PRÓLOGO: EL EDÉN
Su consciencia regresó cargada de sonidos de bala, explosiones y gritos. El camión golpeó un bache con la saña de un animal herido y el impacto le sacudió la columna, enviando una punzada eléctrica desde el coxis hasta la base del cráneo, haciéndole gruñir y revolverse en las placas metálicas con rabia.
El descenso fue un caos de metal chirriante y órdenes gritadas a pleno pulmón. En cuanto sintió sus botas golpear el fango seco de la entrada, la realidad le embistió. Sus sentidos, esa herencia biológica que todavía no lograba domesticar, se expandieron sin control, abarcando gran parte del lugar.
El aire no era solo oxígeno y dióxido de carbono; era una amalgama de pólvora quemada, sudor rancio y el olor metálico de la sangre fresca. Intentó filtrar el ruido, pero los disparos lejanos y los gritos de agonía se clavaban en sus oídos como agujas de acero.
Se supone que soy su esperanza. Se supone que debo liderarlos, y ni siquiera puedo controlar el temblor de mis propias manos; estas habilidades, más que ayudarme, me están entorpeciendo.
Alguien, con una brusquedad carente de malicia, le arrancó el saco de la cabeza. La luz le hirió, pero el aire frío que llenó sus pulmones fue el primer alivio que sintió en horas. Ante ella, se podía apreciar el Edén. No era el paraíso legendario de las escrituras, sino una fortaleza de desesperación. Un hormiguero de uniformes marrón y verde donde la infancia y la senectud se fundían en un solo propósito, no morir ese día. Niños con la mirada vacía empuñaban rifles con bayonetas de trinchera; ancianos con pulmones de ceniza calibraban fusiles antiguos, ya desgastados.
Había escuadrones más disciplinados, mejor equipados, todos de azul y blanco, casi como robots, inmóviles con sus armas al hombro, con las distintivas máscaras de hierro blanco de las fuerzas regulares del Edén.
Pero había algo que todos ahí compartían; eran humanos de nacimiento, no mutantes, no bestias, no semidioses, no muertos vivientes, humanos de sangre roja oscura, los hijos de Adán y Eva, orgullosos de su linaje y de conocer ahora la verdad por la cual peleaban hasta el último suspiro.
De pronto, una sombra colosal cubrió el cielo. Un rugido que no pertenecía a ninguna máquina conocida desgarró el firmamento. Una criatura de seis alas, una aberración de dos cabezas que recordaba a los mitos antiguos, surcó el aire montada por un jinete pálido de brillante armadura escarlata. El suelo vibró bajo su sombra; sus pesadas alas levantaban el polvo y movían las carpas sin ningún esfuerzo.
Eso... eso es lo que nos está cazando. Cómo podemos ganar contra lo que en tiempos pasados fueron dioses, ahora exterminadores de nuestra raza.
Minutos después, la violencia del exterior fue sustituida por el silencio opresivo de un despacho, en el que la habían hecho entrar casi a la fuerza, con desespero y algo que ella notaba, que conocía bien, miedo. El hombre tras el escritorio no levantó la vista de inmediato. Tenía su mente en papeleo, una montaña impresionante, mapas y demás material estratégico.
—¿Eres tú la supuesta heroína de Lockdom Red? —preguntó. Su voz era un crujido de grava, profunda y desgastada por décadas de mandar a hombres a la tumba.
―Yo soy, soy Kaisa, vine a ver al coman...
Miró a todos lados, raspándose el cuero de las uñas con sus otros dedos, al punto de que le sangraran al sentir el reflujo subir por la garganta; estaba sola en ese maldito lugar, y en ese año había pasado tanto que el shock ni siquiera le dejaba, al menos, cinco malditos minutos para llorar y velar a los muertos.
A la lejanía, imponentes y altos muros de titanio, de al menos cincuenta metros, rodeaban el lugar. Los gritos de los infectados, el rugido de las criaturas y el silbido de las balas la ensordecían a más no poder; la sensación de estar a salvo competía de una manera feroz con la de pelear, pelear porque sentía que, aunque los imponentes muros del Edén aguantarían, creía firmemente, como pasó en su hogar, que acabarían entrando y aniquilando a todos.
—Síguenos sin resistencia, niña —le indicó un soldado con un tono robotizado por el casco—. El comandante nos espera y no tenemos tiempo.
Estaba protegido por un traje de alta tecnología, de color blanco con detalles en azul. Sintió la mano del militar aferrarse con fuerza a su brazo, guiándola hacia una de las entradas subterráneas de la base, llegando al fin a un elevador resguardado por varias torretas automáticas, aferradas al suelo que, ahora en vez de ser tierra y piedras, comenzaba en un metal pulido brillante.
