Capítulo 1
El calor de Miami era pegajoso e implacable, pero dentro del Iron Core Barbell Club, el aire acondicionado luchaba a muerte contra el olor a sudor, magnesio y testosterona. El sonido metálico de los discos de hierro chocando y la música electrónica a todo volumen creaban el ecosistema perfecto para Bakhar.
Estaba de pie, frente al enorme espejo de la zona de peso libre, ajustándose las muñequeras negras de la marca Dragon con movimientos mecánicos. Llevaba puesta su habitual camiseta verde oscuro con un logo blanco desgastado en el pecho, y unos shorts ajustados color turquesa que dejaban poco a la imaginación, resaltando el trabajo brutal de sus piernas. El sudor hacía brillar la tinta de los tatuajes geométricos que cubrían su cuello y brazos. Su rostro, enmarcado por algunos mechones castaños que se habían escapado de su alta coleta, era una máscara de absoluta neutralidad. Estaba en la zona. Intocable.
O al menos, eso intentaba.
—Esa cara de concentración es sexy, no te lo voy a negar, pero me gusta más cuando me miras a mí.
La voz profunda, cargada de una arrogancia juguetona y un tono absurdamente meloso, vibró justo detrás de su oreja izquierda. Bakhar no se inmutó. Apenas soltó un suspiro cansado por la nariz mientras terminaba de ajustar el velcro de su muñequera.
—Satoru, estoy a mitad de mi serie de sentadillas. Quítate del puto medio —dijo ella, su voz plana, sin apartar la mirada de su propio reflejo.
Satoru Gojo se asomó por encima de su hombro en el espejo. Llevaba unos pantalones de chándal negros carísimos y una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus propios músculos relajados. Sus inseparables gafas de sol redondas descansaban sobre el puente de su nariz, ocultando parcialmente esos ojos azules que siempre parecían estar riéndose de todo. No estaba sudando. De hecho, parecía que acababa de salir de una sesión de spa, oliendo a colonia cara en medio de un gimnasio lleno de bestias levantando hierro.
En lugar de apartarse, Satoru dio un paso adelante, pegando su pecho a la espalda de Bakhar. Pasó sus largos brazos alrededor de ella, atrapándola en un abrazo por la espalda, y hundió la nariz en el pliegue de su cuello tatuado.
—Mmm... hueles a pre-entreno y a victoria —murmuró Satoru, dejando un beso húmedo y sonoro justo donde la tinta de su cuello se encontraba con la clavícula—. Anda, tómate un descanso. Llevas dos putas horas rompiéndote el culo aquí. Y hablando de eso...
Las manos grandes de Satoru, que hasta ese momento descansaban en su vientre, bajaron descaradamente hasta aferrarse con firmeza a las caderas de Bakhar, apretando la carne firme a través de la tela ajustada de sus shorts turquesas. Sus dedos largos se clavaron con una mezcla de posesión y travesura, tirando de ella hacia atrás para que sintiera exactamente la fricción de su cuerpo contra el de él.
Bakhar apretó la mandíbula. Por fuera, su expresión seguía siendo tan gélida y desinteresada como la de una estatua soviética. Mantuvo los ojos fijos en el espejo, viendo cómo Satoru sonreía con esa mueca de suficiencia, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo.
Pero por dentro, la historia era otra. El contacto de sus manos calientes, la forma en que su aliento chocaba contra su piel húmeda, y la descarada insolencia con la que invadía su espacio la volvían loca. Le fascinaba. Le encantaba que, en un lugar donde todos los hombres se intimidaban por su físico y su mirada asesina, este idiota peliblanco no solo no le temía, sino que la trataba como si fuera su juguete personal.
—Si no quitas las manos de ahí en tres segundos, te voy a reventar un disco de veinte kilos en la cabeza, Gojo —amenazó ella, su tono de voz inalterable, casi aburrido.
—Uno... —contó Satoru, dándole un mordisquito suave en el lóbulo de la oreja—. Dos... —Sus manos subieron rápidamente desde sus caderas, rozando peligrosamente los costados de sus pechos a través de la camiseta verde, antes de abrazarla con más fuerza por la cintura—. Tres. Vaya, sigo vivo y sigo tocándote. Qué cosas, ¿no?
Bakhar rodó los ojos, pero no hizo ningún esfuerzo real por apartarlo. Dejó caer los brazos a los lados, apoyando el peso de su cuerpo ligeramente hacia atrás, rindiéndose a medias contra el pecho de él.
