Capítulo 138. El dragón abatido.
El interior de la planta de Cuoressi conservaba ese olor profundo y cálido del cuero tratado, una mezcla de taninos, aceites y madera húmeda que se impregnaba en el aire y en la ropa de quienes trabajaban allí. Las luces industriales iluminaban largas mesas de inspección donde los operarios revisaban las piezas terminadas, palpando las superficies con cuidado, buscando imperfecciones invisibles para cualquiera que no conociera el oficio.
Eliot caminaba entre las líneas de producción con la calma habitual. Un encargado le mostraba una partida recién terminada de cuero oscuro, flexible y uniforme. Tomó una de las piezas entre las manos, la levantó ligeramente para verla bajo la luz y dejó que el material cediera apenas entre sus dedos antes de asentir.
—Este lote puede enviarse.
Devolvió la pieza a la mesa y el encargado se la llevó para continuar la revisión. Varias máquinas empezaban a apagarse. La jornada se acercaba a su fin.
Consultó la hora de manera automática. Ya estaba pensando en irse a casa. En la mesa puesta y la luz cálida del comedor. En las gemelas sentadas muy derechas, esforzándose por comportarse bien mientras hablaban con esa dulzura que siempre lo desarmaba. En el pequeño comiendo con las manitas, como si aquello fuera una tarea importante.
Y en su esposo. Sentado a su lado, observándolo todo con esa mezcla de paciencia y ternura que siempre parecía mantener unida a la familia. Para él esos momentos tenían un valor especial.
Fue entonces cuando el teléfono vibró dentro del bolsillo de su chaqueta. Lo sacó sin demasiada atención, hasta que vio el nombre en la pantalla. Era el secretario de Seiya.
El alfa frunció el ceño. No era una llamada habitual, pero respondió.
—Luca. Habla más despacio —dijo tratando de calmar la voz del otro lado.
Mientras escuchaba, su expresión se tensó ligeramente. Pasó la mano por la barba con un gesto inquieto, intentando seguir el ritmo atropellado de la voz al otro lado del teléfono.
—¿Qué sucedió?
Se quedó inmóvil en medio del pasillo de la planta.
—¿Qué le pasa a Seiya?
La respuesta que recibió lo hizo enderezarse por completo.
—Estaré allá en unos minutos.
Cortó la llamada sin decir nada más. El encargado que estaba cerca lo miró con curiosidad contenida, pero el alfa ya había empezado a caminar hacia la salida de la planta con pasos más rápidos de lo habitual.
Afuera el aire estaba frío y húmedo. Su secretario Mario lo esperaba junto al automóvil, subió directamente al asiento trasero y el vehículo arrancó enseguida. Durante los primeros minutos del trayecto no dijo nada. Luca no había explicado gran cosa. Solo lo suficiente para que entendiera que debía ir de inmediato, para atender a Seiya.
Se pasó una mano por el cabello, inquieto, tratando de ordenar las ideas. No recordaba la última vez que alguien de Oshōri lo hubiera llamado con ese tono de urgencia. No entendía qué podía haber ocurrido. Su esposo había estado bien. De hecho, había estado mejor que en otros momentos. Sin crisis, sin agotamiento extremo, sin nada que hiciera pensar en un problema de salud repentino.
Entonces ¿por qué lo llamaban a la oficina? Si era algo realmente grave, lo lógico habría sido que lo llevaran a un hospital. Ese pensamiento lo acompañó durante todo el trayecto.
Cuando finalmente llegaron a Oshōri, bajó del automóvil antes de que el conductor pudiera siquiera rodearlo para abrirle la puerta. Cruzó el vestíbulo con paso rápido y se dirigió directo al ascensor. El trayecto hasta el piso de presidencia fue breve, pero sentía la inquietud le pesaba en el pecho.
Cuando las puertas se abrieron, entendió de inmediato que algo no estaba bien. Varios empleados estaban reunidos frente a la puerta del despacho de presidencia. Betas del equipo administrativo que normalmente jamás abandonaban sus puestos durante la jornada. Estaban allí, agrupados en silencio, como si ninguno supiera exactamente qué hacer. Ese simple detalle hizo que su ansiedad aumentara un poco más.
Luca fue el primero en verlo. Se acercó enseguida.
—Señor Foster.
El alfa apenas asintió, mirando alrededor por un instante.
—¿Qué está pasando? —preguntó directo.
El secretario dudó un segundo antes de responder.
—No lo sabemos muy bien…—dijo clavando la mirada en el suelo—. Hubo un incidente entre el señor Kurosawa y el señor Bellmont.
La reacción de Eliot fue inmediata. Dio un paso hacia él y lo sujetó por los hombros.
—¿Qué le hizo Bellmont a mi esposo?
Luca negó con la cabeza, visiblemente nervioso.
—Ese es el problema, señor Foster…—el beta seguía sin sostener la mirada—. No sabemos qué le hizo el señor Kurosawa al señor Bellmont. Tuvimos que llamar una ambulancia.
Jamás habría imaginado escuchar algo así. Conocía demasiado bien a su Seiy y sabía cuánto quería a Lucien. Por eso aquella frase le resultaba casi imposible de creer.
—¿Dónde está mi esposo? —preguntó finalmente.
