Caminante de historias

Summary

Perdí mi hogar sin darme cuenta de que lo estaba perdiendo. Ahora estoy atrapado en un mundo que conozco de memoria. Sé cómo empieza. Sé cómo termina. Y sé que cuando llegue ese final, todo lo que hay aquí desaparece con él. Las personas. Los lugares. Cualquier cosa que me importe. Todo. Tengo una IA divina que materializa cada historia. La esperanza de encontrar en ellas una forma de volver. Y la pregunta que no me dejo responder: ¿Qué queda de mí cuando el único camino a casa es atravesar mundos que no son reales, junto a personas que no recordarán que existí? Sigo adelante. No porque tenga respuesta. Sino porque detenerme sería peor.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Línea XX - Cap 1 - Primer contacto

Nubes densas cubrían el horizonte, reduciendo la visibilidad a casi nada. Aun así, una voz autoritaria se imponía en el puesto:

—¡Arriba! ¡Abajo! ¡Arriba! ¡Abajo! ¡Al medio! —ordenaba el suboficial con firmeza.

El viento rugía como si quisiera llevarse todo a su paso, trayendo consigo un frío agobiante que era familiar para todos en el lugar. Se llevó consigo las densas nubes, revelando un paisaje sobrecogedor: montañas colosales rodeaban una ciudad que parecía diminuta, encajada en el valle.

Nos encontrábamos a más de 3200 metros sobre el nivel del mar. A nuestros pies, una cancha de fútbol sintética albergaba a dos pelotones de infantes de marina. De ellos, 12 estaban de guardia, dejando solo 48 de 60 infantes, pero faltaba uno: el protagonista de esta historia.

Ese era yo. Mientras los demás formaban en línea para las pruebas físicas, yo me encontraba dentro del edificio, limpiando el baño. Siempre trataba de evitar el ejercicio a toda costa; era mi punto débil, o tal vez solo era flojo. A pesar de eso, fui capaz de destacar en cursos de supervivencia, armería y medicina militar.

Contra toda esperanza, incluso la mía, me habían aceptado en el servicio militar a pesar de mi pobre estado físico. Incluso soñaba con ser un soldado profesional algún día, aunque lo más probable es que no pasara los exámenes necesarios.

Pasaron las horas, las pruebas físicas habían acabado y todos estaban en lo suyo. El sol comenzaba a ponerse y los infantes comenzaron a pasar a descansar. Yo, que ese día gozaba de un descanso de la guardia, estaba a punto de pasar a mi cama cuando, de la nada, el oficial de relevo apareció junto a mí:

—Infante, te toca relevar el búnker 9.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Por qué yo? —protesté, frustrado. Era difícil llegar al día de descanso, y cuando llegó, me salían con esto.

—El infante asignado se enfermó —respondió, sin despegar la vista de su teléfono, revisando la lista de los turnos de guardia.

—¿Y por qué no otro? —insistí, buscando una salida lógica.

—Orden de mi sargento. Debido a tu negativa a realizar ejercicios físicos, tómalo como un castigo —así, sin dar más explicaciones, se fue en busca de los demás.

Frustrado por haber esperado una respuesta diferente y no algo relacionado con mi evidente estado físico, me resigné. A regañadientes, me equipé y tomé mi Galil AR 5.56 mm, el arma etiquetada con el número 13 que me acompañaba desde mi llegada al puesto. Con paso lento, me dirigí al búnker.

La noche era densa, cargada de humedad y silencio. Vigilaba en solitario, con el fusil colgado al pecho y la mirada fija en la entrada del búnker. A lo lejos, la densa maleza dormía, y no lo negaré, yo también.

El aire olía a metal quemado, como si la tierra misma supiera lo que estaba a punto de ocurrir. Pasé más de cinco horas entre dormido y despierto, atrapado en mis pensamientos. ¿Estaba desperdiciando mi vida? Con casi veinte años, me sentía insignificante, con la esperanza de que algo extraordinario pasara, algo que me cambiara la vida por completo, como esas historias de fantasía que tanto me gustaba devorar día tras día, o, tan siquiera algo un poco más realista, pero lo único que me quedaba era continuar, seguir con esta aburrida vida.

