Capítulo 1: La puerta entreabierta
No debí subir las escaleras.
Eso lo supe después. Pero en ese momento, con el teléfono pegado a la mano y el corazón martilleando, solo sentía un nudo en el estómago. Algo andaba mal.
Él no contestaba. Y eso no era cosa de él.
Llegué a su puerta. Dudé. Nunca llamaba. Era casi mi casa también. La llave giró sin hacer ruido.
No había seguro.
Fruncí el ceño.
—¿Hola?— Pregunté mientras entraba
Nada.
Pero no era el silencio de siempre. Era un silencio...raro. Dejé el bolso en la mesa y entonces lo escuché. Un jadeo. Uno que no estaba solo.
Mi cuerpo se puso tenso.
No quise pensar. Solo caminé.
La puerta del cuarto entreabierta dejaba escapar una tira de luz cálida. Podría haberme dado la vuelta. Podría haber salido corriendo.
Pero no lo hice.
Empujé.
Y lo vi.
A él.
Con ella.
El mundo se detuvo. No hubo grito. No hubo llanto. Solo esa sensación de estar mirando algo que no debería existir. Mi pecho subía y bajaba lento, como si el aire pesara más.
Él me vio primero.
Sus ojos chocaron con los míos.
Y todo se hizo añicos.
—Espera... —dijo, incorporándose, como si el movimiento pudiera borrar lo que acababa de pasar.
Pero no me moví.
No podía.
Porque había algo más. No era solo el dolor que me desgarraba el pecho. No era solo la rabia.
Era otra cosa. Algo mucho más extraño.
Ella se giró. Mirándome. Y no había pánico en su cara. No había culpa. Había... calma. Como si supiera que yo iba a aparecer.
—No es lo que parece —dijo él, con la voz rota.
La frase más estúpida del mundo. Casi me saca una carcajada seca.
—Ah, no? —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. A ver, explicame.
Él se quedó mudo. Dudó. Y esa duda fue peor que cualquier confesión.
Pero ella no.
Ella me siguió mirando, y entonces, con una lentitud que me heló la sangre, se sentó en la cama. Sin cubrirse. Sin apartarme la vista.
—Puedes quedarte —dijo.
Parpadeé. Seguro no había escuchado bien.
—¿Perdón?
—Puedes quedarte —repitió, suave—. Si quieres.
Un calor me recorrió, una extraña electricidad. Esto no era real.
—Estás loca —murmuré, pero no sonó a insulto. Sonó a una pregunta.
Él me miraba como si fuera un fantasma. Como si no supiera si tenía que disculparse o esconderse.
—Vete si quieres —dijo ella, inclinando la cabeza—. O quedate... y deja de hacerte la que no siente nada.
Mi respiración se atascó.
Esa frase me dio en el clavo.
—¿A qué te refieres?
No respondió. Sonrió. No era una sonrisa de burla. Era una sonrisa que me prometía algo peligroso.
—A que no tienes cara de alguien que quiere irse.
El silencio volvió a llenar la habitación. Mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que se me salía del pecho.
Debería haber gritado. Debería haber llorado. Debería haberme ido.
Pero mis pies estaban clavados en el suelo.
Y eso era lo que más me asustaba.
Porque muy adentro, en ese lugar oscuro donde uno no se miente, no estaba segura de querer marcharme.
Él susurró mi nombre.
No supe si era una advertencia o un ruego.
Pero ya era demasiado tarde. Algo se había roto.
Pero no fue lo que más importó.
Lo peor...fue que una parte de mí no quiso arreglarlo.








