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Miss U

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Summary

Cuando escuches una historia, procura prestar atención. No sabes en qué momento una confesión ajena puede convertirse en el espejo de tu propio olvido. Ese día en el salón de clases, el silencio y la empatía reinaron por unos largos minutos. Quiero contarte un secreto ¿Me permitirías contarte esta pequeña historia antes de que lo olvide? [Basada En Hechos Reales] (っ◔◡◔)っ ♥ 3.962 Palabras ♥

Genre
Drama/Other
Author
Athe-38
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

First & Last Promise

El segundo bloque de clases en la sección 1-A de la Unidad Educativa Rómulo Gallegos comenzó con el sonido de los pupitres arrastrándose sobre el suelo. Más de veinte alumnos de primer año entraron en tropel, llenando el salón de paredes amarillentas y descascaradas. No había un orden establecido; se sentaban al azar, reclamando el primer pedazo de madera vacío que encontraran, como quien busca refugio en un barco que se hunde.

Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas con una insistencia monótona, pero no lograba apagar el caos de la calle. Las sirenas de las ambulancias y las patrullas de la policía se mezclaban con el estruendo distante de las protestas. Los gritos de los rebeldes y el estallido de las bombas lacrimógenas eran el ruido de fondo de nuestra adolescencia. A los doce o trece años, ya nadie se asustaba. Habíamos cambiado el miedo por una apatía pesada. En lugar de mirar por la ventana para ver el mundo arder, guardábamos silencio, con la mirada clavada en el frío suelo de mármol gris, contando las vetas de la piedra para ignorar el mundo.

Ese día, el aire en el salón estaba cargado de una tensión distinta: la tarea de literatura. Teníamos que presentar un monólogo frente a toda la clase.

Al frente, el profesor —un hombre de cráneo brillante y escaso cabello que siempre parecía al borde de un ataque de furia— ni siquiera nos miró. Estaba absorto, con los dedos volando sobre el teclado de un pequeño celular de color rojizo. Pasaba la asistencia con un gruñido mecánico, sin despegar la vista de la pantalla, como si nosotros fuéramos solo estorbos en su rutina digital.

—Rodríguez... —masculló sin entusiasmo—. Pase al frente.

El nerviosismo era una corriente eléctrica en el salón. En la institución, los profesores de Lengua y Literatura tenían fama de ser los más cascarrabias, pero este era diferente; su crueldad no residía en las correcciones, sino en su absoluta falta de interés. No le importaba si aprendíamos, solo le importaba que no hiciéramos ruido. Su carácter volátil era como una granada sin seguro. Todos sabíamos que cualquier error podía hacerlo estallar.

Uno a uno, mis compañeros pasaron al frente, un “escenario” improvisado frente al pizarrón. Algunos intentaron monólogos cómicos que morían en el silencio sepulcral del aula; otros, presos del pánico, improvisaban frases inconexas mientras sus manos temblaban sobre el papel. Hubo quienes terminaron su presentación con la voz quebrada, paralizados ante la mirada indiferente, pero opresiva, del profesor.

Todo era tan común. Tan rutinariamente gris.

Las sirenas afuera, el tecleo del celular rojo adentro y el desfile de pre-adolescentes asustados. Nadie esperaba que el siguiente turno fuera a detener el tiempo.

Gabriel Villegas pasó al frente con la mirada perdida, sus manos juntas, mientras sostenía un pequeño papel entre sus manos, nadie le tomó importancia, hasta que empezó a hablar.

El salón de la sección 1-A se desvaneció. El olor a encierro y el tecleo del celular rojo fueron sustituidos por el aroma a asfalto caliente y lluvia reciente de Valencia. Ya no había pupitres amarillentos, solo el eco de unos pasos infantiles en los pasillos de un pequeño colegio al norte de la ciudad.

