Capítulo 1
El ascenso por la falda del Vatnajökull se sentía como caminar por un infierno de hielo. Jimin hundió los crampones por milésima vez en el día. Sus muslos gritaban, pero su mente gritaba más fuerte. Cada vez que cerraba los ojos para recuperar el aliento, veía el despacho de su padre: el aroma, el silencio y la sentencia que lo había traído aquí.
"Si no puedes dominar la naturaleza en su estado más puro, no tienes derecho a dominar a los hombres. Un heredero que no sobrevive, es solo un cadáver más".
Miró sus manos. Los anillos de oro; el sello de la familia, el de su graduación, el que representaba su linaje. Esos anillos eran la razón por la que estaba allí, y la razón por la que no podía permitirse flaquear. Si regresaba antes de tiempo, si activaba la baliza de emergencia, perdería el derecho a todo lo que se suponía que era suyo.
Sería el hijo único que no dio la talla.
El eslabón débil.
El viento era tan agresivo que lo hacía hincar las rodillas. Se sentía pequeño. La impotencia lo golpeaba: él, que estaba acostumbrado a que el mundo se moviera a su voluntad con solo una firma o una mirada, aquí no era nada.
A medida que la luz se tornaba gris, divisó la entrada de una formación basáltica. Tardó dos horas en recorrer los últimos quinientos metros. Su cuerpo quería rendirse, quería desmayarse sobre la nieve y dejar que el frío hiciera el resto, pero el recuerdo de la mirada de su madre, la preocupación porque no fallase, lo empujaba.
Finalmente, llegó a la boca de la caverna. Instaló su campamento repasando las palabras que escuchó mientras pasaba por los pueblos: "No subas a allá" "no hay solo animales, hay huldres" "no puedes entrar en ese territorio, está prohibido; ellos te huelen" "Una vez que entras no puedes salir" — Pura mierda...
Pero entonces escuchó algo.
No fue el viento, ni el hielo asentándose. Parecían garras contra las piedras. Algo estaba allí, observándolo agotado, oliendo el rastro de su fatiga.
Otro ruido vino de la derecha, profundo. El rubio giró la cabeza tan rápido que sintió el cerebro chocar contra el cráneo. Ahora a la izquierda. Más cerca. Su respiración se volvió errática. Miró hacia la nueva dirección, entrecerrando los ojos, la linterna temblaba en su mano. El haz de luz cortaba la niebla de su propio aliento, pero no revelaba nada.
La paranoia empezó a tejer hilos en su mente: ¿Eran los Huldres? ¿Un maldito animal extinto?
— ¿Quién... quién está ahí? — su voz salió quebrada.
De repente algo pesado cayó al suelo a pocos metros de él, en la dirección opuesta. Jimin dio un salto. Giró sobre sus talones, barriendo la zona con la linterna.
Piedras sueltas y polvo flotando. Pero la fuente del impacto no se veía. Su cabeza daba vueltas. Derecha, izquierda; detrás. Se sentía acorralado.
Y entonces, lo sintió.
Un desplazamiento de aire. Una ráfaga caliente, que le pasó rozando la nuca, erizándole cada vello de su cuerpo. Alguien, o algo, acababa de pasar a centímetros suyo en la oscuridad.
Dio la vuelta, estaba asustado. Su linterna iluminó la entrada de la cueva justo a tiempo para ver una silueta. Era enorme, tanto que bloqueó la luz de la luna por un segundo antes de salir al exterior, hacia la tormenta de nieve.
— ¿Qué demonios es eso?
Tomó su rifle de caza, el metal congelado le quemó la piel al haberse quitado los guantes. Salió, siguiendo el rastro de la figura. La ventisca lo abofeteó pero no se detuvo. Veía formas moverse entre las ráfagas de nieve.
— ¡Muéstrate! — gritó y empezó a disparar.
Disparó a la derecha, donde creyó ver un movimiento. Disparó a la izquierda. Los casquillos calientes caían sobre el hielo.
Pero un último disparo resonó más fuerte que los otros.
Un rugido grave, profundo, una vibración que nació de las entrañas de la tierra y sacudió el suelo bajo sus pies, desgarró el silencio. No era un sonido animal, era un lamento de furia y dolor.