—Eres un maldito parásito, ¿lo sabías? —soltó ella.
—Soy tu parásito, nena. Y el más guapo de todo Miami —replicó él con una carcajada ronca.
Satoru la hizo girar bruscamente. Antes de que Bakhar pudiera protestar, él la arrinconó contra la estructura de metal de la máquina Smith que tenían al lado. El acero frío golpeó la espalda de Bakhar, pero el contraste duró un segundo antes de que Satoru aplastara su boca contra la de ella.
No fue un beso casto. Fue un choque directo, hambriento y dominante. Satoru deslizó una de sus manos por la nuca de ella, enredando los dedos en los cabellos castaños que se habían soltado de su coleta, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Su lengua invadió la boca de Bakhar con la misma actitud prepotente con la que caminaba por la vida.
Bakhar mantuvo los ojos abiertos por una fracción de segundo, viéndolo a través de los cristales oscuros de sus gafas, antes de cerrarlos y dejarse llevar. Aunque sus brazos permanecieron a los lados en una fingida muestra de apatía, sus labios respondieron al asalto. Le devolvió el beso con la misma ferocidad, abriendo la boca, permitiendo que Satoru profundizara el contacto mientras él soltaba un gruñido ahogado de aprobación.
La mano libre de Satoru vagó por el cuerpo de Bakhar. Acarició la curva pronunciada de su cintura, bajó por la tela turquesa de sus shorts y dio un apretón posesivo, fuerte y grosero en su trasero, levantándola ligeramente del suelo por un instante.
—Joder, estás increíble —murmuró Satoru contra sus labios, sin aliento, repartiendo besos rápidos y calientes por su mandíbula y bajando hacia la tela del cuello de su camiseta verde—. Podría comerte aquí mismo y me importaría una mierda quién esté mirando.
Bakhar, con la respiración ligeramente agitada pero el rostro aún estoico, empujó el pecho de Satoru con ambas manos enguantadas en las muñequeras. Lo separó lo justo para poder mirarlo a los ojos, que ahora asomaban por encima de las gafas de sol que se habían resbalado.
—Controla tus hormonas, idiota —dijo ella, limpiándose una gota de sudor (o tal vez saliva) de la comisura de los labios con el dorso de la mano—. Hay gente grabando tiktoks en la otra esquina.
—Que graben. Que vean al maestro en acción —Satoru sonrió, esa sonrisa gigante, blanca y cegadora que solía derretirle las bragas a cualquiera, y que a Bakhar, en secreto, le aceleraba el pulso como un sprint en la cinta de correr. Él volvió a acercarse, frotando su nariz contra la de ella en un gesto ridículamente tierno y meloso—. Anda, vamos a casa. Ya has humillado a suficientes culturistas por hoy.
Bakhar lo miró de arriba abajo. Satoru seguía sonriendo, con las manos aún apoyadas posesivamente en sus caderas. Era exasperante. Era ruidoso, arrogante, empalagoso y no conocía el concepto de espacio personal.
Pero cuando él deslizó su pulgar acariciando suavemente la piel desnuda de su muslo, justo por debajo del borde del short turquesa, una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal.
—Me falta una serie —mintió Bakhar, su voz plana, intentando mantener la fachada.
Satoru soltó una carcajada, sabiendo perfectamente que era mentira. Se inclinó y le dio un último beso rápido y ruidoso en la boca.
—Te espero en el coche, fiera. Si tardas más de cinco minutos, entro, te echo al hombro y te saco de aquí a la fuerza. Y te aseguro que disfrutaré mucho de las vistas desde ese ángulo.
Satoru le dio una última palmada sonora y descarada en el trasero, lo suficientemente fuerte como para que el eco resonara por encima de la música del gimnasio, y se dio la vuelta, caminando hacia la salida con las manos en los bolsillos y silbando una canción de la radio.
Bakhar se quedó apoyada contra la máquina Smith. Se cruzó de brazos y lo vio alejarse. Por fuera, parecía estar calculando cómo asesinarlo sin dejar rastro. Pero cuando la figura alta y peliblanca desapareció por la puerta de cristal, una pequeña, casi imperceptible y genuina sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
Se giró hacia su mochila, recogió su botella de agua y, sin perder un segundo más, caminó hacia la salida.