Un sol implacable bañaba la ciudad, de esos que hacen que el asfalto del Trigal Norte brille como si estuviera mojado. En esa urbanización de quintas elegantes y jardines podados, el silencio de las calles era un arma de doble filo. Las casas eran bonitas, pero sus sombras eran largas y profundas, escondites perfectos para la crueldad.

El chico tenía apenas seis años y un cuerpo que ya conocía la geometría de los rincones. Había aprendido a hacerse pequeño, a ocupar el menor espacio posible para no ser visto, pero aquel martes el destino fue más rápido que sus pasos.

Lo acorralaron detrás de los depósitos de agua, un lugar donde el aire olía a óxido y a maleza seca. El calor caía sobre sus hombros como una losa de plomo mientras el círculo de sombras se cerraba a su alrededor. No hubo palabras, solo el sonido sordo de un primer impacto que le robó el aliento.

Los golpes llegaron primero a sus costillas, rápidos y secos; luego, el dolor se arrastró hasta su orgullo, quemando más que las heridas físicas. El niño se desplomó, convirtiéndose en un ovillo de carne y miedo sobre el suelo de tierra. Hundió el rostro entre sus manos —unas manos pequeñas, ya marcadas por las costras de batallas anteriores— y apretó los ojos con fuerza, esperando que, al abrirlos, el mundo hubiera decidido olvidarlo. En ese rincón olvidado del colegio, el polvo se mezclaba con sus lágrimas, y el chico supo que, en su universo de seis años, no existían los milagros.

Solo existía el peso de la tierra en su boca y el eco de las risas de quienes disfrutaban su derrota.

Cada tarde, al llegar a casa, el ritual era siempre el mismo. Su madre lo recibía en el umbral, con la mirada cansada de quien intenta sostener un hogar en medio de un país que se desmorona. Al notar el labio partido o la piel raspada por el asfalto, ella extendía una mano temblorosa hacia su mejilla:

—¿Qué te pasó esta vez, mi vida? —preguntaba ella, con una voz que era puro cristal.

Él no decía la verdad. No podía. Admitir que era el saco de boxeo de los otros niños habría sido confesar que no tenía salvación. Así que bajaba la mirada, ocultaba las manos tras la espalda y mentía con una calma aterradora:

—Nada, mamá. Me caí jugando en el recreo. Soy muy torpe.

Ella lo creía. A la mañana siguiente, el ciclo volvía a empezar. El chico esperaba el impacto habitual, el dolor que ya sentía como una parte natural de su piel, pero algo cambió. Un abusador alzó el puño, el aire silbó con la amenaza de un nuevo golpe, pero antes de que los nudillos encontraran su rostro, una sombra pequeña se interpuso en el trayecto.

El sonido del impacto fue seco. El chico abrió los ojos, esperando ver su propia sangre, pero lo que encontró fue el perfil de una niña que, sin pensarlo dos veces, acababa de reclamar el castigo que estaba destinado a él.

El golpe en el hombro de la niña fue el eco que detuvo el tiempo. El niño, aún hecho un ovillo en el polvo, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se asustó, no por el dolor, sino por la audacia de aquel gesto. Sin embargo, en un reflejo instintivo de defensa, escondió su gratitud bajo una mueca.

Sonrió con sorna, tratando de ocultar su vulnerabilidad con una burla hacia ella, como si intentara decirle:“¿Por qué te metes? No me haces falta”. Pero sus ojos, grandes y húmedos, traicionaban su confusión mientras veía la silueta de la niña proyectada sobre la suya.

Ella no escuchó la burla. Estaba demasiado ocupada siendo un incendio.

—¡Abusador! —gritó, su voz rasgando el aire estancado del patio—. ¡Eres un grosero y lo que haces es cobarde!

El niño, desde la tierra, se quedó paralizado. Nunca había visto a una niña golpear a un chico. En su mundo de seis años, los niños eran los que herían y las niñas eran las que observaban desde la distancia. Pero ella no solo observaba; ella se lanzó contra el más grande, con los puños apretados y el rostro encendido de indignación. Era la primera vez que alguien, alguien que no fuera su madre, se enfadaba por el dolor ajeno.

