ENTRE DOS MUNDOS
No recuerdo qué hago aquí sentado en una silla dura de plástico naranja. Las personas hablan entre ellas mientras miran una pantalla donde, acompañado de un pitido, aparecen tres letras y cuatro números. Cada vez que surge ese patrón, alguien se levanta y entra por una puerta grisácea.
Me pongo en pie, confundido. Estoy en un pasillo larguísimo cuyo final no distingo en ninguna dirección. Todo es idéntico: un corredor gris sin decoración, las mismas sillas naranjas alineadas a un lado y, enfrente, puertas y paredes del mismo tono apagado. El conjunto se repite una y otra vez hasta donde alcanza mi vista.
Me acerco a la puerta por la que acaba de entrar una mujer. Aprieto la perilla… y no gira. Entrecierro los ojos. Si ella ha pasado hace un segundo, ¿por qué yo no puedo?
Quizá solo se abra cuando aparece tu combinación de letras y números en la pantalla.
Toco la puerta con los nudillos y, de inmediato, el murmullo de la sala se apaga. Todos me miran con los ojos muy abiertos. Un hombre con bata blanca abre la puerta. Me observa, luego mira a los lados y suelta un suspiro cansado.
—Por favor, no toquen la puerta. Se les irá llamando por la pantalla.
Cierra de nuevo. Intento entrar detrás de él, pero algo me lo impide: una barrera invisible me frena en seco y me deja helado.
Los murmullos regresan poco a poco, como si alguien hubiera reanudado una grabación. Todos apartan la mirada de mí y yo… yo no entiendo nada.
—Perdone, ¿sabe dónde estoy?
A la mujer con la que hablo le recorre un escalofrío. Me mira, se pone una sudadera negra y se sienta de nuevo. El niño que tiene al lado empieza a llorar asustado.
—Ya, mi amor, solo van a mirarte. Te prometo que no te van a hacer daño —susurra ella para intentar calmarlo.
¿Por qué no me responde? ¿Qué está pasando aquí?
Repito mi pregunta a todos los que esperan su turno. La mayoría reacciona igual: un gesto brusco, se le eriza la piel, una mirada rápida que no dura nada. Nadie parece querer hablar conmigo.
—¡Gracias por vuestra amabilidad, estúpidos de mierda!
Doy la vuelta para ir a la siguiente sección de sillas naranjas, pero vuelvo a chocar contra la barrera invisible. El impacto me corta la respiración. No veo nada delante de mí, pero algo frío me atraviesa el pecho y me deja clavado en el mismo punto.
Estiro la mano y busco la barrera con la palma. En cuanto la toco, el frío se extiende por mi piel, sube por el brazo y siento cómo las fuerzas me abandonan. Las piernas me fallan. Aparto la mano de golpe. Mi corazón está a punto de explotar y apenas puedo respirar.
¿Qué narices pasa aquí?
Una gota de sudor se desliza por mi sien. Me levanto y corro por el pasillo para intentar llegar al otro lado, pero la misma barrera me vuelve a frenar. Estoy atrapado.
Mis manos tiemblan. El pasillo se desdibuja unos segundos y una de las luces se funde con un chasquido. Una niña suelta un grito y se aferra a su madre, que me mira con los ojos muy abiertos y los labios apretados en una fina línea. ¡Ni que la culpa fuera mía!
Un hombre mayor entra por donde la barrera no me deja pasar. Me acerco a él, todo mi cuerpo temblando.
—Disculpe, ¿sabe dónde…
Me atraviesa. El viejo pasa a través de mí como si mi cuerpo no existiera. Me dejo caer de rodillas. Las lágrimas me nublan la vista mientras el aire deja de entrar en mis pulmones. Las luces empiezan a parpadear. Las personas gritan, se levantan, se alejan de mí.
—¿Qué está pasando? —grito en medio del caos.
Las sillas se mueven solas, arañando el suelo. El rugido ensordece los gritos y todo parece ir en cámara lenta… todo menos una persona que empuja una camilla.
En la camilla hay un hombre joven, de unos veinte años. La sábana que lo cubre está empapada de sangre y su rostro casi desfigurado. Tiene los ojos cerrados; su pecho no se mueve. Estoy seguro de que no respira. Pero ese cuerpo… es mi cuerpo.
Las luces vuelven a la normalidad. Las sillas dejan de moverse. Y entonces lo recuerdo.
El accidente, el hombre que conducía borracho por la acera, el golpe, el dolor que me abrasaba por dentro, el crujido de mis huesos, la luz envolviéndome, la voz del de la ambulancia, la oscuridad que me tragó.
—¿Estoy… muerto?
Intento tocar mi cuerpo, pero mi mano lo atraviesa.
—¿Estás listo para venir conmigo?
Me giro hacia esa voz fría e inhumana. El aire se vuelve gélido a mi alrededor; cada exhalación sale en forma de humo. La figura que tengo delante no debería existir.
Las sombras se arremolinan a su alrededor. Esa cosa se desliza sin tocar el suelo. Su rostro… es un vacío que devora la luz. Sus brazos y piernas son demasiado largos, sus hombros muy estrechos, como si alguien hubiera intentado copiar un cuerpo humano y hubiera fallado por poco.
—Es hora de que seas juzgado.
Su voz me rodea. No viene de su boca —si es que tiene una—, sino de todas partes y de ninguna. El eco repite “juzgado” una y otra vez, lo deforma y estira, hasta que la palabra deja de sonar humana. Las sombras se expanden, desdibujan la sala, lo cubren todo…
Oscuridad. Solo puedo ver a esa cosa que no deja de acercarse.
Quiero levantarme y huir. Intento mover un dedo, un músculo, cualquier cosa, pero mi cuerpo ya no me pertenece.
Esa cosa extiende su mano y las sombras se enroscan en mis piernas. Me arrastran hacia ella.
—Tu juicio ha comenzado.
Grito, pero nadie me ve ni me oye.