A lo lejos escuchó el impacto, le había dado a algo.
Con el rifle en alto y el corazón en la boca, se acercó al punto donde el cuerpo yacía en la oscuridad. Cuando la luz de su linterna finalmente lo alcanzó, Jimin se paralizó.
Allí, sobre la nieve teñida de rojo, había un hombre. Pero nunca había visto a un hombre así. Iba vestido con piezas de pieles de animales, toscamente cosidas y desgastadas. Tenía el cabello largo, negro como el basalto y enredado con escarcha, que le caía poco más abajo de los hombros. A pesar de las pieles, se veía la musculatura de su espalda y brazos. Era imponente.
Estaba en el suelo, arrastrando su pierna herida con un jadeo. La bala de Jimin había encontrado su objetivo y el terror luchaba con una curiosidad desesperada. Apuntó hacia el hombre, el dedo en el gatillo le picaba listo para terminar lo que había empezado.
— No sé quién seas pero vas a morirte...
El hombre se cubrió con los brazos como si pidiera piedad, soltando un jadeo agudo, un sonido de miedo que atravesó el alma del rubio.
El heredero comenzó a temblar de forma errática. La imagen de ese extraño cubriéndose lo petrificó. Bajar el arma fue un acto de voluntad que le costó cada onza de su fuerza — ¿Quién eres? — preguntó.
No tuvo respuesta. El pelinegro se levantó con un gruñido bajo y doloroso. Sin mirar atrás, huyó del lugar, arrastrando su pierna sin importarle nada.
Jimin se quedó solo en la oscuridad— Qué eres...
Volvió a la cueva pero no pudo pegar un ojo. Cada vez que lograba cabecear, el sonido del jadeo de aquel hombre resonaba en su mente y apenas hubo luz suficiente, salió. El rastro de sangre todavía era visible, pareciendo pequeños rubíes sobre el blanco nevado.
El rubio lo siguió. No era su instinto de cazador ansioso por rematar a su presa; era la necesidad de confirmar que no se había vuelto loco y lo que había visto era real.
Caminó durante una hora, ignorando el dolor de sus extremidades, hasta que llegó a un puente natural de hielo que cruzaba una grieta abismal. Allí, el rastro desaparecía, no habían ni gotas ni huellas. Escarbó en la nieve, pensando que se habían cubierto pero no había nada. Era como si la criatura se hubiera desvanecido en el aire o se hubiera lanzado al vacío.
— Maldita sea — gruno.
Miró su reloj. El tiempo corría. Si quería completar la ruta que su padre le había trazado y llegar al punto de extracción, debía seguir hacia el norte. Desviarse para buscar a un salvaje herido significaría el fracaso.
Con un nudo de frustración en la garganta, dio media vuelta.
Durante todo el día, avanzó. El paisaje era monótono, blanco por donde viese, pero su mente no estaba en el camino. Estaba en ese cabello negro y en esos brazos que se alzaron para cubrirse...
Al caer la segunda noche, no encontró cueva. Tuvo que acampar al aire libre, bajo el refugio precario de unos salientes de roca. La tormenta había menguado, pero el frío era tan agresivo que traspasaba la manta térmica. Temblaba de forma violenta, encogido sobre sí mismo.
Le dolían los huesos, respirar era como inhalar agujas, estaba perdiendo el conocimiento. Solo hasta que sintió un ruido, un sonido de fricción. Eso lo puso en alerta aunque la hipotermia lo estaba matando. No encendió la linterna, no podía.
El aire cambió y el frío se sintió opacado por esa misma energía otra vez, ese mismo olor, ese mismo calor.
Alargó la mano hacia su pistola, pero sus dedos estaban tan entumecidos que apenas pudo rozarla. Entonces, una sombra se proyectó sobre la lona de su carpa y sintió un forcejeo torpe; ese hombre estaba allí, pero sus manos grandes tanteaban la tela, rascando la cremallera sin saber cómo liberar la entrada.
Jimin, temblando de forma incontrolable, estiró un dedo y con un movimiento débil, tiró del cierre.
La carpa se abrió.