El desorden escaló en segundos. Los otros dos abusadores se sumaron a la refriega y, en un despliegue de violencia infantil, el líder atrapó a la niña por sus dos coletas, tirando de ellas hasta que ella soltó un grito de dolor. Mientras tanto, sus acompañantes volvieron a descargar sus patadas sobre el chico en el suelo. El caos era absoluto, una danza frenética de tierra, gritos y desprecio.

De repente, un grito agudo cortó la violencia. La maestra, cuya silueta apareció como una sombra salvadora al final del pasillo, se acercó corriendo. Su rostro, al ver la escena, se transformó en una máscara de horror puro. El trío de abusadores arrastrando a la niña, el niño inerte entre el polvo, la injusticia en su estado más crudo.

El orden fue restaurado con el peso de la autoridad. Los tres agresores fueron arrastrados, uno a uno, hacia la dirección, dejando un rastro de promesas vacías y amenazas susurradas.

Cuando el patio recuperó su silencio, solo quedó el peso del polvo. La niña, con el cabello despeinado y los ojos aún brillando con el eco de su rabia, se acercó al niño, que seguía tirado en el suelo, incapaz de entender por qué ella seguía allí. Se puso de cuclillas frente a él, ignorando sus propios rasguños, y le tocó el hombro con una delicadeza que él nunca había experimentado.

—¿Estás bien? —preguntó ella, con una calma que parecía sacada de otro mundo.

El chico no respondió. Solo miró sus manos lastimadas y luego los ojos de ella, que no contenían lástima, sino una pregunta que cambiaría su vida para siempre.

El chico se quedó helado. La burla que había ensayado, ese mecanismo de defensa automático para no parecer débil ante nadie, murió en su garganta antes de nacer. Se quedó allí, tirado en la tierra, viendo cómo la niña se sacudía el polvo de la falda con una dignidad que hacía que los depósitos de agua parecieran el telón de fondo de un teatro.

En su corta vida de seis años, el mundo estaba dividido por muros invisibles pero inquebrantables. Los niños eran la fuerza, el ruido, los golpes. Las niñas eran la fragilidad, el silencio, el adorno. Él había aceptado su lugar en el lado equivocado de esa división: era un niño, pero un niño defectuoso, un saco de boxeo para los que sí encajaban en el molde.

Pero lo que acababa de presenciar rompió ese muro con la violencia de un terremoto.

Ella no había llorado. No había gritado pidiendo ayuda. Se había lanzado al centro del peligro con los puños apretados y los ojos encendidos de una furia que él creía exclusiva de los villanos de las películas. La violencia, entendió en ese instante con una claridad aterradora y maravillosa, no tenía género. No importaban las trenzas ni el uniforme impecable; lo que importaba era el fuego que llevabas por dentro.

La miró con una mezcla de reverencia y espanto. Ella era lo más valiente que había visto jamás. Más valiente que los policías que pasaban de largo por la ciudad. Mientras ella le preguntaba si estaba bien, una chispa desconocida se encendió en el pecho del chico. Una motivación nueva, pequeña y frágil como un fósforo recién encendido, empezó a arder.

Si una niña podía enfrentarse a tres monstruos por defender a un extraño, quizás... Quizás él no estaba condenado a ser una víctima para siempre. Quizás la fuerza no era algo que se heredaba, sino algo que se elegía. Miró sus manos lastimadas, cubiertas de tierra, y por primera vez no sintió vergüenza. Sintió el peso de una posibilidad.

Ella le tendió la mano. Él, dudando un segundo, la tomó. El contacto de sus dedos fríos fue el primer eslabón de una cadena que lo arrastraría fuera de su propio rincón.

Aquel día en el patio fue el final de la infancia solitaria del chico. A partir de entonces, el miedo comenzó a retroceder, no porque las amenazas hubieran desaparecido, sino porque ya no tenía que enfrentarlas solo. Se convirtieron en una sola sombra que recorría los pasillos de la escuela, las aceras del Trigal y los parques donde el sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados.

