Capítulo 1: El Forastero
El camión los dejó en la desviación del camino real, frente a un poste eléctrico inclinado que llevaba años sin sostener cable alguno. El sol de la tarde, un disco blanquecino tras la capa de polvo que levantaban los vehículos, comenzaba a descender sobre los arrozales.
—Por ahí —dijo el conductor sin señalar, escupiendo por la ventanilla antes de hacer rugir el motor nuevamente.
Chen Wei contempló la senda de tierra que se internaba entre las parcelas. A sus espaldas, el camión se alejaba llevándose consigo a los otros tres jóvenes que habían viajado con él desde la estación de ferrocarril. Cada uno había sido asignado a una comuna diferente. Él era el único que bajaba allí, en ese lugar que no figuraba en ningún mapa que hubiera visto jamás.
La mochila pesaba como si contuviera piedras en lugar de las pocas pertenencias que le habían permitido traer: dos mudas de ropa interior, un par de calcetines remendados, la cantimplora metálica de su padre, y los tres libros que había escondido en el fondo. El Manifiesto del Partido Comunista, una antología poética de la dinastía Tang, y un manual de matemáticas elementales que su maestro de secundaria le había regalado días antes de la despedida.
—Será útil donde vayas —le había dicho el anciano, apretándole el hombro—. El conocimiento no ocupa lugar.
Chen Wei no había comprendido entonces el verdadero significado de aquellas palabras. Ahora, con los pies hundiéndose en el barro reseco del camino, comenzaba a intuir.
La aldea, cuando finalmente divisó sus primeros techos de paja, no era más que un puñado de casas de adobe agrupadas alrededor de un árbol centenario. Un perro flaco levantó la cabeza a su paso, evaluó su amenaza con una mirada indolente y volvió a dormitar. El olor a estiércol quemado y a sopa de verduras hervidas flotaba en el aire inmóvil.
No supo hacia dónde dirigirse hasta que un hombre mayor, encorvado sobre un haz de leña, lo observó con curiosidad.
—¿La oficina del comité? —preguntó Chen Wei, repitiendo las indicaciones que le habían dado.
El hombre escupió al suelo y señaló con la barbilla hacia el edificio más grande que se divisaba a lo lejos, una construcción de ladrillo visto con una estrella roja descolorida sobre la puerta.
El secretario del comité, un hombre de mediana edad con gafas de montura metálica y una chaqueta azul remendada en los codos, revisó sus papeles sin levantar la vista.
—Chen Wei, veinte años, procedente de Shanghái. Padre obrero textil, madre fallecida. Educación secundaria completa. —Levantó los ojos por encima de las gafas—. Bienvenido al campo, camarada. Aquí aprenderá lo que los libros no enseñan.
Chen Wei asintió sin decir palabra.
—Ha tenido suerte —continuó el secretario, sellando un documento con un golpe seco—. La familia Lin aceptará alojarlo. Son buena gente. El padre, Lin Guoqiang, trabaja en el granero comunal. La madre, mujer fuerte, en los arrozales. Trabajará con ellos. Aprenderá.
—¿Y...? —Chen Wei dudó—. ¿Hay más personas?
El secretario lo miró con una expresión que pudo haber sido cansancio o quizá un atisbo de complicidad.
—La hija. Lian. Dieciocho años. Ella... —hizo una pausa—. Ella se ocupa de la casa. Ayuda en lo que puede. No trabaja en el campo. La madre dice que es suficiente con que ella y su marido sostengan la familia. La muchacha tiene manos delicadas, dice la madre. Para qué.
No añadió nada más. Chen Wei no supo si aquello era un privilegio o una rareza. En la ciudad, todos trabajaban. Todos debían trabajar. Pero en el campo, pensó, las reglas eran otras. O quizá eran las mismas, solo que aplicadas de manera diferente.
—Vaya —dijo el secretario, devolviéndole los papeles—. La casa de los Lin está al final del camino, junto al estanque de los patos. No puede equivocarse. El perro no muerde.
El perro, efectivamente, no mordió. Ni siquiera se levantó cuando Chen Wei pasó junto a él por segunda vez.
La casa de los Lin era una construcción modesta pero cuidada. Las paredes de adobe habían sido recientemente encaladas, y el tejado de paja mostraba un grosor uniforme que hablaba de mantenimiento constante. Un pequeño huerto de verduras crecía junto a la puerta, protegido por una cerca de cañas. Unas gallinas picoteaban el suelo con indiferencia.
Chen Wei permaneció indeciso ante la entrada, sin atreverse a llamar. Fue una voz femenina, surgida de la penumbra del interior, la que rompió el silencio.
—¿Es usted el muchacho de la ciudad?
La mujer que apareció en el umbral tendría unos cuarenta años, el rostro curtido por el sol y el viento, las manos ásperas apoyadas en las caderas. Su mirada recorrió a Chen Wei de arriba abajo con una franqueza que lo hizo sentirse como un objeto en venta.
—Pase —dijo finalmente, apartándose para dejarle paso—. No se quede ahí plantado. Ya han comido, pero le guardamos algo.
El interior era una única estancia. Un fogón de barro ocupaba una esquina, con una olla humeante sobre las brasas. Contra la pared, un par de camastros de madera cubiertos con esteras. Una mesa baja, tres taburetes. Y en el centro de la habitación, de pie junto a la ventana, una muchacha.
Lian era menuda, más baja de lo que Chen Wei había imaginado. Vestía una chaqueta oscura, remendada en los hombros, y pantalones de algodón grueso. Su pelo, recogido en una trenza que le caía sobre el hombro, era negro como el carbón mojado. Pero lo que detuvo a Chen Wei en seco fueron sus ojos. Grandes, oscuros, y terriblemente serios. Lo miraban sin hostilidad, pero sin bienvenida tampoco. Como si evaluara si aquel intruso merecía el esfuerzo de una sonrisa.