—Adentro del despacho —respondió Luca—. No hemos podido entrar. Está… muy extraño. Los paramédicos apenas lograron quitarle al señor Bellmont de los brazos.
La ansiedad empezó a crecer en el pecho del alfa con una presión incómoda. Todo aquello tenía una cualidad irreal, como si estuviera entrando en un sueño extraño del que todavía no comprendía las reglas. Se volvió hacia la puerta. La abrió despacio.
Lo primero que vio fue la sangre. Un charco oscuro extendido sobre la alfombra. La angustia le atravesó el pecho con un golpe seco. El aire del despacho todavía conservaba un rastro pesado de feromonas. Un aroma opresivo, áspero: sake agrio. Muy distinto al sake dulce que normalmente reconocía como la presencia tranquila de su esposo.
Avanzó con cautela, buscándolo con la mirada. Lo encontró junto a la pared. Seiya estaba sentado en el suelo, recostado contra ella, las piernas dobladas debajo del cuerpo en esa postura japonesa que le era tan natural, aunque en ese instante parecía más suelta, como si hubiera perdido la fuerza para sostenerla del todo.
Tenía las manos apoyadas sobre los muslos y estaba cubierto de sangre. Las manos, la ropa, parte del cabello… incluso el rostro conservaba rastros oscuros ya secos. Estaba tan inmóvil que Eliot sintió un golpe de miedo puro. Durante un segundo pensó que estaba muerto.
Abandonó la idea cuando lo oyó suspirar. Lo miró con más atención y vio que las lágrimas descendían lentamente por su rostro, como si siguieran cayendo por pura inercia.
Intentó comprender la escena. No había rastros de feromonas ajenas en el ambiente. Tampoco señales claras de lucha, nada que explicara lo que había sucedido allí.
Se acercó despacio, se agachó frente a él y lo llamó con suavidad.
—Bambino.
El enigma tardó un momento en reaccionar. Fue como si regresara desde un lugar muy distante y sus ojos tardaron en enfocarse en en su rostro.
El alfa extendió la mano y le acarició el rostro con los dedos, muy despacio, con cuidado de no asustarlo.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja—. ¿Estás herido?
Seiya bajó la mirada hacia sí mismo, como si intentara comprobarlo. Observó las manos cubiertas de sangre durante unos segundos, como si las viera por primera vez, luego las levantó y se las enseñó.
—Soy... malo.
Eliot negó con la cabeza de inmediato, sin dudar.
—No, Bambino —su voz fue firme, pero suave—. Tú eres bueno.
El alfa giró la mirada por un instante. Luca seguía en la puerta del despacho, inmóvil, como si no supiera si debía entrar o marcharse.
—Tráeme una toalla mojada —le dijo con calma.
El beta reaccionó enseguida. Cruzó el despacho con pasos rápidos, entró al baño y regresó pocos segundos después con la toalla.
La tomó sin levantarse. Primero le sujetó las manos y empezó a limpiarlas con cuidado. La sangre seca se iba disolviendo poco a poco bajo la tela húmeda mientras el enigma seguía llorando en silencio, sin oponer resistencia, como si ni siquiera registrara lo que el alfa estaba haciendo.
Cuando terminó con las manos, llevó la toalla hasta su rostro. Fue entonces cuando algo en su pecho se contrajo con más fuerza. La cara de su esposo, siempre tan serena, tan dulce. Estaba manchada de sangre ajena.
La limpió despacio, con movimientos suaves, retirando las marcas oscuras de la piel.
—Amor. ¿Qué pasó? —preguntó finalmente.
El enigma tardó un momento en responder. Las palabras salieron rotas, ahogadas entre sollozos.
—Le hice daño… a Luci… —respiró con dificultad—. Todo es… mi culpa…
Bajó la mirada hacia sus manos otra vez.
—Lo siento…
El alfa sintió que algo dentro de él se quebraba al verlo así. No podía dejarlo allí ni un minuto más. Pero también sabía que el estado de Seiya iba a impresionar demasiado a los empleados que seguían fuera del despacho.
Se quitó el abrigo con un movimiento rápido y lo colocó sobre los hombros de su esposo, envolviéndolo con cuidado. Después lo acercó contra su pecho y liberó lentamente sus feromonas calmantes. El aroma profundo del whisky escocés y la miel oscura se expandió en el aire, envolviendo al enigma con una calidez tranquila.
Sabía que el enigma rara vez reaccionaba a las feromonas externas. Aun así, inclinó un poco la cabeza hacia él y le habló en voz baja.
—Déjate llevar. Amor… toma más.
Seiya aspiró lentamente. El olor era familiar. Seguro. Poco a poco dejó que ese aroma lo envolviera y empezó a relajarse contra el alfa. Sus ojos se cerraron con cansancio y el peso de su cuerpo terminó apoyándose completamente contra él.
Eliot lo levantó con facilidad y lo sostuvo en brazos. Miró hacia la puerta.
—Luca, despeja el piso y el ascensor.
El beta asintió de inmediato y salió primero para cumplir las órdenes. Eliot acomodó mejor a Seiya contra su pecho antes de avanzar hacia la salida.
—Vamos a casa, Bambino —murmuró con suavidad—. Todo está bien.