El pelinegro entró de golpe a gran velocidad y de inmediato, el frío que estaba matando al cazador se evaporó. Él emanaba una temperatura corporal tan alta que el aire del exterior se volvió cálido en segundos.
Jimin se pegó a la pared de tela, con los ojos muy abiertos. Ese extraño lo escaneaba intensamente de manera casi infantil, pero había algo raro en sus pupilas. Bajó la vista, tratando de procesar lo que tenía enfrente, y se fijó en su pierna. La herida de la bala estaba cubierta por unas hojas gruesas de color verde oscuro, pegadas a la piel con una sustancia amarillenta y espesa.
¿Se había curado a sí mismo?
Abrió la boca para decir algo, para preguntar qué era o por qué estaba ahí, pero las palabras murieron en su garganta cuando este se inclinó hacia delante, se acercó y pasó la nariz por su mejilla —Ah... — un jadeo involuntario escapó de sus labios cuando sintió al extraño presionar el punto donde su pulso latía desbocado en la yugular.
Ese sonido pareció activar algo en el pelinegro.
Jimin cerró los ojos, atrapado entre el terror de morir y el calor embriagador de la criatura que lo mantenía prisionero con su solo aliento.
Extendió una mano temblorosa hacia su pierna, rozando con las yemas de los dedos la extraña pasta amarilla. Su piel ardía.
En un movimiento, le atrapó la muñeca. No solo era rápido sino también sumamente fuerte. El rubio contuvo el aire cuando sus miradas se anclaron a centímetros de distancia y se dio cuenta de lo que había diferente: sus pupilas no eran redondas; eran verticales, dos finas dagas de oscuridad que se dilataban y contraían con el ritmo de su respiración.
Jamás había visto algo así.
El desconocido volvió a inclinar la cabeza, enterrando la nariz en el hueco de la oreja de Jimin, inhalando su esencia con una intensidad que hizo que el heredero se estremeciera pero tan pronto como llegó, soltó su agarre y salió de la carpa.
— ¡Espera! — gritó, saliendo detrás de él, ignorando que sus pies se hundían en la nieve. El pelinegro caminaba con una cojera sutil — No te vayas — le costaba respirar — ¿Qué... qué eres? ¿Eres un humano? ¿Eres un Huldre?
El más grande detuvo su andar lentamente, se giró y caminó de regreso hacia él. Cuando quedaron de frente, Jimin tuvo que echar la cabeza hacia atrás; el hombre medía al menos un metro noventa, haciéndolo sentir como una hormiga.
Lo observó desde su imponente altura — ...Huldre — repitió.
Su voz era un sonido jodidamente grave, una frecuencia subsónica que no entró por los oídos de Jimin, sino que golpeó directamente en su entrepierna: una vibración tan carnal y profunda que le hizo sentir un espasmo de calor traicionero allí abajo.
Se sintió avergonzado, desnudo bajo esa mirada.
El pelinegro pareció notarlo sin siquiera bajar la vista. Se acercó un paso más, le pegó la nariz al cuello, subiendo por su mandíbula hasta la oreja, y luego bajando por la línea de su garganta, olfateando cada poro, cada rastro.
El cazador temblaba violentamente, pero no se movía.
Estaba hechizado.
Finalmente, el hombre se separó un poco. Se llevó una mano al centro de su pecho, presionando contra las pieles que lo cubrían, y volvió a decir — Huldre.
Jimin lo miró con los labios entreabiertos — No sabes hablar bien
mi idioma... ¿verdad?
Estiró la mano para tocar ese pecho caliente pero en cuanto sus dedos rozaron la piel de su vestimenta, el pelinegro dio un paso atrás. Sus pupilas se contrajeron y antes de que el rubio pudiera reaccionar, se dio la vuelta y se fundió con la ventisca.
— ¡No! — gritó, dando un paso en falso y cayendo de rodillas sobre el hielo.
El silencio volvió a ser absoluto. El calor que había llenado el aire se disipó, dejándolo tiritando. Tenía que saber más sobre él y el tiempo se le agotaba. Si no llegaba a la meta, su padre lo mandaría a buscar...
Pero Jimin era rebelde y la curiosidad podia mas que cualquier herencia.











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