Entró al compartimiento que la llevaría a los niveles más resguardados del Edén, no sin antes dar una última mirada atrás, viendo el cielo, arrugando las cejas y apretando la mandíbula al ver cómo aquella cosa acababa con una torreta de al menos cinco metros de algo de una sola embestida, logrando que la taquicardia entrara en acción en su corazón, para empeorar, cerrándose la compuerta, dejándola en un silencio que le hizo golpear varias veces su pierna derecha.
Descendió a una velocidad elevada, pero el movimiento apenas se sentía en el interior. Era tecnología que ya había visto antes, y aunque le sorprendía que la humanidad aún la poseyera, supuso que era lógico. Por algo le llamaban la cuna de la humanidad, el Edén, la última esperanza de la misma sin contar a la ciudad libre o la cuenca.
Pudo notar de reojo que el soldado, a través de su visor azul brillante, le miraba el cuello.
Miraba la cicatriz.
La marca que le había hecho aquel que creyó era el amor de su vida. El mismo que ahora era la persona a quien más deseaba ver muerta en el mundo. O eso creía. Todo había sucedido tan rápido. Ni siquiera sabía qué significaba esa mirada que él le había dedicado, esa sonrisa tristona que tanto la volvió loca un año atrás. ¿Culpa? ¿Arrepentimiento?
Tenía sentimientos encontrados. Él la había engañado, había fingido. ¿Algo de aquello fue real? La había entregado y casi asesinado. Pero en ese último momento... ese brillo en sus ojos, lo que pareció culpa, le terminó salvando; la cuestión era, ¿por qué?
No lo sabía. No lo quería saber. Ella ahora estaba centrada en lo que debía hacer y tendría que autoconvencerse de aquello.
—Responde a lo que se te pregunta —exclamó el soldado, sacándola de sus pensamientos. —No hables si no te dan la autorización, sé respetuosa y no hagas perder el tiempo. Sé quién eres, todos lo sabemos. También de qué eres capaz. Aun así, vas a ver a la persona más importante en el mundo, el único por el cual aún la humanidad pelea un día más.
Ella contuvo el aliento. Sabía a quién vería. Lo sabía más que nadie.
Desde niños, a todos se les había contado la gran historia del “grito de la libertad”. Aquel grupo de humanos que alzó la voz y armó la rebelión. Los que lucharon hasta el cansancio y salvaron incontables vidas. Los humanos más poderosos que la Tierra haya visto.
Sonrió, emocionada y algo nerviosa. Todavía recordaba verlos en televisión cuando tenía once o diez años. Proclamándose como sus héroes, luchando en una guerra civil, cada uno con trajes y armas especiales, incluso parecían superhéroes, aunque eso era más que nada alejado de la realidad; ella sabía que ellos eran lo que ella era ahora, un símbolo falso obligado a actuar como tal para que la fe, la fe puesta en ellos, no se derrumbara y los demás los siguieran a la batalla.
De un momento a otro, el ascensor se detuvo.
Las compuertas de hierro reforzado se separaron con un quejido hidráulico que reverberó en sus costillas. Tras ellas, se abría un túnel de una longitud opresiva, revestido de un material de apariencia vítrea, similar al cuarzo blanco.
Las luminarias cenitales, de un blanco aséptico, castigaban su nueva visión, quemando sus retinas con una intensidad que rozaba lo físico; para completar, no cargaba sus lentes especiales, los había perdido en el rescate junto a las explosiones.
Demasiada luz. Siento que este lugar intenta arrastrarme a algo. Dicen que él es el más puro, el culmen de lo que deberíamos ser... pero esto se siente como una tumba de cristal.
El silencio era un peso muerto, solo roto por el siseo de los actuadores y las pisadas metálicas del exo-traje del soldado que la escoltaba. Cada paso de sus propias botas sobre el suelo pulido sonaba como un disparo en aquella quietud sepulcral. Su respiración se volvió errática, un fuelle acelerado que alcanzó su clímax frente a una última barrera. En el centro, el símbolo del estandarte que la humanidad adoptó, una burla, de un juego secreto que tenía para burlar a las otras dos especies que combatían.
Una llama de color blanco, y en el centro, una serpiente enroscada en una manzana.
Al abrirse, la estancia la recibió con un estallido lumínico que la obligó a entornar los ojos, protegiéndose de aquel resplandor absoluto. Cuando el velo blanco finalmente cedió, una figura emergió de entre su breve ceguera.
Solo había un hombre. Estaba inclinado sobre una plataforma metálica donde un mapa holográfico latía con la urgencia de la guerra. Colores rojos, amarillos y azules parpadeaban como brasas moribundas, trazando líneas de suministros y zonas de exterminio y enfrentamiento.
