida. El lugar está lleno y el ruido de voces, bandejas y sillas arrastrándose se mezcla en el aire mientras el olor de la comida se escapa desde la cocina y llega hasta nosotros, haciendo que mi estómago vuelva a rugir.

Me pongo al final de la fila y espero. La fila avanza lentamente, pero avanza y después de unos minutos levanto la vista y me doy cuenta de que ya no estoy tan lejos. Seis estudiantes, solo seis chicos delante de mí y entonces podré recibir mi bandeja. Respiro hondo tratando de no pensar demasiado en la comida, porque cuando lo hago el hambre se vuelve más fuerte, más presente, como si alguien estuviera apretando mi estómago desde dentro.

Entonces escucho una voz a mi lado.

—Oye, callejera — Ni siquiera necesito girarme para saber quién es, pero igual lo hago. Nelson aparece caminando por el costado de la fila con su grupo de amigos, ocho en total, riendo entre ellos mientras se abren paso sin pedir permiso a nadie. Se meten delante de mí como si mi lugar simplemente no existiera, uno tras otro, ocupando el espacio que me tomó varios minutos conseguir. Algunos estudiantes miran la escena, pero nadie dice nada. Yo tampoco, solo bajo un poco más la mirada y doy un pequeño paso hacia atrás para no quedar demasiado cerca de ellos. La fila vuelve a avanzar, aunque ahora estoy un poco más lejos de la comida que hace un momento. Nelson entonces levanta la cabeza y mira hacia el comedor —¡Alejandra! —llama con un tono completamente distinto. Su voz cambia no es burlona ni pesada como cuando me habló a mí, es casi amable.

Veo a Alejandra acercarse entre los estudiantes. Es imposible no notarla, incluso cuando camina sin intentar llamar la atención, porque todos la miran de alguna manera. Su cabello cae perfecto sobre los hombros y su uniforme siempre parece verse mejor que el de los demás. Nelson se mueve un poco hacia un lado, abriendo espacio entre él y sus amigos —Ven, métete aquí con nosotros — Alejandra duda apenas un segundo, mirando la fila, pero Nelson insiste con una sonrisa que no le había visto antes —No pasa nada — Entonces agrega mirando por encima de su hombro —Trae a tu prima también.

Fabiola aparece unos pasos detrás de ella. A diferencia de Alejandra, Fabiola siempre camina más tranquila, más reservada, como si no quisiera ocupar demasiado espacio.

Alejandra da un pequeño paso hacia adelante y entra en el lugar que Nelson le dejó. Yo estoy justo detrás. No digo nada, no me quejo, solo doy un paso para acomodarme mientras todos se reordenan en la fila.

—¿Fabiola? —pregunta Nelson. Fabiola llega hasta el borde del grupo, pero sacude suavemente la cabeza.

—No, gracias… yo espero aquí — Su voz es baja, casi tímida. Nelson se encoge de hombros como si aquello no fuera importante y vuelve a girarse hacia adelante mientras la fila avanza un poco más.

El olor de la comida llega más fuerte ahora y mi estómago vuelve a contraerse, pero ya no estoy pensando solo en eso. Estoy pensando en lo fácil que fue para ellos. En lo rápido que ocuparon mi lugar y en lo natural que resultó para todos actuar como si yo simplemente no estuviera allí.



Autor: lloramos??