Gustavo y la Fábrica de Relojes Fantásticos

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Summary

Gustavo acaba de cumplir once años y sus padres han decidido mandarlo de vacaciones al pueblo donde vive su abuelo, el señor Abelardo Olivares, que tiene una prestigiosa fábrica donde se construyen los relojes más fantásticos que jamás alguien haya podido imaginar. Al llegar a su destino, Gustavo se entera que el abuelo desapareció misteriosamente y no se ha sabido nada de él. Ahí en el pueblo, conocerá a una chica de su edad llamada Samantha, y juntos tratarán de resolver aquel misterio.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

Gustavo llega al pueblo

Gustavo llevaba varias horas sin levantarse de aquel incómodo asiento de autobús y sentía la urgente necesidad de estirar sus adormecidas piernas. Aunque era delgado y un poco bajo de estatura para su edad, tenía muy limitados sus movimientos en aquel estrecho espacio, aprisionado entre la ventanilla a su derecha y el anciano alto y gordo que iba sentado a su lado izquierdo. El viejo, que estaba tan obeso que acaparaba buena parte de su asiento, había pasado todo el viaje durmiendo y roncando como un lirón.

Gustavo consultó su reloj digital, para darse una idea de cuánto faltaba para llegar.

—¡Las siete treinta y seis! —suspiró, con un poco de fastidio. Eso quería decir que todavía quedaba al menos otra hora de camino.

Aquella mañana, su mamá lo había despertado a las cinco en punto para que se preparara para el viaje; y a las seis, su papá lo llevó en coche hasta la terminal de autobuses.

Días atrás, los padres de Gustavo habían decidido enviarlo por dos semanas a Valle de los Manzanos, el pueblo donde vivía su abuelo paterno, don Abelardo Olivares. Querían aprovechar las largas vacaciones de verano para poder pintar y arreglar algunos desperfectos en la casa. Por si fuera poco, la conexión del teléfono no funcionaba bien; y aunque ya habían reportado varias veces el fallo, la compañía no tenía ningún técnico disponible que pudiera ir a revisar la línea telefónica, porque andaban cortos de personal. Y para que el niño no se muriera de aburrimiento, decidieron que lo mejor sería mandarlo un tiempo fuera de casa, para que tomara aire fresco y no estuviera todo el día pegado a la televisión y los videojuegos.

Gustavo estaba muy molesto por la decisión de sus padres. Las vacaciones de verano eran sagradas para él. Siempre iban a la playa y a él le encantaba nadar entre las olas y jugar al voleibol con su pelota inflable. Cuando anochecía, los tres se sentaban al calor de una fogata a comer malvaviscos asados mientras narraban historias terroríficas y leyendas de fantasmas, capaces de ponerle los pelos de punta a cualquiera.

Pero en aquella ocasión, las cosas habían cambiado drásticamente. No le entusiasmaba nada la idea de pasar sus preciados días de descanso en un pueblo alejado en medio de los montes, donde llovía con mucha frecuencia y las temperaturas solían ser bastante bajas aun en pleno verano.

Los pensamientos nostálgicos de Gustavo fueron interrumpidos por los rugidos de su estómago, sacó el sándwich de jamón que su madre le había preparado y tomó un poco de jugo de naranja que llevaba en un termo.

Como todavía quedaba mucho camino por delante, decidió ponerse los audífonos para escuchar un cassette de Nirvana en su nuevo walkman y leer un poco de información sobre Valle de los Manzanos en una revista de turismo que había comprado antes de abordar el autobús, pues sabía muy pocas cosas sobre aquel lugar.

Muy por el contrario de lo que pensaba, resultó que el poblado tenía muchos sitios interesantes para visitar: un sitio llamado Rocas Amontonadas, que era un paraje sobre el que se erguían montones de piedras que formaban unas impresionantes torres que medían desde diez hasta veinte metros de altura, también estaba el antiguo monasterio de la orden franciscana, la fábrica de sidras de la familia Peláez y por supuesto: la fábrica de relojes «El Centauro».

La fábrica de relojes había sido fundada hacía muchos años por don Abelardo. Según lo que el padre de Gustavo le había contado, el abuelo fue un niño prodigio que comenzó a fabricar relojes desde temprana edad, en el pequeño garaje de la casa donde vivió durante su infancia. Pronto empezó a ganar fama y prestigio, por la calidad y la precisión de sus relojes; y al llegar a la edad adulta, montó un taller que fue creciendo cada vez más, hasta convertirse en la gran fábrica de relojes que era hoy en día.