Ella se convirtió en su guardiana improvisada. No le importaba que sus rodillas terminaran llenas de morados o que su uniforme quedara desaliñado tras una refriega; cada cicatriz que ella recibía era una medalla de una batalla ganada por él.

Los lugares se volvieron sus mapas compartidos: el cine donde se refugiaban en la oscuridad para fingir que el mundo afuera no se caía a pedazos; las casas de uno y otro donde los silencios ya no eran pesados, sino cómplices. El chico, que antes solo conocía el lenguaje del golpe y la mentira, empezó a aprender el idioma de la risa compartida.

Una tarde, mientras el cielo de Valencia se teñía de un violeta eléctrico, estaban sentados en una banca de madera astillada frente al parque central. El chico sostenía un jugo de cartón, con el pitillo apretado entre los dedos, observando cómo las hojas de los árboles se mecían con una calma que rara vez conocía.

Ella, de repente, dejó de mirar al horizonte y posó sus ojos en él. Con una naturalidad que le robó el aliento, tomó su mano. Su piel era fría contra la calidez de la tarde, y el chico sintió un vuelco incomprensible en el pecho. Ella abrió su palma pequeña, revelando un par de trenzados rústicos, un tejido de hilos rojos y negros que parecían contener una promesa silenciosa.

—¿Qué es esto? —preguntó él, con la voz apenas un susurro.

Ella sonrió, y fue una sonrisa que le devolvió la luz a todo su mundo.

—Son pulseras de amistad —explicó, con la sencillez de quien entrega un tesoro—. Para que nunca nos perdamos.

El chico la miró, luego miró las pulseras, y finalmente la vio a ella. En ese instante, el jugo olvidado en su mano dejó de importar. Por primera vez, alguien no le pedía nada a cambio de su presencia. Tenía a su primera amiga, alguien que llevaba el mismo hilo atado a la muñeca que él. Sintió una calidez que no provenía del sol, sino del simple hecho de ser visto, de ser valorado, de pertenecer a alguien más allá de su propia soledad.

Los años pasaron como las estaciones en Valencia: entre aguaceros repentinos y tardes de un sol abrasador. Aquella promesa de “siempre juntos” se había convertido en el oxígeno de sus vidas. El chico, que ya no era aquel ovillo de miedo en la tierra, sentía que su corazón latía a un ritmo distinto cuando ella estaba cerca. Se había enamorado de su valentía, de su risa y de la forma en que el hilo rojo y negro de su muñeca se había desgastado con el tiempo, igual que el de él. Estaba listo. Ese día, con el eco de las clases terminadas y los pasillos vacíos, se quedaría a solas con ella para decírselo.

Pero el destino en el Trigal Norte tiene una memoria cruel.

El salón estaba en penumbras cuando ellos volvieron. Los abusadores habían crecido en estatura, pero su resentimiento se había vuelto más denso, más oscuro. El líder, un chico de hombros anchos y ojos cargados de una envidia antigua, no venía solo por dinero o por burlas; venía a reclamar un afecto que nunca le perteneció. Estaba furioso porque, en su lógica retorcida, él también amaba a la chica.

—Es una idea estúpida —escupió ella, cortando el aire con una burla que no buscaba protegerse, sino sentenciar—. Prefiero mil veces al chico que ustedes llaman débil que a un idiota que solo sabe usar los puños para sentirse alguien.

El rechazo fue el detonante de su siguiente acción brusca. La cara del agresor se transformó en una máscara de odio puro. En un rincón del salón, olvidado entre escombros de una reparación, descansaba un tubo de metal frío y pesado. Lo tomó con ambas manos, cegado por una rabia que ya no era propia de niños.

—¡Cállate! —gritó, lanzando un golpe descendente dirigido al chico de diez años.