Entonces, mi teléfono vibró con una notificación silenciosa: faltaban cinco minutos para terminar mi turno de guardia.

Me sentía realizado, aunque solía sentirme sin propósito muchas veces, pero, cuando conseguía algo, se sentía realmente bien. Pero justo después, una fuerte alarma que informaba de un ataque enemigo sacudió el puesto.

Llevaba seis meses de despliegue y nada en ese puesto de vigilancia había cambiado... hasta esa noche. Sin radio ni instrucciones, me quedé en mi sitio, esperando órdenes o algo que me guiara en esta situación. Escuché los ecos de la maniobra de reacción. Supuse que era un simulacro, aunque era muy tarde en la noche para eso, así que lo más seguro es que en verdad fuese un ataque. Pero antes de completar la maniobra, el rumor se propagó:

—Falsa alarma —informó el infante encargado de comunicaciones, y su mensaje corrió como pólvora.

Al parecer, algo había perturbado las alarmas del puesto, nada grave. Las tropas, ya relajadas, comenzaron a volver al edificio pensando que ya todo estaba bien... Pero sin previo aviso, un destello blanco rasgó el cielo. No fue un relámpago. No hubo trueno. Solo un punto de luz que cayó directo sobre el búnker 9, seguido por una onda expansiva, lo suficientemente poderosa como para sacudir mis huesos. El fuerte impacto sacudió el puesto, seguido de una explosión, y todos, desconcertados, comenzaron a buscar su procedencia.

Sin que nadie lo notara, el destello que atravesó el techo de mi búnker, dejó un gran cráter humeante entre polvo y escombros. Este tenía un diámetro de dos metros. Pensando que era un ataque con explosivos, me tiré al suelo esperando que lo que sea que hubiese caído estallara y tratando de que la explosión me afectara lo menos posible, pero nada pasó, así que decidí tratar de ver qué era.

La esfera, parecida a una bala de cañón, yacía inerte pero caliente y humeante en el centro del cráter que había generado al impactar. Me acerqué, curioso y desconcertado, tratando de averiguar qué carajo era eso.


Segundos antes.

En un plano diferente de existencia, en un lugar parecido a un palacio, con decoraciones elegantes y brillantes, una entidad con una forma incomprensible para el ojo humano, ajustaba los últimos detalles de su creación. Se trataba de Dios y a su lado, un ángel observaba con curiosidad:

—¿Está listo, mi señor?

—No, pero casi. Cuando esté listo, este prototipo será el encargado de restaurar la fe de la humanidad —respondió la criatura, dejando el artefacto en una mesa frente a él— Aunque ahora es inestable y posee más energía de la que el mundo puede soportar. Cuando lo termine, serán, por así decirlo, un ángel artificial, diseñado para cuidar, salvar y proteger la vida humana, y será asignado a personas reconocidas, con el objetivo de protegerlas y ayudarlas. También esparcirán la religión para que así, todas las personas del mundo sepan de su procedencia. Aunque al principio será difícil convencerlos, con el tiempo, estarán más que seguros de su fe en mí.

Mientras Dios le explicaba al ángel su plan, el dron rodó hasta el borde de la mesa y cayó... hasta la Tierra.


De vuelta en el búnker.

Me acerqué lentamente a la esfera tratando de ver qué era, puesto que no parecía nada normal a pesar de su aspecto simple. De algún modo, sentía que había algo más en esa esfera, algo que... me llamaba.

—¿Qué... eres tú? —pregunté, con una voz temblorosa pero sin retroceder. Me encontraba fascinado.

De pronto, la esfera liberó una descarga de energía y comenzó a flotar frente a mí. Esto me asustó sobremanera, haciéndome retroceder un paso.

—¿Estás... viva? —pregunté, con temor y asombro en partes iguales.

—Unidad AURA. Sistema operativo funcional —sonó de la esfera como si respondiese mi pregunta.

Miré la esfera con ojos entrecerrados. Tenía miedo de lo que fuera pero, la anormalidad de la esfera encendió una chispa de esperanza dentro de mí, tal vez, esto era la cosa fantasiosa que tanta ilusión me hacía poder encontrar.