Gustavo quería saber más sobre la fábrica, porque aunque fuera el nieto del fundador, sabía muy pocas cosas sobre ella. Nunca la había visitado, desde que él había nacido, sus padres no habían vuelto a poner un pie por el pueblo. El abuelo muy pocas veces los iba a ver a la ciudad, porque no le agradaba estar tanto tiempo lejos de su amado taller. La última vez que Gustavo lo había visto tenía cinco años, y la semana pasada, acababa de cumplir los once.

«Es que es un hombre muy ocupado», le respondía su padre, cada vez que él preguntaba por qué el abuelo casi nunca iba a visitarlos.

«No importa», pensó Gustavo para sí mismo. «En cuanto llegue al pueblo, averiguaré todo lo que pueda sobre la fábrica del abuelo». Y decidió echar una cabezada durante lo que quedaba del viaje.

El chico despertó cuando el autobús comenzó a disminuir la velocidad. Un gran espectacular a la orilla de la carretera, donde se veía a una familia de campesinos sonrientes con grandes cestos a rebosar de manzanas, le dio la bienvenida al pueblo. Acomodó sus cosas en una mochila que tenía una foto de los Power Rangers en el frente, que solía llevar a todos los viajes y excursiones que realizaba, y se preparó para bajar.

El anciano que iba a su lado aún dormía a pierna suelta y roncaba a más no poder. El autobús llegó a la estación y el niño pensó en zarandearlo para que despertara de una vez, mas no fue necesario. El viejo abrió súbitamente los ojos, se levantó de un salto y ayudó a Gustavo a bajar la pequeña maleta de mano que había subido al portaequipajes.

Cuando Gustavo descendió del autobús, se encontró con un hombre alto y moreno, de la edad aproximada de su padre, que llevaba una gran cartulina de color verde fosforescente donde había escrito con marcador negro: «¡BIENVENIDO, GUSTAVO OLIVARES!»

Aquello lo desconcertó mucho, su abuelo había quedado de ir a recogerlo a la terminal. Con un poco de desconfianza, decidió acercarse al hombre del letrero para preguntar.

—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi abuelo?

—¡Hola, muchacho! Me imagino que tú debes ser Gustavo, el nieto de Abelardo.

—Así es —respondió el niño, con un poco de recelo.

—¡Encantado de conocerte! Soy Raúl Méndez, uno de los trabajadores de confianza de tu abuelo. Él me encargó que viniera por ti y te llevara a la fábrica.

—¿Y por qué no pudo venir él? —preguntó Gustavo, aún manteniendo precauciones.

—Lo que pasa es que tu abuelo… es decir, don Abelardo tuvo un… pequeño problema esta mañana.

—¿Un problema? ¡Espero que no sea nada grave! —exclamó el chico, visiblemente preocupado.

—Ah… no… creo que no —respondió Raúl, con evasivas—. Bueno, muchacho… debemos ir a la fábrica. Tu abuelo está ansioso por verte —le dijo, intentando sonar lo más despreocupado posible.

Gustavo asintió y decidió que confiaría en ese hombre, ya que no tenía modo de saber el día y la hora de su llegada, a no ser que el abuelo se lo hubiera contado. Se colgó la mochila al hombro y siguió a Raúl, que cargaba con la maleta. Salieron juntos de la estación y se dirigieron hacia la parada del transporte público.

—Bien, ahora solo hay que tomar otro autobús que nos lleve al centro del pueblo —comentó Raúl.

Gustavo ya estaba harto del traqueteo de los autobuses y quería llegar a la fábrica lo más rápido posible.

—¿Podemos ir en taxi? No me importa pagar un poco más, total que traje todos mis ahorros conmigo.

—De acuerdo, si insistes… —replicó Raúl, encogiéndose de hombros.

Los dos se montaron en un taxi vacío y emprendieron camino a la fábrica del abuelo.

Aunque aquellas no eran precisamente sus vacaciones soñadas, Gustavo decidió que buscaría la mejor manera de sacarles provecho. ¡Y vaya que lo haría!