Pero la historia tiene rimas terribles. Al igual que aquella primera vez tras los depósitos de agua, el golpe nunca alcanzó su objetivo original. En un acto reflejo, un sacrificio que parecía escrito en su ADN, ella se lanzó al frente.

El sonido no fue un grito. Fue un crujido sordo, el metal encontrando el hueso de su sien con toda la inercia del odio.

Ella cayó al suelo como una marioneta a la que le cortan los hilos de golpe. El mármol blanco del salón empezó a teñirse de un carmesí casi espeso, cruel. El silencio que siguió fue más aterrador que el golpe mismo. Los agresores, al ver la sangre, dejaron de interpretar el papel de hombres valientes para ser solo esos mismos niños aterrados de sus acciones; soltaron el metal y corrieron hacia la calle, dejando al chico solo, de rodillas, sosteniendo el cuerpo inerte de su mundo entero.

—¡Ayuda! —el grito del chico se rompió contra las paredes vacías.

Corrió hacia la salida, llamando a cualquiera que estuviera en la calle bajo la luz moribunda del atardecer. Una señora que pasaba por la esquina acudió al llamado; sus manos temblorosas colocaron un trapo sobre la herida de la niña mientras el sonido de las ambulancias empezaba a perforar la distancia.

El regreso a casa en el auto de su padre fue un viaje a través de una neblina de dolor. El chico no hablaba, solo lloraba en un silencio absoluto, con la mirada perdida en la ventana. Sus dedos no dejaban de juguetear con la pulsera trenzada en su muñeca derecha. El hilo negro y rojo era ahora un recordatorio de una deuda que no sabía cómo pagar. Pasaron semanas de hospitales, pasillos blancos y un vacío que amenazaba con devorarlo todo. No volvió a saber de ella, hasta que el milagro —o lo que él creía que era uno— finalmente ocurrió.

Semanas después, el pasillo del hospital dejó de oler a desinfectante para oler a esperanza. El chico entró en la habitación con el corazón galopando contra sus costillas. Allí estaba ella, sentada al borde de la cama, bañada por la luz blanca de la mañana. Llevaba una venda impecable rodeándole la sien, como una corona de guerra, y una sonrisa pequeña dibujada en el rostro.

Él soltó un suspiro que parecía haber contenido durante años. Se acercó corriendo, tropezando con sus propios pasos, y la envolvió en un abrazo desesperado, uno que intentaba pegarle los pedazos rotos del alma.

—¡Estás bien! —exclamó él, con la voz quebrada, aferrándose a sus prendas—. Estaba tan asustado... ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?

Se separó un poco para buscar sus ojos, esperando encontrar en ellos la chispa de fuego que siempre lo había protegido. Pero lo que encontró lo dejó paralizado.

La chica lo miraba con una dulzura gélida. Sus ojos estaban llenos de una curiosidad limpia, vacía, como si estuviera observando un paisaje nuevo por primera vez. Su sonrisa no se borró, pero ya no era su sonrisa; era la cortesía que se le da a un desconocido amable.

—Hola —dijo ella con voz suave—. Perdona... ¿Quién eres tú?

El mundo del chico se detuvo. El sonido de las máquinas del hospital se volvió un pitido sordo en sus oídos. Forzó una risa nerviosa, un sonido seco que se sintió como cristal rompiéndose.

—No bromees con eso —susurró él, buscando la pulsera negra y roja en la muñeca de la niña—. Soy yo. Mira... La pulsera que me hiciste, la promesa en el parque, las tardes en el cine... S-Soy yo, Gabriel, tu amigo.

Entre lágrimas que ya no podía contener, el chico se vació. Le confesó que la amaba, que ella era su escudo, que no podía imaginar un mundo donde ella no estuviera al frente. Le habló del tubo de metal, del sacrificio, de los años de amistad inquebrantable. Se confesó como nunca se había atrevido a hacerlo.

Ella escuchaba con paciencia, ladeando un poco la cabeza, manteniendo esa sonrisa que ahora se sentía como una pared de hielo. No había rastro de reconocimiento en su mirada. No había dolor, ni alegría, ni nostalgia. Solo un vacío absoluto decorado con buena educación.