—Mi hija, Lian —dijo la madre, señalando con un gesto—. Lian, acomoda al huésped.
La muchacha no dijo nada. Se limitó a señalar el camastro más alejado del fogón, junto a la pared donde colgaban ristras de ajos y pimientos secos.
—Deje sus cosas ahí —indicó la madre, sirviendo un cuenco de sopa humeante desde la olla—. Mi marido llegará al anochecer. Mañana temprano irá con él al granero. Le enseñará.
Chen Wei tomó el cuenco con las manos temblorosas. No era solo el frío de la tarde. Era todo. La sopa era espesa, de verduras hervidas con algún trozo de tofu flotando. No había rastro de carne. Bebió en silencio, sintiendo la mirada de la muchacha clavada en su nuca.
—¿De qué ciudad viene? —preguntó Lian de repente.
Su voz era más suave de lo que su apariencia sugería. Chen Wei se volvió para mirarla.
—Shanghái.
Ella asintió lentamente, como si aquello confirmara alguna sospecha.
—He oído que allí los edificios tienen más de diez pisos. Por la noche las calles están iluminadas como si fuera de día. ¿Es cierto?
—En algunas partes —respondió Chen Wei—. Cerca del Bund. No en todas.
Lian guardó silencio un momento. Luego dijo:
—Aquí, cuando anochece, solo hay oscuridad. Y el frío. Aprenderá pronto.
No había ninguna amenaza en sus palabras. Solo un hecho. Una advertencia amable, quizá.
—Lian —intervino la madre con un tono que no admitía réplica—. Deja al muchacho comer.
La muchacha obedeció. Se sentó en el taburete más alejado, junto a la ventana, y tomó una labor de costura que había dejado sobre la mesa. Sus dedos, efectivamente delgados y hábiles, se movían con precisión sobre la tela remendada.
Chen Wei terminó la sopa y devolvió el cuenco vacío. La madre lo tomó sin decir nada y lo sumergió en un barreño con agua.
—Puede salir, si quiere —dijo sin mirarlo—. Conocer el lugar. Pero no se aleje. Aquí todo es campo, y si se pierde, tardaremos en encontrarlo.
Chen Wei asintió y se levantó. Al pasar junto a Lian, ella alzó la vista un instante. No sonrió, pero en sus ojos hubo algo que pudo ser curiosidad. O quizá solo era el reflejo de la última luz de la tarde entrando por la ventana.
Afuera, el aire comenzaba a enfriarse. Los patos del estanque se arremolinaban en la orilla, preparándose para la noche. Chen Wei caminó sin rumbo, bordeando los arrozales donde el arroz crecía verde y espeso. A lo lejos, las siluetas de los campesinos regresaban a la aldea, herramientas al hombro, cansancio en el paso.
Se detuvo junto al estanque y observó el agua quieta, verdosa, donde se reflejaban las primeras estrellas. Pensó en Shanghái, en la habitación que compartía con su padre en un edificio de ladrillo junto a la fábrica. En el olor a aceite quemado y a carbón. En el ruido interminable de las máquinas. En el silencio de su madre, muerta tres años atrás, una ausencia que aún dolía como una herida mal cerrada.
Aquí no había ruido. Sólo el croar lejano de las ranas, el susurro del viento entre los tallos de arroz, y de vez en cuando, el ladrido de un perro. Un silencio denso, casi sólido.
Cuando regresó a la casa, la noche se había cerrado por completo. Lin Guoqiang, el padre, estaba sentado a la mesa, un hombre de hombros anchos y expresión cansada pero bondadosa. Asintió a Chen Wei cuando entró.
—Siéntese —dijo, señalando el taburete vacío—. Mañana será duro. Descanse.
Lian ya no estaba. Su camastro, junto a la pared opuesta, mostraba el bulto de su cuerpo cubierto por una manta. Chen Wei se acostó sin desvestirse, sintiendo el olor a tierra y a hierba seca de la estera.
Antes de dormirse, alcanzó a oír la voz de la madre, un susurro apenas audible:
—Es flaco. No durará una semana.
Y la respuesta del padre, grave y serena:
—Déjalo. Todos fuimos flacos alguna vez.
Chen Wei cerró los ojos. En la oscuridad, el croar de las ranas parecía el latido de un corazón inmenso que envolvía la aldea entera.
No supo cuánto tiempo tardó en dormirse. Pero cuando lo hizo, soñó con Shanghái. Con las luces del Bund. Con su madre joven, riendo. Y al despertar, bajo la luz grisácea del amanecer que entraba por la ventana, tardó varios segundos en recordar dónde estaba.
La primera cosa que vio, al abrir los ojos, fue la silueta de Lian junto al fogón, avivando el fuego. Sus manos, las delgadas manos que no trabajaban el campo, sostenía un soplador de bambú con la misma precisión con que la noche anterior manejaban la aguja.
Ella no se volvió para mirarlo. Pero cuando él se incorporó, dijo sin dejar de soplar las brasas:
—El desayuno estará listo pronto. Mi padre ya se ha ido al granero. Dijo que no le espere.
Chen Wei asintió, aunque ella no podía verlo. Se levantó, estiró los músculos entumecidos, y se acercó al fogón.
—Gracias —dijo.
Ella alzó la vista entonces. En la luz temprana, sus ojos parecían más grandes aún. Más serios. Pero por un instante, la sombra de algo que pudo ser una sonrisa asomó a sus labios.
—No tiene que darlas —respondió—. Aquí todos ayudamos. Es lo único que tenemos