Kaisa lo diseccionó con la mirada. Era un hombre cuya estatura parecía reclamar el espacio de la habitación. Sus cabellos oscuros y rizados caían en un desorden rebelde sobre una frente marcada por la vigilia; no aparentaba más de veinticuatro o veinticinco años, pero su piel, bronceada por un sol implacable, narraba una historia mucho más antigua. Vestía un traje militar de un blanco inmaculado bajo una chaqueta negra de un material desconocido, una fibra que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
Alzó la vista y sus ojos chocaron con fuerza, venciéndola en pocos segundos.
Sus iris de un verde profundo, boscoso, pero fue el derecho el que le heló la sangre. Había motas grises y negras, símbolos atávicos o anomalías genéticas que parecían observar. Su rostro era una contradicción: labios carnosos y rosados frente a una mandíbula acerada, cubierta por una barba de varios días que le daba un aire de fatiga, acompañada de una cicatriz pequeña, casi imperceptible en la parte derecha del labio superior.
Es él. Norman Greco. Héroe, salvador, protector. Padre de toda la humanidad, invencible y legendario guerrero, el cual decían que, solo si estaba presente, nuestra especie podía ganar cualquier batalla.
Pero ella notó la verdad: cansancio en su postura, una angustia estoica que envolvía en un aura de control absoluto. Era el magnetismo de la tragedia, y no lo culpaba; la humanidad en su espalda pesaba, ardía y él la aguantaba sin ceder.
—Kaisa Ivannova, un gusto conocerte —dijo él, a secas, sin mucho ánimo.
Su voz era una caricia de grava, grave y extrañamente paternal. Le recordó al vapor de un café caliente en medio del frío de Ciudad Libre; una calidez que resultaba peligrosa en un lugar construido para la guerra.
—He seguido tus logros de cerca gracias a mis informantes en las ciudades libres. Me presento: Norman Greco, un hombre de carne y hueso, mortal como todos los de aquí.
Esbozó una sonrisa de lado, una mueca amarga que no llegó a sus ojos. Kaisa abrió la boca para responder, pero Norman la silenció con un gesto mínimo, despidiendo al soldado con un movimiento de cabeza. Se dejó caer en su asiento, frotándose la frente con la punta de los dedos, exhausto. Sus ojos bicolores se perdieron un segundo más en el holograma, viendo cómo su gente moría contra horrores que la razón humana no estaba diseñada para procesar.
—Toma asiento, por favor —indicó, apagando el mapa de un manotazo y sirviendo un líquido carmesí en una copa de cristal fino. El vino cayó con un sonido denso, como sangre vieja sacada de una botella que había sobrevivido a los primeros años del colapso. Sé que tienes preguntas.
La miró alzando las cejas, haciéndola sentir pequeña y abrumada. Había enfrentado los mil y un horrores, pero él tenía más presencia que todo lo que había visto.
—Preguntas como ¿quién eres en verdad? O, ¿qué relación guardas con Lilith? —hizo una pausa para beber un sorbo, saboreando el tiempo como si fuera un lujo prohibido—. O incluso por qué los Homúnculos y la N.R.U. han puesto precio a tu cabeza. Pero antes, deja que te cuente el origen. Deja que te explique cómo este mundo se convirtió en el matadero donde hoy nos desangramos. Cómo la humanidad se arrodilló para dar paso a los seres que hoy nos pastorean como ganado.
Norman desvió la vista hacia una fotografía sobre el escritorio. En ella, un Norman más joven reía rodeado de amigos, con una vitalidad que ahora parecía un insulto, un sabor agrio que le hizo arrugar la frente con rabia; incluso había una persona con el rostro rasgado en la foto.
Míralo. Incluso el pilar más fuerte de la humanidad fue una vez un chico aterrado. Alguien a quien obligaron a ser un dios cuando solo quería ser un hombre. Igual que yo. No existen dioses, solo seres muy poderosos y caprichosos, y héroes rotos que quieren ser libres del yugo de la responsabilidad.
Él soltó el marco de la foto y clavó su mirada compasiva en ella.
—Te contaré la verdad sobre mí, sobre la humanidad, sobre los demás héroes, mis amigos. Sobre la mujer que cuidó mi corazón en donde todo empezó, a la cual nadie rinde respeto ni sabe que luchó a nuestro lado. La bestia que el Apocalipsis dijo que vendría, y cómo nosotros le abrimos la puerta y enseñamos a forzar cerraduras. Quién en verdad rinde esta guerra, Quién en verdad hizo el acto de mayor odio hacia la humanidad. Quién nos dejó sin destino.