—Lo siento mucho —respondió ella, sin entender ni una sola palabra de su confesión—. No recuerdo nada de eso. Pero pareces un chico muy bueno.

En ese instante, el chico entendió la verdadera tragedia. El golpe no solo le había roto el cráneo; le había robado la historia. Ella había olvidado el sabor del jugo tibio en el parque, el peso de sus promesas y, por encima de todo, lo había olvidado a él. Para ella, él ya no era el niño al que salvó; era simplemente un extraño llorando en su habitación.

Gabriel terminó de hablar. El silencio que siguió no fue el de la indiferencia, sino el de un salón de clases que acababa de ser testigo de un funeral en vida. Gabriel comenzó a llorar en silencio, con los hombros caídos y el alma expuesta. Varios compañeros se levantaron de sus asientos, movidos por una empatía repentina, rodeándolo para ofrecerle un consuelo que las palabras no podían alcanzar.

En ese momento, mi mente reaccionó como si hubiera despertado de un sueño profundo.

¿Acaso todo lo que contó... Fue real?

Me quedé anonadada, sintiendo el rastro húmedo de unas lágrimas que habían bajado por mi rostro sin que yo les diera permiso. A mi alrededor, otros hacían lo mismo, secándose los ojos con las mangas del uniforme. Pero la tristeza pronto se mezcló con una rabia sorda. Allí seguía el profesor, inmune e ignorante, con la mirada aún perdida en el brillo rojizo de su celular. No había escuchado nada. Para él, Gabriel solo había cumplido con un trabajo más.

Mis ojos viajaron, casi por instinto, hacia la muñeca derecha de Gabriel. Efectivamente, allí estaba una pulsera de hilo rojo y negro, desgastada por el tiempo. Mi corazón dio un vuelco y llevé mi mano a mi propia muñeca. Allí también estaba la mía. Una pulsera que he convertido en el emblema de mi pequeño proyecto de escritura y publicidad, donde comparto estas historias para que otros no olviden lo que yo misma temo perder. La mía, sin embargo, tenía pequeñas esferas intercaladas entre el trenzado. El diseño era distinto, pero el origen, esa promesa de un pasado compartido, parecía vibrar entre ambas.

Conozco a Gabriel desde hace dos años. Sabía que venía de otra institución, que cargaba con un pasado que nunca mencionaba. El Trigal Norte siempre ha tenido esa sombra; en Valencia sabemos que sus calles bonitas esconden historias que nadie quiere contar. Sentí una punzada de lástima por esa muchacha de su relato. Pensé en los peligros de esas calles, en lo que el destino le habría deparado a alguien que entregó su memoria por salvar a otro. Tragué en seco y me prometí olvidar todo aquello, enterrar el secreto entre las cuatro paredes amarillentas del salón.

Pero la verdad es un hilo que siempre termina por apretar.

¿Podrías guardar este secreto por mí? Se suponía que estas palabras morirían aquí, pero necesitaba compartirlas antes de que mis propios recuerdos se pierdan para siempre en la niebla del tiempo.

Admiro a Gabriel —o Jesús, como solía llamarlo en mis pensamientos más antiguos— por haber tenido el valor de desnudar su pasado frente a nosotros. Él no tiene idea de que he compartido un pedazo de su vida en estas líneas. La razón por la cual escribo es simple y aterradora: escribo para recordar, porque ya no soy capaz de hacerlo por mí misma.

A veces, cuando miro mi pulsera, siento un calor extraño, un fuego que no reconozco. ¿Sabías que yo también te amo? Te amo porque estás aquí, leyendo este rastro de mi existencia cuando podrías estar en cualquier otro lugar. Esto no son solo líneas; son los restos de un naufragio. En algún momento yo también me iré, mi mente se volverá un lienzo en blanco una vez más, así que estas historias...

Son mis cartas de despedida.


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