Extendí mi mano tratando de tocarla. Logré hacerlo ligeramente y, de ella, se sintió un ligero temblor, que me llenó de valor, al menos lo suficiente para preguntar.

—¿Puedo... llevarte conmigo? —dije, con voz apenas audible.

—Compatibilidad asegurada. Vinculación aceptada.

La esfera se acercó a mí, y antes de que pudiera reaccionar, rápidamente se introdujo en mi pecho y un holograma apareció ante mis ojos: "Verificando estado... Identificando peligros...".

—¿Qué eres realmente? —susurré.

Inmediatamente después de esto, la realidad se empezó a desgarrar, colapsando sobre mí. El mensaje del holograma cambió: "Rechazo total de este mundo".

—¿Qué carajo? Cómo que, rechazo.

—Peligro crítico —dijo la voz—. Activando protocolo de salvaguardia.

Antes de que pudiese reaccionar, un destello cegador me envolvió por completo. Y cuando se disipó, ya no estaba en el puesto de avanzada. Momentos después, se veía que el búnker 9 había quedado totalmente destruido. Viendo que no pasó nada más, el suboficial, perplejo, organizó al personal:

—¿Quién falta? —preguntó mientras los soldados removían escombros.

Después del caos y de que la situación se calmara, descubrieron que el infante que estaba de guardia en el búnker 9 no estaba en la formación y era obvio su destino. El oficial soltó un suspiro resignado después que los infantes encontraron un gran charco de sangre bajo los escombros:

—Habrá que informar al comandante... y a su familia.

Si el joven había desaparecido del lugar, te preguntarás: ¿de quién era esa sangre? Pues un instante después de que desapareciera, Dios apareció junto a su ángel en el interior del búnker, en busca de su más reciente creación, pero al llegar no encontró nada. Desconcertado, mirando de lado a lado, soltó un leve suspiro:

—Supongo que el dron se activó —dijo en tono inquisitivo mientras miraba al ángel.

—Sí, mi señor, al parecer fue porque se juntó a un joven que se encontraba aquí en el momento de su caída.

—¿Y dónde están ahora? —preguntó Dios, viendo que no los podía sentir en ningún lugar de este universo—. No me digas que salieron de mi reino y ahora se encuentran en el reino de otra deidad

—dijo con ligera preocupación en su voz.

El ángel, siendo miembro de los tronos, era el vigilante capaz de ver todo sobre todo. Seguramente no se le habría escapado algún detalle:

—Mi señor, debido a la inconmensurable cantidad de energía que poseía su creación, las reglas de este mundo los rechazaron a ambos, tratando de destruirlos y, con el propósito de mantener la vida del joven, el dron lo aisló de nuestra realidad, creando una propia.

—Entiendo. Pensando con lógica, el chico estará bien, pero su familia no, si solo desaparece sin dejar rastro.

—¿Y qué propone, señor?

—Lo más lógico sería fingir su muerte

Rápidamente Dios hizo aparecer un muñeco muy parecido al joven con su equipo y todo, y provocando una explosión, hizo pasar el suceso como un ataque con explosivos por parte del enemigo. El muñeco, hecho para hacerse pasar por el joven, voló en pedazos dejando rastros de una trágica escena, con carne y sangre esparcidas por todas partes.

Dios asintió:

—Listo, con esto será suficiente, ¿no crees? —dijo Dios mirando al ángel.

—Mi señor, ¿no cree que se haya excedido?

—No, así está bien, ya vámonos, y creo que, el proyecto de los ángeles artificiales se detendrá indefinidamente.

Al instante, ambos desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí en primer lugar, y a pesar de parecer mucho el tiempo en el que sucedió todo esto, fue tan solo un instante el necesario para que todo esto pasara.

Días después.

En una casa humilde, dos oficiales tocaban a la puerta. La madre del joven, mi madre, los recibió con el corazón en un puño. Le entregaron una bandera: amarillo, azul y rojo.

—Su hijo fue un excelente infante. Cayó cumpliendo con su deber.

Ella no respondió. Las lágrimas corrían por su rostro. Se negaba a creerlo. Aunque el mundo entero le gritara que yo estaba muerto, su corazón se aferraba a una esperanza: Tal vez... algún día volvería.


**Fin del capítulo 1**



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